Mi Gloria


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Habían existido algunos prefacios y varias preliminares entre nosotros. Empero, cuando esa noche ella se desnudó, donde me aseguraba que le sobraban kilos yo juré que le faltaban besos. La besé sin pedir permiso y fue la gloria.

Creo que podríamos haber hablado de frío a no más de tres centímetros de distancia, e ignorar tiritando de deseo cuantos veranos fuesen posibles caber en nuestros abrazos.

Es más, hasta esa noche yo no había logrado entender el verdadero significado de la sed hasta no sentir sus manos acariciarme la nuca. Me di cuenta que de rodillas el cielo estaba exactamente a la altura de mis labios, mientras sus muslos se abrían como quien abre un inmenso paréntesis en el arcoíris, o como quien cierra un pasado.

Inclusive, podríamos habernos sentado a hablar de la lluvia, observar con la inocencia perdida nuestro reflejo en los charcos, pero decidimos ser los dueños de la próxima tormenta, porque desnuda ella me parecía una playa donde naufragan las islas.

Gemía, y toda la habitación bailaba como si ella tuviera en la garganta los acordes de mi vida. Como si la música no existiera sin su boca. Traduje sus suspiros al idioma del deseo y toda mi existencia se resumió a sus labios.

Nos leímos despacio, y me di cuenta que tenía adjetivos en las caderas que aún ni conocía. Tenía en las manos miles de puntos suspensivos, y en sus ojos había una infinidad de signos de exclamación. Decidí llenarle la vida de palabras esdrújulas, con sueños de verbos en futuro perfecto y un amor en el pluscuamperfecto.

Pero nada es infinito en esta vida, y tuve que cerrar el paréntesis después de silabear su nombre en un susurro. Como quien cierra una estrofa. Para quedarnos dentro, perdidos en un abrazo eterno. Pero si por acaso nos quedó algún recuerdo escondido, ciertamente las canciones lo han de encontrar mañana.

Revelo sin necesidad de alarde, que desde esa sublime noche nos pusimos a coser los meses de invierno en el quicio de la puerta e intentar descifrar la vida en el vaho de los suspiros, porque nombrarnos nos sabía cómo un beso largo en la boca. ¡Una gloria sin fin!

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Endeudamiento


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Todos tenemos alguna deuda pendiente que pagar. Pero mismo que exista la culminación lógica llamada muerte, un tema más claro que nieve blanca, si todavía no la hemos abonado, lamentablemente la tendremos que llevar junto a otra vida para saldarlas.

Muertes las hay de todo tipo. Sin embargo, cuando ésta burla nuestra vida cada vez más frágil pese a los avances científicos, el etéreo destino nos acaricia el hombro y el mundo se evade al instante en una nada. Se puede morir de mil formas: de un síncope, de hipertensión, de un tiro o una puñalada, o hasta de amor, lo que para muchos sería un final benigno si hay reciprocidad, si bien para otros puede resultar casi como un regalo maldito.

Con todo, las deudas suelen jugar un rol central dentro de la anarquía en que vivimos. Éstas no son más que un compromiso de pago obligatorio entre dos entes que son representados por humanos, donde el que ha pedido es el deudor, el que ha entregado o prestado es el acreedor; y lo que ha de ser entregue puede ser cualquier tipo de bien, tangible o intangible, incluso una solicitud de amor.

Cuanto a este último tipo de deuda, casi siempre suelen realizarse pronósticos, si bien algunos son tan falsos como billete de tres pesos, ya que proponen una dicha mentirosa o el adelanto de una pasión que no era tal. No son más que copias fidedignas de un deseo pasional o una imitación de lo inimitable, porque su sentido real, único, original de la emoción verdadera, quedó allá lejos, perdido en el silencio del olvido.

Esencialmente, se podría afirmar que ciertas deudas de concepto moral provenientes del mal de amores, son de por sí obligaciones imposibles de cuantificar o reembolsar de acuerdo con la magnitud de las declaraciones que fueron condicionadas previamente; un trágico momento en que el acreedor o acreedora ve su corazón desfallecer, por lo que de la escatima solamente le sobrará remordimientos y diez dedos de desconsuelo.

Lo que le sobra, en verdad, es una deuda pendiente que en algún momento el corazón desamorado habrá de saldar.

Cómo no Quererte


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Me entretuve a observar desde mi ventana la fiesta del sol en el poniente, y si bien me confundían sus manchadas tajadas de un cielo multicolor, percibí lo cuanto te amo y te recuerdo, y como calla el tiempo en la soledad, imitando el aire que se detiene en vigilia de una gran tormenta.

A estas horas el sol ha partido ya hacia otras alboradas, pero siento que a nuestros pies el mundo se detiene y nos espera. Te quiero tanto, vida mía. Tú lo sientes ¿verdad?

Te quiero como para conducirte de manos dadas a mis lugares favoritos, y contigo a mi lado poder buscarte en la niebla de miradas que no son las tuyas pero que aun así me incitan a buscarte porque te quiero.

Lo cierto es que te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma, como pedazo de sol entre mis manos, buscando en ti la ilusión de cada día en un horizonte que tiene tu ausencia.

Quizá te quiero como para leerte cada noche, como si fueses mi libro favorito, como para leerte frase por frase, línea por línea, letra por letra, espacio por espacio mientras me oyes desde lejos y mi voz no te toca.

Dime cuál es exactamente el rincón del universo donde no has dejado aun tu sutil presencia. Dime por favor cual es la noche que no vendrás para velar mis sueños. Ya no puedo vivir porque te extraño, pero tampoco puedo morir porque te quiero.

Me has pedido tantas cosas en tus plegarias, que yo te sigo amando a manos rotas, procurando hacerme el bueno, para ver si al fin así te puedo tener a mi lado. ¡Cómo no quererte, vida mía, si te extraño tanto!

El Apostador


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Horacio era un hombre viciado en carreras de caballos. Pero como no era un individuo de muchas poses ni dinero sobrando, buscaba controlar su impulso, ya que no podía arriesgarse en la aventura de muchas apuestas.

Sin embargo, seguía de cerca las novedades del turf a través de los programas del propio Jockey y las premisas que publicaban los periódicos, como no perdía oportunidad de conversar sobre ese tema con los entrenadores de caballos y los amigos que curtían la misma pasión que él. En todo caso, le gustaba seguir de cerca la filiación de los animales y a quien ellos pertenecían.

Pero es sabido que el juego de turf tiene sus propias peculiaridades, ya que si se realizan veinte consultas, seguramente se obtendrán veinte candidatos en lo que se denomina una “carrera abierta” en la jerga de este deporte, o sea, que cualquier animal puede ganar, independiente de que la prensa apunte uno y otro como los más indicados. No habían resultado pocas las veces en las que Horacio presenciara un tal caballo ganador que nadie tenía en los papeles ni daba un vintén por el mismo.

Por esa época había carreras sábados, domingos por la tarde, y lunes y jueves por la noche. Pero durante los días que se corrían los Grandes Premios, también llamados de Derby, Horacio se alborotaba con el evento. Comparecía a esas fiestas con gran satisfacción, no perdiendo ninguna. Sus bolsillos estaban llenos de programas de turf y algunos pules perdidos.

No era solamente el placer del juego en sí. Ese había sido el deporte de los reyes que se iniciara con la clase alta en el reino Inglés; y por alguna razón no comprendida, a Horacio le encantaba andar metido de cabeza en ese ambiente de fiesta, cuando se le podía ver mirando con su binóculo todos los pareos. Ganase o perdiese, permanecía siempre sereno, sin dar grandes demostraciones de alegría o disgusto.

Pero resulta que cierto día su esposa soñara que una yegua en la cual su marido tenía una participación, iba a ganar la carrera, y lo incitó, diciéndole: -Apuesta en ella, vas a ganar mucho dinero.

Poco después, cuando Horacio llegó al hipódromo, el entrenador le comentó que sería imposible que esa yegua ganara nada ese día, ya que el animal tuviera un malestar cualquiera durante la noche anterior.

Con aire despreocupado, Horacio asistió a los demás pareos que se corrían esa tarde, hasta que llegara la hora de su potranca correr. Se mostraba indiferente: ¿qué podría hacer un animal enfermo?, se consoló dando de hombros.

A pesar de ello, es cuando entonces la yegua, que en la carrera venía metida junto al grupo, dispara y gana fácil el pareo.

Para algo le sirvió su hazaña: Horacio volvió temprano a su casa, y ni habló. Se quitó la ropa y se acostó: al final, la cama es un buen lugar para ahogar las desdichas.

Al día siguiente le contó lo ocurrido a su mujer, que desde ese día nunca más soñó con nada. Y si soñó, no le dijo nada a su marido. Por las dudas que ese día diese errado su palpite…

Desánimo


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Hermosa eras tú, altanero yo; y poco a poco nos fuimos acostumbrando uno a querer dominar, el otro a no ceder, y seguimos andando por esa apremiante senda hasta que nos resultó inevitable el choque, y un día concordamos en dar adiós a las mutuas manos y a las sienes que acercaban el amor. Hoy en día sólo ha quedado entre nosotros la fiel memoria y los desiertos días.

Ya no me resulta mágico el mundo si me has dejado. Ya no compartimos de manos dadas y pausados pasos la clara luna ni los serenos jardines. No existe más una luna que sea espejo de nuestro pasado. Sólo ha quedado en mí un cristal de soledad, un sol de agonías.

Como si fuese un enjambre de abejas irritadas, desde un oscuro rincón de la memoria surgen a perseguirme con insolencia los recuerdos de nuestros ayeres. Medroso y triste, entrego mis pensamientos a tocar el pentagrama de tu belleza y afinar mis melodías para un amor que ya se fue. Esfuerzo inútil. Los recuerdos me rodean, me acosan, me maltratan, me aguijonan el alma unos tras otros con fatuo encono.

Mismo así, he percibido en medio a mi dolor, que nadie pierde sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, y que no basta ser valiente para aprender el arte del olvido.

Ensimismado en ese contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, creo que si una próxima vez vuelvo a perder a alguien, esa vez no será por tener pensamientos demasiado profundos, por tener estándares muy altos o sueños muy grandes, por tener demasiada alma, por tener los pies en la tierra, por amar demasiado, por empujar a otros a creer que el pasto es verde solamente si lo riegas.

Un día te rogué que no me tentaras. Y ya lo ves, hoy no puedo olvidarte.

Desvelo


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Tuve el presagio de que ésta no sería otra noche más de mis calladas luchas. Por la ventana, noté que el cielo había anclado su huraña sombra negra entre dos serranías y la lluvia en la errante oscuridad caía formando cortinas de agua, impulsada por un viento intenso que hacía teclear las celosías de la ventana mientras mi corazón daba vueltas como molino loco.

Dentro de la habitación no había vestigios del viento de mi angustia que suele arrastrar mis sueños que se tumban. Ahí estaba ella, apegada a mis brazos como una enredadera en cuanto en mí ardía una hoguera de estupor como lo hace el mar a la orilla de un faro.

En eso andaba yo, cuando luego de haberla besado de manera apremiante y prolongada, de haber acariciado lo más suavemente posible sus cabellos lacios y depositar varios besos breves en su cuello de gacela y en su hombro reprimido cubierto de piel rizada, de mirar más de mil veces ese par de ojos profundos donde ciertamente cada día la noche alea, de repente se me ocurrió buscar imperfecciones en su cuerpo, cualquier falla invisible, más específicamente esos pequeños pero significativos defectos anatómicos.

Entre sus brazos de flor y regazo de rosa los encontré, y tuve certeza que desde ese día en más me sería posible conquistar el mundo desde cualquier punto de su espalda, tan sólo usando como trinchera sus lunares y perderme ahí, entre sus sueños, sus miedos y pudores. Sin embargo, hubo específicamente un diminuto lunar que me desveló. Estaba ahí, donde más se desea.

Ahora todo en mí lo ocupa ella, arco de esperanza, pues es en ella que mientras las aguas de los ríos cantan, que mi alma en ella huye como lo desea y hacia donde ella quiera.

Te escojo a ti, vida mía, porque me di cuenta que tu encontraste al fin mi punto débil. Has sido la única que descubrió la forma de calmar esta alma indomable que poseo. Te elijo, alma de mi alma, porque descubrí que vales la pena, vales los riesgos, vales la vida.

Sé que te Veré


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Mientras el alma esté en la tierra, ella siempre ha de necesitar un cuerpo en el que habitar; no obstante dentro del contexto secular y perecedero en que nos han encajado sin pedirlo, lo aconsejable es uno no ponerse a mimar demasiado el cuerpo, como para que éste no vaya a pensar equivocadamente y se crea que él es más importante que nuestros sentimientos.

Estoy convicto de que mis años vividos ya son historia; eso es algo que ya nadie puede quitármelo. Más tarde me ha de llegar la vejez con sus achaques y demás malestares a cuestas, así que por ahora mí consuelo es animarme con reflexiones consoladoras y entregarme a pensar en ti, Maga de mis sueños.

Por eso me gusta pensar que voy a verte. No sé en qué lugar, ni en qué estación o bajo qué circunstancia. No sé si será hoy, mañana, dentro de un par de años o en otra vida. Tampoco sé si ese encuentro ocurrirá siendo niños, jóvenes o ancianos; en forma de personas, o en una conjugación de agua y piedra, de luna y estrellas, de flor y tierra o como lluvia y cielo. Pero igual me gusta pensar que voy a verte.

En realidad, me encanta conceder las horas de mis días y mis noches a pensar que de algún modo voy a verte; posiblemente ha de ser en algún momento en que nuestros destinos coincidan nuevamente. Simplemente pienso en eso. Me gusta pensar que voy a verte.

Tal vez nos volveremos a encontrar cuando seamos ligeramente más viejos y nuestras mentes sean menos frenéticas, cuando entonces yo seré adecuado para ti y tú serás buena para mí, porque entiendo que justo ahora soy un caos para tus pensamientos y tú eres veneno para mi corazón.

Eso sí, prometo que volveré a verte antes de que tu preguntes: ¿De qué murió?, y mucho antes de que todos te contesten que me caí de lo más alto de mis expectativas.

No hay nada más bonito que volver a oírte decir: “me hiciste mucha falta”. Porque tú existes dondequiera, pero yo sé que siempre existes donde mejor te quiero: en mi corazón.

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