Alarmas del Alma


Nos acostumbramos a vivir de alarma en alarma, al punto de inventar para nuestro estilo de vida los propios alertas emocionales capaces de enfrentar los desvaríos humanos.

Durante el transcurso de la vida, el sosiego y la inocencia de nuestra primera infancia se alteró por las peores alarmas de espanto, hasta que finalmente vemos que está implícito que no hay tiempo a perder en tonterías.

Cuando llegamos cerca de la mitad de la vida, digamos entre los cuarenta y los cincuenta, al fin aceptamos que la eternidad no existe. Es entonces cuando suele aparecer un sentimiento inmenso y notable llamado aceptación.

Pasamos a conocernos más que nadie, a saber quiénes somos y que nadie vendrá ya a contar un cuento chino o un sueño de Disney, y surge esa gloriosa sensación de decir lo que nos viene en mente y aliviar el alma sin guardar formas.

Es un tiempo en que hemos ido acumulado mil historias privadas que nos causan risas inesperadas, y que nos hacen revivir el brillo que tenían las travesuras de niño… Pero eso sí, ahora con intemperancia de adulto.

 

 

Suéñame


Tuve algunos amores que en los días de cataclismo agrietaron mis puentes, que hundieron la vereda de mi vida, que me hicieron perder el equilibrio. Otros de ellos, no obstante, fueron tan sólo réplicas. Amoríos de tan baja intensidad, que ni siquiera me hicieron temblar mientras los otros viejos amores aun respiraban bajo las ruinas.

Hoy, bajo el amparo de la oscura noche mi cuerpo se estremece, pero como cada velada, por larga y sombría que sea tiene su amanecer, han de ser tus besos los que me acompañen mientras tu sonrisa me protege.

Temo que seas tú aquel sentimiento que cuantiosos llaman de felicidad. Y qué fortuna ha de poseer quien pueda amarte y brindarte mil besos con sabor a mar, hechos de sal y viento, de olas que rompen en la arena, de gaviotas que graznan al amanecer.

Sí, te quiero como para escuchar tu risa toda la noche. Te quiero como para no dejarte partir nunca más. Te quiero como se quieren a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás… ¡Suéñame, me hace falta!

Un Día Fui


Me encanta ver esa languidez que siempre se dibuja en tu rostro cuando la presumida ráfaga del viento traicionero insiste en enredarse en las madejas de tu pelo, y retoza en él como un niño que travesea en la calesita.

Con esos gestos de diosa encabruñada robas mi mirada, arrancas de mis ojos contemplaciones de arrobo, sustraes el aire que respiro en tu cercanía, dándome la impresión de que juegas con la luz del universo al quitarme el brillo del sol de la mañana.

Quiero continuar a recordarte cuando aún no existías en mi vida, cuando tú solamente eras sueños y utopías que me desvelaban por las noches mientras te soñaba como racimo de uvas maduras entre mis manos.

Quizás a nada de lo que ahora digo te pareces hoy y sin embargo lo eres todo a la vez, mujer de mi vida. Recuerda que antes de ti, yo era como una barca vieja hundida en la burda ribera de un río en remolino, un intruso errabundo sin destino en una soledad acribillada de sueño y silencio, que a su vez se sentía acorralado entre el mar y la tristeza, como alas rotas de gaviota que se va muriendo de pena al no poder volar.

Triste ternura fue la mía entonces, cuando ya vencido anduve errante por las calles con el corazón congelado y fracturado entre melancolías a tocar el vértice atrevido y frio de mis sentimiento, tal cual un viejo laúd al que se le revientan las cuerdas.

Hoy me siento orgulloso de ti, locura que mi espíritu exalta, embriaguez divina que sólo puede surgir del genio creador, porque durante los instantes que estás a mi lado dejo ya de acusarme por todo lo que un día fui, y porque junto a mí eres el aire que de tu regazo emana perfumes y armonías de la fuente de la vida, y porque con tu magia conviertes mi mundo en primavera.

 

 

 

 

 

La Verdad


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¡Dime la verdad! Suele ser la expresión que utilizamos en cuanto aguardamos por una confesión creíble.

Sin embargo, con ese clamor olvidamos que la verdad no es más que un concepto abstracto de difícil definición, muchísimo más si éste incumbe al ámbito del amor, visto que el enunciado se encajaría mejor en lo que se atiene a las sapiencias exactas.

Informalmente, el término verdad se usa para significar la coincidencia entre una afirmación y los hechos, o tal vez a la realidad a la que dicha afirmación se refiere, y aún a la fidelidad a una idea. A bien verdad, este término se usa en un sentido técnico en diversos campos como la ciencia, la lógica, las matemáticas o la filosofía.

Tampoco se puede negar que el uso de la palabra abarca asimismo la honestidad, la buena fe y la sinceridad humana en general. Como igualmente se usa en el acuerdo de los conocimientos con las cosas que afirmamos como si estas fueran una realidad dada por cierta: los hechos o las cosas en particular; o la relación de los hechos o las cosas en su totalidad en la constitución del Todo, del Universo.

Sin embargo, lo que se percibe, es que en relación al amor y la verdad del sentimiento estamos lejos.

No digo que el amor no lo sea, pero las cosas sólo son verdaderas cuando son “fiables”, y entonces sólo son fieles porque cumplen lo que ofrecen. Por tanto, el término no tiene una única definición en la que estén de acuerdo la mayoría de los estudiosos, por lo que las teorías sobre la verdad continúan siendo ampliamente debatidas.

El sentimiento del amor es muy enclenque, porque en ese sentido, la verdad supone la concordancia entre aquello que afirmamos con lo que se sabe, se siente o se piensa o imaginamos sentir. De allí surge que el concepto de verdad también abarque valores como la honestidad, la sinceridad y la franqueza.

La emoción causada por el amor es diferente, tenue y hasta pasajera si se quiere, ya que por otro lado, como verdad se denomina todo aquel juicio o preposición que no puede ser refutado racionalmente, cosa opuesta al estado intrínseco del amor. En esta acepción, la verdad tiene un sentido antípoda a la falsedad, a la mentira.

Pero con el término “verdad” podemos referirnos a una realidad o a una preposición, y así hablamos de una verdad ontológica, de la realidad, del ser; o de una verdad lógica, del conocimiento, de la proposición mediante la que se expresa un juicio cualquiera. En el primero de los casos se incluiría el amor, ya que con esta afirmación decimos que lo que sentimos es verdad, o verdadero, para indicar que nuestro sentimiento no se trata de una ilusión o delirio, de una apariencia, siendo entonces la verdad idéntica a la realidad a lo que las cosas son.

Ahora, cuanto al segundo caso, a la verdad lógica, ahí consideramos que la “verdad” es en sí una propiedad del enunciado, de la proposición, no de la realidad, del objeto, y por eso creemos que la verdad consiste en la adecuación o correspondencia de la proposición con aquello a lo que se refiere, con los hechos, con las cosa en sí. Es por eso que afirmamos que si tal correspondencia con lo que nosotros sentimos en relación a lo que el otro ser apasionado siente no se da, su proposición o sentimiento es falso.

Lo que resta entonces, es que en el apego del amor, la concepción de la verdad, o si el sentimiento es verdadero, habría que despojarlo de todos los sentimientos metafísicos y acreditar que la palabra es una teoría semántica de la verdad.

Recuerdos


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Los recuerdos suelen doler de acuerdo con la intensidad que nuestra memoria esté preparada para guardar imágenes y momentos que han quedado detrás del tul de la nostalgia. Pero cuando estos surgen, agoreros, descabezados, siempre habrá un precio a desembolsar.

Con todo, hay que tener en cuenta que un recuerdo es aquella imagen del pasado que guardamos en la memoria, ya que ésta tiene la capacidad condescendiente y generosa de lograr almacenar, retener y recordar alguna información del pasado. Es más, no pasa de una función cerebral que gracias a las conexiones sinápticas entre las neuronas, nos permite retener las experiencias vividas. Implícitamente los amores fallos, los besos perdidos en el viento de primavera o los abrazos que estrechamos rompiendo corazones.

Ese dolor causado por el recuerdo, nos viene de la mano de la nostalgia, porque ella es descrita como un sentimiento de anhelo por querer revivir un acontecimiento, momento o situación del pasado que el amor nos concedió.

Usualmente, cuando se nos ocurre hablar del recuerdo, nos remitimos a un sentimiento que cualquier alma puede atravesar en cualquier etapa biológica de su vida, pero que suele traer a sus espaldas el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una época y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado, aunque la nostalgia se puede asociar a menudo con la memoria cariñosa de la niñez, de un ser querido, un lugar, juego, objeto personal estimado, o un suceso en la vida del individuo o grupo.

Sin embargo, los recuerdos de amores de ayer no dejan de ser como las palabras. Y aunque una multitud diga lo contrario, a éstas no se las lleva ningún viento. Porque cada palabra destruye o edifica, hiere o cura, maldice o bendice, o nos hace caer de rodillas si se trata de la pasión.

Para evitar sufrir con esos sentimientos dolorosos de los recuerdos, debemos aprender del árbol, ya que todo lo que él tiene de florido, viene de lo que tiene sepultado en sus raíces y se convirtió en recuerdos.

Inspiración Pura


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Sencillamente, existen asuntos sentimentales sobre los cuales usted no debería preguntarme nunca, a no ser que esté dispuesta a escuchar que se ha convertido en la dueña de todas mis letras, que ya hoy es parte de esa inspiración que yo creía perdida.

Diría más, sin buscarla a usted, de repente me ha hecho revivir ese sentimiento idílico que yo ya creía extinguido; quien, como en un pase de mágica, se ha convertido en la razón de mis versos, en el camino que va en busca de una inesperada sonrisa; o quién sabe en la dirección segura que querrían seguir mis besos, en la trayectoria cierta que mis manos requieren, o en la razón de un sueño. Concibo que más que todo esto, ha de ser porque yo le entrego parte de mi vida cada vez que la veo feliz.

Y no crea usted que me engaño, porque bien sé que mis sentimientos no tienen precio que pueda tasar ni dinero que puede pagar toda la felicidad que siento cada vez que la veo sonreír.

Pero si nada he mencionado antes sobre todo lo que he confesado ahora, es porque hay instantes en que todo me parece imposible o que todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano y muy distante a la vez. Quizás es por eso que repentinamente me invade la duda, el miedo a equivocarme y de no haber comprendido bien lo que el corazón siente de verdad caso usted me diga no.

De cualquier manera, pienso que usted es mucho más de lo que pueden imaginar los hombres iletrados que ni leen ni sabrán leer lo que en verdad usted representa. Porque uno puede tomar un libro con las manos, pero no podrá abrir su misterio y vivirá dejando de lado lo que realmente dice. Porque lo que usted dice con su existencia no es lo que se ve con los ojos. Es algo que lleva tiempo y paciencia, porque leer a una mujer cuesta la vida, aunque cuando uno se enamora, las agujas del tiempo hacen escala en el olvido de las horas.

Abrázame


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Creo que no existe manera más bonita de poder decirle a alguien que le quieres que no sea abrazándole. Pues bien, yo admito que a mí me gusta infinitamente cuando tú me abrazas como si fueses un tesoro de ascua encendida.

Tal vez esa vana emoción mía, sea porque en realidad presumo que aún sigue pareciéndome sorprendente y más aún un enigma inexplicable, la dichosa sensación de poder rodear con mis brazos al ser que considero lo más preciado del mundo, y poder sentir en mí esas ondas que tienen vaga armonía de jazmines en flor.

Es más, no ha de faltar un necio que al oír esto se haga cruces, pero no quiero que, súbita, presumas que esa es la única sensación que me cautiva, porque hay otras, como cuando sonríes, que matas de vez mis tristezas, o como cuando enciendes tu dulce mirada, con la que eres capaz de hipnotizarme si me tienes por delante.

Me encadena a tu vida esa tu risa linda, mujer mortal, ese disonante estruendo de desenfreno que acaricia mi oído como nota de remota música o el eco de un suspiro, la cual puede ser interpretada como la melodía más hermosa con la que alguien puede romper el silencio más incómodo, como lo es ese enjambre de abejas irritadas que guardo en un oscuro rincón de mi memoria.

Pero te afirmo con orgulloso sentimiento, que querer y amar tienen para mí de la misma magnitud, sin diferencias, aunque si tú me quieres, no me recortes. ¡Quiéreme todo, o no me quieras!

Si me quieres, quiéreme entero, no por zonas de luz o sombra. Quiéreme en negro o blanco, en gris o verde, sin rugosidades o con arrugas. Quiéreme de día o quiéreme de noche, con la ventana abierta, durante la madrugada con luna pero sin estrellas.

De lo poco de esta vida mortal que me resta y de la eterna que me toque, si es que algo me toca, bastará para mi vanidad saber que me has querido y me quieres y a los otros de mi le has hablado.

Acaso hoy tenga alegre mi congoja y triste el vino, en vano es continuar luchando ya que no hay señal capaz de encerrar mis quimeras, y apena por veces quedo perplejo con saber que nadie nota la maravillosa persona que eres. Y qué mal por ellos. Y qué afortunado yo.

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