Encuentro


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La noté muy quieta, mirándome fijamente, aunque no se percatara que su lindo rostro delataba todo el color de sus sentimientos. A mí me dio las sensación que se encontraba muy afligida por algún motivo, pero no por eso dejaba de ser una mujer bellísima.

Sus gráciles ojos verdes brillaban como si estos fuesen un delicado par de botones de jade engarzados sutilmente en su semblante. No lo hacía de exprofeso, pero sus labios entreabiertos dibujaban una mueca de extasiada candidez.

Mismo así, atónito a causa de su lindura, recelé ver un par de lágrimas furtivas a resbalar por sus claras mejillas. Observarla frente a mí, era como si yo mirase la luna, y hasta me parecía ver perlas en su rostro. Ni la nieve más blanca, blanquísima, era tan linda como su sonrisa.

Medio perdido en medio a estas meditaciones, el canto de mi voz se ahogó de vez en mi garganta. Quedé mudo y se hizo entonces un silencio enorme. Imaginé que ambos éramos parte presente de una de esas pinturas que cuelgan de las paredes en una quietud eterna que los frenéticos del mundo no se animan a quebrar.

El nuestro era un efímero encuentro donde no reinó la palabra. No había necesidad de corromper la mirada. Ellas lo decían todo. Poco a poco regresamos los dos al fluido del tiempo, cuando entonces ella sonrió y yo pensé que era un pedazo de sol que caía entre mis manos.

Inquieto, se me ocurrió mirar hacia la inmensa pradera que se extendía en soledad en dirección certera hacia un horizonte infinito buscando indicarle tanta hermosura, pero al volver la vista hacia ella, había desaparecido.

Me quedé con la certeza de que había existido un corto paréntesis de silencio entre sus manos y mis manos, entre su mirada y mi mirada. Una frontera de palabras que no llegaron a ser dichas entre sus labios y mis labios. Sin duda hubo algo que permaneció brillando así de triste entre sus ojos y mis ojos.

No tuve tiempo de decirle que no la quería para llenar mi soledad, eso sería mucho egoísmo de mi parte. Ella se marchara antes que yo pudiera decirle que la quería para completarnos la existencia.

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Estrellas Diáfanas


12- estrellas diafanas

Desde muy pequeño que me gusta hablar a solas con las estrellas. Pero fue tan solamente al rebasar el trajinar del tiempo, que alcancé a darme cuenta que cuando cualquier estrella recorre inmortal las sombras de la madrugada, como si ella fuese una lágrima furtiva, es en verdad la noche quien llora profundamente angustiada.

Es durante esos fuscos momentos de soledad noctívaga, que las sombras logran escuchar con claridad quien entre las sombras canta y encanta, no obstante yo, confiando en la intuición del viento en su espasmo madrugador, disfruto el instante y me pongo a elegir palabras.

Es la noche y es la duda quienes nos enseñan a contar con casi nada. Y si acaso un incierto motivo hace que la vigilia cuente con la guía segura de algunas pocas estrellas, yo como cualesquiera nos veremos obligados a andar por caminos sin mucha confianza. Sin embargo, es ahí donde mi fe, en un rescoldo que ni alumbra ni se apaga, la que mantiene intacto el secreto primogénito del alba.

Inmerso en esa magia estelar, supongo fácilmente que al principio de los tiempos debo haber sido una estrella en la mirada de nuestro Supremo, de cuya pupila soberana descendí tal cual una lágrima de novia acongojada.

Pero hoy, cansado y dolido en mi hosca mansedumbre condenada, soy tan sólo un pedazo de sombra que se revela y canta. Y, a lo mejor, probablemente mañana u otro día cualquiera, puede que Dios me lleve con mi copla donde más se necesite para salvar allí una esperanza.

Quién sabe escondida dentro de esa estructura de barro estrella que poseo, tenga yo encarcelada un ave cantora que habita inconsciente en un alma que tiembla en la gruta del grito y que sin más aletea triste en mi garganta.

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