Más Burros y Menos Sabios


Lo primero que hay que habría que ver en este caso, es lo que más le gusta al leyente amante de las mascotas domésticas, pues me acabo de enterar de una tesis que afirma que los dueños de gatos -independiente de si estos arañan o no- es que ellos llegan a tener un coeficiente intelectual más alto que los adoradores de perros, según lo indica un reciente estudio catedrático.

Todo se debe a que, durante siglos, los amantes de canes y felinos se las han pasado discutido largamente acerca de las virtudes de unos y otros animales -y no las de ellos propios-, por lo que no hay duda que el tema de la inteligencia de los mismos hace parte de un contenido crucial en ese debate.

Algunos mencionan que mientras que los cinófilos se apoyan en la obediencia de sus mascotas para demostrar que ellas “entienden todo”, los propietarios de felinos aducen que los miaus también entienden todo, pero el caso de su indocilidad se debe a que a ellos no se les antoja hacer caso.

Pues bien, para poner un punto final a tan larga discusión, surgió ahora un estudio realizado por la “Universidad Carroll” de Wisconsin, EEUU, por el cual se plantea el asunto desde otro punto de vista, trasladando el debate directamente desde las mascotas hasta sus propietarios.

El caso es que la investigación -excluyéndose de ella, por razones obvias, a todos aquellos que viven solos con su pareja- logró revelar que los propietarios de los dos animales tienden a tener diferentes personalidades. Por tanto, los amantes de los gatos son más sensibles, mientras quienes prefieren a los perros suelen ser más enérgicos… Aunque no hayan descubierto cual es el temple de los que gustan de la suegra. Asimismo y como sea, agregan que los dueños de gatos acostumbran ser gente introvertida, al contrario de lo que es habitual entre los dueños de canes.

Por ende, e independiente de los temperamentos o personalidades de los dueños de estos bichos, resulta que a la hora de realizar el test de coeficiente mental, los “gateros” puntuaron por encima de los “perreros”.

Para explicar mejor el resultado de esa disquisición, Denise Guastello, una de las responsables del estudio, mencionó que “tiene sentido que una persona que tiene un perro sea más ‘animada’, porque va a sacar a pasear a su mascota y hablará con la gente por la calle. Asimismo, gente más introvertida puede preferir más bien quedarse en casa, por ello un gato les resulta mejor mascota, ya que no hay que llevarla fuera”, dijo ella en el encuentro anual de “Psychological Science” en Chicago y según lo recoge el periódico “Daily Mail”.

En fin, con o sin sentido, como sea, este estudio trabajó sobre 600 personas de ambos sexos, a los que se hizo una serie de tests con la sana intención de elaborar un perfil personal, y también se les hizo la consabida pregunta acerca de su preferencia entre perros y gatos.

La sabia conclusión a que llegaron, es que cerca del 60% de los encuestados se definieron como “gente de perro” -por eso de querer mostrar los colmillos-, una cifra que casi sextuplicó la de “gente de gato”… Un sorprendente resultado que llevó al papamoscas de mi vecino a concluir, que eso lo dejó con la impresión de que en el mundo existen más burros que sabios.

Exceptuándose el jumento comentario de mi vecino, el hecho en sí, es que tampoco faltaron voluntarios que se decantaran por otros animales, y unos cuantos -casi un tercio- llegaron a afirmar que gatos y perros les desagradaban por igual.

Por tanto, más allá de lo controvertido -o divertido- que pueda resultar el mencionado estudio, sus autores afirman que lo descubierto puede ser útil a la hora de asignar mascotas terapéuticas para los enfermos -no necesariamente mentales.

Con todo, desafiando ya los escepticismos sobradamente justificados después de millares de relatos leídos y oídos que mencionan sobre las vidas ejemplares de perros y gatos y de sus vastos milagros y prodigios, sin disimular sonrisa, presiento que uno vuelve a sorprenderse quedándose donde está, frente a frente, a la espera, según todas las apariencias, de que he llagado al fin de lo que tenía que decir… ¡Impresionante!

(*) Si le parece, de una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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Hablando de la Crítica Constructiva


La suerte es que uno no ha nacido ayer, y tal vez por eso sabe que en la abrumadora mayoría de los casos nadie utiliza el término “constructivo” para ninguna otra cosa que sea “destruir”. Claro que cerrarse a las opiniones de los otros es una necesidad, y así lo demuestran mandatarios, políticos y funcionarios de la política vernácula e internacional, que no les interesa corregir su rumbo a pesar de las más contundentes y trágicas catástrofes provocadas por su empecinamiento y su desmedida ambición de poder.

No hay duda que esa es una actitud reprobable, pero querer internarse en laberintos mentales arrasados por opiniones superficiales, y muchas veces ignorantes o mal intencionados, entiendo que sólo nos hace perder tiempo y energías que serían dignas de ser direccionadas para mejores causas.

Pero como ya lo decía aquel el poeta: “En los tiempos de bárbaras naciones”, los reyes solían reunir en las cortes a sus servidores, vasallos o súbditos. No solo se aglutinaban quienes ansiaban medrar en la vida, sino que también los deseosos por tener una oportunidad de servir al reino, y que debían permanecer cerca del príncipe, tanto fuesen en la geografía como en las opiniones. Había, inclusive, aquellos cortesanos convencidos de las bondades de la monarquía y se allanaban a sus condiciones.

Todos obraban de acuerdo a sus convicciones y, al inclinarse reverentes frente al monarca, estaban seguros de cumplir un rito sano y positivo. Vivían dispuestos a sacrificar sin pestañear sus bienes de fortuna por el rey, y valoraban la lealtad al poder como la máxima virtud.

Claro que en ciertas ocasiones sufrían desaires o ingratitudes, mas no por ello dejaban de reverenciar con íntimo convencimiento a su monarca. Cortesanos sabios mantenían respetuoso silencio frente a príncipes ignaros. Cumplían con su deber y, por consecuencia, con sus ideales.

Otros, en cambio, se entretenían repudiando con ardor al monarca de turno, o al sistema mismo, pero sin embargo se sometían a sus caprichos por sumisión cobarde o interesada. Ellos obraban de acuerdo a sus intereses y, al inclinarse frente al monarca, entendían que estaban seguros de cumplir un requisito útil y provechoso.

Estos vivían permanentemente dispuestos a sacrificar sus ideales por la fortuna, valoraban la sumisión al poder como la máxima inversión que podían realizar. Claro que también en ciertas ocasiones, ellos sufrían desaires e ingratitudes, mas no por ello dejaban de adoptar un remunerador acomodo a las circunstancias que el momento exigía. Esos aclamados con el título de “cortesanos hipócritas”, mantenían un humillado silencio frente a príncipes ignaros. Creían cumplir con sus consignas por una deducida obsecuencia con sus tiranos.

Sin embargo, los reyes solían preferir dar su atención a los obsecuentes, a los sumisos, a los serviles, porque juzgaban que estos eran más cómodos, que se amoldaban sin dificultad a sus determinaciones e intrepideces, que obedecían sin chistar, que preferían adular sin dignidad y a mentir sin rubor.

De igual forma, todos aquellos consecuentes corrían el grave peligro de verse alejados de la corte por causa de una palabra honesta o de una opinión leal. Eran los que sufrían los arteros ataques de las catervas de correveidiles que pululaban por los pasillos palaciegos.

Es de esto que nos hablan las crónicas escritas “en los tiempos de bárbaras naciones”, lo que nos hace pensar que quizás no sean tan más oscuros que la larga noche que ahora intitulan de neoliberal.

Pero atención, hay que saber separar la paja del trigo y la agresión de la crítica, para lograr identificar la supuesta opinión “constructiva”. Abramos pues nuestro corazón y nuestra cabeza a la opinión ajena, pero nunca otras partes del cuerpo, lo que sin dudas puede dar lugar a dolores más profundos… ¿Y la crítica constructiva? Esa, que se la vayan hacer a sus abuelas, que al final de cuentas son las únicas que les van a perdonar todos sus pecados… ¿Usted no concuerda?

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