Sin Opacidad


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Por veces, nuestros pensamientos suelen ser tan turbios como la opacidad de la neblina en un amanecer brumoso, si bien los sentimientos casi siempre resultan lúcidos como la luz clara de la luna llena.

Quien muestre sus sentimientos de manera transparente, le resultará una ventaja si eso inspira, ya que su rostro se mostrará diáfano y claro que no ha de ser cualquier espejo del mundo el que se animará a opacarlo.

Sin embargo, todo individuo que despliega opacidad en sus actos o nutre y ceba en sus pensamientos, se arriesga a cargar con sus indivisos fantasmas, y en este caso ya no le resultará una superioridad ante nadie.

Nadie está en condiciones de cuestionar que el odio excesivo, el rencor, la lujuria, el celo, la pasión desmedida, el fanatismo delirante, la intemperancia y todos los demás etcéteras repletos que habitan ocultos en la mente de los seres pobres de espíritu, en su intención primaria los torna seres salvajes.

Entre ellos podríamos incluir a esos entes desquiciados que andan deambulando claudicantes por las esquinas del mundo elevando su mirada empañada y turbia, y revelando sin esconder de quien sea y fuere todo su desvarío interior, ese mismo que trajo al mundo con sus genes y no tienen remedio ya.

Junto a las cosas vanas de la vida, por ejemplo, está la lluvia, que cae trasparente, y sin embargo la neblina resulta sombría. Incluso entre las tantas lluvias podemos incluir el llanto, que es transparente, aunque a éste lo que lo opaca son los parpados.

No hay duda que los dioses han hecho de nosotros, los mortales, seres bastante inestables; si bien entre lo opaco y lo transparente suele existir una barrera muy sutil llamada ser humano, que nada más es que un oprimido social por naturaleza, trascendente e irrepetible que se diferencia de los animales por causa de su inteligencia y razón, y que vive conformes a reglas y normas transparentes.

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Lágrimas


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Fue como si surgiese de repente el ventarrón infausto del destino, y presumo que a ti también te habrán lastimado el alma esas agrias palabras que, al proferirlas al azar, no tuvieron la intención de hacerme daño, aunque el golpe del veneno que había en ellas fue mucho más que un rencor ajeno olvidado en su inútil corona de espinas.

Hazme el favor, cállate, abominable Eva de este paraíso terrenal. Nunca ignores a quien ciertamente le importas, pues tal vez mañana, tarde, has de darte cuenta que perdiste la luna, mientras, dispersa y afrentada, te entretuviste en contar las estrellas.

Puede que no te hayas dado cuenta, pero las tuyas han sido palabras que acecharon la muerte de un amor sublime a quien entonces lo ofendieron e hirieron gravemente, únicamente porque mi boca cerrada ya no pudo contestar su canto avinagrado.

Al oírte me sobrevino el llanto. Esas ganas de llorar que nacen de repente, ahogadas en la desolación, mismo que fuera de mi cuerpo en desconsuelo la luna florecida y el vergel en flor quisiesen forjar ese deseo de estar solo y al mismo tiempo necesitar de un abrazo, una caricia, tal vez hasta un beso que lo pueda todo.

Duele, pero el más mentado de los hombres llora en los momentos más amargos de la vida. Yo no fui diferente, pues siendo más que el mar y que sus islas, y porque hay que caer dentro de ese mismo mar como en un pozo para salir del fondo con un ramo de agua secreta y verdades sumergidas, entonces lloré, lloré con el alma. Pero no lloré físicamente, lloré de verdad, de la manera que más duele, lloré sin lágrimas.

Infausta mujer, te has olvidado que el amor verdadero nunca se da por vencido, que jamás pierde la fe, porque siempre tiene esperanza y se mantiene firme ante toda circunstancia, incluso estando dentro de un traje vacío y uno siga cojeando como un espantapájaros de sonrisa sangrante.

¡Ay de mí!, ¡ay de nosotros!, mi dulce amada, que sólo quisimos apena amor, amarnos, y entre tantos dolores nos dispusimos los dos a quedar malheridos.

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