Seducción


19- seducción

Bien puede que esta historia tenga su lado cruel como parte de esa misma maldad que existe en este mundo que nos asola, pero, verdadera o no, no deja de ser singular.

…Estaba la joven, cuya silueta se mostraba aventajada a causa que los dioses no la había favorecido en nada con su genética, sentada cierta noche en la mesa de un bar, cuando notó un hombre que la observaba constantemente.

De inicio no le dio mucha importancia, aunque tampoco se hurtó de reparar que éste era un joven bastante bien presentable, de ondulado cabello negro peinado con gel, un rostro recién rasurado, razonablemente bien vestido y con una sonrisa de bellos dientes.

De repente él le hizo una seña y ella le respondió con un leve movimiento de cabeza. Sin más tardanza, él se sentó a su mesa y ellos entablaron una conversación que sonó más o menos formal. Intercambiaron nombres y contaron sus preferencias y sus lugares de trabajo, ella en un banco, él, intelectualmente ocupado en actividades diversas.

Las copas se sucedieron entre amenidades conversadas, y espontáneamente él se fue aproximando a ella y le pasó el brazo sobre sus hombros. Estaba perfumado, lo que en verdad a ella mucho le agradó. Tenía horror a esos olores sospechoso que más se parece a una emulsión de cebolla rancia y vinagre.

Sin otra cosa, apreció que una de las manos le subía por su pescuezo, y dedos exacerbados e inquietos jugaban con su oreja para pronto ir bajando despacito hasta la comisura de sus senos. De inicio, vergonzosa, ella se esquivó un poco, pero fue permitiendo que la mimada exploración avanzase distraídamente… Hacía bastante tiempo que no era acariciada tan delicadamente.

Cuando dio por sí, ya estaban acostados en la cama de su pequeño departamento… ¡Oh, qué noche maravillosa! -pensara ella para sí-, ¡qué desempeño! Y resolvió dormir un poco más, al fin de cuentas era domingo.

-Duerme, mi corazón, que voy a preparar un desayuno como nunca tomaste igual -avisó él, cuando el sol apenas mostraba su cara entera en el horizonte.

Ella se desperezó levemente, murmuró algo insondable, viró su cuerpo y volvió a dormir. También, después de una noche como aquella…

Ella despertó a las diez, preguntando por el desayuno. Al no obtener respuesta, se levantó, cubrió pudorosamente su cuerpo saciado con la sábana arrugada, y fue hasta la cocina, cuando notó, extrañada, que la puerta de servicio estaba abierta.

Su nuevo laptop, el que aún no acabara de pagar, su celular, habían desaparecido junto con el dinero que tenía en la cartera.

Lo que le pareció peor, fue que se quedara sin desayuno y sin el hombre que la había hecho sentirse inmensamente feliz.

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Al Moro le Gusta el Chocolate


En realidad, parece que lo que interesa mismo en ciertos momentos angustiantes, son mentes y corazones… buenas relaciones comerciales en las transacciones y el desdoblamiento positivo de esos festivos encuentros. Si no me cree, pregúntele a Nelson Rockefeller, que sustituyendo aceite de oliva por petróleo de Texas, vendía los productos de la Standard Oil hasta para Haile Selassié colocarlo en la ensalada.

Puede que actuando bajo esa misma catarsis temperamental, hace muy pocos días, un grupo de millonarios saudíes llegó a vaciar un establecimiento de chocolates belgas en la localidad española de Ibiza, para poder cumplir con un fetiche gastronómico que -según dicen- proviene de Japón, y terminó siendo adaptado por ellos para la hora de los postres.

En todo caso, todo lleva a creer que hoy día en la agitada vida nocturna de este balneario de la isla Mediterránea, la moda reinante es comer chocolates sobre el cuerpo de una modelo desnuda… Mismo siendo diabético.

Así pues, dos árabes terminaron por comprar la totalidad de los productos de la chocolatería belga “Deslkalidés”, ubicada en el centro comercial de Ibiza, exceptuando todos aquellos que contenían licor… Porque, devotos que son, esos con caldo dentro iban en contra de su religión.

La razón de aquella venta resultó ser más que curiosa, pero pronto se desvendó el misterio, cuando ambos hombres esclarecieron que un grupo de millonarios árabes culminaría una comida con un postre muy especial, consistente en la degustación de chocolate belga sobre el cuerpo desnudo de una modelo.

En realidad, esta novedad se trata de una adaptación rifeña del fetiche gastronómico derivado del japonés “nyotaimori”, en el que una mujer sirve de bandeja para las piezas de sushi… Porque según afirman los nipones, entre olores, el del pescado se sobrepone.

Conforme fue reportado por el periódico “El Mundo”, a casi un centenar de acaudalados caballeros procedentes de Arabia Saudí, Qatar y Bahréin, se les antojó degustar cientos de chocolates, pasando a instar para que estos fuesen colocados sobre el cuerpo de una mujer desnuda… Pero sin el envoltorio, porque, dígame, de sana conciencia, ¿a esas horas quien se iba a fijar en el celofán?

La noticia menciona que la encargada de la tienda “Deslkalidés” les vendió más de 200 chocolates, todos los que tenía disponibles sin alcohol, dada la condición de musulmanes piadosos de la mayoría de los comensales.

Así que, para poder completar la “cobertura” del cuerpo de la mujer -al no poder recurrir al uso de los chocolates con licor- estos debieron complementar el encargo con varias bolsas de caramelos… Principalmente los de leche, que, aunque se peguen en los dientes, saben mejor.

“Yo les dije que la próxima vez nos avisaran con antecedencia y que se lo tendríamos todo preparado o se lo subíamos al chalet, que no nos podían dejar así”, se disculpó la sorprendida encargada de la tienda ante otros clientes.

En todo caso, enterado de tan sugestivo encuentro y sintiendo ya la sangre fenicia a hervirme en las venas, pienso que después de tan golosino encuentro repleto de gratitud, los moros se habrán puesto a leer alguno de los quince libros de “Las Metamorfosis”, de Ovidio, como para lograr acaramelar mejor la digestión.

No en tanto, aunque para algunos la esperanza parezca estar irremediablemente perdida, se sabe que el comercio aproxima a los hombres, y eso sólo viene a confirmar mi fe en São Longuinho, el funcionario número uno del Departamento Celestial de Hallados y Perdidos, atenuando así aquella masturbadora sensación de estar a contemplar paisajes… ¿No es fantástico?

(*) Si es de su interés continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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