Sueño Mágico


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Siento que usted no está capacitada para percibir cómo a mí me gustaría ser un nigromántico del amor, y así lograr prever nuestro futuro, mismo que yo, dulce mujer de mis desvaríos, sólo sea un triste hombre que vive a soñarte.

Anoche te vi nuevamente entre sueños y te noté más preciosa que siempre, mejor dicho, magnífica. Quizás, eras mucho más que una Diosa, porque advertí que la venturosa piel de tu cuerpo exhalaba odas y poesía.

Te sentí tan cerca de mí, que juro alcancé a respirar la esencia de tu piel. Te veías tan viva, te veías tan veraz, que llegué a imaginar cuántas loas, cuántos versos entre letras gigantes como mis demonios internos, dormían en ti, tal cual un pájaro dolorido que duerme calmo entre las ramas esperando la caricia del sol al amanecer.

Es posible que hoy mis noches estén más llenas de recuerdos que de estrellas. Por eso me he asomado a las más altas cimas de la tierra y del cielo buscando verte, con los ojos y con el pensamiento.

Sin embargo, perdido entre la agonía y el tormento de mi corazón apasionado, he descubierto tardío, que tú eres el único medio posible que necesito para tocar las nubes. Nada más.

Mis ayeres están poblados de ti y no hay noche que no te vea entre mis sueños, momento en que se asoma a mis labios otra sonrisa, otro dolor, al preguntarme si acaso tú ríes como yo. Mismo así, aunque me duela infinitamente tu lejanía, estoy dispuesto a soñarte todas la noches, todas las semanas, todos los años del resto de mi vida, sin que tu supongas cual sería el tamaño de la suerte mía el poder tenerte a mi lado al despertar.

Saeta voladora que cruzas mis sueños nocturnos sin yo saber dónde caerás, ola de pasión gigante que el viento riza y empuja caprichosamente hacia el mar llevándote tan lejos de los brazos de mi amor, hoy me resta un consuelo y nada más, que imaginarte, amor mío.

Ven a mi mundo, para que puedas sentir libre tu alma. Ven a soñar conmigo, dueña de mis quimeras, pues, si soñamos juntos, será mejor para los dos.

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La Expositiva Conducta Volátil del Hombre


¡Pero qué droga! Alguien siempre exclama, o más bien lo piensa cuando sucede. Y todo por qué, al final, esa estúpida beligerancia sonora sólo sirve para anunciar aquello que algunos insisten en hacer de una forma indiscreta y gratuitamente, aunque con ello parecería que en ciertos momentos buscan transformar los ascensores de los edificios en verdaderas cámaras de Auschwitz… ¡Muy canoro! Dirán otros.

Pensando bien y, obvio, siempre y cuando no haya ningún maldito escafandrista por cerca con sus inconvenientes burbujas, el fondo del mar debería ser el local especifico y perfecto para tal fin. Si no, noten lo que les digo al observar cualquier fotografía de Neptuno. Ahí, siempre se le ve ponderoso, no en tanto sereno, suave, tranquilo como debe ser en aquellas profundas y acuosas divinidades… Aun más, tampoco hay voces, murmurios, bullicios…, expuestos en estado gaseoso.

Con todo, tal vez contraponiéndose a Harpócrates, el abstinente dios del silencio, o quizás sugestionado al querer donar a su prójimo el tormento de Tántalo, otro de los tantos hijos bastardos del dios Zeus, acabó de ser divulgado que un trabajador francés terminó siendo despedido por los atmosféricos conflictos que venía causando con sus “frecuentes eructos y no disimuladas flatulencias”.

Cuentan que el hecho ocurrió en Francia y fue recogido en la bitácora de Eric Rocheblave, un abogado de Montpellier especialista en Derecho Laboral.

“Estamos obligados a notificarle de su despido por las siguientes razones: – El ruido y las alteraciones causadas por sus regulares eructos y no disimuladas flatulencias…”, dice la carta de despido que fue redactada por la firma que empleaba al innombrable y vaporoso practicante.

Según divulga Rocheblave, el patrón buscó la justificación del despido ante el juez, explicando que su empleado había adoptado deliberadamente, -en un espíritu de provocación en contra de sus compañeros de trabajo-, un comportamiento incongruente con la actividad laboral que desarrollaba y en contradicción con las normas de buena convivencia en el ambiente de trabajo. Y como creo haberlo señalado, dicho comportamiento consistiría en los ya mencionados “frecuentes eructos y no disimuladas flatulencias”, por lo que varios compañeros de labor ya se habían quejado.

Ante tal situación, primero el empleador le envió un e-mail al gaseoso empleado, instándole a reservar sus sonoras libertades digestivas para los momentos en que no estuviera rodeado por sus compañeros, o que, de lo contrario, utilizara el retrete…

¿Nada más justo, no? Pues para eso fue que Sir John Harrington, el desterrado ahijado de la reina Isabel I, quemó sus pestañas -y otras partes- para inventarlo en 1596, llegando a desarrollar un aparato lo más cercano a nuestro conocido inodoro.

Sin embargo, volviendo a la flatosa historia que aquí les expongo en estado de regüeldo, se sabe también que luego de esa y posteriores advertencias por parte del contratante, el trabajador persistió en su expositiva conducta volátil, por lo que el asunto terminó en la Justicia, donde el acusado reconoció eructar en el trabajo, pero alegó que lo hacía sólo un par de veces al día… ¡Formidable!

Empero, el “Tribunal de Apelación de Versalles” encontró que las reiteradas violaciones deliberadas de las reglas básicas de la etiqueta de dicho empleado, generaban tensiones en sus relaciones con los compañeros de trabajo, por lo que constituyen una causa real y grave para el despido.

En todo caso, aquí y ahora, ha llegado el momento en que el sutil lector podrá esgrimir sus patologías adquiridas durante su infancia sin necesidad de contar con las viciosas intervenciones terapéuticas y, lo que es mejor, sin necesidad de tener que escuchar aquellos rancios pedagogos de la Nada repitiéndole conceptos sin jamás cuestionarlos al despreciar informaciones tan vitales para la consolidación del estofo cultural del universo… A no ser que todo se encuentre en estado gaseoso, claro.

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