El Apostador


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Horacio era un hombre viciado en carreras de caballos. Pero como no era un individuo de muchas poses ni dinero sobrando, buscaba controlar su impulso, ya que no podía arriesgarse en la aventura de muchas apuestas.

Sin embargo, seguía de cerca las novedades del turf a través de los programas del propio Jockey y las premisas que publicaban los periódicos, como no perdía oportunidad de conversar sobre ese tema con los entrenadores de caballos y los amigos que curtían la misma pasión que él. En todo caso, le gustaba seguir de cerca la filiación de los animales y a quien ellos pertenecían.

Pero es sabido que el juego de turf tiene sus propias peculiaridades, ya que si se realizan veinte consultas, seguramente se obtendrán veinte candidatos en lo que se denomina una “carrera abierta” en la jerga de este deporte, o sea, que cualquier animal puede ganar, independiente de que la prensa apunte uno y otro como los más indicados. No habían resultado pocas las veces en las que Horacio presenciara un tal caballo ganador que nadie tenía en los papeles ni daba un vintén por el mismo.

Por esa época había carreras sábados, domingos por la tarde, y lunes y jueves por la noche. Pero durante los días que se corrían los Grandes Premios, también llamados de Derby, Horacio se alborotaba con el evento. Comparecía a esas fiestas con gran satisfacción, no perdiendo ninguna. Sus bolsillos estaban llenos de programas de turf y algunos pules perdidos.

No era solamente el placer del juego en sí. Ese había sido el deporte de los reyes que se iniciara con la clase alta en el reino Inglés; y por alguna razón no comprendida, a Horacio le encantaba andar metido de cabeza en ese ambiente de fiesta, cuando se le podía ver mirando con su binóculo todos los pareos. Ganase o perdiese, permanecía siempre sereno, sin dar grandes demostraciones de alegría o disgusto.

Pero resulta que cierto día su esposa soñara que una yegua en la cual su marido tenía una participación, iba a ganar la carrera, y lo incitó, diciéndole: -Apuesta en ella, vas a ganar mucho dinero.

Poco después, cuando Horacio llegó al hipódromo, el entrenador le comentó que sería imposible que esa yegua ganara nada ese día, ya que el animal tuviera un malestar cualquiera durante la noche anterior.

Con aire despreocupado, Horacio asistió a los demás pareos que se corrían esa tarde, hasta que llegara la hora de su potranca correr. Se mostraba indiferente: ¿qué podría hacer un animal enfermo?, se consoló dando de hombros.

A pesar de ello, es cuando entonces la yegua, que en la carrera venía metida junto al grupo, dispara y gana fácil el pareo.

Para algo le sirvió su hazaña: Horacio volvió temprano a su casa, y ni habló. Se quitó la ropa y se acostó: al final, la cama es un buen lugar para ahogar las desdichas.

Al día siguiente le contó lo ocurrido a su mujer, que desde ese día nunca más soñó con nada. Y si soñó, no le dijo nada a su marido. Por las dudas que ese día diese errado su palpite…

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Hipnotizado


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Toda vez que mis ojos se cruzaban con su hipnotizadora mirada, era como si mi alma se precipitase a un abismo de confusión, al mismo tiempo que mi cuerpo parecía flotar como esas boyas marinas que se ven ancladas a lo largo de la costa, sacudidas con frenesí por la furia de la tempestad en alto mar.

Quedaba tan fijo mirándola y tan arrobado, que todo desaparecía en derredor mío, menos su esbelta figura, su rostro sonrosado como pétalo de rosa, y esas pupilas tan verdes, tan profundas como un inmenso océano de paz.

La primera vez, supuse que ella me sostenía la mirada por puro estupor, por verme tan enajenado. Sospeché que ella me consideraba su estúpido esclavo, o un inconsciente cualquiera. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que me sonreía levemente, con una casi inapreciable mueca que se desprendía de sus labios sensuales de carmín, rojos como cerezas maduras. Entonces creí morir.

Desde ese día en más, pasé a soñar con ella cada noche. En mis divagaciones, ella me colmaba de atenciones, me rendía sus favores, sus dedos de seda me cubrían de suaves caricias, y me hablaba con una dulce voz que se asemejaba a un himno gigante y extraño que anuncia en la noche del alma una aurora y una cadencia que el aire dilata en las sombras nocturnas.

En los remates de mis delirios, como en cuna de nácar que empuja el mar y acaricia el céfiro, al dormir sentía el blando arrullo de sus labios entreabiertos. Entonces me di cuenta que existen besos que se dan con la mirada; pero también hay besos que se dan con la memoria.

¡Ah, qué deleite! Incluso despertar a la realidad de su ausencia me resultaba un raro y hermoso placer. Sentía que ella estaba ahí, aunque lejos de mí, pero habitando bajo el mismo techo.

A pesar de que sólo me parecía verla esporádicamente, muy tarde de una tarde cualquiera mismo siendo noche ya, a todo instante me llegaba su calor y su presencia.

A causa de mi hipnotizada colosal pasión, el apetito me abandonó. Siempre he sido presa fácil del mal de amores; esa dolorosa enfermedad del alma que para algunos pasa tan rápido como un catarro, mientras que a otros los deja bastante descompuesto de ánimo el resto de sus días.

Clemente Memoria


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Con ojos casi siempre llorosos no a causa del llanto sino por la propia vejez, puedo reparar con cierta fascinación las ajadas palmas de mis manos. Me embarga una pena verlas tan mustias, pero no alcanzo a echarles en cara el hecho de que ellas ya no conserven el recuerdo táctil de las mujeres que amé y otrora mil veces acaricié, aunque en la mente sí las siga teniendo bien presentes.

Es gracias a ellas que hoy puedo recorrer plácidamente aquellos cuerpos como quien pasa el rollo de una película de amor y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello que ya no sé bien de quien era pero que siempre me conmovió; en unos pechos que tampoco recuerdo a quien pertenecen pero que durante varios años me hicieron creer en algún dios; en una cintura delgada que reclamaba por mis brazos que en aquel entonces eran fuertes; en cierto pubis de musgo rojizo, un matorral de lujuria que tanto se aparecía en mis ensueños como en mis pesadillas; o hasta en un par de labios gruesos de un rojo oscuro como sangre de toro brioso brotando entre las venas, siempre sedientos de besos de salacidad.

Lo más curioso de todo, es que a menudo me acuerdo de algunas partículas de los cuerpos y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo muy clara la idea de a qué cuerpo correspondía

Pero existe un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Es que estuvimos tantas veces juntos, ya sea en el dolor pero sobre todo en el placer, que se me hace imposible borrarla de la memoria. Como no fuimos solamente cuerpos que han vivido los años, ella, mientras pudo, supo muy bien cómo hacerlo.

En aquel entonces me bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que mi mujer parecía verle a uno hasta el hígado. Y hasta puede ser que ella imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, sin embargo, jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que termina por corroer la convivencia.

El Forastero


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Este cuentito, así escrito, es un placer. Leído, es lo que iremos ver.

…A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, las nubes, negruzcas e inmóviles, aflojaron y el agua empezó a caer como con rabia, con una furia casi loca. Como si de repente le diera asco las cosas feas del mundo y quisiera bórralo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.

Los bichos buscaron de inmediato refugio y la hacienda buscó dar anca al viento o buscaba amparo debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de ramitas, paja y pluma.

Dentro de la vivienda, en la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro que miraba hacia el lado del camino, doña Eulalia y su hija Leonor, la que se asomó y percibió la silueta de un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por causa del furioso aguacero.

-¿Quién es? -Preguntó la madre sin dejar de revolver la olla de cocido, mientras su hija le gritaba al perro, con autoridad-: ¡Rosendo! ¡Rosendo! ¡Quieto!, ¡ven aquí!

-No sé… No lo conozco -respondió Leonor, expectante, cuando se colocó al lado de su madre.

-¡Buenas tardes! -las saludó la voz grave del hombre, agachándose, al entrar.

-Buenas… Siéntese. ¿Lo agarró el agua?… Sáquese el poncho y arrímelo al fogón -le ordenó doña Eulalia.

-Sí, es mejor. -Concordó el forastero, mientras colgaba el poncho negro en un gran clavo cerca del fogón y sacudía el sombrero. Después se sentó en un banco.

-¿Viene de lejos? -sondeó la madre, ojos quietos, tirante pelo negro ya con copiosas hebras blancas.

-Desde las sierras del norte.

-¿Y va? -curioseó ella, sin mirarlo.

-A la estancia de don Torquato Balbuena. Más allá de Arroyo Grande… En verdad, pensaba llegar hoy, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansado el caballo. Así que si me deja pasar la noche…

-Como ve, comodidad no tenemos -advirtió Eulalia-. En todo caso, puede traer su recado y dormir aquí mismo.

-¡Cómo no!… Estoy acostumbrado.

La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, miraba al forastero de reojo. Cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón. Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida cubierta por una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto de tranquilizar a nadie.

La madre entorpeció sus nublosas reflexiones, diciendo: -A ver, aprontá un mate, hija-, y siguió revolviendo el guiso, mientras daba conversación al forastero, que ahora acariciaba el perro y retiraba la mano cada vez que éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.

Leonor tiró la yerba vieja del porongo, puso nueva, e hizo absorber primero un poco de agua tibia para que esta se hinchara sin quemarse. A seguir ofreció el primer mate al desconocido. Éste la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía por qué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gentes de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con el ruido de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas otras cosas en la cabeza, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.

Se dio cuenta que la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha. Su acto lo llevó a pensar que había que cansar muchos caballos para volver a encontrar otra tan linda y tan bonita en todo el pago.

Brillante y negro el pelo, se lo repartía al medio con una raya pareja y le caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Leonor tenía los labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como pulmón, se aparecía por el escote y se dejaba también ver por las mangas cortas del vestido. Tenía un pecho abultadito, lindo pecho de torcaza con sus pezones levantando con sus chuzas la zaraza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas se adivinaban bien formadas bajo una pollera ligera que las pintaban clarito.

Toda ella producía unas ansias extrañas en quien la miraba; entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla por el pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas. Una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma del cristiano como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan leal, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones.

Embebecido cada vez más en la contemplación lúdica, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada con su actitud. Entonces algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenderla para recibir o entregar el mate.

Leonor iba entre tanto poniendo la mesa. Luego los tres se sentaron silenciosamente a comer. Concluida la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó esperando que ellas hicieran la lidia jugando con el perro, con Rosendo que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y ya estaba íntimo con el desconocido.

-¡Lo mismo que el hombre! -pensó, y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Leonor. Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tomar unas cobijas.

-Su poncho no se ha secado… Tome, hasta mañana, si Dios quiere -gesticuló Rosenda, parada, aguardando por su hija.

-Se agradece.

-¡Buenas noches! -deseó Leonor, cruzando ligero a su lado con la cabeza gacha.

Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz… Todo envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar. El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas junto con el perro y sopló el candil. El fogón, mal apagado, quedó brillando.

Al poco rato se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la mujer. Pero en la cama de Leonor no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara impróvida en el sueño. De cuando en cuando ensayaba rezar un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.

Su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas… A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita.

Aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba aún más. No sentía nada, pero en su trastocada imaginación veía nítidamente al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina. Y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frio y percibía más claramente el ruido de la lluvia…

En efecto, el forastero, que se echara nomás sobre el recado, ya se había levantado y lo llevara otra vez a la enramada. Después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra, dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba de frente, por eso avanzaba con la cabeza gacha. A la luz de los relámpagos daba para ver el poncho y el sombrero hechos sopa… Chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito. La lluvia gruesa, helada, seguía cayendo mientras Leonor lo miraba desde la ventana soñando con lo que hubiese podido haber sido y no fue.

 

El Deseo Irracional del Hombre


Por lo común, expertos en el tema suelen afirmar que el miedo a la pérdida es lo que impide relacionarse mejor. Un encuentro que llega a sorprender, con alguien diferente que produce placer y que de repente hace latir el corazón más rápido, si no es taquicardia, entonces puede ser la vivencia que estaba esperando. No obstante habría que subrayar que si la soledad es la única compañía de un individuo, antes de éste entregarse de lleno a esa nueva experiencia, de inmediato comienza a levantar una barrera automática ante cualquier señal de peligro, por lo que adopta la clásica postura del no compromiso.

Con todo, eso de negar a comprometerse no representa solamente una actitud egoísta de no querer compartir su vida con nadie porque le resulta más cómodo, sino que también tiene un significado psicológico con raíces más profundas: “el miedo a sufrir”.

Ni bien dos personas se encuentran, cada una de ellas comienza a especular y a tratar de bucear en el intrincado interior del otro para conocerlo mejor, y así poder desplegar toda una gama de artilugios para conquistarlo y si es posible dominarlo. Pocos son los que se dejan llevar pasivamente frente a un fenómeno tan común y difícil como lo es la relación de pareja y se atreven a ser como son.

Claro que la química del primer encuentro no es casual, porque no somos sólo seres materiales sino también sociales y espirituales, atributos que no sólo están relacionados sino que conforman una unidad armónica, por lo tanto, lo natural tendría que ser que la persona, tal como es, provoque la misma atracción. Sin embargo, el fenómeno actual es que las personas estén disociadas, y tampoco se comprometan consigo mismos ni con valores, porque ellas viven en un permanente relativismo, reflejando una apariencia que no concuerda con su forma de pensar, de hacer o de decir.

Aunque algunos no concuerden, eso puede aceptarse como normal. Con todo, no es necesario llegar al extremo del narcisismo monetario, como resultó ser el caso de un joven inglés que acabó siendo dispensado luego en el primer encuentro que tuvo con una chica. Lo cierto es que él resultó ser caradura al extremo, al pedir de vuelta el dinero del cafecito para esa muchacha con quien saliera no bien había acabado de conocer. Y no pensemos que era un valor tan alto así: estamos hablando de algo en torno de U$ 5.

El caso que trata de este bípede mano de vaca, aconteció en Islington, un barrio de la región metropolitana de Londres, Inglaterra, con Lauren Crouch, quien no perdiera oportunidad de dar una de vieja chismosa y acabó contando todo el episodio en su blog.

Lauren, de 28 años, -o sea, ya estando cerca de la fecha de vencimiento- se encontró de repente con el referido hombre en una estación del subterráneo que queda cerca de su casa. Luego de intercambiar miraditas, caídas de ojos y permutar no más que media docena de palabras, ellos decidieron ir a charlar juntos mientras tomaban un café. La cosa iba bien, hasta el momento que el sujeto la convidó para un segundo encuentro: una cena en su casa, a lo que ella se negara… Tal vez porque no habrían velas en la mesa.

Recatada y cumpliendo lo que su mamá le enseñara desde chiquita, Lauren todavía le dio alguna satisfacción. “Disculpe, pero yo no iría a la casa de alguien mal conociendo a esa persona. Infelizmente, yo soy muy romántica y acredito en un gran sentimiento y no en una chispa luego de primera. Mismo así, le deseo todo lo que hay de mejor en este mundo”, escribió ella en un mensaje que le envió enseguida por celular.

“OK, es justo. ¿Usted podría darme de vuelta el valor de su café? A mí no me gusta gastar dinero porque sí. Prefiero usarlo para encontrarme con otra persona”, le respondió el descornado joven luego de ser contrariado. A seguir, le envió el número de su cuenta bancaria vía SMS.

Inconformada, por no decir algo más pesado, Lauren resolvió contar todo lo que aconteció en su blog personal, si bien se abstuvo de informar si en verdad devolvió el dinero o si apenas ignoró al miserable.

Sin duda hay que reconocer que algunos hacen lo que hacen sin darse cuenta, como nos ocurre muchas veces, que damos los dos primeros pasos por devaneo o distracción, y luego no tenemos más remedio que dar el tercero, incluso sabiendo que es errado o ridículo, ya que el hombre es, realmente, y afirmémoslo como verdad irrevocable, un animal irracional… ¡Apasionante!

(*) Libros y e-book disponibles en: Livraria Saraiva: http://www.saraiva.com.br; Livraria Siciliano: http://www.siciliano.com.br; www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante; y en: Plataforma editorial Bubok: www.bubok.es/

Del Barro Surgió y de Barro Era


Aguzando los sentidos y la ilusión, da para imaginar que al inicio Él se viera delante de un estremecimiento de placer, que se sintiera como si estuviese principiando el trabajo más difícil y delicado de su reciente vida de constructor de almas, y, tal cual un alfarero, se ofrendara a la aventurada cochura de una pieza de altísimo valor estético modelada por un artista a quien no le importa rebajar su genio hasta las precarias condiciones de ese humilde lugar donde estaba, y no podría admitir, de la pieza se habla, mas también del artista, las consecuencias ruinosas que resultarían de la variación de un grado de calor, ya sea por exceso ya sea por defecto.

De lo que realmente aquí se trata en la ilusión del pensamiento de quien escribe, es de cocinar el barro de una insignificante figurilla que pronto generaría cientos y miles de copias, aunque siempre habrá quien diga que todos nacemos con el destino trazado. Con todo, sabemos que lo que quedará a la vista y en los registros bíblicos, es que sólo de estos de barro fue que vinieron al mundo otros adanes y otras evas que muy pronto se multiplicaron como los panes y los peces de otra escena posterior.

La ferviente imaginación también lleva a imaginar que Él parece dispuesto a asumir una postura de tácita condescendencia luego de probar distraídamente la solidez del barro, la muda de sitio, sin necesidad y, como si apenas el azar, y no la voluntad, le hubiese guiado los pasos, se encontró delante de la primera figurilla que había modelado, y pocos segundos después todo quedó transformado en un montón informe de barro… El barro de la mujer se amasó sobre el barro del hombre, son los dos otra vez un barro solo.

Con todo, siglos se pasaron desde entonces, hasta que de pronto surgió el profesor Steve Collins, de la “Universidad Trinity” de Nuevo México, en los Estados Unidos, y, como líder de un equipo de excavaciones que trabajó en el proyecto “Tall el-Hamman”, en el Valle de Jordán, se puso a revolver el pasado de la historia de la humanidad. Es que todo indica que él y su grupo de arqueólogos habrían descubierto la mística ciudad de Sodoma.

En materia del History Channel, fue el propio Collins quien dijo: “El equipo de arqueólogos desenterró una mina de oro de antiguas estructuras monumentales, revelando una ciudad-estado que dataría de la Edad de Bronce, y que dominó la región sur de Jordania, en el Valle de Jordán”.

Este mismo estudioso de la alfarería ajena, también afirmó que la mayoría de los mapas arqueológicos de la región se mantenían en blanco hasta el día de la expedición bajo su liderazgo iniciarse. La ciudad-estado era desconocida por los arqueólogos hasta este entonces.

Según lo ha informado, el sitio escavado posee dos camadas. Una inferior y una ciudad alta. La última está cercada por un muro de diez metros de altura, construido en ladrillos de barro, al mismo tiempo que también existen puertas, torres y una plaza central, de acuerdo con estos estudiosos del barro ajeno

Conforme la opinión de Collins, “fue una tarea enorme. La construcción exigió millones de ladrillos y, obviamente, de trabajadores”… Sin tener en cuenta que la mano de obra esclava era gratuita.

Los análisis iniciales realizados hasta el presente momento indican que la ciudad fue destruida de forma brusca. Y acreditan que por un periodo de 700 años, la región no volvió a ser habitada desde su misterioso fin.

Con todo, en el Antiguo Testamento, la ciudad de Sodoma, así como Gomorra, fueron destruidas por la ira de Dios y acabaron devastadas por una lluvia de fuego y azufre… La que bien podría volver a caer hoy día en muchos palacios gubernamentales.

Eso da que pensar, ya que probablemente que en esa supuesta Sodoma, sus ciudadanos podrían fácilmente rumiar la asnería contemporánea bajo el frescor de las estribarías, no obstante, claro, con menos caballerizos transitando en sus calles y, para euforia general, con políticos mucho más transitorios… ¡Eufórico asunto!

(*) Libros y e-book disponibles en: Livraria Saraiva: http://www.saraiva.com.br; Livraria Siciliano: http://www.siciliano.com.br; www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante; y en: Plataforma editorial Bubok: www.bubok.es/

Con o sin Mejoral, Aguante lo Más que Pueda


¿Sabe de esas personas que se encuentran por una de esas felices casualidades que la vida les proporciona y que luego de cara ya salen transando en el primer encuentro o durante los primeros meses? Pues bien, sé que muchos providenciales dirán que ellos son unos suertudos -además de hambrientos-; sin embargo, sepa que estos mismos individuos son los que presentan los peores resultados en los relacionamientos. Por lo menos es lo que tal afirmación resultó de un nuevo estudio realizado por la “Brigham Young University”, el cual apunta que ir para la cama con alguien antes del debido momento, puede minar las chances de una relación duradera… Aunque es evidente que ello no quita el placer inicial.

Mismo que a un sinfín le haya sonado escatológico, Dean Busby, el investigador que lideró el estudio, dijo al “LiveScience”: “Lo que parece ocurrir, es que si las parejas comienzan a transar temprano demás -un aspecto bastante compensador en una relación-, mismo que eso perjudique la tomada de decisión, mantiene a las parejas en un relacionamiento que puede no ser lo mejor para ellos a largo plazo”.

Según Busby, estudios anteriores que vinculaban el sexo con la calidad del relacionamiento, presentaban paradigmas diferentes hasta el día de hoy. Y eso se debe, primordialmente, a causa de que el sexo habría sido considerado esencial para el desenvolvimiento, una vez que permite que las parejas descubran si son sexualmente compatibles o no. Por tanto, siguiendo esa línea de pensamiento, parejas que se casan antes de testar la química en la cama corren mayor riesgo de la relación acabar pronto.

No en tanto, este nuevo estudio afirma que parejas que postergan o se abstienen de la intimidad sexual durante el “período inicial” de sus relacionamientos, permiten que la comunicación y otros procesos sociales se tornen los pilares de la atracción que sienten uno por el otro. En esencia, Busby defiende que el sexo precoz puede ser perjudicial al relacionamiento, ya que aparta la comunicación, el compromiso y la habilidad de saber lidiar con las adversidades… Mismo que los más memos tengan que recurrir a soluciones manuales.

Por supuesto que el vértice de la relación entre sexo y relacionamiento es complejo. Por ejemplo, una experiencia realizada con cerca de 300 estudiantes que estaban en una relación estable en 2004, probó que cuando las parejas están en el ápice del comprometimiento, tienden a considerar el sexo un momento importante y positivo en el relacionamiento, aumentando la comprensión y la confianza. No en tanto, cuando el grado de comprometimiento y de abertura emocional era bajo, la iniciación al sexo tendía a ser vista como un evento negativo, evocando arrepentimiento, incerteza y falta de confort.

Por tanto, Busby y sus compañeros se enfocaron específicamente en los períodos de los eventos sexuales. Ellos reclutaron 2.035 individuos heterosexuales en torno de los 36 años durante sus primeros casamientos. Los participantes tuvieron que revelar cuando habían transado por primera vez con su pareja actual, además de responder cuestiones que envolvían la comunicación, nivel de satisfacción y expresión de empatía.

De acuerdo con estos científicos, cuanto más las personas esperaban para transar, mejor se sentían más tarde en el relacionamiento. En contrario a aquellos que fueron con mucha sed al pote ya en el primer mes de noviazgo, puesto que estos presentaron los peores resultados. De igual modo, cuando comparados a los que transaron precozmente, los participantes del grupo que esperó hasta el casamiento reveló 22% más estabilidad en la relación y 15% de más satisfacción en la cama.

“Curiosamente, casi el 40% de las parejas inician las relaciones sexuales en la primera o segunda vez que se encuentran”, revela Busby, quien agrega: “con eso, ellos permiten que el arrebatamiento sexual comprometa la capacidad de decidir si quieren o no un relacionamiento”… Empero, bien se sabe que eso no les quita lo bailado.

En todo caso, actualmente el investigador está repitiendo el estudio en una escala mayor y bajo una dinámica longitudinal en que los participantes son acompañados periódicamente… “Estamos particularmente curiosos al respecto de personas que dicen querer aguantar un poco más el deseo, pero que acaban no siguiendo sus convicciones; pensamos que se trata de un grupo único con resultados singulares”, sugiere Busby.

Pues pensando en éstas cosmopolitices ideales de pequeños sesgos, tal cual lo hicieron los grandes del estructuralismo como Saussure, Barthes, Foucault, Lacan y, sobre todo, Levi-Strauss, para quien las indias sudamericanas tenían los pechos caídos y el ambiente académico olía a calostro disforme; me parece que los resultados de Busby suenan fantásticos bajo una mirada oftálmica-esterilizante dedicada a un universo mamográfico tan singular… ¿No es una canallada?

(*) Si le parece, de una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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