Receta de Amor


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No sé si con lo que diré acertaré el martillo en el clavo, pero presupongo que solamente el amor es el único sentir que posee ese poder místico y a su vez extático de unir dos personas sin uno quitarle dignidad al otro, y por su vez no menoscabar el propio narcisismo.

No es una fórmula de las Ciencias Exactas, no obstante por el contenido de la receta de para calcular que el amor es el notable proceder que no toma celosa posesión de las personas. Sin embargo, es, probablemente, a su vez, ese cernidero de emoción que por veces nos turba la única afectividad que puede lograr anteponer la humanidad a la ideología o lo que más sea.

El mero pensamiento de que el amor pueda ser una posibilidad real, es lo que brinda esperanzas a la vida, ya que de otro modo ella estaría vacía y no tendríamos como suministrar las energías infinitas necesarias para superar cualquier adversidad.

En realidad, todos aquellos que hemos tropezado un día en los desengaños y tenemos el corazón ungido de espinas, sospechamos sin misericordia de aquellos que aman y los ignoramos por considerarlos ingenuos e irrelevantes, sólo por el hecho de suponer que ellos actúan en forma falsa.

Seguramente han de ser esas decepciones lo que nos otorga la fingida seguridad de que nadie puede tener pasiones verdaderas al punto de preocuparse realmente por otra persona sin tener motivos adicionales.

Irremediablemente, a través del lánguido y sempiterno paso del tiempo, he logrado finalmente comprender cuán profundamente decepcionantes llegan a ser las expectativas no satisfechas, y, por tanto, concluyo que el único consuelo que nos queda para evitar ese desencanto inevitable, es que todos deberíamos tratar el amor como un deseo irresistible de ser irresistiblemente deseado.

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Felicidad


 

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La felicidad que todos buscan en la vida, es algo que se parece a un perfume que no podemos verter sobre otros sin que algunas gotas caigan sobre nosotros mismos, ya que con frecuencia abarca la misma felicidad que brindamos a los demás.

Lo que de cierto suena medio extraño, es que algunas veces sospechamos de la felicidad. Es que si la tenemos o la sentimos, estamos seguros de que ella no durará mucho, y tenemos la supuesta convicción de que la desventura y la adversidad no deben andar muy lejos. Es más, de alguna manera disfrutamos del vago sentimiento de que luego seremos castigados por algún dios intrínseco si nuestra alegría perdura más allá de lo común.

Evidente que la mayoría de los humanos, inclusive yo, no actuamos con ese tipo de locura patológica en su grado extremo, aunque, para decir verdad, eso no signifique que no tengamos probablemente algunos síntomas.

Instintivamente sentimos que hay algo que no es del todo aceptable en el hecho de que las cosas nos vayan bien, y de ahí comenzamos a ver angustias a la vuelta de cada esquina y debajo de cara farol o dentro del ropero. Y tanto le damos manija al asunto, hasta que al final terminamos angustiados y luego alcanzamos el punto que nos llega a preocupar la propia preocupación.

También existen aquellos que se sienten molestos por la felicidad de los demás, y hasta pueden llegar a demostrar verdadero desprecio por la felicidad de los otros, a la que denominan ingenuidad. Esas son personas tan pesimistas que, cuando sienten un perfume a flores, luego buscan de inmediato localizar el ataúd. Sin duda es una actitud cínica que surge, usualmente, por envidia.

Cuando éramos niños, dábamos por sentado que cada día nos brindaría una felicidad mayor. Celebrábamos todo: las flores, los animales, otros niños, los adultos cariñosos, el aprendizaje, y los abrazábamos a todos con los brazos abiertos y una gran alegría.

Pero también debemos reconocer que cuando éramos niños, llorábamos bien alto para llamar la atención. Hoy, ya de grandes, lloramos bien bajito para no tener que explicar la razón.

¿Me pregunto cuáles serán las causas reales de que esta alegría se convirtiera en cinismo al crecer?

Las Apostólicas Cartas de Amor


Cierta vez leí no sé dónde, que a veces “amarse no es suficiente” y hay historias de amor que deben terminar para no sufrir. No obstante algunos más incompetentes, en lugar de decirlo en la cara, prefieren escribir una carta de amor de despedida para ese amor que no puede ser.

En conclusión, una gran carta de amor es personal, y contiene alusiones a la historia íntima de la pareja. Ejemplificando lo dicho, cae como perilla si siempre la pareja va al mismo restaurante cualquier día de la semana o mes, tomar uno de los mantelitos de papel y escribir en él una carta: será un recordatorio de ese grato momento.

En determinados casos algunos suelen ser muy sinceros y dan rienda suelta a sus emociones. Pero lo más importante quizá sea esto: “la carta no tiene que coincidir necesariamente con una fecha en especial”. Por ejemplo, pueden ser escritas tres semanas antes de festejar el aniversario de lo que sea. Por lo que significa más cuando el otro integrante de la pareja no la espera. Entonces se convierte en la más profunda declaración de amor.

Poco importa lo bien o mal que la persona escriba. Lo importante es que plasme sus sentimientos en el papel. Por ejemplo: se puede dibujar una ventana y escribir: “Me encanta verte por aquí todos los días, cuando llegas del trabajo”. Y con ello tenemos que una carta de amor es un reflejo de la persona que la escribió… Después, por la noche, ya se verá.

De mi parte, me gustan las que ahondan en el alma, las que dicen que hemos enfrentado juntos una adversidad y salido adelante, porque creo que de eso se trata el amor. También me gustan las que lanzan fuegos artificiales, las que te hacen sentir que el corazón del otro estalla de alegría y pasión… O aquellas que van más profundamente en la cuestión y hacen temblar las piernas y todo lo demás que hay un poco más arriba de las rodillas.

Con todo, ya que hablamos de correspondencias ajenas, una vez que ha pasado la pascua, me arriesgo y puedo hablar sin miedo de ser excomulgado, que un documento histórico, compuesto por centenas de cartas y fotos, terminó por revelar la existencia de una relación muy estrecha entre el papa Juan Pablo II y la filósofa norteamericana Anna-Teresa Tymieniecka… Pero lo inusitado del epistolar caso radica en que ella era casada desde 1956 y madre de tres hijos. Aunque se sabe que esta amiga del Papa murió el 7 de junio de 2014, en la ciudad de Hanover, New Hampshire, en los Estados Unidos, a los 91 años, llevando consigo a la tumba el secreto de sus sueños.

Pese a que las benditas cartas no muestren evidencias de que el Papa haya quebrado sus votos de celibato, las epístolas que él intercambió durante 30 años con la filósofa permanecieron en secreto durante años.

Aparentemente, la amistad entre ellos comenzó en 1973, cuando Anna entró en contacto con el entonces cardenal Karol Wojtyla, entonces arzobispo de Cracovia, para consultarlo sobre un libro de filosofía del cual él sería autor. En la época, Wojtyla tenía 50 años y viajó para conocer Anna-Teresa y discutir sobre la publicación.

A partir de entonces, los dos comenzaron a intercambiar una serie de cartas por un periodo que se prolongaría hasta la muerte de Juan Pablo II… Lo que es redundante, porque sabemos que desde el más allá no hay servicio de correo.

De acuerdo con lo informado por la “BBC”, “a principio, las cartas del cardenal eran formales, pero -siempre hay un pero en medio de todo-, conforme la amistad fue creciendo entre ellos, estos escritos se tornaron más íntimos”. Además, desde que aceptaron trabajar juntos en una versión ampliada de la obra del Sumo Pontífice, Wojtyla y Anna-Teresa se reunieron en varias ocasiones, algunas veces con la presencia -ciega y silenciosa- de sus respectivas secretarias, nos obstante algunas veces, solos… Y es ahí que la imaginación vuela.

En todo caso, las cartas sugieren que la mujer nutría profundos sentimientos por Wojtyla -porque se supone pensaba que con ello tendría garantida su entrada al Paraíso-, mientras el Papa, por el contrario, luchaba para dar sentido a la amistad dentro de los términos cristianos… Huyendo como podía de caer más tarde en las puertas del Averno.

Por ejemplo, en una de las cartas, datada en setiembre de 1976, el Papa escribe: “Mi querida Teresa, recibí todas las tres cartas que has enviado. Usted menciona estar dilacerada, pero yo no conseguí encontrar una respuesta a sus palabras”… O se abstuvo de registrarla en el papel.

Puede que hoy día, descansando el alma ya en alguna estrella celestial, los dos estén intercambiando bajo la luz de los ojos, el eco de las palabras que fueron pensadas y no escritas, el roce inaudible de los pensamientos que otrora fueron contenidos, y en el firmamento se escuche ese silbido dirigido hacia la nada… ¡No es de dudar!

El Uso Particular de la Traición


Esa cuestión de engañar al novio, novia, mujer, marido, es una decisión íntima de cada uno, y tan antigua y contradictoria cuanto la existencia humana en el huerto del Señor. Hay hasta quienes engañan su amante o, al contrario, se mantiene totalmente fiel a su chica de programa al intentar pasarla un poco mejor en este valle de lágrimas. Evidentemente, también hay aquellas y aquellos que nunca engañaron sus amores del alma. Es posible que estos viviesen tentaciones y tuvieran oportunidades de hacerlo, pero se aguantaron firmes en el molde.

Tenemos que asimilar que la traición amorosa y sexual puede ocurrir o no, ser vedada o confesada, censurable o legítima. Eso es un asunto de cada uno y un extraño no debe meter la cuchara para no desmoronar el pastel.

Pero en verdad, no es ese tipo de engaño que a esta altura del campeonato viene intrigando a muchos. En realidad, cuantiosos caminantes ya andan perdiendo el sueño con la traición a ideas, comportamientos y hábitos.

El hecho aquí, es que hasta yo mismo tengo traicionado algunas cosas en que siempre acredité piadosamente. En verdad, es que ese edificio intitulado “Mis Verdades”, presenta problemas de estructura: algunas paredes rajadas, vigas combadas, pisos que se hunden. En mi caso, tengo certeza que la temporada de dudas tiene a ver con mis propios asuntos particulares.

Mi padre, al contrario, siempre fue un hombre fiel a sus principios. Un sujeto que trazó una línea recta y persistió e insistió en ella hasta el fin. En contraste, yo siempre seguí por el camino de ojo en las placas de retorno o de destinos a la deriva… Eso de “tener certeza” nunca fue mi punto fuerte.

Claro que tengo opiniones, convicciones y bien sé en quien votaré para presidente cuando llegue el momento. Pero no estoy hablando aquí de ese tipo de decisión simple. Hablo de posiciones subjetivas, esas que se pegan en uno como una segunda piel. Por ejemplo, en política soy definido, pero en la vida personal soy un “no partidista”. Parezco más bien un bambú, oscilando conforme la dirección del viento.

En todo caso, no ha sido por causa de la adversidad, pero me he dado cuenta que ahora estoy dispuesto a ser infiel a mí mismo. He pasado a odiar la idea de acordar igual después de una noche de sueños inquietos. Además, pasé a detestar la perspectiva de ser mi propia copia. Como si fuese un xerox de mi juventud, o de lo que fui el año pasado. Pero también pienso que alguna razón mi inconsciente debe tener, cuando me hace sudar o revolverme en la cama.

Por supuesto, los humanos mudamos todo el tiempo. Algunas veces en una velocidad superior a las novedades del mundo. Esas mudanzas van aconteciendo a cada palabra escrita en la página de cada uno.

Pero el caso en cuestión, es que uno no debe importarse si el enredo de la obra le sale confuso, contradictorio, ambiguo. Lo que interesa mismo, es que él sea de nuestra autoría.

Básico que por cuenta de ello ya no sienta ganas de convencer a nadie. Yo no pregono la biblia, programa partidario, manual de escrita. Tampoco digo que un individuo deba leer éste o aquel libro, que debe preferir un museo a una trasnochada. Tanto me da, o me da lo mismo.

Tal vez, reflexionando a tiempo, le diré que el único principio del cual todavía no me desprendí o traicioné, es aquel de: ¡Viva y deje vivir!

(*) Por si está dispuesto, pase por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”. Allí lo aguardan algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Además, mis libros están en www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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