Deseos


6- deseos

 

El deseo, mismo siendo algo propio de cada persona, es y será siempre un deseo, un sentimiento cuyo concepto “ad aeternum” sirve para generar una ansiedad placentera.

La ambición frívola del propio deseo es quien lo torna perpetuo, ya que éste nunca se da por satisfecho, pues una vez que él ha cumplido su objetivo y ve aplacado su anhelo de cumplir una voluntad o saciar un gusto que sea, luego uno advierte que él resurge como ave “Fénix” gobernando otro objetivo deseado y así “ad infinitum”.

Claro que las motivaciones del deseo suelen ser muy variadas. En ocasiones, ese sentimiento surge del recuerdo de vivencias pasadas que nos resultaron agradables. En otros casos, quizás los más, el deseo es motivado por una potencialidad que se le confiere a aquello que se desea.

Consecuentemente, por fuerza de su voluntad, el propio deseo no es más que un sentimiento que forma parte de la naturaleza humana, y probablemente un tipo de motor a propulsión que impulsan su conducta. Por tanto, el hombre que desea algo se convierte en un sujeto activo que lleva adelante diversas acciones para satisfacer sus anhelos.

Si bien el sentimiento mortal no es igual que el deseo de matar, esto no quiere decir que la gente se apropia sin más del revolver de Buck Jones y sale haciendo ¡Pum! por ahí; pero cuando algo se anhela al punto de creer que representa el único camino para alcanzar la felicidad, los seres sapiens son capaces de hacer cuanto sea necesario para obtenerlo; aunque los deseos no siempre apuntan a situaciones que tengan como protagonista a quien los siente.

No es bien eso. En realidad la gente mata en el corazón. A través del deseo se va dejando de querer bien hasta que un día la persona muere. Todo ocurre porque el deseo nos saca de nosotros mismos, nos desubica, nos dispara y proyecta, nos vuelve excesivos, hace que vivamos en la improvisación, en el desorden y el capricho.

De hecho, como la gente se acostumbra a llevar tantos golpes de la vida, resulta que cuando de pronto llega el amor y el cariño de alguien hasta lo hallamos extraño.

 

Ceguera


5- ceguera

Ella imaginó estar viviendo ese tipo de amor peregrino que sólo le sucede ciertamente a alguien una vez en la vida. Era un sentimiento tan maravilloso, que cuando ella miraba a esa otra persona se le sacudía el alma, y en el instante que él tomaba sus manos entre las suyas todo lo demás perdía importancia y conciencia, al punto que cuando la besaba sentía que quería quedarse allí, quietita, toda la vida.

¿Todo eso por qué? Acaso porque ella sobrevivía en la indiferencia y llenaba la soledad de su vida con otras soledades que tenían por pretensión entretenerla a todo coste mientras soñaba tratarse de un amor que le había dado un pellizco al alma.

Quizás ella era como ese tipo exótico de flor de un día que habita en un retraimiento de espantos diminutos, de expectativas inalcanzables, bajo un cielo sin galaxias y sin estrellas, o tal vez en una calle sin esquinas, en un bosque sin arboledas, en un jardín sin rosas ni malvones.

¿Quién se anima a testificar o impugnar que ese afecto perenne que cultivaba, no decía respecto a un sentimiento que tenía cuerpo pero efectivamente carecía de alma?

Los más viejos dicen que, para suerte de ellos, todos los humanos llevamos guardado dentro de nuestra cajita de emociones una cordura siempre vigilante, donde no son pocas las veces que su suprema sabiduría nos mete a la fuerza dentro del corral de la razón.

En efecto, la ceguera es una diversidad funcional de tipo sensorial que consiste en la pérdida total o parcial del sentido, que tanto puede ser de la vista como del espíritu o hasta en el corazón de un apasionado.

Y si acaso ese tipo de ceguera ocurrir en el corazón del apasionado, bien sabemos que la vida no deja de ser un error, aunque sin duda alguna más error es la muerte si no existe a quien amar.

Expiración


4- expiración

Necesitamos estar preparados para el día que caiga la cortina del último acto. Es imperioso decirlo, y más aún reconocerlo. Infaliblemente, cuando esa umbrosa andanza nos alcance, nada llevaremos para esa emigración eterna destinada hacia el más allá de la vaporosa línea que separa el horizonte del reino celestial.

Todo personaje mundanal anda descalzo por la vida en un mundo que pasa sin interrupciones pero con prisa. Y mismo así, al partir, todos dejaremos detrás los perdones que no pedimos, los amores que no vivimos, los sueños no realizados y nos iremos con lo puesto.

Retóricamente, en ese último viaje de la vida, cuando la noche inesperada nos atrape sin más y nuestros párpados sucumban en la oscuridad, sólo habremos de llevar lo que tenemos dentro, en el alma, en la mente y el espíritu.

Vivamos la vida hoy, porque a partir de ese entonces ya no habrá una boca seductora a reclamar besos imposibles, ojos que amen en silencio en cuanto miran bobalicones, propuestas que quedaron ahogadas en el apocamiento de la integridad, manos suaves que acaricien cuerpos ardientes o desalientos que fueron esperanza un día y se marchitaron en el corazón como flor arrancada con prisa de su tallo. Tampoco ha de existir una nueva oportunidad para entregar esas promesas de amor que cierto día abortamos por causa de otros alborotos.

Luego de expeler el último suspiro, inmóvil y tieso, el cartujo más taciturno ya no podrá distinguir como su piel se convierte en pellejo hasta secarse y transmutar de pronto en un ajeado pergamino. Ya de nada valdrán entonces las experiencias vividas y sus demás minucias, y por acaso el recuerdo de nuestro nombre será como un paisaje que llena el contorno de quienes aún no han partido.

Tic-Tac


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Lo común es convenir que tenemos tiempo para todo, mismo que por veces ese lapso de vida no nos alcance para nada, aunque millones de artilugios ingeniosos inventados por el hombre se dediquen a medir y estimar el tiempo con exactitud extremada.

Claro que el tiempo es de por sí una dimensión física en la cual es posible medir la duración o separación de los más diversos hechos y acontecimientos, sujetos a cambios y variaciones, de los sistemas sujetos a observación. Lo que, dicho en mondas palabras, no es más que un periodo que transcurre entre el estado del sistema cuando éste presentaba un estado específico y el instante que fue fijado registra una variación perceptible para quien lo observa.

Por su vez, es ese espacio que llamamos de tiempo, el que nos permite ordenar los diversos sucesos de la vida en secuencias, estableciendo para todo un pasado, un futuro y un tercer conjunto de eventos que no son ni pasados ni futuros. Celosamente, en la dinámica clásica se ha definido que esta tercera clase se llama “presente”, un espacio de tiempo que estaría formado por eventos simultáneos.

En contrario de lo inicial, también hay quienes piensan que el tiempo pasa volando, por lo que deducimos que estos jamás han estado en un rincón de la naturaleza donde el tiempo suele detenerse y el corazón paralizarse.

Sin embargo, ese espacio específico que todos hemos pactado denominar “tiempo”, suele ser todavía un lapsus calami variable en su conjugación, pues éste puede resultar demasiado para el que espera, extenso para el que sufre, corto para el que ríe y muy rápido para el que ama… Demasiado rápido, pienso yo, mismo que cada corazón tenga sus propios vaivenes y agitaciones, que es como decir sus pormenores.

En fin, el tiempo es como el viento, que empuja y genera cambios para de pronto sentirnos prisioneros de una circunstancia que no buscamos sino que nos buscó.

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