Si Tu Vinieses


Si tú pudieses venir hoy, te prepararía un café con sabor a luna llena, y me sentaría frente a ti para contarte sin prisa cuál es la verdadera causa de mis desvelos.

Es que tú y yo es algo así como si estuviésemos juntos de a pedazos, de a rato, a fuerza de parpadeos, de sueños desatinados en los cuales mientras yo me entrego al sueño tu alma se escapa, viene y se refugia junto a la mía, cuando andariegas y unidas trajinan y vagan por los pasillos de nuestros sueños, se enlazan y enamoran mientras pasean descalzas entre naranjos en flor.

Sin embargo, tu puedes advertir que lo mío no es un amor supuesto, un emoción que ha surgido por causa del flechazo de algún cupido distraído, donde tu presencia es lo que menos importa porque eres parte de mi fantasía.

Créeme, lo mío es un amor real, un amor sin piedad y virtud que no busca reciprocidad y no se engaña, porque al conocer tus defectos, aun así te quiere.

Por las noches, al acostarme, apago el ruido de afuera y enciendo la música de mi interior, para entregarme a contar con mis dedos cada uno de tus lunares antes de ponerme a bailar en sueños la noche entera, abrazados los dos bajo un cendal de guirlandas de estrellas, llevándote aferrada junto a mi torpe corazón mientras aguardando que la madrugada muera en la aurora como la luna muere en el sol.

En mis sueños quiero, sólo quiero, que me abraces y en silencio me digas todo. Sin reclamos, sin pasado, sin nada de lo que te lastima o nos lastima. Sin nada ni nadie que interrumpa nuestro idilio.

Y ya ves, nada puedo hacer si tú no vienes. Contra eso, nada puedo hacer, vida mía.

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Elección


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Supongo que usted no imagina en lo más mínimo, todo lo que provoca en mí su susceptible mirada de ángel. Así como tampoco desconfía todo el delirio y ese desborde de emociones que me impulsa hacia el infinito, cuando veo en su hermosa boca delinearse esas sublimes curvas que tanto me hechizan.

Usted, ciertamente, es de ese tipo de alma candorosa a la cual me dan enormes ganas de asomar mi espíritu, al igual como me aproximo con ojos en delirios a una ventana llena de sol en el invierno.

Considerando los desvaríos que su presencia me causa, dama de mis sueños, opto por amarle en silencio, porque es justamente en el silencio donde no he encontrado rechazo siempre que he dado formas reales a un fantasma que me cautiva.

También he escogido amarle en soledad, porque se ha tornado evidente para mí, que en mi parco desamparo usted sólo a mí me pertenece.

Igualmente he elegido adorarle a la distancia, porque es en vano yo querer luchar contra un libro abierto donde sólo alcanzo a leer sus pupilas entre las letras, y descubrí que es en la distancia donde logro protegerme del dolor.

Por ser usted como una ola gigante que el viento riza y empuja en el mar de mis delirios, elijo besarle en el viento, porque he percibido que el viento es más suave que mis labios, nube de dolor.

A causa del eco de un suspiro que conozco formado de ese aliento que ya he bebido en otros días, elijo tenerle abrazada en mis sueños, porque al igual que una nota de lejana música, mis sueños no tienen fin.

Mi adorada de un día, cariñosa mujer, tal vez nos volvamos a ver cuándo el destino tenga ganas de juntarnos. Mientras tanto, se feliz bajo ese sol que ilumina tu sendero.

Abrázame


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Creo que no existe manera más bonita de poder decirle a alguien que le quieres que no sea abrazándole. Pues bien, yo admito que a mí me gusta infinitamente cuando tú me abrazas como si fueses un tesoro de ascua encendida.

Tal vez esa vana emoción mía, sea porque en realidad presumo que aún sigue pareciéndome sorprendente y más aún un enigma inexplicable, la dichosa sensación de poder rodear con mis brazos al ser que considero lo más preciado del mundo, y poder sentir en mí esas ondas que tienen vaga armonía de jazmines en flor.

Es más, no ha de faltar un necio que al oír esto se haga cruces, pero no quiero que, súbita, presumas que esa es la única sensación que me cautiva, porque hay otras, como cuando sonríes, que matas de vez mis tristezas, o como cuando enciendes tu dulce mirada, con la que eres capaz de hipnotizarme si me tienes por delante.

Me encadena a tu vida esa tu risa linda, mujer mortal, ese disonante estruendo de desenfreno que acaricia mi oído como nota de remota música o el eco de un suspiro, la cual puede ser interpretada como la melodía más hermosa con la que alguien puede romper el silencio más incómodo, como lo es ese enjambre de abejas irritadas que guardo en un oscuro rincón de mi memoria.

Pero te afirmo con orgulloso sentimiento, que querer y amar tienen para mí de la misma magnitud, sin diferencias, aunque si tú me quieres, no me recortes. ¡Quiéreme todo, o no me quieras!

Si me quieres, quiéreme entero, no por zonas de luz o sombra. Quiéreme en negro o blanco, en gris o verde, sin rugosidades o con arrugas. Quiéreme de día o quiéreme de noche, con la ventana abierta, durante la madrugada con luna pero sin estrellas.

De lo poco de esta vida mortal que me resta y de la eterna que me toque, si es que algo me toca, bastará para mi vanidad saber que me has querido y me quieres y a los otros de mi le has hablado.

Acaso hoy tenga alegre mi congoja y triste el vino, en vano es continuar luchando ya que no hay señal capaz de encerrar mis quimeras, y apena por veces quedo perplejo con saber que nadie nota la maravillosa persona que eres. Y qué mal por ellos. Y qué afortunado yo.

Mi Gloria


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Habían existido algunos prefacios y varias preliminares entre nosotros. Empero, cuando esa noche ella se desnudó, donde me aseguraba que le sobraban kilos yo juré que le faltaban besos. La besé sin pedir permiso y fue la gloria.

Creo que podríamos haber hablado de frío a no más de tres centímetros de distancia, e ignorar tiritando de deseo cuantos veranos fuesen posibles caber en nuestros abrazos.

Es más, hasta esa noche yo no había logrado entender el verdadero significado de la sed hasta no sentir sus manos acariciarme la nuca. Me di cuenta que de rodillas el cielo estaba exactamente a la altura de mis labios, mientras sus muslos se abrían como quien abre un inmenso paréntesis en el arcoíris, o como quien cierra un pasado.

Inclusive, podríamos habernos sentado a hablar de la lluvia, observar con la inocencia perdida nuestro reflejo en los charcos, pero decidimos ser los dueños de la próxima tormenta, porque desnuda ella me parecía una playa donde naufragan las islas.

Gemía, y toda la habitación bailaba como si ella tuviera en la garganta los acordes de mi vida. Como si la música no existiera sin su boca. Traduje sus suspiros al idioma del deseo y toda mi existencia se resumió a sus labios.

Nos leímos despacio, y me di cuenta que tenía adjetivos en las caderas que aún ni conocía. Tenía en las manos miles de puntos suspensivos, y en sus ojos había una infinidad de signos de exclamación. Decidí llenarle la vida de palabras esdrújulas, con sueños de verbos en futuro perfecto y un amor en el pluscuamperfecto.

Pero nada es infinito en esta vida, y tuve que cerrar el paréntesis después de silabear su nombre en un susurro. Como quien cierra una estrofa. Para quedarnos dentro, perdidos en un abrazo eterno. Pero si por acaso nos quedó algún recuerdo escondido, ciertamente las canciones lo han de encontrar mañana.

Revelo sin necesidad de alarde, que desde esa sublime noche nos pusimos a coser los meses de invierno en el quicio de la puerta e intentar descifrar la vida en el vaho de los suspiros, porque nombrarnos nos sabía cómo un beso largo en la boca. ¡Una gloria sin fin!

Hoy Pensé en Ti


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Confieso que hoy pensé en ti al ver resbalar las gotas de lluvia por mi ventana. Cada una de esas líneas dibujas al acaso en el cristal me trajo un recuerdo tuyo, y pienso que quizás tú también me estés extrañando en esta tarde fría.

Estoy convencido que hoy te pensé más ayer, más que nunca, al beberme una copa de vino, cuando el calor que me trasmitió me hizo recordar los días que te abrigaba en mis brazos y te decía cosas bonitas al oído, mientras tú me contestabas que ése era tu lugar favorito: mis brazos.

Hoy tuve la carente necesidad de sentir aquel tan tenue y prolongado abrazo que solías darme antes de despedirnos en aquella esquina de siempre.

Sí, hoy te pensé más que en los ayeres, y doy gracias a la lluvia de hoy que me permitió ver tu rostro una vez más trazado en cada gota, y recordar tus ojos de miel mientras bebía otro sorbo de vino con sabor a te extraño.

Sin embargo, sé que hoy tú no estás en las palabras u otros léxicos. Estás tan sólo en mis recuerdos tristes, y considero que eso no tiene nada que ver con decirlo, con querer buscarle nombres, pronombres o morfemas. Pero sin dudad eres mi día de sol cuando es noche, mi eterna noche sin ti. Eres música cuando todo es silencio, eres todo en mi nada.

Sé que he dejado una huella. Nunca me iré del todo. Me recordarás. Lo harás cuando menos lo esperes.

Tal vez algún otro día nos cruce nuevamente la vida y lo que hoy queda en poesía y deseo, se haga realidad entre tus brazos y mis besos.

Dime que sientes lo que yo siento, que no te lo explicas, pero que lo sientes, ahora… Mientras yo te amo.

Llanto de Zorzal


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Recuerdo que no hace mucho, a los dos nos envolvían los abrazos y a todo ceñimos juntos con un abrazo. Me refiero a esos, los de todo tipo. Sin embargo, de a poco nos fuimos olvidando de lo más transcendental que existe en la vida, hasta que nos transformamos de pronto en dos simples desconocidos con muchos recuerdos en común.

No es sin pesar, que hoy debo reconocer que tú has sido una efímera ráfaga de felicidad infinita que la tormenta de la pasión alcanzó a destruir antes de dar tiempo a que el propio tiempo pudiese cimentar las ilusiones partidas.

Hoy ya no entono poesías, niña mía. Canto penas que a duras penas arranco de las cuerdas de mi etérea guitarra. En el momento, sin rumbo, ya no canto desde mi garganta esas voces elementales que en las tardes estivales pasaban verde su canto como el torrente de llanto vertido por los zorzales.

Otrora fueron verdaderos acordes del sentimiento que lograron brotar de afecto junto al alboroto del viento que se entretenía desflecando tus cabellos. En ese entonces, yo solo ansiaba con afición que el arrullo de mi ronca voz de milenarias ilusiones, realizara en ese viaje mío una música de ensueños que arrullase el conluio de tu encanto.

Fue hundido en esa placidez sonora que alcé el cenit de mi canto, más bien por orgullo que por halago, en un cielo con mil estrellas a mis pies.

En este momento, solitario, profundamente angustiada, ya no tiembla mi guitarra como tiembla de amor una novia apasionada. Hoy sólo las sombras escuchan a quien ahora entre sombras canta, y sé que en breve, un día entre los días, Dios habrá de juzgar esa ave cantora que ahora anida muda en mi alma.

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