Locura


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Claro que esto tiene sus propios bemoles, pero es más que obvio que no existe nada substancialmente gracioso en la imperfección de los sentimientos, mismo que siempre exista alguien que se eleva por encima de la desesperanza y, estando un poco loco en ese instante, logre de cierta manera sobrellevar la desgracia.

Esto se testifica en un hecho ya confirmado por cotejo científico, ya que todos estamos un poco locos, no mucho, por lo que efectivamente nos sentimos mejor al momento que logramos tomar contacto con nuestra locura periódica. Por supuesto, siendo así, no se puede descartar que el amor es la sabiduría de los locos, un sentimiento provisional que a su vez se convierte en locura en los sabios.

Hay una infinidad de personas que siguen suprimiendo la alegría creyendo, desafortunadamente, que la vida es una empresa seria. No los envidio, pues, con frecuencia, ellos consideran que la tontería y la puerilidad son regresiones del comportamiento en lugar de comprender que cada uno tiene algo de ridículo y que el niño que existe en nosotros es una de nuestras posesiones más preciadas.

Me refiero a todos esos que cultivan el refinamiento y la sofisticación a expensas de la espontaneidad y la diversión, esos mismos individuos de mirada estrafalaria y faltos de amor que hacen que la sonrisa cortés sustituya la risa espontánea y que sus impulsos de alegría surjan en forma moderada o, en todo caso, directamente desaparezcan por deferencia al sentido común y al buen gusto.

Podemos catalogarlos como seres reprimidos de espíritu que olvidan que en cada uno de nosotros existe una reserva de alegre libertad, de locura, si lo prefieren.

Ya que vivimos en un mundo en el que no se escatima el absurdo, sostengo que ninguno debería dudar un instante siquiera frente la posibilidad de poder sumar con alegría y en broma nuestro propio toque de insania, ya que éste es uno de los mejores modos de vida que conozco.

Y si la vida es así, ¿por qué no hemos de regocijarnos con nuestra tontería contenida?

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Receta de Amor


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No sé si con lo que diré acertaré el martillo en el clavo, pero presupongo que solamente el amor es el único sentir que posee ese poder místico y a su vez extático de unir dos personas sin uno quitarle dignidad al otro, y por su vez no menoscabar el propio narcisismo.

No es una fórmula de las Ciencias Exactas, no obstante por el contenido de la receta de para calcular que el amor es el notable proceder que no toma celosa posesión de las personas. Sin embargo, es, probablemente, a su vez, ese cernidero de emoción que por veces nos turba la única afectividad que puede lograr anteponer la humanidad a la ideología o lo que más sea.

El mero pensamiento de que el amor pueda ser una posibilidad real, es lo que brinda esperanzas a la vida, ya que de otro modo ella estaría vacía y no tendríamos como suministrar las energías infinitas necesarias para superar cualquier adversidad.

En realidad, todos aquellos que hemos tropezado un día en los desengaños y tenemos el corazón ungido de espinas, sospechamos sin misericordia de aquellos que aman y los ignoramos por considerarlos ingenuos e irrelevantes, sólo por el hecho de suponer que ellos actúan en forma falsa.

Seguramente han de ser esas decepciones lo que nos otorga la fingida seguridad de que nadie puede tener pasiones verdaderas al punto de preocuparse realmente por otra persona sin tener motivos adicionales.

Irremediablemente, a través del lánguido y sempiterno paso del tiempo, he logrado finalmente comprender cuán profundamente decepcionantes llegan a ser las expectativas no satisfechas, y, por tanto, concluyo que el único consuelo que nos queda para evitar ese desencanto inevitable, es que todos deberíamos tratar el amor como un deseo irresistible de ser irresistiblemente deseado.

Revelación


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Siento necesidad de decirte que siempre me ha gustado la calma que nos concede el tiempo; quizás hoy aún más, porque creo que lo de ayer entre nosotros fue como un huracán, a pesar de estar propenso a creer que era el viento abriéndonos camino.

De cualquier manera, tú no imaginas como me gustó sentir esa sensación peregrina. La podría cotejar a ojos vista con el mismo agrado que da poder cuidar del jardín y decorar la casa con flores que en él florezcan, o cultivar en el fondo del patio el condimento que le dará sabor a la vida, que no son más que manías para evitar a todo coste gozar de las primicias de la soledad.

Del mismo modo, como cada crepúsculo suele ser un artilugio de sobrevivencia, me place poder echarme a la sombra de un árbol, o tal vez recostarme en una hamaca y disfrutar de los contenidos de un libro, o acostarme en el sillón a cualquier momento y ver una buena película, reír o llorar. Pero eso sí, teniendo siempre en la memoria los momentos de intenso amor que hemos vivido, y saber que en este mundo hay alguien que ya no puede vivir sin mí.

Y créeme, lleno de esas huellas que son reveladoras de mis sentimientos, para externar lo cuanto me agradan esas sensaciones que me han tocado en suerte después que te conocí, no han sido pocas las veces que me he dedicado a escribir en la tierra húmeda, miles de frases tontas de amor que nunca se han de desvanecer.

Sin embargo, después de ayer, lo que ahora más quiero en este instante, es abrir las ventanas y las puertas y dejar la brisa entrar, y luego echarme a dormir sin temor a la oscuridad… Preso a la circunstancia, poder tornar sueños en realidad… Amarte eternamente.

Y así, sin más, como una síntesis del tiempo, quisiera verte en sueños, en vigilia o dondequiera.

El Gallo Milagroso


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Unos sacan cuentas mientras otros cuentan cuentos. En todo caso, veremos si éste resulta de agrado…

…Existe en cierto país la tierra del gallo milagroso que después de asado cantó y tuvo descendencia, tanta que, si aún no llegó al millón, muy poco le faltará. Una historia contada con palabras breves, aunque no llegue a ser más maravillosa que la de San Antonio cuando éste les hablara a los peces y que ellos lo oyeran.

Independiente de cuál era la nigromancia de este santo hablador, el caso es que en un antiguo pueblo ibérico hubo, en inmemoriales tiempos, un crimen, y no había manera de saber quién había sido el criminal. Cayeron las sospechas sobre un gallego, y sólo por esto se puede comprobar cuán xenófobas eran esas gentes de aquel pueblo, que en viendo el gallego dijeron: “Es él”. El hombre fue preso entonces y condenado a la horca; pero antes que lo llevaran al patíbulo pidió ser puesto en presencia del juez que había dictado la sentencia.

El tal juez, quizás por sentirse muy conforme consigo mismo y con la justicia ya hecha y obrada, cuando llegó el reo estaba dándose un gran banquete, momento en que en la bandeja esperaba el trinchante un gallo asado.

Volvió el gallego a asegurar su inocencia, con riesgo de estropearles la digestión al juez y a sus amigos, y, en desespero de causa, desafió todas las leyes del mundo y del cielo, diciendo: -Tan seguro estoy de mi inocencia como de que este gallo cantará cuando me ahorquen.

El juez, que creía saber muy bien qué cosa es un gallo muerto y asado, y que no sabía de qué primores es capaz un gallo honrado, se echó a reír. Con él rieron todos, y a carcajadas. Se llevaron, pues, al condenado, y siguió la comilona; pero a las tantas, cuando al fin avanzaba el trinchante hacia el asado, se alza el gallo de la bandeja goteando salsa y tirando las patatas del compango, y desde la ventana lanza el más vivo, provocador, pendenciero y adornado quiquiriquí que se haya oído jamás en la historia de ese pueblo y alrededores.

Súbitamente, para el juez fue como si allí sonaran las trompetas del Juicio Final. Se levanta de la mesa, corre al lugar de la horca, aún con la servilleta atada al cuello, y ve que también allí habían actuado los poderes del milagro, pues el nudo de la soga se había soltado, con gran asombro de los asistentes, vista y comprobada la competencia del verdugo.

El resto del enredo ya se puede imaginar. Soltaron al gallego, lo dejaron que se fuera en paz, y volvió el juez a la cuchipanda, que se estaba enfriando. Pero nada nos dice la historia del destino del milagroso gallo, si se lo comieron en acción de gracias o si lo veneraron en alguna capilla mientras el tiempo no le desajustó los huesos.

Sin embargo, lo que sí se sabe y se cuenta, por causa de evidentes pruebas materiales, es que su imagen ha quedado esculpida a los pies de Cristo en el crucero del Señor del Gallo, y que, en figura de sus descendientes de barro, volvió al horno para ser exhibido vivo en todas las ferias de la provincia, con todos los colores que un gallo tiene y quizás pueda tener.

¡No la Mates!


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Por favor… ¡No la mates! ¿No percibes que sin magia ya no existirá más nada? Si la matas, ya no habrá entonces sueños, ilusiones, utopías o delirios.

Sin ella ya no existirán los cuerpos furtivos y candentes ocultos e íntimos entre las sumisas y arrugadas sábanas de la noche. Las dóciles almohadas ya no lograrán sofocar las esperanzas y los suspiros, ni tampoco acopiarán entre sus suaves texturas perfumes y fragancias de cuerpos fatigados e gimientes. Si matas la magia, matarás junto a ella las margaritas de la duda que tanto deshojan en la madrugada los amantes inseguros.

Acredita en ella tal como es, contraria al sueño de la razón que sólo nos llega para producir sus monstruos y a nuestras espaldas imaginar una bandada de aves nocturnas que nos rodean con sus picos amenazantes, batiendo alas como si fuesen enormes fantasmas.

Mi mundo era exactamente así, hasta que de repente un día llegaste tú, con mucha luz, y no te importó que tan oscura estaba mi vida, y te quedaste ahí, a un ladito mío, alumbrándome con tu hechizo de maga, con tu risa alegre de buhonera de la felicidad, con tus besos de aguamiel, con tus ojos de luna, como alma fascinadora que emerge de la nada.

Evoco en puridad aquella tarde en que te conocí con claridad, y sin embargo no recuerdo haber sentido algo especial. No tenía idea lo que pasaría después. No sabía lo cuanto llegaría a amar tus manos, esas manos que se entrelazan con las mías, ni tampoco sabía que llegaría a disfrutar tanto escuchar tu voz cada vez que ella me relata tu día a día.

En un primer momento éramos tan sólo dos extraños, dos personas que se encontraron por coincidencia, pero que luego se enamoraron… Juro que yo no quería enamorarme, pero viniste tú, con esa sonrisa, con esa mirada dulce, con esa personalidad encantadora, y sólo sé que sin ti magia ya no puedo vivir.

Palabras


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No es difícil notar como las palabras ruedan sueltas por las calles de la ciudad, y en medio del camino van sufriendo accidentes iletrados, se estropean en medio a los acasos del momento, se tiñen con los hábitos particulares y pronto se tuercen de acuerdo con la pasión dominante.

En verdad, estas palabras, más que mías son tuyas, las mismas que van trepando en mi dolor ya viejo como si ellas fuesen una madreselva prendida a un muro de piedra atrancado a cal y canto.

Quién sabe sea también un canto de amor vital, triste, tierno y angustiado, pero a la vez ardoroso y sereno en un crepúsculo lleno de tempestad en el corazón del verano.

Antes que tú llegaras pobló la soledad de mi alma otros amores y otros ardores, y poco a poco mi espíritu se fue acostumbrando más que tú a la tristeza y al desamor.

Sin embargo hoy, con su llama deletérea, la luz de mi pasión te envuelve y abraza, absorta, pálida, doliente y a su vez soñadora, luchando contra las mismas viejas aspas de la anochecida que en torno de ti y de mí dan vueltas como los antiguos molinos del Quijote.

Mientras el viento triste del otoño galopa arrastrando las hojas muertas de los árboles yo te amo, vida mía, y hoy mi alegría muerde en sueños tu boca de labios de terciopelo.

Hundido en medio a esa colosal realidad tangible y cotidiana que me abraza y duele, ángel de sueño, te pareces mucho a mi alma, pero creo que te pareces más a la palabra melancolía.

En mi mundo circundante tú eres pradera en flor, eres trigo maduro, pájaros al vuelo en primavera, fuego, viento, lluvia y ese ardor vital como miel de abejas de fuego en mi pecho, o vino de uvas maduras en mis entrañas.

Más que palabras, para mi corazón bastan tus besos, para tu libertad bastan mis alas de sueño a conducirte al paraíso. Desde mi boca, más que palabras, llegará a tu pecho y hasta el cielo lo que estaba dormido sobre tu alma.

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