No Quiero


Insisto, no me inventes cualidades ni virtudes, que yo no soy diferente a miles de mujeres que mueren o las que nacen a diario. No soy perspectiva, soy realidad.

Tampoco quieras cargarme con la responsabilidad de una mirada encantadora. No me incluyas en tus sueños de mujer prefecta. No quiero que me idealices con las cuestionables mansedumbres de la vida. No puedo, no quiero serlo.

Entiende que la cadencia de mis caderas no tiene el ritmo de tus deseos, ni mis labios saben a tiempo o a miel.

Yo no tengo ese tipo de dulzura con la que todo hombre enaltece a su dama, como tampoco llevo la fragancia de un perfume inolvidable preso a mis cabellos.

Lo que sí quiero, es que te sea indiferente si mi voz canta o grazna. Yo no soy canto, soy tan sólo palabra.

No coloques otros roles a mi vida. Soy, sin más, realidad, defecto y caos, y es justamente así como puedes nombrarme.

No permitiré jamás que me pretendas mujer celestial. No puedo. No quiero serlo.

 

Más Burros y Menos Sabios


Lo primero que hay que habría que ver en este caso, es lo que más le gusta al leyente amante de las mascotas domésticas, pues me acabo de enterar de una tesis que afirma que los dueños de gatos -independiente de si estos arañan o no- es que ellos llegan a tener un coeficiente intelectual más alto que los adoradores de perros, según lo indica un reciente estudio catedrático.

Todo se debe a que, durante siglos, los amantes de canes y felinos se las han pasado discutido largamente acerca de las virtudes de unos y otros animales -y no las de ellos propios-, por lo que no hay duda que el tema de la inteligencia de los mismos hace parte de un contenido crucial en ese debate.

Algunos mencionan que mientras que los cinófilos se apoyan en la obediencia de sus mascotas para demostrar que ellas “entienden todo”, los propietarios de felinos aducen que los miaus también entienden todo, pero el caso de su indocilidad se debe a que a ellos no se les antoja hacer caso.

Pues bien, para poner un punto final a tan larga discusión, surgió ahora un estudio realizado por la “Universidad Carroll” de Wisconsin, EEUU, por el cual se plantea el asunto desde otro punto de vista, trasladando el debate directamente desde las mascotas hasta sus propietarios.

El caso es que la investigación -excluyéndose de ella, por razones obvias, a todos aquellos que viven solos con su pareja- logró revelar que los propietarios de los dos animales tienden a tener diferentes personalidades. Por tanto, los amantes de los gatos son más sensibles, mientras quienes prefieren a los perros suelen ser más enérgicos… Aunque no hayan descubierto cual es el temple de los que gustan de la suegra. Asimismo y como sea, agregan que los dueños de gatos acostumbran ser gente introvertida, al contrario de lo que es habitual entre los dueños de canes.

Por ende, e independiente de los temperamentos o personalidades de los dueños de estos bichos, resulta que a la hora de realizar el test de coeficiente mental, los “gateros” puntuaron por encima de los “perreros”.

Para explicar mejor el resultado de esa disquisición, Denise Guastello, una de las responsables del estudio, mencionó que “tiene sentido que una persona que tiene un perro sea más ‘animada’, porque va a sacar a pasear a su mascota y hablará con la gente por la calle. Asimismo, gente más introvertida puede preferir más bien quedarse en casa, por ello un gato les resulta mejor mascota, ya que no hay que llevarla fuera”, dijo ella en el encuentro anual de “Psychological Science” en Chicago y según lo recoge el periódico “Daily Mail”.

En fin, con o sin sentido, como sea, este estudio trabajó sobre 600 personas de ambos sexos, a los que se hizo una serie de tests con la sana intención de elaborar un perfil personal, y también se les hizo la consabida pregunta acerca de su preferencia entre perros y gatos.

La sabia conclusión a que llegaron, es que cerca del 60% de los encuestados se definieron como “gente de perro” -por eso de querer mostrar los colmillos-, una cifra que casi sextuplicó la de “gente de gato”… Un sorprendente resultado que llevó al papamoscas de mi vecino a concluir, que eso lo dejó con la impresión de que en el mundo existen más burros que sabios.

Exceptuándose el jumento comentario de mi vecino, el hecho en sí, es que tampoco faltaron voluntarios que se decantaran por otros animales, y unos cuantos -casi un tercio- llegaron a afirmar que gatos y perros les desagradaban por igual.

Por tanto, más allá de lo controvertido -o divertido- que pueda resultar el mencionado estudio, sus autores afirman que lo descubierto puede ser útil a la hora de asignar mascotas terapéuticas para los enfermos -no necesariamente mentales.

Con todo, desafiando ya los escepticismos sobradamente justificados después de millares de relatos leídos y oídos que mencionan sobre las vidas ejemplares de perros y gatos y de sus vastos milagros y prodigios, sin disimular sonrisa, presiento que uno vuelve a sorprenderse quedándose donde está, frente a frente, a la espera, según todas las apariencias, de que he llagado al fin de lo que tenía que decir… ¡Impresionante!

(*) Si le parece, de una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

Hemos Simplificado los Preceptos


Desde que íbamos a la escuela no solamente a calentar silla, y aquellos exigentes maestros de antaño nos instaban con firmeza que debíamos comernos las hojas de los libros de historia antigua para retirar de allí cánones, pautas y sabios modelos de comportamiento de los albores de la humanidad, aprendimos que en la época del esplendor de Roma, antes de este imperio caer en la decadencia de su propia cultura, que las madres de familia cumplían fervorosamente con la obligación de dar a sus hijos los fundamentos de la educación, o sea: enseñarles la lengua y tres virtudes indispensables.

Para quien no lo recuerda o no lo vivió, le refresco la memoria destacando que para el romano de entonces, la lengua no se reducía a un medio de comunicación básico. Ella se constituía en la forma privilegiada para trasmitir la visión nacional del mundo.

Pues fue en aquellas salas de aula que la mayoría de los individuos aprendimos y asimilamos que las tres virtudes propuestas por la cultura de aquella sociedad, eran:

–          “Grávitas”, el sentido de responsabilidad “que hace que los asuntos más triviales parezcan cosas demasiado importantes para jugar con ellas, siendo, por consiguiente, necesaria, antes de decidirlas, una larga reflexión acerca de sus consecuencias” (Hugh Last).

–          “Píetas”, la actitud de sumisión respetuosa frente a las instituciones, una aceptación de los poderes existentes, tanto divina como humana, comenzando por la obediencia a los padres: “piedad filial”.

–          “Simplícitas”, la cualidad de la persona que ve las cosas tal como son y con claridad. Esto hizo de los romanos un pueblo con los pies firmemente asentados sobre la tierra. Poco a poco los jóvenes aprendían el “domínium”, o sea, nunca perder el control de sí mismos.

Claro está que ya se han pasado dos mil años del auge de aquella fantástica cultura romana, pero mismo así, sus principios pueden todavía ser vistos como los pilares para construir personalidades capaces de enfrentar la vida con madurez y sentido de colaboración.

En ese entonces existía la conciencia de que mal hacía la madre romana cuando disculpaba todas las travesuras del hijo, y le ayudaba a conseguir un bien sin esfuerzo y sin merecerlo, porque con ese comportamiento ella eliminaba a su hijo de las dificultades comunes del diario convivir.

Siendo así, quien exteriorizaba ese tipo de conducta no cumplía con su deber de madre romana y no guiaba a su hijo por el camino de la aceptación de los poderes terrenos y divinos, con las consecuentes obligaciones hacia ellos. Se alejaba del papel esperado, toda la madre romana que permitía al hijo volverse complicado, marrullero, pródigo en argucias.

Pero si la madre romana había formado hombres con voluntad, con una clara percepción de la realidad de la vida y una permanente devoción al deber cumplido, entonces se sentía satisfecha: era una mujer a cabalidad.

Pero claro, ahora vemos sorprendidos que todas aquellas buenas enseñanzas se han perdido por los vericuetos de la simplificación de los preceptos, y un sinfín de gentes alzará la voz para decir que ya no estamos en la Roma antigua… Lo que es muy lamentable, ¿no es verdad?

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