Suéñame


Tuve algunos amores que en los días de cataclismo agrietaron mis puentes, que hundieron la vereda de mi vida, que me hicieron perder el equilibrio. Otros de ellos, no obstante, fueron tan sólo réplicas. Amoríos de tan baja intensidad, que ni siquiera me hicieron temblar mientras los otros viejos amores aun respiraban bajo las ruinas.

Hoy, bajo el amparo de la oscura noche mi cuerpo se estremece, pero como cada velada, por larga y sombría que sea tiene su amanecer, han de ser tus besos los que me acompañen mientras tu sonrisa me protege.

Temo que seas tú aquel sentimiento que cuantiosos llaman de felicidad. Y qué fortuna ha de poseer quien pueda amarte y brindarte mil besos con sabor a mar, hechos de sal y viento, de olas que rompen en la arena, de gaviotas que graznan al amanecer.

Sí, te quiero como para escuchar tu risa toda la noche. Te quiero como para no dejarte partir nunca más. Te quiero como se quieren a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás… ¡Suéñame, me hace falta!

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Inspiración Pura


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Sencillamente, existen asuntos sentimentales sobre los cuales usted no debería preguntarme nunca, a no ser que esté dispuesta a escuchar que se ha convertido en la dueña de todas mis letras, que ya hoy es parte de esa inspiración que yo creía perdida.

Diría más, sin buscarla a usted, de repente me ha hecho revivir ese sentimiento idílico que yo ya creía extinguido; quien, como en un pase de mágica, se ha convertido en la razón de mis versos, en el camino que va en busca de una inesperada sonrisa; o quién sabe en la dirección segura que querrían seguir mis besos, en la trayectoria cierta que mis manos requieren, o en la razón de un sueño. Concibo que más que todo esto, ha de ser porque yo le entrego parte de mi vida cada vez que la veo feliz.

Y no crea usted que me engaño, porque bien sé que mis sentimientos no tienen precio que pueda tasar ni dinero que puede pagar toda la felicidad que siento cada vez que la veo sonreír.

Pero si nada he mencionado antes sobre todo lo que he confesado ahora, es porque hay instantes en que todo me parece imposible o que todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano y muy distante a la vez. Quizás es por eso que repentinamente me invade la duda, el miedo a equivocarme y de no haber comprendido bien lo que el corazón siente de verdad caso usted me diga no.

De cualquier manera, pienso que usted es mucho más de lo que pueden imaginar los hombres iletrados que ni leen ni sabrán leer lo que en verdad usted representa. Porque uno puede tomar un libro con las manos, pero no podrá abrir su misterio y vivirá dejando de lado lo que realmente dice. Porque lo que usted dice con su existencia no es lo que se ve con los ojos. Es algo que lleva tiempo y paciencia, porque leer a una mujer cuesta la vida, aunque cuando uno se enamora, las agujas del tiempo hacen escala en el olvido de las horas.

La Felicidad


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La felicidad nace en el interior de las personas. Ella no depende de cosas externas o de otra gente. Si bien debemos reconocer, que cuando nuestra felicidad y la sensación de seguridad pasa a depender del comportamiento y los actos de los demás, es evidente nos tornamos vulnerables y luego podemos sufrir con facilidad.

Claro que no es posible hablar por los demás, pero lo que en este caso es realmente importante, es lo que nos incumbe. Por tanto, toda persona debe preocuparse de sí misma, de convertirse en un todo, ya que desde siempre todos tenemos lecciones que aprender. Pero, eso sí, uno debe aprenderlas una a una, por orden, sin prisa. Sólo así podremos saber qué necesita la persona que tenemos cerca, qué le falta o qué nos falta a nosotros para ser un todo.

Creo que gracias al mar, las arenas, al viento golpeando mi rostro, y, por supuesto al buen vino y a la suerte, logré comprender algo de la naturaleza del yo. Me refiero al yo verdadero, que es inmortal y no una copia manifiesta de lo que sea y que poco o nada nos ha de servir para conocer realmente la felicidad.

Al entenderme al fin con mis ocultas voces clamorosas y gimientes, descubrí que eso era justamente lo que me ayudaba a ver las cosas siempre desde una perspectiva adecuada, mismo que ello fuese una evocación alucinada quizás más sonante que cantante.

Haciendo gala de su virtud educadora, algunos afirman que todos necesitamos conocernos para ver claramente, sin las distorsiones que son proporcionadas por la mente consiente o subconsciente. Empero, para lograrlo, tenemos que cultivar la práctica de la meditación, la visualización, la observación distanciada de los hechos, la percepción tranquila de lo acontecido. En fin, una búsqueda sobria de las sensaciones causadas por amor y del cariño desde la distancia o el distanciamiento del amor, que en suma es, lo que nos permite entender a quién nos ama.

En última instancia, la manera de tratar a los demás en las relaciones es infinitamente más importante que lo que hemos acumulado materialmente, ya que, indudablemente, podemos ganar y perder muchos objetos materiales a lo largo de la vida, de la misma manera como perdemos a quienes amamos; no obstante, en este caso palmario, los ecos de sus voces nos seguirán y nos perseguirán “per omnia saecula seculorum”.

Por veces nos cuesta mucho sentirnos felices, y esto se debe a que generalizamos y establecemos despóticamente grupos o tópicos, y tal actitud es lo que hace imposible que consigamos ver a otros individuos por sí mismos, sin fantasías ni vestidura. Las suposiciones erróneas arraigadas en el pasado ocasionan una percepción distorsionada de la realidad. Con todo, como la experiencia tiene mucha más fuerza que las creencias, uno debe descartar las creencias y los pensamientos caducados.

Como negar que, al parecer, la diferencia entre hombres y mujeres son insalvables. Innumerables libros, películas y programas de auditorio ya se han encargado de subrayarlo con letras mayúsculas, y es evidente que existe un abismo infinito entre los sexos que se manifiesta en nuestra forma de pensar y en nuestro comportamiento.

Lo cierto de todo esto, es que los diferentes géneros no ven el mundo del mismo modo, y hasta da que pensar si no es el sol quien se los ilumina de diferentes ángulos.

Científicamente hay una explicación: por ejemplo, la testosterona, la hormona masculina, es la que inclina a los hombres hacia la agresión y la competitividad, en lugar de la cooperación, hacia la propiedad del territorio y de la familia. Pero del otro lado de la luna está el estrógeno y la progesterona, las hormonas femeninas, las que parecen fomentar la sensibilidad, la comunicación, en lugar de la competición, un menor deseo de agresión y una mayor ansia de protección.

¡Válgame Dios!… La verdad es que me siento óptimo y soy feliz, y creo que luego de todo esto la invitaré a volar.

Besos Etéreos


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Esa noche me quedé con ella y la miré dormir. No quise despertarla. Me di cuenta que estaba soñando conmigo.

Lenta y paulatinamente la fui desvistiendo con los ojos, mientras observaba sus lunares y cada una de sus pecas, y recordé a mí mismo por qué ella me gustaba tanto.

En cierto momento consideré que su imagen de diosa dormida me intimidaba y salí a fumar, pero le dejé una nota. Tuve la precaución de registrar en la misma lo cuanto la quería, y, por si despertaba, dejé dicho que volvería.

Volví. Como aún no había despertado, le susurré al oído que no había tiempo a perder. Nos aguardaba la vida, nos esperaba el amor, y decidimos abolir las preliminares.

Perdido entre sus brazos me dejé estar, porque ella era una mujer que no escatimaba ternura, porque su modo de acariciarme me mareaba de felicidad, y, debo reconocerlo, de deseo también.

Me otorgué un tiempo para adorar sus labios, o, mejor dicho, el gusto de sus besos, la manera suave y violenta como ellos se hundían en los míos, como se entreabrían, como se escapaban y se confundían y me confundían.

No demoré en darme cuenta que se trataba de una mujer veneno, veneno de pasión y antídoto a la vez.

Estimo que con sus caricias y sus besos al que quiere curar lo cura, pero al que quiere matar lo mata… O quizás él se deje morir entre sus brazos.

Me enamoré de la forma en que sonreía en la mitad de cada beso, de la manera que sus labios besaban mi cuello, mi cuerpo. Me enamoré de la forma en que me hizo volver a vivir mientras ella no decía nada. Le gustaba que yo le dijese cosas al oído, pero callaba.

Callaba, pero sus ojos, sus labios y sus manos hablaban por ella, y eso me bastaba para ser feliz.

Ya no puedo dejar de ser suyo. Ya no puede dejar de ser mía. De hoy en más la he de amar con todos mis anhelos, en todos mis sueños, y sé que me bastará la fugacidad de su presencia para hacerla mía, parte de mi carne, propiedad de mi alma, habitante de mi dolor y mi esperanza.

Promesas


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No sé qué decirle sobre todo esto, pero creo que siento por usted un amor antiguo. Como si fuese un hoy que se inició hace muchos ayeres, algo como una luna que nunca desaparece, como un viento en torbellino que arrastra hojas iluminadas.

Temo hablarle, temo molestarle o incomodarle, pero ya no sé más qué hacer con todo lo que siento. Aunque sin duda usted es la principal y única razón para yo creer en la magia y hoy llevo su nombre gravado en mi alma.

Confieso que, poco a poco, se ha ido introduciendo sigilosamente en medio de mis pupilas, justamente allí, donde antes se escondía la oscuridad. Donde tan sólo había quejumbre, tempestad, remolino en furia, y ha causado una colisión, un choque y una sacada de lugar que no hace daño sino que provoca una felicidad intensa.

Quién sabe usted aún no se ha dado cuenta, pero debo decirle que se ha metido en medio de mi vida, despacio, paso a paso, y ha ido destruyendo con su belleza todo lo que me hacía mal, los viejos dolores, los rancios rencores de antiguos amores, y que los ha hecho huir, cobardes, de mi guarida oscura dejando en su lugar nuevos huracanes de sueños y fuegos oblicuos.

Yo le permitiré que me llame como quiera si me presta su rostro para ahuecar en él mis manos, pero si usted en sus palabras me dice rosa, juro que tomaré su aliento a viento de primavera.

Todo lo ocupa usted en mi mente, y tal cual un girasol que mira siempre en dirección al sol, hoy mis ojos sólo miran hacia usted, pues se ha tornado el resplandor más brillante que he conocido sobre la tierra.

Si soy dueño de su corazón, un día, por primera vez y para siempre, he de llevar en mis pies y en mi alma las memorias de nuestro amor. Lo haré para no olvidar lo que es caminar junto a usted y para no perderme jamás, y continuaré a andar de manos dadas por esas mismas calles donde nosotros estuvimos juntos en sueños.

¡No la Mates!


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Por favor… ¡No la mates! ¿No percibes que sin magia ya no existirá más nada? Si la matas, ya no habrá entonces sueños, ilusiones, utopías o delirios.

Sin ella ya no existirán los cuerpos furtivos y candentes ocultos e íntimos entre las sumisas y arrugadas sábanas de la noche. Las dóciles almohadas ya no lograrán sofocar las esperanzas y los suspiros, ni tampoco acopiarán entre sus suaves texturas perfumes y fragancias de cuerpos fatigados e gimientes. Si matas la magia, matarás junto a ella las margaritas de la duda que tanto deshojan en la madrugada los amantes inseguros.

Acredita en ella tal como es, contraria al sueño de la razón que sólo nos llega para producir sus monstruos y a nuestras espaldas imaginar una bandada de aves nocturnas que nos rodean con sus picos amenazantes, batiendo alas como si fuesen enormes fantasmas.

Mi mundo era exactamente así, hasta que de repente un día llegaste tú, con mucha luz, y no te importó que tan oscura estaba mi vida, y te quedaste ahí, a un ladito mío, alumbrándome con tu hechizo de maga, con tu risa alegre de buhonera de la felicidad, con tus besos de aguamiel, con tus ojos de luna, como alma fascinadora que emerge de la nada.

Evoco en puridad aquella tarde en que te conocí con claridad, y sin embargo no recuerdo haber sentido algo especial. No tenía idea lo que pasaría después. No sabía lo cuanto llegaría a amar tus manos, esas manos que se entrelazan con las mías, ni tampoco sabía que llegaría a disfrutar tanto escuchar tu voz cada vez que ella me relata tu día a día.

En un primer momento éramos tan sólo dos extraños, dos personas que se encontraron por coincidencia, pero que luego se enamoraron… Juro que yo no quería enamorarme, pero viniste tú, con esa sonrisa, con esa mirada dulce, con esa personalidad encantadora, y sólo sé que sin ti magia ya no puedo vivir.

Felicidad


 

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La felicidad que todos buscan en la vida, es algo que se parece a un perfume que no podemos verter sobre otros sin que algunas gotas caigan sobre nosotros mismos, ya que con frecuencia abarca la misma felicidad que brindamos a los demás.

Lo que de cierto suena medio extraño, es que algunas veces sospechamos de la felicidad. Es que si la tenemos o la sentimos, estamos seguros de que ella no durará mucho, y tenemos la supuesta convicción de que la desventura y la adversidad no deben andar muy lejos. Es más, de alguna manera disfrutamos del vago sentimiento de que luego seremos castigados por algún dios intrínseco si nuestra alegría perdura más allá de lo común.

Evidente que la mayoría de los humanos, inclusive yo, no actuamos con ese tipo de locura patológica en su grado extremo, aunque, para decir verdad, eso no signifique que no tengamos probablemente algunos síntomas.

Instintivamente sentimos que hay algo que no es del todo aceptable en el hecho de que las cosas nos vayan bien, y de ahí comenzamos a ver angustias a la vuelta de cada esquina y debajo de cara farol o dentro del ropero. Y tanto le damos manija al asunto, hasta que al final terminamos angustiados y luego alcanzamos el punto que nos llega a preocupar la propia preocupación.

También existen aquellos que se sienten molestos por la felicidad de los demás, y hasta pueden llegar a demostrar verdadero desprecio por la felicidad de los otros, a la que denominan ingenuidad. Esas son personas tan pesimistas que, cuando sienten un perfume a flores, luego buscan de inmediato localizar el ataúd. Sin duda es una actitud cínica que surge, usualmente, por envidia.

Cuando éramos niños, dábamos por sentado que cada día nos brindaría una felicidad mayor. Celebrábamos todo: las flores, los animales, otros niños, los adultos cariñosos, el aprendizaje, y los abrazábamos a todos con los brazos abiertos y una gran alegría.

Pero también debemos reconocer que cuando éramos niños, llorábamos bien alto para llamar la atención. Hoy, ya de grandes, lloramos bien bajito para no tener que explicar la razón.

¿Me pregunto cuáles serán las causas reales de que esta alegría se convirtiera en cinismo al crecer?

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