Condena


El amor, cuando cabe todo él dentro de una sencilla flor, puede llegar a ser infinito, pero cuando de repente uno ha sido desterrado de ese refugio seguro que nos proporciona el amor y la pasión, entonces avanza contra el mundo y al mismo tiempo le teme.

En ese pasadero instante, con el corazón hecho añicos, uno construye con sus versos tristes otro mundo artificial que lo sustituya, dejando que sus poemas giren en torno a él, así como las flores lo hacen frente al sol en las mañanas de primavera.

Lo que nos queda, es esa gran sensación de vacío que se adueña del cuerpo cuando alguien se te mete en los sueños de tu vida, los destruye y luego se marcha. Restan entonces las mañanas en que ya nadie nos despierta y las noches en que ya nadie nos espera.

Ha de ser siempre así, como si las palabras y su tiempo estuviesen desajustados, como lo que debiera decirse ya no fuese oportuno, así como no lo será el día en que nos falte la vida y nada podrá ser dicho ya.

Un Día Será


Cada día es un comienzo nuevo, y créeme, esa es la hora y el mejor momento, porque no estás sola, y porque yo te quiero. Pero si estás sola por la noche, ya pronta para dormir, quizás escucharás que alguien te llama sin que tú lo sepas, y aprenderás entonces que también hay cosas que son como el viento, que existen pero que no se ven.

Es probable que en una tarde de fastidio, tal cual como florecen las flores, nazca en ti un afán y aprenderás entonces que hay ciertas cosas que son como el río, que se están yendo siempre, pero que en verdad no se van.

Quizás cuando estés por cruzar la calle un día, tu corazón risueño recordará una pena que no tuviste ayer, y aprenderás entonces que hay cosas que son como el sueño, cosas que nunca han sido pero que pueden ser.

Acaso, por más que tú prefieras ignorar ciertas cosas de la vida, sabrás por qué suspiras oyendo una canción, y sólo así comprenderás entonces que hay cosas que son como las rosas, cosas que son hermosas sin saber que lo son.

Una tarde cualquiera sentirás que te has ido y un soplo de ceniza regará tu jardín, y comprenderás entonces que el tiempo y el olvido son las únicas cosas que no tienen fin.

 

Bendito Sea


Bendito ha sido el día que llegasteis a mi vida, mistura etérea de mujer ninfa y deidad divina que todo lo tocas y conviertes en pasión inaudita.

Bendito ha sido el momento en que transfigurasteis este harapo humano, y con gracia sutil derretisteis las nieves que cubrían mi corazón tan sólo con tu febril mirada y tu risa resbalada.

Bienaventurado fue aquel día que mis labios de amarga hiel probaron la dulzura de esos labios con sabor a miel y cereza madura que enarcan tu agraciado rostro.

Eres el sol de mi vida en el alba que me desquicia, astro que iluminas mi lacia alma marchita con rayitos de ternura que nutren mi espíritu antes callado y triste.

Claudicante de amor, te buscaré hoy mañana y siempre dentro de la explanada de mi alma revigorada, olfateando el crepúsculo en busca de tu corazón caliente, para anidar allí sin inculpar por nada a mi corazón maltrecho y ajado que ha estado por largo tiempo cercado por derribo…

¡Oh! ¡Bendita seas, mujer!

Lo Intentaré


Es suficiente mirarla para captar toda la sabiduría de su sencillez. Pero no me basta con verla o sentir su presencia muy cerca de mí. Quisiera aproximarme y abrazarla como si los dos fuésemos un solo cuerpo, corazón, alma y espíritu.

La dificultad en hacerlo se afana en no ser sencillo. En ella, ese idéntico impedimento se convierte en su muro de contención, su bastión, su blindaje de integridad, y a mí eso de cierta forma me contiene, me inmoviliza, paraliza mis sentidos, retiene mis deseos y sentimientos.

Algunos hombres poseen cierta habilidad ingénita para irrumpir esos misterios de la conducta sencilla de la mujer, haciendo de su rusticidad una forma inédita de discreción.

Ya no me contento con no poder abrazarla y sentir su piel de durazno. Tendré que vencer mis miedos, mis aprensiones y dudas. Para vencer lo que me traba, necesito ser audaz.

Con todo, a veces lo imposible lo llevamos en el ánimo, y mi arrojo no es capaz de dar el salto sobre lo prohibido… ¡Mañana lo intentaré!

Dime


No importa lo cuán difícil pueda ser yo, o cuanta veces las agruras de la vida perturben mi existencia, o las tantas veces que pueda surgir la densa y aciaga nube que esconde mi propio sol, o cuantas inmortales veces necesitemos los dos para recomenzar a enamorarnos a cada mañana.

Todavía recuerdo cómo se me aceleraba el corazón cada vez que iba a tu encuentro de brazos abiertos. No importa lo que nos ocurra, porque poseo un amor valiente preparado para juntar las partes, preparar un café mientras se nos curan las heridas antes de empezar a escribir juntos una nueva historia de verdadera pasión.

Dime que me quieres, que te vuelves loca por mí. Dime cualquier mentira, porque me encanta escucharte, pues entre la nada y el silencio cruzan mis horas cada una de las sílabas de tu nombre.

Vamos rápido hacia un lugar oscuro del horizonte donde siempre pueda quererte. Recuerda que combiné contigo no desistir jamás.

Los Abrazos


Por el rumbo que ha ido tomado las cosas, pienso que nos está haciendo falta algo esencial en este mundo loco en el cual nos ha tocado vivir. Presumo que a causa de todas las realidades mundanales que de ordinario irrumpen la existencia del más desavisado, convendría que existiese la figura del “abrazador profesional”, un individuo que sea experto en su labor y que actúe al igual que los médicos de cuerpos o de mentes.

En éste caso en particular, no se trataría de un individuo apto para curar una insanidad cualquiera, sino más bien de alguien a quien podríamos recurrir de vez en cuando, justo en esos momentos que muy bien nos vendría un abrazo que nos acomode un poco, que nos dedique, aunque más no sea sin emoción, uno de esos apretones de quebrar costillas, para que él nos haga ver que no estamos tan solos, ni tan locos, ni tan rotos.

Es más que evidente que los abrazos y el contacto físico son importantes para nosotros, los seres humanos, ya que todos somos muy dispares y gozamos, sobre todo, de un amplio abanico de diferentes emociones. Por tanto, no hay sorpresa alguna en que existan tantos tipos diferentes de abrazos. Consecuentemente, hace sentido que cada tipo de abrazo revele mucha información sobre la relación entre los dos que se abrazan.

Pero no todos tienen quien, más allá del lenguaje verbal que tenga esta palabra, con quien a veces lograr ponerlo en práctica. La lengua de los abrazos no entiende de idiomas, es una lengua universal, es un modo de comunicación no verbal muy necesaria para el ser humano y su bienestar.

Esos doctores en “abrazoterapia” a quien me refiero, se ocuparían de poner en práctica esta forma de decir un verdadero “te quiero” sin la necesidad de contar, por el motivo que fuere, con quien nos lo diga. Estos doctos nos servirían para demostrar afecto y limpiar nuestra alma, ya que todos poseemos corazón y sentimientos, y debemos alimentarlos con algo de afecto.

Los escépticos dirán que en algunas culturas abrazar al prójimo no está bien visto, ya que abrazando se demuestra la sensibilidad, y el acto parece un roce demasiado carnal.

No disiento de ellos, pero lo cierto es que abrazar nos ayuda a sentirnos mejor interiormente, algo necesario para que la mente y el espíritu se mantengan en buena forma más allá de este punto de vista tan anticuado; y porque el hecho de abrazar a alguien es algo muy necesario: nuestra mente y corazón lo necesitan, pues al tocarnos, los sentidos se agudizan y ejercitamos los músculos.

Además, cuando abrazamos, aliviamos la ansiedad y los estados depresivos, y esto ayuda a dar confianza al que está necesitado. En definitiva, si no hay quien nos los de, recurriremos al abrazador, quien nos ofrecerá mucho a cambio de nada.

Un Día Fui


Me encanta ver esa languidez que siempre se dibuja en tu rostro cuando la presumida ráfaga del viento traicionero insiste en enredarse en las madejas de tu pelo, y retoza en él como un niño que travesea en la calesita.

Con esos gestos de diosa encabruñada robas mi mirada, arrancas de mis ojos contemplaciones de arrobo, sustraes el aire que respiro en tu cercanía, dándome la impresión de que juegas con la luz del universo al quitarme el brillo del sol de la mañana.

Quiero continuar a recordarte cuando aún no existías en mi vida, cuando tú solamente eras sueños y utopías que me desvelaban por las noches mientras te soñaba como racimo de uvas maduras entre mis manos.

Quizás a nada de lo que ahora digo te pareces hoy y sin embargo lo eres todo a la vez, mujer de mi vida. Recuerda que antes de ti, yo era como una barca vieja hundida en la burda ribera de un río en remolino, un intruso errabundo sin destino en una soledad acribillada de sueño y silencio, que a su vez se sentía acorralado entre el mar y la tristeza, como alas rotas de gaviota que se va muriendo de pena al no poder volar.

Triste ternura fue la mía entonces, cuando ya vencido anduve errante por las calles con el corazón congelado y fracturado entre melancolías a tocar el vértice atrevido y frio de mis sentimiento, tal cual un viejo laúd al que se le revientan las cuerdas.

Hoy me siento orgulloso de ti, locura que mi espíritu exalta, embriaguez divina que sólo puede surgir del genio creador, porque durante los instantes que estás a mi lado dejo ya de acusarme por todo lo que un día fui, y porque junto a mí eres el aire que de tu regazo emana perfumes y armonías de la fuente de la vida, y porque con tu magia conviertes mi mundo en primavera.

 

 

 

 

 

Si Tu Vinieses


Si tú pudieses venir hoy, te prepararía un café con sabor a luna llena, y me sentaría frente a ti para contarte sin prisa cuál es la verdadera causa de mis desvelos.

Es que tú y yo es algo así como si estuviésemos juntos de a pedazos, de a rato, a fuerza de parpadeos, de sueños desatinados en los cuales mientras yo me entrego al sueño tu alma se escapa, viene y se refugia junto a la mía, cuando andariegas y unidas trajinan y vagan por los pasillos de nuestros sueños, se enlazan y enamoran mientras pasean descalzas entre naranjos en flor.

Sin embargo, tu puedes advertir que lo mío no es un amor supuesto, un emoción que ha surgido por causa del flechazo de algún cupido distraído, donde tu presencia es lo que menos importa porque eres parte de mi fantasía.

Créeme, lo mío es un amor real, un amor sin piedad y virtud que no busca reciprocidad y no se engaña, porque al conocer tus defectos, aun así te quiere.

Por las noches, al acostarme, apago el ruido de afuera y enciendo la música de mi interior, para entregarme a contar con mis dedos cada uno de tus lunares antes de ponerme a bailar en sueños la noche entera, abrazados los dos bajo un cendal de guirlandas de estrellas, llevándote aferrada junto a mi torpe corazón mientras aguardando que la madrugada muera en la aurora como la luna muere en el sol.

En mis sueños quiero, sólo quiero, que me abraces y en silencio me digas todo. Sin reclamos, sin pasado, sin nada de lo que te lastima o nos lastima. Sin nada ni nadie que interrumpa nuestro idilio.

Y ya ves, nada puedo hacer si tú no vienes. Contra eso, nada puedo hacer, vida mía.

Moriré en Ti


Por si acaso alguna vez el arfar de tu pecho se detiene y el amor que sientes por mí deja arder en tus venas, si a tu boca ya no llegan más las palabras que endulzan mis oídos, si tus manos se duermen y se olvidan de volar sobre mi piel, deja al menos tus labios entreabiertos para que nuestro último beso dure una eternidad, y me acompañe el calor de ese dulce tacto hasta la muerte.

Si ya no me amas, quiero morir besando en sueños esa brasa ardiente que anida en la boca tuya, rodeando con mis manos un pedazo perdido de tu cuerpo entre las brumas de la madrugada, mientras entretengo mi sueño y busco la luz de tus ojos cerrados para que alumbre mi última morada.

Aunque nuestro amor no pueda ser verdad, sé que otros días llegarán mismo que tú no estés presente. Pero eso sí, nunca han de morir nuestros instantes, nunca se terminarán los libros y los tesoros que acumulamos sin tregua durante la vela de nuestras auroras de amor.

Inclemente muerte súbita de un amor prometido que ha perecido brutalmente mientras nos hostiga la vida en una onda alta, altísima, sobre las demás ondas de este mar en furia que es la vida, tu amor nunca será sombra en mí.

Pálida mujer de vasta cabellera negra como negra son las noches sin luna, entre tus brazos y muy colado a tu piel ya me perdí en amores, y de amores en sueños moriré sin paz llevando tu nombre cincelado en flamas en mi corazón.

Sin tú ya no me amas, seré, que pena, un planeta errante en la distancia sideral, quizás un árbol sin hojuelas perdido y muerto en la floresta, un páramo seco en medio al río que corre y huye, una piedra más al pie de la montaña de esta vida loca… Adiós, vida mía, que ahora de la naturaleza caen lágrimas como océanos de tristeza.

Santificado


Han de existir, por supuesto que sí, aunque no sea nada fácil ser un santo en este equívoco mundo en que vivimos.

Pero incluso sin haberlos visto una única vez en carne y hueso ni haber escuchado sus santas palabras ecuménicas, nos basta con ver las innumerables imágenes de madera, piedra y mármol que están expuestas en altares de aquí y allí para que los adoremos.

Es más, algunos de ellos son de barro, con coronilla y todo, lógicamente, que es justificadamente para hacer santo honor al fango de la albardilla de donde surgieron.

Todos, sin excepción, fueron seres bienaventurados que hicieron que sus piadosas palabras y su voz coincidieran con la esperanza de quien de lejos o cerca los miró y aguzó el oído, cuando entonces vieron que tanto las maravillas y las impurezas se ahogaban repentinamente en el olvido y lo normal se convirtió en milagro. Por ende, luego de su muerte los convirtieron en estatua.

Pero no me refiero exactamente a estos, pues intuyo que más santo ha de ser el necesitado humano que ama y no es correspondido. Que si bien sus rezos y rogativas son un tanto diferentes al pragmático modelo eclesiástico, por otro lado no podemos dejar de dar razón a sus apostólicas argumentaciones de amor, las que hilan y rehílan una y otra vez, sentimentales y afables, en un oído sordo.

La concepción del amor y la introspección del lenguaje del apasionado surgen, como en un pase de mágica, de una bolsa de ideas que él tiene escondida en su corazón. Quien un día ya vivió febril de amor, sabe muy bien que esos actos y ruegos responden a una complicada filosofía de sentimientos que no tiene reglas ni se ajusta a criterios de la ley mayor. Es pura pasión.

Con todo, peripatéticamente, éste ya no se tornará un santo hombre ni un día ganará silla en el reino celestial, si en esos acasos de la vida convierte su ilusión en realidad, ya que tendremos entonces un santo viviendo su propio infierno… ¡Ah, el amor, el amor!

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