Si Tu Vinieses


Si tú pudieses venir hoy, te prepararía un café con sabor a luna llena, y me sentaría frente a ti para contarte sin prisa cuál es la verdadera causa de mis desvelos.

Es que tú y yo es algo así como si estuviésemos juntos de a pedazos, de a rato, a fuerza de parpadeos, de sueños desatinados en los cuales mientras yo me entrego al sueño tu alma se escapa, viene y se refugia junto a la mía, cuando andariegas y unidas trajinan y vagan por los pasillos de nuestros sueños, se enlazan y enamoran mientras pasean descalzas entre naranjos en flor.

Sin embargo, tu puedes advertir que lo mío no es un amor supuesto, un emoción que ha surgido por causa del flechazo de algún cupido distraído, donde tu presencia es lo que menos importa porque eres parte de mi fantasía.

Créeme, lo mío es un amor real, un amor sin piedad y virtud que no busca reciprocidad y no se engaña, porque al conocer tus defectos, aun así te quiere.

Por las noches, al acostarme, apago el ruido de afuera y enciendo la música de mi interior, para entregarme a contar con mis dedos cada uno de tus lunares antes de ponerme a bailar en sueños la noche entera, abrazados los dos bajo un cendal de guirlandas de estrellas, llevándote aferrada junto a mi torpe corazón mientras aguardando que la madrugada muera en la aurora como la luna muere en el sol.

En mis sueños quiero, sólo quiero, que me abraces y en silencio me digas todo. Sin reclamos, sin pasado, sin nada de lo que te lastima o nos lastima. Sin nada ni nadie que interrumpa nuestro idilio.

Y ya ves, nada puedo hacer si tú no vienes. Contra eso, nada puedo hacer, vida mía.

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Sencillez


57-sencillez

Hurgando en los mamotretos, además de insectos y toda su escabrosa parentela, encuentro el registro que dice que la sencillez corresponde a algo simple que es formado de un solo elemento que carece de lujos aparentes o adornos, sin composición ni complicación, algo fácil de comprender y hacer, que no posee un artificio retórico. Un asomo que es de carácter natural y espontaneo, y que tiene menos cuerpo o volumen que las otras cosas de su especie.

Esas son explicaciones que se aplican al burdo material, a lo tangible, sobre algo que nuestros dedos pueden palpar, pero que de igual forma es una virtud visible a los ojos perceptivos del ser humano, visto que esa palmaria actitud representa humildad, candor, simpleza y afabilidad entre otras cosas por el estilo.

Sin embargo, poseer esa cualidad especial y privativa, pasa a ser, a su vez, uno de los ingénitos sustantivos más complicados de exteriorizar en cualquier rincón del mundo en que vivimos o en el lenguaje que le apliquemos.

Esto se debe a que cuando una persona es sencilla en su substancia como también en sus actos y palabras, incluso en el lírico plectro de su instinto y percepción de la vida, ésta corre un enorme riesgo de ser catalogada de inmediato como un ser tonto, un alucinado, un bobeta soñador que anda por las esquinas de la vida desparramando utopías insanas llenas de exaltación poética.

Con todo, es fácil percibir que esos mismos censores de los actos ajenos que hacen profesión de desconfiar de todo lo que los circunda, mismo que no los entiendan, les parece que tienen cierta destreza innata para avanzar por fuera del misterio, haciendo de su ignorancia una forma inédita de indiscreción. Tal vez estos sean, no lo dudo, seres que se afanan en no ser, y, especialmente, en no parecer sencillos.

Esa altanería, esa pompa, su soberbia, son su concha de carey protectora, y se olvidan que en la sencillez, jóvenes y viejos, hombres y mujeres o el género que sea, se amparan y a la vez se comprenden, en cuanto esos que caminan por el laberinto de la complejidad de proceder anidan entre la desconfianza y los rencores, sin tener en cuenta que la muerte es el vértice de la sencillez.

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