Ecos de Ayer


Alguno siempre ha de aparecer en medio a las oscuras perspectivas que nos ciñen el alma, y querrá obligarnos a poner condiciones sobre evocaciones que nos pertenecen o ya no son nuestras, las mismas que venimos arrastrando desde el pasado y nadie sabe hasta dónde llegarán un día.

Con sus sonidos opacos, esas voces, esos ecos de un ayer y de otros tantos ayeres malgastados en amores perdidos, de cierta manera sobreviven al pasado entre trazos lineales de un tiempo que poco y nada sirve ya, pues nada son sino una imitación de lo inimitable, visto que el significado que tenía, histórico, magnífico, insólito y por demás original, quedó perdido más allá de la lejanía que nos concede los años, justamente en la raya media apagada de un horizonte donde comúnmente enterramos las penas en el silencio del olvido.

Pero de todo esto poco importa ya, pues a causa de las circunstancias que nos son impuestas, con ellos seguimos adelante, algo desolados, eso sí, porque ansiamos escuchar verdades y no reflejos hechos y no deshechos.

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Recuerdos


Suspicaces afirman que en ambos lados de los árboles de los bosques suelen crecer infinitas flores que pertenecen a un colorido jardín que ha sido construido con palabras y pensamientos aun sin confesar.

Estos bien que pueden ser extravagancias o liviandades que repentinamente surgen del olvido y se introducen sin permiso en nuestro asombro y nos causa consternación, ya que no importa si de ojos abiertos o cerrados, de la nada veamos brotar ecos de voces de un pasado remoto, mismo que ese pasado sea una colección de silencios ahogados de los que aún quedan partículas calladas que nunca quisimos contar.

Todo lo perdido ya tuvo su color exclusivo y original; sin embargo, junto a las sístoles de un jadeante corazón viejo, cuantiosos de esos serrines de recuerdos nos invaden en la quietud de la noche entonando su partitura inoportuna para corear los pensamientos que no revelamos, y mucho más si los hemos ahogado en llantos junto a la almohada.

Esos pensamientos disipados se asemejan a una luna llena que imaginábamos elíptica en un oscuro firmamento sin estrellas, aunque a todo momento manifestemos la sana intención de borrarlos o dejarlos escondidos en las sombras del vacío. Pero todo esfuerzo resulta en vano, porque ahí están, como lobos solitarios que aúllan en las madrugadas, que corren, simulan que se detienen y vuelven a correr con sus mandíbulas abiertas deseando desangrarnos.

Cada persona tiene sus propios vaivenes, pormenores que ha ido acumulando en el joyero de su intimidad. Claro que cualquiera de ellos puede que sean algo artificiales, pero las fotografías del antaño lejano y no tanto así no lo son. Estas son fieles testigos de los pensamientos de la época y de palabras repentinas o aleatorias que un día quedaron presas en los dientes por no animarse a traspasar los labios.

Yo mismo no paso de un bosque y una noche de árboles oscuros, pero puedo garantir que quien se anime y no tenga miedo de mi oscuridad, podrá encontrar también en mí enormes canteros de rosas en medio a mi floreta particular.

Olvido


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Durante mi tosco andar por el solapado camino de la vida, fui aprendiendo que llegar alto no es crecer, que mirar no es siempre ver lo que se busca, ni que el hecho de escuchar es oír la melodía que toca en el corazón, así como el hecho de lamentarse no es sentir, ni tampoco acostumbrarse es querer.

Del mismo modo, deambulando con ineptitud en esa misma senda, aprendí que estar solo no es soledad, que cobardía no es paz, ni el hecho de sonreír es estar feliz, y que peor que mentir es silenciar la verdad.

Sin embargo, mi alborozado gorrión de sueños difusos, niña que has venido de tan lejos, remolino con mezcla de furia y pasión, mismo que nuestro mañana continúe a ser un amanecer imposible, tú a mí me seguirás gustando como el primer día en que te vi.

Sé que debo seguir adelante por ese mismo camino que me aleja de todo, pero me encantaría que alguien me dijese antes dónde encuentro el olvido. Alguien que pueda atajar mi angustia y me cure este cruel dolor que me devora las entrañas. Que se lleve de una vez toda esta desesperación que siento por saber de ti.

Sutil visitadora que llegaste a mí en el retoño de la flor y en el agua de la lluvia mansa, me gustaría que el tiempo girase hacia atrás para que vuelvan a llover nuevamente los “te quiero” que nos mojen la boca con besos de miel.

Mi estrella del sur, esplendor de mi alborada, desearía que el invierno robase ya el frío de tu ausencia. Que no existan más noches sin besos y ni besos sin diez minutos.

Tantas veces hemos visto arder el lucero besándonos en la aurora, que me encantaría si nuevamente mis palabras pudiesen conquistar hasta el aire de los silencios. Que la soledad huyese hacia donde habitan los miedos. Que tú volvieses conmigo como si nunca te hubieras ido.

Y si no fuera así, si otro está escribiendo hoy tu nombre con letras de humo, ruego únicamente que alguien me cuente donde puedo encontrar el olvido.

Impaciencia


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La gente no debería inquietarse con cierto tipo de cosas. Existen muchas maneras de alguien despedirse: dando la mano, dándose un beso, con un abraso tierno, sonriendo, o seguramente dando la espalda, nombrando fechas, echando en cara lo que podría haber sido y no fue, con voz de olvido, o pensando en nunca. Por eso es muy importante aprender a volar entre tanta gente de pie.

La vida es por cierto un desierto y oasis a la vez. Nos derriba, nos lastima, nos ultraja, nos enseña, y a su vez nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Por tanto, nunca podemos dejar de acreditar que las palabras y las poesías consiguen cambiar nuestro mundo aunque el viento de la desdicha sople en contra, puesto que si no dejamos de soñar, siempre podremos aportar una nueva estrofa a nuestra épica vida.

Ciertamente, todo lo que uno realmente quiere y desea en esta vida, está del otro lado del miedo y de la ansiedad. Es probable que por esas causantes, a veces nos sintamos felices así, por nada, por todo, por lo que sea; si bien es cierto que muchas veces la gente también llora, no porque sea débil, sino porque tal vez lleva demasiado tiempo siendo fuerte.

En ocasiones tampoco existe una próxima vez, a veces no hay segundas oportunidades, a veces es un ahora o nunca; no obstante, sin ideas, no hay paraíso, ya que el que vive de ilusiones muere de realidades. No podemos olvidar que en la eterna lucha entre el arroyo y la piedra, siempre triunfa el arroyo. No porque sea más fuerte, sino porque persevera.

El hecho de decir, tiene algo que ver con el tiempo. La ausencia de tiempo es algo que se sueña, es algo que llama la eternidad, y ese sueño consiste en imaginar que uno se despierta. Uno pasa su tiempo soñando, ya que no se sueña únicamente cuando se duerme.

El inconsciente es, precisamente, la hipótesis de que no se sueña solamente cuando se duerme. Ergo, lo aconsejable es uno no preocuparse, ya que en algún momento aparecerá en nuestra vida alguien que encenderá las luces que otros apagaron.

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