Voces y Rumores


Suele suceder. Por veces afloran épocas en que el mundo se convierte en nada en un santiamén, aunque escondidas en medio a toda esa nada suenen voces.

Son voces variadas que se complementan con ecos de gente que grita, solloza, canta, habla y hasta despotrica en causa propia contra ese destino sorpresivo que los asestó en media a un trance inesperado.

Dentro de esa misma nada también existen otras voces que imploran y oran con cierta convicción dudosa, mientras tanto otras no pasan de exhalaciones y suspiros de esperanza dirigidos hacia algún santo casamentero mal recomendado.

Los que gimen y sollozan dentro de esa nada tienen el llanto transparente, pero para eso tienen los párpados, que sirven para tornarlo opaco antes que resbalen sus lágrimas.

Dentro de esa intención primaria está también el drama de la desencantada que carga con su fantasma. Sin embargo ese día ella se quedó en silencio, cuando él la abrazó por la espalda y le murmuró suavemente al oído: “Quiero llenar tus días de alegría, déjame acariciar tus tristezas”.

Me Bastas Tú


Me basta con mirar tu foto para percibir en esos ojos de almendra madura toda la alegría del mundo que hoy llevas guardada dentro de ti.

Me basta con ver tu sonrisa de nácar para comprender el júbilo que escondes en tu alma de mujer en flor.

Me basta tan sólo con observar tu cabello rizado para imaginarlo aletear altivo frente al viento de primavera tal cual paloma que vuela vanidosa hacia la libertad.

Me basta con cerrar mis ojos y pensar en ti, y ciego de pasión lograr imaginarte de mil maneras diferentes como se imaginan sueños que no pasan de utopías.

Me basta con soñarte para yo también ser feliz a la distancia, mientras tanto idealizo como mis dedos torpes irán corriendo lentos por tus mejillas, a la vez que mis labios sedientos recuerdan tus besos de aguamiel.

Me bastas tú, para quererte eternamente.

Necesito Decirlo


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Tendría tanto a decirte, amada mía, que creo que ante ti me animo a desnudar por completo mi doliente corazón. Permitiría que reparases por completo el interior de mi melancólico mundo con tus sensibles ojos de café, así como el viento barre a la lejanía las arenas de una playa desierta, pero sin que tú te pierdas en ella.

Desearía que sintieras por completo como mis palabras son capaces de llegar a ti, sumisas, dóciles, humildes, para que toda mi presencia te llene de alegría.

Escúchalas, aura de aplausos mil, nube radiosa, ola de plenilunio que besas mi alma ajada, isla de sueños e ilusión donde reposa mi espíritu ansioso, dulce embriaguez que nos otorga el vino amargo, déjate acariciar con mi infinita ternura y piérdete en mí, ahoga tu soledad en mi pecho como se ahogan las olas en el mar.

Abrásame como se ciñen en un solo abrazo los amantes imposibles. Con el alma, con el corazón y la esperanza de encontrarse algún día en algún lugar infinito.

Permite una única vez que te demuestre la intensidad de mis sentimientos, no obstante sea yo uno de esos que hablan con miradas, de los que sufren en silencio, los que responden con sonrisas, y déjame que te ame a besos.

Sé que te querré sin preguntas. Sé que vas a quererme sin respuestas, porque esta noche y las demás noches de mi vida, quiero dibujar con mis dedos en tu piel mis ingenuas, tímidas y más perversas intenciones, porque no hay mejor insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo.

Aun no acredito que tú estés llegando a mi lado, cuando la noche es aún un puñado de estrellas que no demoraran en despabilarse ante nuestra alegría.

Quién sabe nuestro amor no tenga un final feliz, pero te doy mi palabra que sonreímos todas las horas que pasemos juntos. Y tan sólo por eso, creo que ha de valer la pena haberte amado.

El Apostador


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Horacio era un hombre viciado en carreras de caballos. Pero como no era un individuo de muchas poses ni dinero sobrando, buscaba controlar su impulso, ya que no podía arriesgarse en la aventura de muchas apuestas.

Sin embargo, seguía de cerca las novedades del turf a través de los programas del propio Jockey y las premisas que publicaban los periódicos, como no perdía oportunidad de conversar sobre ese tema con los entrenadores de caballos y los amigos que curtían la misma pasión que él. En todo caso, le gustaba seguir de cerca la filiación de los animales y a quien ellos pertenecían.

Pero es sabido que el juego de turf tiene sus propias peculiaridades, ya que si se realizan veinte consultas, seguramente se obtendrán veinte candidatos en lo que se denomina una “carrera abierta” en la jerga de este deporte, o sea, que cualquier animal puede ganar, independiente de que la prensa apunte uno y otro como los más indicados. No habían resultado pocas las veces en las que Horacio presenciara un tal caballo ganador que nadie tenía en los papeles ni daba un vintén por el mismo.

Por esa época había carreras sábados, domingos por la tarde, y lunes y jueves por la noche. Pero durante los días que se corrían los Grandes Premios, también llamados de Derby, Horacio se alborotaba con el evento. Comparecía a esas fiestas con gran satisfacción, no perdiendo ninguna. Sus bolsillos estaban llenos de programas de turf y algunos pules perdidos.

No era solamente el placer del juego en sí. Ese había sido el deporte de los reyes que se iniciara con la clase alta en el reino Inglés; y por alguna razón no comprendida, a Horacio le encantaba andar metido de cabeza en ese ambiente de fiesta, cuando se le podía ver mirando con su binóculo todos los pareos. Ganase o perdiese, permanecía siempre sereno, sin dar grandes demostraciones de alegría o disgusto.

Pero resulta que cierto día su esposa soñara que una yegua en la cual su marido tenía una participación, iba a ganar la carrera, y lo incitó, diciéndole: -Apuesta en ella, vas a ganar mucho dinero.

Poco después, cuando Horacio llegó al hipódromo, el entrenador le comentó que sería imposible que esa yegua ganara nada ese día, ya que el animal tuviera un malestar cualquiera durante la noche anterior.

Con aire despreocupado, Horacio asistió a los demás pareos que se corrían esa tarde, hasta que llegara la hora de su potranca correr. Se mostraba indiferente: ¿qué podría hacer un animal enfermo?, se consoló dando de hombros.

A pesar de ello, es cuando entonces la yegua, que en la carrera venía metida junto al grupo, dispara y gana fácil el pareo.

Para algo le sirvió su hazaña: Horacio volvió temprano a su casa, y ni habló. Se quitó la ropa y se acostó: al final, la cama es un buen lugar para ahogar las desdichas.

Al día siguiente le contó lo ocurrido a su mujer, que desde ese día nunca más soñó con nada. Y si soñó, no le dijo nada a su marido. Por las dudas que ese día diese errado su palpite…

Somos Cautivos


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Una vez tocado por la varita mágica de la desventura, me siento como barcarola solitaria y perdida en un mar oscuro y cuajado entre las tinieblas del infortunio. No hay en estos casos lo que se pueda hacer, ya que esos reveses de la vida generan pensamientos entristecidos que acuden a mi ánima en toda y cualquier circunstancia: sucesos, gozos, aprensiones y tribulaciones.

A lo mejor tan elemental y excéntrica perspectiva de mi existencia, aunque no del todo comprendida por mí, se asemeje a un ancla que tarde o temprano ha de traer una luz de alegría al penoso piélago de mi vida de martirios. ¡Oh, en donde te encuentras feliz ensenada que aplaca la soledad, si allí logra hacer pie todo desconsuelo el día que encontremos quien nos ame!

Siempre ha de existir algún ser venido a este oasis de amargura para darnos un poco del amor que la vida nos roba. Es posible que los dioses quieran que haga yo lo que está en mis manos para que florezca la alegría aceptando lo que en verdad no está en mis poderes gobernar, como si fuese designio venido de los suyos.

Estas quimeras es lo que me ha sostenido y mantiene viva mi esperanza para enfrentarme a los duros esfuerzos de la vida. Al fin y al cabo, de una manera u otra, todos en este mundo somos cautivos. No de grillos y cadenas de hierro, sino de cuantas circunstancias nos tocan en suerte en este valle de lágrimas.

Es cautiva la nacencia, porque no es escogida; pero una vez que la aceptamos, es principio de libertad. Cautivan también las ilusiones que apresan las voluntades en la vana sombra de los sueños. Cautiva el amor, que nos hace esclavos de las amadas personas. Pero pienso que quizás es peor uno ser cautivo del futuro, que es incierto, falaz e indomable.

No nos hace cautivo lo que nos sucede, sino lo que nos imaginamos que sucede: un desengaño, una desilusión, un desastre. Pero no es el aparente infortunio sino la suprema razón de la existencia. La máxima tentación es ver en los males el sinsentido de esta pesarosa vida.

Sin embargo, hay asimismo entre tanta infelicidad, momentos inmensamente plenos de dicha, que es cuando se enciende de repente una llama en el corazón al descubrir la Diosa que nos ama… ¿Quién osa vivir sin amar?

La Soledad


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Es cierto que todos tenemos nuestras debilidades; por tanto, no creo que alguien conozca a mucha gente perfecta. Las habrá, no digo que no, quizás por eso cuando mueren viran santos; pero en lo que atañe al tema, se me antoja que a mí no me gustaría conocer a ninguna de ellas.

Cualesquiera se ponen a hablar acérrimamente sobre la superación de sus debilidades y la alegría de acercarse a la paz y a esa luz fundamental para vivir. Pero en contrario a sus parladas victorias, yo registro que mi vida es una lucha constante contra las debilidades, intentando superarlas.

Tomemos un caso, la soledad, por ejemplo. Ésta se ha convertido muy rápido en el gran mal de la humanidad, al punto que una cuarta parte de los individuos en este mundo sufre de soledad crónica.

De nada sirve que le diga a nadie que la soledad es muy dolorosa. En realidad, nos hace sentir seres casi totalmente desconsolados, que nos produce sentimientos equivocados, que desalienta el riesgo y socava los recursos emocionales.

En consecuencia, no debería sorprendernos el hecho de que ciertas personas prefieran continuar con relaciones que resultan totalmente insatisfactorias en lugar de arriesgarse a estar solas. Sin embargo, la soledad tiene poco a ver con estar físicamente solos.

En realidad, algunas de las personas más solitarias están constantemente inseridas entre la multitud, o rodeadas de prójimos. Empero, sea cual fuere la situación de ellos o la nuestra, todos en algún momento nos sentiremos solos.

Casi instintivamente, tenemos la precaución de ahorrar algún dinero para el futuro, nos aseguramos contra reveses económicos y nos preparamos para una infinidad de hechos impredecibles, pero hacemos poco y nada, o no pensamos en el momento en que tal vez tendremos que enfrentar las cosas solos, o en que nos encontraremos desconectados de los demás, cuando entonces seremos obligados a luchar contra sentimientos de vacuidad y falta de valor.

Llegado el amargo momento, un sinnúmero encuentran pocas reservas interiores de fortaleza o, quizás, lo que es más importante, no tienen sentido alguno del yo. Pese a que esas mismas personas actúan en tales situaciones según la opinión que ellas tengan de sí mismas, más que por cualquier otro motivo.

La soledad nunca es agradable, pero no se trata tanto de luchar contra nuestra soledad sino de utilizar la fortaleza que surge del conocimiento propio, para entonces colocarla en su perspectiva adecuada. Eso siempre exige de nosotros, que trabajemos activamente a través de un periodo de ajuste o cicatrización, que es a su vez un tiempo para el aprendizaje y el crecimiento, pues eso requiere examinar y volver a evaluar nuestra persona y el mundo que hemos creado artificialmente, para conocernos mejor.

Es una pena que, con frecuencia, esperemos hasta que la soledad nos esté estrangulando para tratar de entender sus complejidades, aunque es cierto que todos necesitamos un mundo separado, lejos de los demás. Un lugar donde a veces podamos retirarnos en silencio para reagruparnos, para volver a tomar contacto con nuestro íntimo. Siempre debe existir un lugar interior del que podamos depender y que sea únicamente nuestro.

Por consiguiente, para conquistar la soledad, debemos asumir el compromiso sagrado de convertirnos en personas completas, y, fundamentalmente, definirnos a nosotros sin incluir siempre a otra persona en la definición.

Ditirambo


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A causa de mis incesantes desvelos, me veo encallado en un ditirambo de plenilunio que me aguija a trasmitir a mi hiriente cojín de espinas, todos los sueños y sensaciones noctívagas causantes de mis insomnios.

Tan simplemente dos letras y una inmensa fantasía de amor componen tu nombre, luciérnaga de la noche. Desde mi boca muda, hoy ganan el cielo las palabras que habían quedado dormidas en mi alma y que ahora son la ilusión de cada día. Te has convertido en ideas sin palabras, palabras sin sentido cuando tú no estás.

Delirio de mi vida, tu pueblas mis sueños con ecos y voces nostálgicas, y a su vez marchitas mi horizonte con tu ausencia en una eterna fuga como si fueses olas marinas que llegan y se van.

Ese delirio que hoy me consume por ser cadencias sin sentido que no tienen ni ritmo ni compás, se ha convertido de pronto en un sobresalto extraño que agita mis ideas como un huracán que empuja las olas en tropel, en un murmullo que en mi alma se eleva y va creciendo como volcán sordo que anuncia su ardor, en memorias y deseos ocultos de cosas que no existen ni nunca existirán, de accesos de alegría coronados de impulsos de llorar.

Te has convertido en la deforme silueta de un ser imposible, paisaje de luna que aparece como a través de un tul, colores que se funden en la brisa cálida de la noche de verano caliente y se convierten en átomos de un arcoíris que nadan en la luz de mi madrugada.

Por tu causa, hoy mi vida es un páramo de espinas donde cada flor que toco se deshoja. Las mismas que en mi camino fatal tú decides sembrar con el mal de amor para que yo las recoja, mientras lágrimas de emoción ahogada brotan de mis ojos en cuando el alma duele.

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