Devaneos


Mientras afuera llueve, permitamos que el cortinaje gris que en pesadas gotas se desmorona con prisa de un cielo lloroso, se asemeje mucho más a una reja que nos aprisiona y prende en un devaneo de amor.

Ven, siéntate aquí, junto a la ventana. Demos cuenta ya del café mientras, silenciosas, nuestras miradas se cruzan y nuestras mentes vagan entre sueños e ilusiones.

No hables, por favor, no digas nada. Tan sólo consiente a que una de mis manos se ahueque serena en tu rostro para que pueda sentir el jadeo de tu piel de durazno maduro.

Toma ya mi otra mano entre tus manos. Mantenla presa como quien detiene la vida entre suspiros.

No, no hables. Cierra los ojos y permite, como si fuese el humo que se eleva de dos ascuas en llamas y se enreda en uno solo, que nuestras almas se unan también en una sola y se eleven a la eternidad, perdidas en la oscura noche de las ilusiones.

Entonces verás que nada nos detendrá ya, ni los sueños, ni las quimeras.

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Mi Gloria


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Habían existido algunos prefacios y varias preliminares entre nosotros. Empero, cuando esa noche ella se desnudó, donde me aseguraba que le sobraban kilos yo juré que le faltaban besos. La besé sin pedir permiso y fue la gloria.

Creo que podríamos haber hablado de frío a no más de tres centímetros de distancia, e ignorar tiritando de deseo cuantos veranos fuesen posibles caber en nuestros abrazos.

Es más, hasta esa noche yo no había logrado entender el verdadero significado de la sed hasta no sentir sus manos acariciarme la nuca. Me di cuenta que de rodillas el cielo estaba exactamente a la altura de mis labios, mientras sus muslos se abrían como quien abre un inmenso paréntesis en el arcoíris, o como quien cierra un pasado.

Inclusive, podríamos habernos sentado a hablar de la lluvia, observar con la inocencia perdida nuestro reflejo en los charcos, pero decidimos ser los dueños de la próxima tormenta, porque desnuda ella me parecía una playa donde naufragan las islas.

Gemía, y toda la habitación bailaba como si ella tuviera en la garganta los acordes de mi vida. Como si la música no existiera sin su boca. Traduje sus suspiros al idioma del deseo y toda mi existencia se resumió a sus labios.

Nos leímos despacio, y me di cuenta que tenía adjetivos en las caderas que aún ni conocía. Tenía en las manos miles de puntos suspensivos, y en sus ojos había una infinidad de signos de exclamación. Decidí llenarle la vida de palabras esdrújulas, con sueños de verbos en futuro perfecto y un amor en el pluscuamperfecto.

Pero nada es infinito en esta vida, y tuve que cerrar el paréntesis después de silabear su nombre en un susurro. Como quien cierra una estrofa. Para quedarnos dentro, perdidos en un abrazo eterno. Pero si por acaso nos quedó algún recuerdo escondido, ciertamente las canciones lo han de encontrar mañana.

Revelo sin necesidad de alarde, que desde esa sublime noche nos pusimos a coser los meses de invierno en el quicio de la puerta e intentar descifrar la vida en el vaho de los suspiros, porque nombrarnos nos sabía cómo un beso largo en la boca. ¡Una gloria sin fin!

Borrarte no Puedo


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Turbado en la noche en mi firme empeño, me alcanzaba su visión tenaz mientras la pensaba en silencio, entre letras sobre versos, uno por uno, coma a coma, en suspenso.

Ella no percibía que yo la recordaba en los estertores de la noche, a lo lejos, como lejos están las mañanas cuando nos desvelamos, o como una lágrima cayendo igual a golpe de remo que hace saltar la espuma del mar. Mis suspiros se volvían aire que al aire van, y las lágrimas en agua que van al mar.

Pero a ella se le ocurrió borrar las páginas de ese amor que entre los dos habíamos escrito con una pluma de fuego y pasión. Intentó borrarlas con lágrimas, con licores, con vino. Empezó a borrarlas de a una, pero sus lindos ojos negros siguieron siendo líneas que bordan un horizonte a lo lejos. Seguían siendo su norte.

Le habían recomendado olvidar nuestro pasado, y todas las noches ella lo olvidaba. Y cuanto más intentaba borrar los restos de nuestro amor, irónicamente, no lograba apagar la imagen de aquel hombre milagroso, de cabello enredado y revoltoso, cariñoso y dueño de esa sonrisa tan particular que siempre le arrancaba deseos de besarlo, y amo de esos ademanes únicos que tanto la enloquecían.

Empezó a borrarme, y al hacerlo, se le iban borrando las líneas que yo había trazado sobre su piel con mis sabias manos. De a poco apagó también todas las figuras y trazos que yo le diseñé en aquellas noches llenas de estrellas, que iban dando formas reales a un fantasma de bufa invención.

Empezó a borrar todavía el sabor de mi boca. La misma boca que había recorrido las líneas y los dibujos que mis manos habían trazado, delicadas como estelas de mar, en todo su cuerpo de mujer madura.

A cada noche intentaba borrarme, y cada vez ocupaba más vino para olvidar el sabor de mis labios en su boca, pero perdida entre esas aspiraciones se quedaba dormida. A lo mejor mañana logrará olvidarme nuevamente.

Yo, mientras tanto, continuaré a pensar en ella mientras dibujo la sábana arrugada con la yema de mis dedos para sentir su cuerpo.

¡Ay, amor! Hoy como ayer, mañana como hoy, siempre igual, un cielo gris, un horizonte pétreo. Si tú supieras que cuando te escribo yo también tiemblo.

¡No la Mates!


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Por favor… ¡No la mates! ¿No percibes que sin magia ya no existirá más nada? Si la matas, ya no habrá entonces sueños, ilusiones, utopías o delirios.

Sin ella ya no existirán los cuerpos furtivos y candentes ocultos e íntimos entre las sumisas y arrugadas sábanas de la noche. Las dóciles almohadas ya no lograrán sofocar las esperanzas y los suspiros, ni tampoco acopiarán entre sus suaves texturas perfumes y fragancias de cuerpos fatigados e gimientes. Si matas la magia, matarás junto a ella las margaritas de la duda que tanto deshojan en la madrugada los amantes inseguros.

Acredita en ella tal como es, contraria al sueño de la razón que sólo nos llega para producir sus monstruos y a nuestras espaldas imaginar una bandada de aves nocturnas que nos rodean con sus picos amenazantes, batiendo alas como si fuesen enormes fantasmas.

Mi mundo era exactamente así, hasta que de repente un día llegaste tú, con mucha luz, y no te importó que tan oscura estaba mi vida, y te quedaste ahí, a un ladito mío, alumbrándome con tu hechizo de maga, con tu risa alegre de buhonera de la felicidad, con tus besos de aguamiel, con tus ojos de luna, como alma fascinadora que emerge de la nada.

Evoco en puridad aquella tarde en que te conocí con claridad, y sin embargo no recuerdo haber sentido algo especial. No tenía idea lo que pasaría después. No sabía lo cuanto llegaría a amar tus manos, esas manos que se entrelazan con las mías, ni tampoco sabía que llegaría a disfrutar tanto escuchar tu voz cada vez que ella me relata tu día a día.

En un primer momento éramos tan sólo dos extraños, dos personas que se encontraron por coincidencia, pero que luego se enamoraron… Juro que yo no quería enamorarme, pero viniste tú, con esa sonrisa, con esa mirada dulce, con esa personalidad encantadora, y sólo sé que sin ti magia ya no puedo vivir.

Expiración


4- expiración

Necesitamos estar preparados para el día que caiga la cortina del último acto. Es imperioso decirlo, y más aún reconocerlo. Infaliblemente, cuando esa umbrosa andanza nos alcance, nada llevaremos para esa emigración eterna destinada hacia el más allá de la vaporosa línea que separa el horizonte del reino celestial.

Todo personaje mundanal anda descalzo por la vida en un mundo que pasa sin interrupciones pero con prisa. Y mismo así, al partir, todos dejaremos detrás los perdones que no pedimos, los amores que no vivimos, los sueños no realizados y nos iremos con lo puesto.

Retóricamente, en ese último viaje de la vida, cuando la noche inesperada nos atrape sin más y nuestros párpados sucumban en la oscuridad, sólo habremos de llevar lo que tenemos dentro, en el alma, en la mente y el espíritu.

Vivamos la vida hoy, porque a partir de ese entonces ya no habrá una boca seductora a reclamar besos imposibles, ojos que amen en silencio en cuanto miran bobalicones, propuestas que quedaron ahogadas en el apocamiento de la integridad, manos suaves que acaricien cuerpos ardientes o desalientos que fueron esperanza un día y se marchitaron en el corazón como flor arrancada con prisa de su tallo. Tampoco ha de existir una nueva oportunidad para entregar esas promesas de amor que cierto día abortamos por causa de otros alborotos.

Luego de expeler el último suspiro, inmóvil y tieso, el cartujo más taciturno ya no podrá distinguir como su piel se convierte en pellejo hasta secarse y transmutar de pronto en un ajeado pergamino. Ya de nada valdrán entonces las experiencias vividas y sus demás minucias, y por acaso el recuerdo de nuestro nombre será como un paisaje que llena el contorno de quienes aún no han partido.

Entre Serpentinas y Lágrimas


De antemano ya se lo que aquellos de siempre me van a contestar; y hasta parece que ya intuyo lo que algunos puedan ponerse a pensar. Parecería que ya los estoy escuchando, y bien podría agregar que estoy viendo las reacciones indignadas de no más de una media docena; pero si me callo, reviento.

Sin embargo, puedo responderles a todos que cuando miramos al otro lado del monte, sólo vemos que en estos momentos hay serpentinas y jolgorio. Con todo, escudriñando en ese anverso, también se puede divisar que existen cenizas y angustia. Por aquí los bailes, los pitos, las risas. Por allá los gemidos, los suspiros, las lágrimas…

Al  norte y al este del cerro se festeja el triunfo, la ganancia, el éxito. Al sur y al oeste del mismo se lamentan las derrotas, la pérdida, el fracaso. Casi de pronto y mal han sido contados los votos, nos reparamos con los desfiles de carros adornados, las banderas desplegadas, los gritos de júbilo. Pero al mismo tiempo advertimos los animales atascados, las ropas deshechas, los gritos de dolor.

Ambos situados a pocos kilómetros entre sí, podría decirse que estos dos escenarios pudieran estar a distancias siderales. Pero basta con cruzar el monte para llegar de un lugar a otro, para pasar del festejo al luto. Casi se hallan a tiro de piedra -o de cañón, como decían nuestros conquistadores-, los que ríen de los que lloran. En los mapas figuran en el mismo país, y en la geografía viven bajo un mismo cielo patrio.

No en tanto, en la verdad de la vida diaria, son como dos mundos irreconciliables, pues los separa la falta de solidaridad, de amor, de respeto, de consideración.

Mismo que protagonicen sus vivencias casi a la vuelta de la esquina, estos nunca podrán encontrarse, pues los de la angustia son invisibles para los del jolgorio: les ha cubierto un manto de ceniza que los oculta, pero no la ceniza de un volcán cualquiera, sino la de la indiferencia, de la insensibilidad, del desprecio por el doliente, del sentirse dueños del presente y del porvenir.

No, no cabe aquí preguntar dónde está el amor, ni dónde se quedó olvidada la doctrina social de la Iglesia, y ni siquiera busco averiguar por las consecuencias prácticas de la teología de la liberación. No, en realidad, diría más bien con un poco de amargura y rabia, que estaría exigiendo simplemente que alguien se digne a explicarme en cual cementerio se ha quedado sepultado el sentido de la oportunidad, la perspicacia para notar el sufrimiento cercano, el respeto a la dignidad del pobre doliente.

Tal vez al amable lector ya le pique la cabeza y comience a cuestionarse: ¿Dónde están ahora los Boff, los Segundo, los Gutiérrez, para que nos digan cómo se puede festejar cualquier cosa cuando los hermanos sufren en soledad?

Claro que no se necesitan encíclicas papales para abrir los ojos a la contradicción patente entre el discurso y la acción. Pero no olvidemos que aquí, en nuestro vapuleado continente, dentro de pocos días también tendremos elecciones, y ahí: a este lado del monte serpentinas y jolgorio… Al otro, cenizas y angustia… ¡Es de pensarse!

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