Bendito Sea


Bendito ha sido el día que llegasteis a mi vida, mistura etérea de mujer ninfa y deidad divina que todo lo tocas y conviertes en pasión inaudita.

Bendito ha sido el momento en que transfigurasteis este harapo humano, y con gracia sutil derretisteis las nieves que cubrían mi corazón tan sólo con tu febril mirada y tu risa resbalada.

Bienaventurado fue aquel día que mis labios de amarga hiel probaron la dulzura de esos labios con sabor a miel y cereza madura que enarcan tu agraciado rostro.

Eres el sol de mi vida en el alba que me desquicia, astro que iluminas mi lacia alma marchita con rayitos de ternura que nutren mi espíritu antes callado y triste.

Claudicante de amor, te buscaré hoy mañana y siempre dentro de la explanada de mi alma revigorada, olfateando el crepúsculo en busca de tu corazón caliente, para anidar allí sin inculpar por nada a mi corazón maltrecho y ajado que ha estado por largo tiempo cercado por derribo…

¡Oh! ¡Bendita seas, mujer!

Inspiración Pura


102-la-agorera

Sencillamente, existen asuntos sentimentales sobre los cuales usted no debería preguntarme nunca, a no ser que esté dispuesta a escuchar que se ha convertido en la dueña de todas mis letras, que ya hoy es parte de esa inspiración que yo creía perdida.

Diría más, sin buscarla a usted, de repente me ha hecho revivir ese sentimiento idílico que yo ya creía extinguido; quien, como en un pase de mágica, se ha convertido en la razón de mis versos, en el camino que va en busca de una inesperada sonrisa; o quién sabe en la dirección segura que querrían seguir mis besos, en la trayectoria cierta que mis manos requieren, o en la razón de un sueño. Concibo que más que todo esto, ha de ser porque yo le entrego parte de mi vida cada vez que la veo feliz.

Y no crea usted que me engaño, porque bien sé que mis sentimientos no tienen precio que pueda tasar ni dinero que puede pagar toda la felicidad que siento cada vez que la veo sonreír.

Pero si nada he mencionado antes sobre todo lo que he confesado ahora, es porque hay instantes en que todo me parece imposible o que todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano y muy distante a la vez. Quizás es por eso que repentinamente me invade la duda, el miedo a equivocarme y de no haber comprendido bien lo que el corazón siente de verdad caso usted me diga no.

De cualquier manera, pienso que usted es mucho más de lo que pueden imaginar los hombres iletrados que ni leen ni sabrán leer lo que en verdad usted representa. Porque uno puede tomar un libro con las manos, pero no podrá abrir su misterio y vivirá dejando de lado lo que realmente dice. Porque lo que usted dice con su existencia no es lo que se ve con los ojos. Es algo que lleva tiempo y paciencia, porque leer a una mujer cuesta la vida, aunque cuando uno se enamora, las agujas del tiempo hacen escala en el olvido de las horas.

El Engañador


42-el-engano

Supuestamente, un sinnúmero acredita que con el pasar de los años, el amor y el matrimonio se van convirtiendo en costumbre, en un hábito perverso, una rutina insulsa.

Incluso podría hablar de este asunto de una forma más sencilla, sin necesidad de dar al tema una imagen falsa, una especie de fotografía que ha sido retocada, o hacer igual a esos tipos de personas que forman solitarios con las barajas y se estafan a sí mismos.

Lo cierto, es que en estas cosas, a mi edad, uno anda como desconcertado, aturdido, confuso, qué sé yo; pero igual percibe que la costumbre conyugal va como lavando despacito el interés entre la pareja así como el agua lava la yerba del mate.

De a poco, marido y mujer van tomando las cosas con cierta desaprensión, como que la novedad del noviazgo ha desaparecido y perdió su magia. En suma, es como que el amor, el entusiasmo, y la pasión, se han ido encasillando cada vez más hasta convertirse tan solamente en números del almanaque, en fechas, en gestos, en horarios, en rutinas machaconas e insustanciales.

Cuando la pareja cae justamente en esos vicios, es que un tercer extraño suele dar la cara y aprovecharse de la circunstancia; puede ser hombre o mujer, dependiendo a quien le toque, aunque más adelante ese mismo individuo que de inicio nos pareció original esté condenado a caer en idéntico hábito rutinero y terco, mismo que al principio se tenga la ventaja de la novedad.

Es precisamente ahí, que el que comienza a engañar vuelve a sentirse joven, aunque no discuto que a cierta altura de la vida, de vez en cuando, es como que un hecho necesario. Es el momento crucial en que el iluso vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, una cierta puerta que se abre, un cierto ómnibus que llega, un cierto auto que aparca, una cierta cortina que se corre sutil para espiar quien viene, un cierto encuentro clandestino en alguna esquina con poca luz, y hasta llega a poner cierta poesía en la mirada, se enamora de las canciones, de las flores y la luna y sus estrellas, miente cautelosamente, y hasta vuelve a emocionarse nuevamente en los atardeceres.

Sin embargo, cuando uno de los dos conyugues cae en ese disparate, es inevitable que la conciencia pesada de adultero surja el día menos pensado y le pase la cuenta, quizás cuando él o ella vayan a abrir la puerta de calle, o cuando se él se está afeitando o ella maquillando y de repente se mira distraídamente en el espejo.

Puede que yo no le haya dado a las frases y palabras el cariz necesario. No sé si me explico. No sé si es fácil entenderlo. Pero el que engaña, primero tiene una idea de cómo será la felicidad, para luego después ir aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, cuando frena a tiempo, el engañador se da cuenta de que lo único que está pretendiendo hacer es trampa. Al final de cuentas, antes de ser infiel, hay que pensar que se está traicionando la confianza de alguien que nos quiere de verdad, por alguien que tal vez nos olvide mañana.

Él


35-el

Postrado y cabizbajo en medio del inevitable proceso de la nostalgia, Luis Alberto intentaba esconderse detrás de la pila de papeles que estaban depositados sobre su escritorio. Pero llegó a un punto en que no aguantó más, y paró de trabajar para pensar lo que había ocurrido entre ellos.

No tenía duda que se daban bien en la cama, y que paseaban siempre de manos dadas y se sentían felices en compañía de uno y otro. Con ese tipo de comportamiento entre ellos, todo le hizo creer en su momento, que sería un relacionamiento definitivo.

Paulatinamente, sin embargo, existió, sin que ellos lo percibiesen, una especie de hiato, como si un cristal se hubiese partido. De ahí en adelante las diferencias entre los dos se fueron acentuando. Claro que ella hacía fuerza para no percibirlo, pero él lo sentía en sus actitudes.

-¿Cómo un amor puede terminar así, sin que ninguno lo quisiese? -alcanzó a cuestionarse, pensativo, con la cabeza apoyada en sus manos.

Lo de ellos había sido un alejamiento gradual, que los había hecho sufrir mucho, sí, pero de cierto modo fueron impotentes delante de las circunstancias. A cierta altura le pareció imposible que eso estuviese sucediendo con ellos, y, más aún, luego después de un maravilloso periodo de entendimiento mutuo.

Tenía la mente confusa, pero él se negaba a ponderar las discusiones constantes, que si bien podían ser pasajeras, estas en verdad no lo eran, ya que quedaba siempre un cierto amargor interior en quien cedía.

Era como si ellos pasasen una goma de borrar apagando lo que hubiera sido dicho. Aunque eso solamente acontecía porque así ellos lo querían. Si bien esa no era la realidad, porque siempre permanecía escondido un resentimiento reciproco.

Luis Alberto no quería separarse de aquella mujer que le había dado tantos momentos de placer y con quien estableciera un entendimiento mutuo. Pero, silenciosa, una sensación desagradable le fue creciendo por dentro.

Hubo un punto en que los cortos momentos de felicidad que dividían ya no valían los de desagrado, y él sufrió mucho hasta tomar la resolución de marcharse.

Permanecer juntos era imposible, no tenía más coraje de continuar la vida como en suma la estaban viviendo ahora. Hasta que finalmente un día, juntó sus cosas y salió.

Sentía falta de ella, claro, pero sabía que había hecho lo mejor para los dos, antes que el odio construyese un nido en sus corazones.

Tenía claro en su entendimiento, que era un gran error querer arruinar el presente, recordando un pasado que ya no tenía futuro.

Mientras Dormía


26- mientras dormia

Se despertó casi súbitamente, pero tardó un instante en recordar adonde se encontraba y quién era esa mujer que dormía, desnuda, a su lado. La oscuridad del cuarto era total; el silencio, muy hondo. El aire de la habitación tenía olor a cal y portland, a albañilería reciente.

Detrás del silencio y como jugando con él sin romperlo, el hombre oyó el fatigado malhumor de aguas corriendo, el perene rezongadero de las olas en la noche calmosa. Un río corría cerca de la casa.

Permaneció quieto sin moverse durante varios minutos. Se sentía tranquilo, despierto, ligeramente ido o despegado de todo. Pensó que afuera habría un cielo sin luna y con la vislumbre azul de todas las estrellas. Imaginó que debería faltar mucho para el amanecer.

Le parecía extraño haber despertado tan limpiamente y a tal altura de la noche. Por lo general despertaba solo, en su cama, en el apartamento donde vivía en la ciudad, a media mañana y luego de una etapa de duermevela, y emergiendo a la luz del día con jirones y hebras de sueños como suciedades adheridas a su mente.

Se dijo que aquel despertar inusual lo debía a la presencia de la mujer. Lo debía sin duda, siguió cavilando, a que él, aun dormido, no había dejado de sentirla a su lado y tal vez de quererla. Pensó esto y otra vez más pronunció sin voz las sílabas que la nombraban, y casi de inmediato se dio cuenta que le nacían muchas ganas de tocarla.

También él estaba desnudo; movió un poco su cuerpo, con cuidado, para ajustarlo mejor al cuerpo cálido de la mujer. Era aquella una noche tibia, de fines de verano, y a ambos los cubría solamente una sábana, arrugada. La cama olía a hombre y mujer juntos, a hombre y mujer que han dormido y, sobre todo, que se han amado hasta el jadeo y el sudor.

El hombre recordó los juegos, las caricias, los cuerpos entrelazados y entregolpeados en la caricia última, y pensó, o semipensó, que estaba queriendo mucho a aquella mujer de sonrisa siempre dócil y ojos que a menudo se hacían como de mirar lluvia, a aquella desconocida que era su amante desde mediados de invierno.

Ocho sílabas eran el nombre y el apellido de la mujer; por dos veces las pronunció, sin voz. Después movió otro poco más el cuerpo, procurando arrimar algo más la piel suya contra la templada piel de ella. Y sonrió, se sonrió a sí mismo, en la oscuridad del cuarto, e inconscientemente extendió el brazo para encender la veladora.

Varias veces este hombre había visto dormir a esta mujer, pero nunca la había mirado dormida como la estaba mirando ahora. El sueño, la inmovilidad, la clausura de los ojos, la boca sin quehaceres, daba a su rostro una unidad que parecía definitiva y algo, mucho quizás, del misterioso ensimismamiento de los muertos. Era más que siempre esa cara, simultáneamente, un paisaje con un acento fugaz y esquivo y un perfil único en el mundo que a su vez era también irrepetible, el que estaba además como absuelta del tiempo, o simplemente evadida de un tiempo inocente o de fingida inocencia. Ninguna cara tan de ella y a la vez tan libre de la carne y la memoria, ninguna tan investida cifra suya, ninguna como para sentir al mirarla, como sentía el hombre, el llamado de un alma y un cuerpo confundidos fibra a fibra y fascinantemente singulares.

Se inclinó de leve sobre la mujer dormida. Creía adivinar que aquel rostro estaba a punto de decirle algo y que no se lo decía, o quizás se lo decía tan secretamente que él nada podía entender. Sentía que el amor crecía en su pecho pero asimismo que, falto de la complicidad esencial, no alcanzaba una presencia que pareciera con vida propia y donde ellos, como por añadidura, pudieran instalarse en un sistema de encuentros mutuos o una especie de comunión.

Quiso ver también el cuerpo de ella y tiró de la sábana, lentamente, para verlo todo descubierto. Los ojos mucho le dieron y mucho le negaron. No había, seguramente, en toda aquella piel que miraba un solo centímetro que él no hubiese acariciado o besado, pero ahora pedía a sus ojos mucho más de lo que sus manos y su boca habían podido darle. Como no pudo cerrarlos, la siguió mirando, y de nuevo intentó cerrarlos, en vano. Creyó ver que aquel cuerpo estaba allí como olvidado, como abandonado por error a una soledad devorante, y cerró los ojos. Se dio cuenta que en los ojos estaban todas las verdades que la boca no suele decir.

Sin duda ella registró desde su sueño la mirada del hombre sobre su cuerpo, porque estiró las piernas, largas, giró un poco el torso, y sus manos sonámbulas recogieron casi hasta la garganta el borde de la sábana. Él apagó la veladora y ella dormía ahora muy quietamente. Él ajustó su cuerpo al de ella y reclamó, con los párpados apretados, el sueño: la paz animal, la unión profunda en el sueño con la mujer dormida.

Lo Llamé Amor


24- lo llame amor

Surgió nada más que de repente como surge siempre la noche sin estrellas en el ocaso de una vida, como luna que desenreda el viento sobre las aguas errantes, y a cabestrillo traía una mirada dulce y serena, aunque se me ocurrió pensar que tal vez ella estuviese luchando mil batallas por dentro, pero mostrando mil sonrisas por fuera.

Ciertamente, una persona que realmente conoce nuestro sentir, es alguien que ve el dolor acrisolado en nuestros ojos mientras los demás creen que sonríes. Por eso mis ojos entraron a jugar divertidos a mirarla como juega el suave viento con los pétalos de la rosa, porque todos en este mundo, sin excepción, necesitamos a alguien que nos mire como si fuéramos lo más bonito que han visto sus ojos.

En ocasiones uno no necesita a alguien que nos levante del suelo, sino a alguien que se acueste a nuestro lado hasta que nos sea posible levantar y domar nuestra alma solitaria y salvaje.

A partir de ese día, tal cual pájaro de plata que vuela en el ocaso, más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor, y entonces lo llamamos pasión.

Decidí quedarme con ella, porque ella era no era como las demás. No había esa necesidad de mirar a otra mujer, ni de buscar a nadie más, porque, verdad sea dicha, las otras tienen esa belleza de minuto, esa que dura un tiempo y nada más. Fue así que mis palabras llovieron sobre ella, porque me había dado cuenta que ella tenía ese tipo de belleza que dura de por vida.

Oh, damisela de la noche gris, eres, fuiste y seguirás siendo lo mejor que me pudo haber pasado en la vida.

No lo ignoro ni lo escondo. He decidido escogerte de por vida para hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.

 

Pequeños Deseos


18 - pequeños deseos

A veces me parecías niña, a veces divino ángel y a su vez demonio, fragancia de flor antes de marchitar, pero siempre, siempre, una gran mujer. A veces te creía fruta o pan de miel, jazmín en flor o rosa desabrochada… Otras veces, en días de lluvia, quizás todo a la vez.

Oh, mujer alada de mis desvelos y letargos, estopín de mil delirios y emociones, miscelánea de milagro y mar, melancolía y maravilla a la vez, espuma de mar que muere letárgica en la arena, alma dura como un junco de bañado que el viento adverso sacude y dobla pero nunca quiebra, pero siempre siempre mía.

Ruego que me enseñes a jugar como tú, que ilusionas, pero no te ilusionas; que enamoras, pero no te enamoras; que rompes corazones pero nadie logra corromper el tuyo. Enséñame el amor, que ya bastante herida está mi alma como para soportar otra caída más…

Mi problema no son los sueños, me gusta soñarte. Mi problema son los amaneceres, el despertar y no tenerte, el abrazar la nada… Ese es ciertamente mi problema, soñar contigo y despertar si ti.

Hoy, por no tenerte a mi lado, tengo los días hechos de pequeños deseos, de vaporosas nostalgias, de perpetuas ilusiones, repletos de silenciosos recuerdos y melancólicos desconsuelos.

Lo único que mi mente turbada alcanza a imaginar ahora, es vivir un tiempo sin tiempo, desvestido de edades, miedos, desconfianzas, conceptos y expectativas.

Un indescifrable tiempo donde apenas solamente ser sea posible; y así, como las Juanas y las Marías, yo no pierda la extraña manía de tener fe en la vida.

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