Dime


No importa lo cuán difícil pueda ser yo, o cuanta veces las agruras de la vida perturben mi existencia, o las tantas veces que pueda surgir la densa y aciaga nube que esconde mi propio sol, o cuantas inmortales veces necesitemos los dos para recomenzar a enamorarnos a cada mañana.

Todavía recuerdo cómo se me aceleraba el corazón cada vez que iba a tu encuentro de brazos abiertos. No importa lo que nos ocurra, porque poseo un amor valiente preparado para juntar las partes, preparar un café mientras se nos curan las heridas antes de empezar a escribir juntos una nueva historia de verdadera pasión.

Dime que me quieres, que te vuelves loca por mí. Dime cualquier mentira, porque me encanta escucharte, pues entre la nada y el silencio cruzan mis horas cada una de las sílabas de tu nombre.

Vamos rápido hacia un lugar oscuro del horizonte donde siempre pueda quererte. Recuerda que combiné contigo no desistir jamás.

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Elección


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Supongo que usted no imagina en lo más mínimo, todo lo que provoca en mí su susceptible mirada de ángel. Así como tampoco desconfía todo el delirio y ese desborde de emociones que me impulsa hacia el infinito, cuando veo en su hermosa boca delinearse esas sublimes curvas que tanto me hechizan.

Usted, ciertamente, es de ese tipo de alma candorosa a la cual me dan enormes ganas de asomar mi espíritu, al igual como me aproximo con ojos en delirios a una ventana llena de sol en el invierno.

Considerando los desvaríos que su presencia me causa, dama de mis sueños, opto por amarle en silencio, porque es justamente en el silencio donde no he encontrado rechazo siempre que he dado formas reales a un fantasma que me cautiva.

También he escogido amarle en soledad, porque se ha tornado evidente para mí, que en mi parco desamparo usted sólo a mí me pertenece.

Igualmente he elegido adorarle a la distancia, porque es en vano yo querer luchar contra un libro abierto donde sólo alcanzo a leer sus pupilas entre las letras, y descubrí que es en la distancia donde logro protegerme del dolor.

Por ser usted como una ola gigante que el viento riza y empuja en el mar de mis delirios, elijo besarle en el viento, porque he percibido que el viento es más suave que mis labios, nube de dolor.

A causa del eco de un suspiro que conozco formado de ese aliento que ya he bebido en otros días, elijo tenerle abrazada en mis sueños, porque al igual que una nota de lejana música, mis sueños no tienen fin.

Mi adorada de un día, cariñosa mujer, tal vez nos volvamos a ver cuándo el destino tenga ganas de juntarnos. Mientras tanto, se feliz bajo ese sol que ilumina tu sendero.

La Soledad


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Es cierto que todos tenemos nuestras debilidades; por tanto, no creo que alguien conozca a mucha gente perfecta. Las habrá, no digo que no, quizás por eso cuando mueren viran santos; pero en lo que atañe al tema, se me antoja que a mí no me gustaría conocer a ninguna de ellas.

Cualesquiera se ponen a hablar acérrimamente sobre la superación de sus debilidades y la alegría de acercarse a la paz y a esa luz fundamental para vivir. Pero en contrario a sus parladas victorias, yo registro que mi vida es una lucha constante contra las debilidades, intentando superarlas.

Tomemos un caso, la soledad, por ejemplo. Ésta se ha convertido muy rápido en el gran mal de la humanidad, al punto que una cuarta parte de los individuos en este mundo sufre de soledad crónica.

De nada sirve que le diga a nadie que la soledad es muy dolorosa. En realidad, nos hace sentir seres casi totalmente desconsolados, que nos produce sentimientos equivocados, que desalienta el riesgo y socava los recursos emocionales.

En consecuencia, no debería sorprendernos el hecho de que ciertas personas prefieran continuar con relaciones que resultan totalmente insatisfactorias en lugar de arriesgarse a estar solas. Sin embargo, la soledad tiene poco a ver con estar físicamente solos.

En realidad, algunas de las personas más solitarias están constantemente inseridas entre la multitud, o rodeadas de prójimos. Empero, sea cual fuere la situación de ellos o la nuestra, todos en algún momento nos sentiremos solos.

Casi instintivamente, tenemos la precaución de ahorrar algún dinero para el futuro, nos aseguramos contra reveses económicos y nos preparamos para una infinidad de hechos impredecibles, pero hacemos poco y nada, o no pensamos en el momento en que tal vez tendremos que enfrentar las cosas solos, o en que nos encontraremos desconectados de los demás, cuando entonces seremos obligados a luchar contra sentimientos de vacuidad y falta de valor.

Llegado el amargo momento, un sinnúmero encuentran pocas reservas interiores de fortaleza o, quizás, lo que es más importante, no tienen sentido alguno del yo. Pese a que esas mismas personas actúan en tales situaciones según la opinión que ellas tengan de sí mismas, más que por cualquier otro motivo.

La soledad nunca es agradable, pero no se trata tanto de luchar contra nuestra soledad sino de utilizar la fortaleza que surge del conocimiento propio, para entonces colocarla en su perspectiva adecuada. Eso siempre exige de nosotros, que trabajemos activamente a través de un periodo de ajuste o cicatrización, que es a su vez un tiempo para el aprendizaje y el crecimiento, pues eso requiere examinar y volver a evaluar nuestra persona y el mundo que hemos creado artificialmente, para conocernos mejor.

Es una pena que, con frecuencia, esperemos hasta que la soledad nos esté estrangulando para tratar de entender sus complejidades, aunque es cierto que todos necesitamos un mundo separado, lejos de los demás. Un lugar donde a veces podamos retirarnos en silencio para reagruparnos, para volver a tomar contacto con nuestro íntimo. Siempre debe existir un lugar interior del que podamos depender y que sea únicamente nuestro.

Por consiguiente, para conquistar la soledad, debemos asumir el compromiso sagrado de convertirnos en personas completas, y, fundamentalmente, definirnos a nosotros sin incluir siempre a otra persona en la definición.

Fuego Fatuo


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Ciertamente no existirá un mañana si ya no existen el hoy ni los ayeres. Mismo así, creo que si borrase todos los errores de mi pasado, estaría borrando toda la sabiduría de mi presente.

Así como suele ocurrir con todos los estereotipos etiquetados, existen demasiadas excepciones como para que a uno se le antoje llevarlos demasiado en serio. Quizás no sea exactamente eso, lo que ocurre, principalmente, con todos aquellos individuos flojos de amores y pasiones muertas en solitario silencio.

Envueltos por la ceguera pasional, no percibimos a tiempo que los años transcurren sin darnos cuenta, mismo que a veces éstos simulen que se detienen ante un amor furtivo, para luego volver a correr hasta que la luz de la llama mortal nos envuelva, absorta, pálida, doliente.

Durante cualquier ínterin, siempre suele aparecer alguien que, en medio de la oscura perspectiva, alza en sus manos el cirio del amor que nos obliga a ver con ojos entornados el lado íntimo de los sueños que produce una pasión.

Es incuestionable que ese cerillo a que me refiero, pueda ser tan sólo una idea, una primicia de lo que en verdad suele ser el fuego que consume el corazón de quien se enamora, cuando ese mismo fuego fatuo que todo lo consume, ya no le permita más diferenciar entre la belleza ni lo feo, no distinga contrastes entre lo llamado pudor y lo impúdico, mientras la ausencia del suelo se le escapa rauda bajo los pies.

Como consecuencia de ese afanoso acto de los dioses que es hábilmente practicado por las manos de los querubes, esta misma llama que de pronto se enciende promiscua en los sentimientos, nos quemará sin poner condiciones, y día y noche arderemos bajo la flama de su luz sin tregua, y ya no conoceremos más la quietud.

Ese albor misterioso que en torno al crepúsculo nos hace dar vueltas como hélices cuyas aspas nos llena de fuego la vida, hace regresar las cosas ocultas en nuestra alma, grandiosas, fecundas, magnéticas, y nos tornará esclavos de un circulo negro y dorado que se sucederá hasta la muerte lenta de las cosas bellas.

Con todo, esa luminosidad de que hablo, sin embargo, es la que nos permite acercarnos sin temor a los árboles desnudos, un boscaje impoluto donde habita un cuerpo de mujer, mitad diosa, mitad humana, de níveas colinas, muslos blancos, suave piel de seda en la que un día nos distraeremos contando lunares sin poner condiciones a nada.

No obstante, adrede, deba advertir que esa misma llama que nos quema y nutre, tiene únicamente un enemigo: la lluvia que nos cae del cielo.

Silencios


62-silencios

Imagino que cuando alguien me habla del silencio, hace referencia a la abstención de hablar o la ausencia de ruido. No en tanto, a pesar de divergir de sus conceptos, yo no lo impugno ni me turbo, porque el tiempo, hábil maestro de las conspicuas percepciones, me ha enseñado con su rigor pedagogo, que el silencio consigue ser también un recurso proverbial que suele usarse en medio de una comunicación.

Pero, atención, porque justamente en medio a cualquier conversación, el silencio puede tener distintos significados, ya que sabe formar parte de la puntuación normal de una frase o tener una carga dramática. Y cuanto a este sentido teatral, uno puede distinguir entre el silencio objetivo, que no es más que la ausencia de sonido sin otra connotación, y el silencio subjetivo, o simplemente, una pausa reflexiva que es llevada a cabo para acentuar lo dicho anteriormente o posteriormente.

El silencio, o esas partículas calladas a exprofeso que suelen ser irrecuperables demarcaciones del mutismo, por otra parte, puede tratarse de la disminución o falta de ruido en un determinado entorno o momento, como lo explica, por ejemplo, la siguiente emoción: “El silencio de la noche atemoriza a la joven apasionadaque no sabe que entre albas y crepúsculos que se unen entre pasiones, no hay nada más allá del horizonte poco hospitalario que el más relajante silencio de la montaña”.

Dicen que el insomnio de amor tiene su propia partitura, y, por supuesto, que además de un par o dos de labios que un día probaron el sabor de los míos, a todo ello habría que resaltar el hecho de que existe una serie de expresiones que utilizamos de manera coloquial y que hacen empleo del término que nos ocupa, porque aparte de los tallos que nunca más se expandirán en rosas, éste sería el caso, por ejemplo, de la locución adverbial “en silencio”, la cual usamos los enamorados para expresar que algo se está haciendo sin llevar a cabo ningún tipo de queja, mismo que todo aquello que fue color hoy sea incoloro.

Claro que también existe la locución verbal “imponer a alguien silencio”. Pero, haciendo uso de ella, lo que en sí intentamos determinar, es que una persona obliga a otra a que se calle como se callan las estrellas cuando sale el sol, o a que guarde para sí determinados sentimientos como si estos fuesen gorriones que se ensombrecen entre uno que otro vuelo bajo un cielo raso añil.

El Forastero


9- el forastero

Este cuentito, así escrito, es un placer. Leído, es lo que iremos ver.

…A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, las nubes, negruzcas e inmóviles, aflojaron y el agua empezó a caer como con rabia, con una furia casi loca. Como si de repente le diera asco las cosas feas del mundo y quisiera bórralo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.

Los bichos buscaron de inmediato refugio y la hacienda buscó dar anca al viento o buscaba amparo debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de ramitas, paja y pluma.

Dentro de la vivienda, en la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro que miraba hacia el lado del camino, doña Eulalia y su hija Leonor, la que se asomó y percibió la silueta de un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por causa del furioso aguacero.

-¿Quién es? -Preguntó la madre sin dejar de revolver la olla de cocido, mientras su hija le gritaba al perro, con autoridad-: ¡Rosendo! ¡Rosendo! ¡Quieto!, ¡ven aquí!

-No sé… No lo conozco -respondió Leonor, expectante, cuando se colocó al lado de su madre.

-¡Buenas tardes! -las saludó la voz grave del hombre, agachándose, al entrar.

-Buenas… Siéntese. ¿Lo agarró el agua?… Sáquese el poncho y arrímelo al fogón -le ordenó doña Eulalia.

-Sí, es mejor. -Concordó el forastero, mientras colgaba el poncho negro en un gran clavo cerca del fogón y sacudía el sombrero. Después se sentó en un banco.

-¿Viene de lejos? -sondeó la madre, ojos quietos, tirante pelo negro ya con copiosas hebras blancas.

-Desde las sierras del norte.

-¿Y va? -curioseó ella, sin mirarlo.

-A la estancia de don Torquato Balbuena. Más allá de Arroyo Grande… En verdad, pensaba llegar hoy, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansado el caballo. Así que si me deja pasar la noche…

-Como ve, comodidad no tenemos -advirtió Eulalia-. En todo caso, puede traer su recado y dormir aquí mismo.

-¡Cómo no!… Estoy acostumbrado.

La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, miraba al forastero de reojo. Cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón. Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida cubierta por una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto de tranquilizar a nadie.

La madre entorpeció sus nublosas reflexiones, diciendo: -A ver, aprontá un mate, hija-, y siguió revolviendo el guiso, mientras daba conversación al forastero, que ahora acariciaba el perro y retiraba la mano cada vez que éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.

Leonor tiró la yerba vieja del porongo, puso nueva, e hizo absorber primero un poco de agua tibia para que esta se hinchara sin quemarse. A seguir ofreció el primer mate al desconocido. Éste la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía por qué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gentes de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con el ruido de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas otras cosas en la cabeza, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.

Se dio cuenta que la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha. Su acto lo llevó a pensar que había que cansar muchos caballos para volver a encontrar otra tan linda y tan bonita en todo el pago.

Brillante y negro el pelo, se lo repartía al medio con una raya pareja y le caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Leonor tenía los labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como pulmón, se aparecía por el escote y se dejaba también ver por las mangas cortas del vestido. Tenía un pecho abultadito, lindo pecho de torcaza con sus pezones levantando con sus chuzas la zaraza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas se adivinaban bien formadas bajo una pollera ligera que las pintaban clarito.

Toda ella producía unas ansias extrañas en quien la miraba; entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla por el pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas. Una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma del cristiano como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan leal, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones.

Embebecido cada vez más en la contemplación lúdica, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada con su actitud. Entonces algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenderla para recibir o entregar el mate.

Leonor iba entre tanto poniendo la mesa. Luego los tres se sentaron silenciosamente a comer. Concluida la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó esperando que ellas hicieran la lidia jugando con el perro, con Rosendo que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y ya estaba íntimo con el desconocido.

-¡Lo mismo que el hombre! -pensó, y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Leonor. Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tomar unas cobijas.

-Su poncho no se ha secado… Tome, hasta mañana, si Dios quiere -gesticuló Rosenda, parada, aguardando por su hija.

-Se agradece.

-¡Buenas noches! -deseó Leonor, cruzando ligero a su lado con la cabeza gacha.

Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz… Todo envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar. El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas junto con el perro y sopló el candil. El fogón, mal apagado, quedó brillando.

Al poco rato se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la mujer. Pero en la cama de Leonor no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara impróvida en el sueño. De cuando en cuando ensayaba rezar un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.

Su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas… A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita.

Aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba aún más. No sentía nada, pero en su trastocada imaginación veía nítidamente al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina. Y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frio y percibía más claramente el ruido de la lluvia…

En efecto, el forastero, que se echara nomás sobre el recado, ya se había levantado y lo llevara otra vez a la enramada. Después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra, dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba de frente, por eso avanzaba con la cabeza gacha. A la luz de los relámpagos daba para ver el poncho y el sombrero hechos sopa… Chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito. La lluvia gruesa, helada, seguía cayendo mientras Leonor lo miraba desde la ventana soñando con lo que hubiese podido haber sido y no fue.

 

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