La Dura Reflexión de que el Mundo ha Mudado


Alguien me dijo: ¡tiene usted muy mala cara! No se si es mala, -respondí-, pero es con la que me tocó nacer, aunque en verdad, recientemente tuve un principio de gripe, me dio fuerte, pero pasó de prisa. Claro que mismo así comprendo que éste no es el sitio más conveniente para una convalecencia, quedando aquí expuesto a los agobiantes vientos literarios. Si bien, reconozco que a veces estos no pasan de una ligera brisa retórica. Pero no me molestan.

Siendo así, ante tan positivista y resignada explicación, por lo que distingo, a veces los viejos son peor que los muertos, cuando se les da por hablar y no ponen freno a la lengua. Quizás ellos tengan razón. Será, quién sabe, por ventura, la desesperación de no haber dicho todo lo que querían cuando aun podían aprovecharles… ¡Escalofriante!

Raciocino que de nada me sirve estar advertido, porque por más que el estimado lector lo diga, por más que lo digamos todos, siempre quedará una palabra por decir. Y no les pregunto que palabra es esa, pues hace muy bien no querer saberlo, ya que mientras callamos las inoportunas preguntas, mantenemos la ilusión de que en algún momento acabaremos por saber las respuestas… ¡Conmovedor!

No se si a la gente del montón les pasa lo mismo que a mí, ya que en otros tiempos esto era percibido como la letra de un bolero, pero me percato que es la más pura y cruel realidad. Así que, contando con mi perspicaz sagacidad de siempre y próvido de mis amenazadores coturnos emocionales, recordaré a todos que, a pesar de su intraficable raciocinio analítico, Ortega y Gasset frecuentemente se reportaba al hombre de genio, como aquel con la capacidad de inventar su propia ocupación.

Pues bien, mancomunado de cierto coraje amateur, y sin perder más tiempo entregándome a recordar el embrión que fui y el viejo que jamás seré, sin necesidad de tener que entregarme al hermafrodita placer de dejarse llevar por las bellezas interiores y acabar siendo preñado por ellas, pasaré a contarles sobre las cosas de que me he percatado recientemente…

He de decirles que me he dado cuenta de que la esquina de mi casa está dos veces más lejos que antes… Y además parece que hay una pequeña subida en la que antes no me había fijado…

Igualmente, casi sin querer, me di cuenta que los peldaños de las escaleras ahora son mucho más altos que antes…

También percibo de que no sirve de nada pedirle a la gente que hable más claro, porque parece que ahora, a todos les ha dado por querer hablar tan bajo que no se entiende casi nada…

Del mismo modo, me he percatado que la ropa que quiero comprarme, ahora se les ha dado por hacerla tan apretada, sobre todo en la cintura y en las caderas, que me resulta irritante y muy desagradable…

Como si fuese poco, a la par percibo que la gente ha cambiado su fisonomía, ahora es mucho más joven que cuando yo lo era…

Por otro lado, me da la impresión que la gente de mi edad es mucho más vieja que yo… Tanto es así, que el otro día me encontré con una antigua conocida, y ha envejecido tanto, que no me reconoció.

También les cuento que he dejado de correr detrás del autobús, porque me di cuenta que ahora éste parte mucho más rápido que antes…

Tampoco se decirles si todas mis neuronas estaban despiertas cuando recapacité sobre estas mudanzas, pero todo esto lo reflexioné esta mañana, mientras yo me arreglaba frente al espejo…

A propósito… ¿Se dieron cuenta que los espejos ya no son tan nítidos y claros como hace 50 años?

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