Amor Materno


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-Ya voy, mi amorcito -anunció la madre con voz tierna, porque en la camita su bebé lloraba desconsolado, mientras de pie, al lado de la hornilla, ella cuidaba la leche que hervía. No sabía lo que debía cuidar primero.

Al final del día, extenuada por los cometidos del hogar, en ese instante su voluntad era de acostarse y no levantarse más. Hasta imaginar algo agradable le resultaba difícil.

¿Qué podía pensar de interesante? Alcanzó a cavilar la madre, de ceño arrugado y boca fruncida. A no ser que su pequeño hijo parase de llorar y que la maldita leche hirviese de una vez para poder alimentarlo.

Cuando finalmente pudo aferrar a su niño, lo apretó cariñosamente contra su pecho y por milagro el cansancio se evadió de su cuerpo, la voluntad que tenía de acostarse desapareció y su corazón volvió a latir rítmico.

Cerró los ojos por un segundo y se sintió feliz; ni parecía la misma mujer de instantes atrás. No había duda que aquél diminuto corazoncito que estaba batiendo junto al suyo, era lo que le daba suficiente coraje para enfrentar sus propias desgracias.

Mientras ella saboreaba del momento y se sentía de espíritu elevado, la puerta de su humilde casa fue abierta de pronto de un puntapié. Era su hombre, que notoriamente venía otra vez borracho.

-Dale, haceme un café -ordenó éste, perentorio.

Como ella se demoraba, el marido le arrancó el crío de sus brazos y lo tiró peligrosamente sobre la cama grande. Sin embargo, justo cuando el hombre se preparaba para bajar el puño con furia sobre su hijo, la mujer tomó una cuchilla y, reuniendo fuerzas extrañas, se la clavó en las costillas varias veces hasta que lo vio caer inmóvil. Había sido una leona protegiendo su cachorrillo.

Entre el hijo y su compañero, el amor de madre habló más alto, y en ese momento crucial sólo pensara en cómo defender la vida de su inocente hijo. La cuchilla estaba a mano encima de la mesa, y ésta se transformara en su único recurso.

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Arenal de Sueños


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Ya no me alcanzará la triste noche, si recostado en mi cama como playa de blancas arenas, dejo que las tibias olas de tu mar de amor platinado por la luna al pie de infinitas estrellas, bañe mi cuerpo y refresque mi alma con tus besos de espuma.

Aguardo impaciente la barcarola de tus susurros para regresar ansioso de otros viajes y dolores, cediendo a que el vals de la serena luna doble mi cabeza soñando sobre tu pecho de flor nocturna.

Deseoso estoy para que los desvelos de mi vida se deshagan de pronto en añicos, cuando tu mano que vive y vuela, abran los puños delicados dejando caer en mi piel señales sin rumbo que amparen la noche de este viajero dormido.

Iremos juntos a viajar entonces a través de las aguas del tiempo, en cuanto yo sigo el agua que llevas y que me lleva por la noche entre olas de pasión, por el mundo, hasta que el céfiro de la muerte nos envuelva en el destino.

Quiero que vivas amada mía, en cuanto yo, adormecido, te espero en los sueños de la madrugada. Quiero que tus oídos continúen oyendo el viento de mis clamores de ardor mientras hueles este amor de mar que aprendimos a amar juntos, y que sigas pisando la misma arena que nuestros cuerpos se acostumbraron a pisar un día.

Hoy, ausente de mí, sé que por otros sueños tu corazón navega. Cierra tus párpados, cierra ya esos sueños y entra con tu cielo en mis ojos. Dormirás ahora con mi sueño, e iras, iremos juntos los dos, a navegar por las aguas puras como ámbar dormido.

Entonces ya no seré apenas tu sueño, y viajaras de manos dadas siempre viva, siempre sol, siempre mar, siempre luna.

Confesión


21- confesion

¡Oh!, rayito de sol veraniego que con tu mirada haces arder mi piel con embaucamientos mil, hoy necesito proclamar al viento, ese mismo céfiro primaveral que acaricia de leve las flores del rosedal en las cálidas tardes de octubre, que tus admirables ojos me hechizaron robando de vez mi sueño. Son como dos delicadas perlas de azabache que han sido encarceladas dentro de un vasto mar de hermosura y preciosidad.

Por ese divino fundamento vivo hoy el desvarío en esta ciudad salvaje que me mantiene alejado de ti, un fuego de sueños furiosos que me consumen en esa distancia infinita que separa nuestros cuerpos.

Sois la celestial causante de que mi corazón palpite con el sonido fustigador de los vidrios rotos. La desventura de no poder besarte atraviesa ya esa paz adormecida que un día tú incitaste dentro de mí.

Si dicen que en el amor no valen los párpados cerrados, las miradas contenidas, susurros detenidos abruptamente por labios de carmesí, cede entonces a que el inmortal sol de los cielos trasmigre cachos de su luz en tu ovalado rostro de tenue abenuz, para que tus cabellos más negros que el ébano, peinados con la gracia y sencillez de una diosa, absorban el ardor inverosímil de sus rayos como si ellos fuesen besos que te entrego en mis incontenidos delirios.

Huyen con prisa mis palabras, como siento que se evade mi vida en desatino entre sueños e ilusiones mil, en cuanto camino inseguro a pasos amargos en un traje de piel vacío y un cuerpo sin nexo.

Ahora, lúcido sol de mi vida, te quiero como para escuchar toda la noche y dormir abrazado en tu pecho, sin recelos ni fantasmas que nos despabilen… Te quiero como para no soltarte jamás.

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