¡No la Mates!


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Por favor… ¡No la mates! ¿No percibes que sin magia ya no existirá más nada? Si la matas, ya no habrá entonces sueños, ilusiones, utopías o delirios.

Sin ella ya no existirán los cuerpos furtivos y candentes ocultos e íntimos entre las sumisas y arrugadas sábanas de la noche. Las dóciles almohadas ya no lograrán sofocar las esperanzas y los suspiros, ni tampoco acopiarán entre sus suaves texturas perfumes y fragancias de cuerpos fatigados e gimientes. Si matas la magia, matarás junto a ella las margaritas de la duda que tanto deshojan en la madrugada los amantes inseguros.

Acredita en ella tal como es, contraria al sueño de la razón que sólo nos llega para producir sus monstruos y a nuestras espaldas imaginar una bandada de aves nocturnas que nos rodean con sus picos amenazantes, batiendo alas como si fuesen enormes fantasmas.

Mi mundo era exactamente así, hasta que de repente un día llegaste tú, con mucha luz, y no te importó que tan oscura estaba mi vida, y te quedaste ahí, a un ladito mío, alumbrándome con tu hechizo de maga, con tu risa alegre de buhonera de la felicidad, con tus besos de aguamiel, con tus ojos de luna, como alma fascinadora que emerge de la nada.

Evoco en puridad aquella tarde en que te conocí con claridad, y sin embargo no recuerdo haber sentido algo especial. No tenía idea lo que pasaría después. No sabía lo cuanto llegaría a amar tus manos, esas manos que se entrelazan con las mías, ni tampoco sabía que llegaría a disfrutar tanto escuchar tu voz cada vez que ella me relata tu día a día.

En un primer momento éramos tan sólo dos extraños, dos personas que se encontraron por coincidencia, pero que luego se enamoraron… Juro que yo no quería enamorarme, pero viniste tú, con esa sonrisa, con esa mirada dulce, con esa personalidad encantadora, y sólo sé que sin ti magia ya no puedo vivir.

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Clemente Memoria


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Con ojos casi siempre llorosos no a causa del llanto sino por la propia vejez, puedo reparar con cierta fascinación las ajadas palmas de mis manos. Me embarga una pena verlas tan mustias, pero no alcanzo a echarles en cara el hecho de que ellas ya no conserven el recuerdo táctil de las mujeres que amé y otrora mil veces acaricié, aunque en la mente sí las siga teniendo bien presentes.

Es gracias a ellas que hoy puedo recorrer plácidamente aquellos cuerpos como quien pasa el rollo de una película de amor y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello que ya no sé bien de quien era pero que siempre me conmovió; en unos pechos que tampoco recuerdo a quien pertenecen pero que durante varios años me hicieron creer en algún dios; en una cintura delgada que reclamaba por mis brazos que en aquel entonces eran fuertes; en cierto pubis de musgo rojizo, un matorral de lujuria que tanto se aparecía en mis ensueños como en mis pesadillas; o hasta en un par de labios gruesos de un rojo oscuro como sangre de toro brioso brotando entre las venas, siempre sedientos de besos de salacidad.

Lo más curioso de todo, es que a menudo me acuerdo de algunas partículas de los cuerpos y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo muy clara la idea de a qué cuerpo correspondía

Pero existe un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Es que estuvimos tantas veces juntos, ya sea en el dolor pero sobre todo en el placer, que se me hace imposible borrarla de la memoria. Como no fuimos solamente cuerpos que han vivido los años, ella, mientras pudo, supo muy bien cómo hacerlo.

En aquel entonces me bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que mi mujer parecía verle a uno hasta el hígado. Y hasta puede ser que ella imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, sin embargo, jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que termina por corroer la convivencia.

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¡Oh!, rayito de sol veraniego que con tu mirada haces arder mi piel con embaucamientos mil, hoy necesito proclamar al viento, ese mismo céfiro primaveral que acaricia de leve las flores del rosedal en las cálidas tardes de octubre, que tus admirables ojos me hechizaron robando de vez mi sueño. Son como dos delicadas perlas de azabache que han sido encarceladas dentro de un vasto mar de hermosura y preciosidad.

Por ese divino fundamento vivo hoy el desvarío en esta ciudad salvaje que me mantiene alejado de ti, un fuego de sueños furiosos que me consumen en esa distancia infinita que separa nuestros cuerpos.

Sois la celestial causante de que mi corazón palpite con el sonido fustigador de los vidrios rotos. La desventura de no poder besarte atraviesa ya esa paz adormecida que un día tú incitaste dentro de mí.

Si dicen que en el amor no valen los párpados cerrados, las miradas contenidas, susurros detenidos abruptamente por labios de carmesí, cede entonces a que el inmortal sol de los cielos trasmigre cachos de su luz en tu ovalado rostro de tenue abenuz, para que tus cabellos más negros que el ébano, peinados con la gracia y sencillez de una diosa, absorban el ardor inverosímil de sus rayos como si ellos fuesen besos que te entrego en mis incontenidos delirios.

Huyen con prisa mis palabras, como siento que se evade mi vida en desatino entre sueños e ilusiones mil, en cuanto camino inseguro a pasos amargos en un traje de piel vacío y un cuerpo sin nexo.

Ahora, lúcido sol de mi vida, te quiero como para escuchar toda la noche y dormir abrazado en tu pecho, sin recelos ni fantasmas que nos despabilen… Te quiero como para no soltarte jamás.

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