Encuentro


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La noté muy quieta, mirándome fijamente, aunque no se percatara que su lindo rostro delataba todo el color de sus sentimientos. A mí me dio las sensación que se encontraba muy afligida por algún motivo, pero no por eso dejaba de ser una mujer bellísima.

Sus gráciles ojos verdes brillaban como si estos fuesen un delicado par de botones de jade engarzados sutilmente en su semblante. No lo hacía de exprofeso, pero sus labios entreabiertos dibujaban una mueca de extasiada candidez.

Mismo así, atónito a causa de su lindura, recelé ver un par de lágrimas furtivas a resbalar por sus claras mejillas. Observarla frente a mí, era como si yo mirase la luna, y hasta me parecía ver perlas en su rostro. Ni la nieve más blanca, blanquísima, era tan linda como su sonrisa.

Medio perdido en medio a estas meditaciones, el canto de mi voz se ahogó de vez en mi garganta. Quedé mudo y se hizo entonces un silencio enorme. Imaginé que ambos éramos parte presente de una de esas pinturas que cuelgan de las paredes en una quietud eterna que los frenéticos del mundo no se animan a quebrar.

El nuestro era un efímero encuentro donde no reinó la palabra. No había necesidad de corromper la mirada. Ellas lo decían todo. Poco a poco regresamos los dos al fluido del tiempo, cuando entonces ella sonrió y yo pensé que era un pedazo de sol que caía entre mis manos.

Inquieto, se me ocurrió mirar hacia la inmensa pradera que se extendía en soledad en dirección certera hacia un horizonte infinito buscando indicarle tanta hermosura, pero al volver la vista hacia ella, había desaparecido.

Me quedé con la certeza de que había existido un corto paréntesis de silencio entre sus manos y mis manos, entre su mirada y mi mirada. Una frontera de palabras que no llegaron a ser dichas entre sus labios y mis labios. Sin duda hubo algo que permaneció brillando así de triste entre sus ojos y mis ojos.

No tuve tiempo de decirle que no la quería para llenar mi soledad, eso sería mucho egoísmo de mi parte. Ella se marchara antes que yo pudiera decirle que la quería para completarnos la existencia.

Una Europa Caribeña


-¡Qué frío hace hoy, doctor! Menos mal que aquí, en este rinconcito del bar, estamos calefaccionados. Y es más, con café de por medio.

-Así es, mi amigo. Por lo menos aquí se pasa bien. Siempre la charla de amigos es buena y más cuando hay mucho para hablar.

-Cuente… Cuente…

-¿Es que usted no se ha enterado?

-Claro que sí, doctor. De muchas cosas. Pero como verá, no soy adivino, así que no puedo imaginar lo que usted tiene en mente comentar.

-¿Es que no es sabedor de la cantidad de desterrados que han llegado a Europa desde África durante el primer semestre del año?

-¡Una enormidad! Pero cuente más, por favor.

-Pues sin tener en cuenta los que han muerto en el intento, como lo fue ayer en la costa de Libia, parece que en total han sido más de doscientos mil en los primeros seis meses del año, y eso me da qué pensar que a los europeos se les ha dado vuelta la tortilla.

-¿Cómo, así?

-Piense conmigo. Hace más de dos siglos que los europeos llenaron América de esclavos africanos y, como consecuencia, en muchos de los países del Caribe y otras naciones más, la preponderancia ahora es de negros y afrodescendientes.

-¿Y eso, que tiene que ver?

-¡Simple! Pues juzgo que como máximo, dentro de diez generaciones, Europa se convertirá en una gran Caribe del Primer Mundo.

-¡Qué insensatez, doctor! Eso nunca ocurrirá. Fíjese que Hungría ya ha comenzado a hacer su murito al mejor estilo chino.

-Bueno, en ese caso, puede que ellos se hayan inspirado en Israel, en Norteamérica, en Rusia… Qué se yo.

-Es bien probable ellos estén queriendo retroceder a la época medieval, y en lugar de ponerse a construir pequeños castillos para meter a poca gente dentro, se les ha dado por hacer muros más grandes para aislar el país de la turba migratoria que les está llegando de todos lados… ¿No le parece más justo, doctor?

-No, me parece injusto… ¿Sabe por qué?

-En lo más mínimo, doctor.

-Lo digo por causa de su egoísmo y su inhabilidad para tratar de un asunto muy serio, como lo es el hambre y el atraso económico generado por diversos motivos en muchas naciones que ellos llaman de Tercer Mundo. Sin necesidad de aludir al arraigado tema del racismo, claro.

-En eso, no le quito la razón, doctor.

-Por otro lado, con algunos procedimientos que varios países europeos han aplicado últimamente, ellos dan a entender que con esas ideas de asilamiento pretenden continuar siendo arios a la fuerza, mi amigo.

-Puede ser, doctor, pero concluyo que, matemáticamente, de ser verdad su vaticinio, y de las tasas de migración continuar a ser tan elevadas como las de este año, que en doscientos años a nosotros nos irá mejor.

-No comprendo a donde usted quiere llegar con su raciocinio.

-Es que si es como usted prevé y con el paso de años Europa se convierte en un gran Caribe, por aquí seremos entonces un continente de caucásicos… ¿No sería fantástico?

-En ese caso, opino que su presagio dependerá en quienes voten los nietos de mis nietos, ya que hoy día estamos años luz de que eso ocurra.

-Es cierto. Todo un tema…

-Puede que sí, mi amigo. Pero eso lo dejaremos para otro día. Hoy me tengo que ir. Estoy atrasado…

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