Despedida


Aquí me tienes otra vez, luchando contra mis demonios, esos viciosos que se rinden cada vez que te ven, porque no obstante la mirada del cuerpo consiga a ser olvidada por veces, la del alma te recordará siempre.

Tantas veces me he prometido a mí mismo no volver a caer de hinojos ante mi flojedad, que creo que han sido las mismas veces que al mirarte he faltado a mi promesa de ser fuerte para no quererte otra vez.

Han sido tantas las ocasiones en que no me ha quedado más remedio que aceptar que soy yo el único culpable de la desilusión que me generas cada vez que te vas, aunque tú sigas, consiente, advertida del daño que me vas a causar.

No han sido escasas las veces que me he prometido que la próxima vez no volverá a ser igual a las demás, pero reconozco finalmente que termino por lanzarme de cabeza al abismo de tu tempestad, mintiéndole a mi mente que esta vez no tornarás a equivocarte, y hasta engañando a mis instintos que esta vez nada saldrá mal. Y ya lo ves, como resultado obvio de mi absurda debilidad, he llorado tantas veces arrepentido de ese amor tuyo que me causa tanto mal.

Pero acredito que esta vez ya no ha de ser igual, porque dirijo mis palabras a ti con absoluta seriedad, al decidir contarte que algo en mi ha cambiado en definitivo, y que después de haberte llorado tanto, hoy he despertado con nuevos planes, con nuevos sueños, pero, sobre todas las cosas, queriéndome mucho más.

Soy sincero, y te confieso que me ha costado mucho resignarme a la idea de que no eres tú quien hace mejor mi mundo, que ni hoy ni nunca serás el motivo de mi risa, y que tan solo serás un viejo recuerdo que dolerá más que cualquier otro.

Espero que comprendas que todo esto que ahora digo es sin ningún afán. Son solamente unas cuantas frases para poner un punto final. Así que hoy me marcho sin rencores, agradeciendo lo aprendido, sin nada que reprochar. Tómalo como una despedida, o quizás como un punto de partida para comenzar de nuevo sin mirar atrás.

Eso sí, nunca olvides lo mucho que te quise, ni nunca olvides que un día fuiste el buen motivo de mi calma y de mi tempestad.

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Sencillez


57-sencillez

Hurgando en los mamotretos, además de insectos y toda su escabrosa parentela, encuentro el registro que dice que la sencillez corresponde a algo simple que es formado de un solo elemento que carece de lujos aparentes o adornos, sin composición ni complicación, algo fácil de comprender y hacer, que no posee un artificio retórico. Un asomo que es de carácter natural y espontaneo, y que tiene menos cuerpo o volumen que las otras cosas de su especie.

Esas son explicaciones que se aplican al burdo material, a lo tangible, sobre algo que nuestros dedos pueden palpar, pero que de igual forma es una virtud visible a los ojos perceptivos del ser humano, visto que esa palmaria actitud representa humildad, candor, simpleza y afabilidad entre otras cosas por el estilo.

Sin embargo, poseer esa cualidad especial y privativa, pasa a ser, a su vez, uno de los ingénitos sustantivos más complicados de exteriorizar en cualquier rincón del mundo en que vivimos o en el lenguaje que le apliquemos.

Esto se debe a que cuando una persona es sencilla en su substancia como también en sus actos y palabras, incluso en el lírico plectro de su instinto y percepción de la vida, ésta corre un enorme riesgo de ser catalogada de inmediato como un ser tonto, un alucinado, un bobeta soñador que anda por las esquinas de la vida desparramando utopías insanas llenas de exaltación poética.

Con todo, es fácil percibir que esos mismos censores de los actos ajenos que hacen profesión de desconfiar de todo lo que los circunda, mismo que no los entiendan, les parece que tienen cierta destreza innata para avanzar por fuera del misterio, haciendo de su ignorancia una forma inédita de indiscreción. Tal vez estos sean, no lo dudo, seres que se afanan en no ser, y, especialmente, en no parecer sencillos.

Esa altanería, esa pompa, su soberbia, son su concha de carey protectora, y se olvidan que en la sencillez, jóvenes y viejos, hombres y mujeres o el género que sea, se amparan y a la vez se comprenden, en cuanto esos que caminan por el laberinto de la complejidad de proceder anidan entre la desconfianza y los rencores, sin tener en cuenta que la muerte es el vértice de la sencillez.

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