Rayos y Saetas


2- rayos y saetas

 

Tan pronto rebasan las fastidiosas nubes plúmbeas de la atmósfera, es posible percibir de repente la luz refulgente de los rayos a zigzaguear serpenteantes por los cielos como víboras venidas del Edén.

Desgajan incontinenti como si de hoja de papel estraza se tratase, la gaza de un denso cielo velado y llorón, para luego alcanzar vertiginosamente su destino antes que mil trompetas aladas festejen su llegada con un rugido del infierno. Entonces el estruendo nos sacudirá de la cabeza a los pies.

Diferente a la rimbombante actitud de estos, a partir una lejana estrella del firmamento, tenemos la objetividad de un silencioso querubín alado que luego de extender su arco y hacer mira antes de lanzar la saeta del amor, la largará atravesando fugaz un cielo de tinte añil.

Conmoción sería por cierto la palabra correcta para lo que ocurre con esos puntiagudos y certeros dardos. Uno en la imaginación, el otro en el corazón, ya que rayos o saetas nos atrapan por igual entre fragor y confusión. Por eso es dable afirmar que si esos dos lanzados nos alcanzan, seguramente nos quemarán en vida. Uno por fuera, otro por dentro.

Es consabido que los rayos suelen tener vida efímera y mueren en nuestra mente escasos segundos después de su inaudito estrépito. Pero las saetas no. La vibración que estas causan puede durar eternamente, ya que el poderoso soporífero de afecto que contienen en su punta, suele ser perito en tomar cuenta de las alucinaciones del más inocente de los humanos.

Un sedante que embriaga de inicio el corazón y luego endilga la mente, el alma y los sentidos, haciendo que el febril apasionado ya no sienta más el suelo bajo sus pies.

¿Acaso podrá ese ser enclenque de amor oponerse a las inexorables severidades de la vida?

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Metamorfosis


1- metamorfose

Reinan entre mortales los amores perfectos que duran una eternidad. Otros, no tan sublimes, triunfan y palpitan tan solamente lo que dura un lirio. Ninguno de ellos suele ser infinito, no obstante en medio a estos extremos de los afectos habite el “amor de mariposa”.

No hablo de la noctámbula y luminiscente luciérnaga celosa sino de la otra, la de mil colores, la que del capullo de un corazón humano, luego de nutrirse del plasma de la ilusión y los ensueños del alma del seducido, en un soplo trueca espontáneamente su silueta para convertirse en una pequeña palomilla que hace revolotear a todo manivacío de amor por perpetuos cielos de delirios.

A causa de una mutación de sentimientos, el apasionado se escabulle o guarece raudo en guaridas de amor capaces de dar multicolor al mundo, no del firmamento imposible sino del mundo chico, ese perímetro señalado en el que solemos habitar los humanos.

En consecuencia, la metamorfosis del amor, al igual que las mariposas, resulta de tipo completa y complicada. Un proceso susceptible que incluye grandes cambios mentales y estructurales que abarcan desde el nacimiento del amor, pasando por el desarrollo embrionario de las emociones, hasta alcanzar su completa madurez ataviada de múltiples coloraciones, tal cual le ocurre a las mariposas de colores.

Al emerger hacia la vida, la mariposa adulta, al igual que el amor pasional, se encuentra extremadamente frágil, con las alas pequeñas y húmedas. Éstas luego se estiran y fortalecen completamente, dando comienzo la mariposa a su maravillosa vida como un insecto alado. Vuelan, así como vuela la imaginación del ebrio de amor, hasta agotar todas sus energías y morir.

Algunas mariposas tienen una vida adulta muy breve, aunque otras llegan a vivir meses como es el caso de otras similares de su especie.

El amor innúmeras veces no. O él se torna eterno en cuanto dura, o muere al primer desengaño.

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