Sin Opacidad


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Por veces, nuestros pensamientos suelen ser tan turbios como la opacidad de la neblina en un amanecer brumoso, si bien los sentimientos casi siempre resultan lúcidos como la luz clara de la luna llena.

Quien muestre sus sentimientos de manera transparente, le resultará una ventaja si eso inspira, ya que su rostro se mostrará diáfano y claro que no ha de ser cualquier espejo del mundo el que se animará a opacarlo.

Sin embargo, todo individuo que despliega opacidad en sus actos o nutre y ceba en sus pensamientos, se arriesga a cargar con sus indivisos fantasmas, y en este caso ya no le resultará una superioridad ante nadie.

Nadie está en condiciones de cuestionar que el odio excesivo, el rencor, la lujuria, el celo, la pasión desmedida, el fanatismo delirante, la intemperancia y todos los demás etcéteras repletos que habitan ocultos en la mente de los seres pobres de espíritu, en su intención primaria los torna seres salvajes.

Entre ellos podríamos incluir a esos entes desquiciados que andan deambulando claudicantes por las esquinas del mundo elevando su mirada empañada y turbia, y revelando sin esconder de quien sea y fuere todo su desvarío interior, ese mismo que trajo al mundo con sus genes y no tienen remedio ya.

Junto a las cosas vanas de la vida, por ejemplo, está la lluvia, que cae trasparente, y sin embargo la neblina resulta sombría. Incluso entre las tantas lluvias podemos incluir el llanto, que es transparente, aunque a éste lo que lo opaca son los parpados.

No hay duda que los dioses han hecho de nosotros, los mortales, seres bastante inestables; si bien entre lo opaco y lo transparente suele existir una barrera muy sutil llamada ser humano, que nada más es que un oprimido social por naturaleza, trascendente e irrepetible que se diferencia de los animales por causa de su inteligencia y razón, y que vive conformes a reglas y normas transparentes.

Clemente Memoria


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Con ojos casi siempre llorosos no a causa del llanto sino por la propia vejez, puedo reparar con cierta fascinación las ajadas palmas de mis manos. Me embarga una pena verlas tan mustias, pero no alcanzo a echarles en cara el hecho de que ellas ya no conserven el recuerdo táctil de las mujeres que amé y otrora mil veces acaricié, aunque en la mente sí las siga teniendo bien presentes.

Es gracias a ellas que hoy puedo recorrer plácidamente aquellos cuerpos como quien pasa el rollo de una película de amor y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello que ya no sé bien de quien era pero que siempre me conmovió; en unos pechos que tampoco recuerdo a quien pertenecen pero que durante varios años me hicieron creer en algún dios; en una cintura delgada que reclamaba por mis brazos que en aquel entonces eran fuertes; en cierto pubis de musgo rojizo, un matorral de lujuria que tanto se aparecía en mis ensueños como en mis pesadillas; o hasta en un par de labios gruesos de un rojo oscuro como sangre de toro brioso brotando entre las venas, siempre sedientos de besos de salacidad.

Lo más curioso de todo, es que a menudo me acuerdo de algunas partículas de los cuerpos y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo muy clara la idea de a qué cuerpo correspondía

Pero existe un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Es que estuvimos tantas veces juntos, ya sea en el dolor pero sobre todo en el placer, que se me hace imposible borrarla de la memoria. Como no fuimos solamente cuerpos que han vivido los años, ella, mientras pudo, supo muy bien cómo hacerlo.

En aquel entonces me bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que mi mujer parecía verle a uno hasta el hígado. Y hasta puede ser que ella imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, sin embargo, jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que termina por corroer la convivencia.

Ella


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La nostalgia es un sentimiento que cuando no cabe en el corazón, huye por los ojos. Y así estaba Cristina, sentada, observando en dirección a la nada, con ojos húmedos por un llanto silencioso, mirando sin noción la cresta de los árboles que dificultaban el paisaje desde la ventana de su apartamento.

Estaba llorando desde la noche anterior, pero en ese instante pensaba: ¿por qué todo estaba acabado?

¿Lo de ellos había sido un amor verdadero o sólo un encantamiento sin mayor profundidad? -se cuestionó, al pasar el dedo sobre el párpado para secar una lágrima.

Todo parecía tan cierto entre ellos, combinaban en todo, les gustaban las mismas películas, apreciaban los mismos platos, reían siempre juntos… Y, de repente, el fin.

Él se llevara sus perteneces como si fuese a viajar por unos días, aunque ella notara que sus ojos también sufrían con la separación.

Llorosa, Cristina estaba pretendiendo descubrir lo que realmente había acontecido, quería encontrar en ella o en él, la culpa. Como si hubiese una culpa a ser encontrada.

Habían existido desentendimientos entre ellos, claro está, pero estos siempre duraban poco. Pero es posible que en esos momentos él cediese más que ella, no obstante ella comprendiese que las pequeñas desconformidades se van acumulando lentamente hasta que la última trasborda la copa.

Cristina recordó el día que discutieron sobre una tercera persona. En ese momento ella no renunció a su posición, mientras él, calmamente, procuró mostrarle que estaba equivocada. Ella se exaltó y él, con toda calma, vistió su campera y salió. Sin embargo, una hora después volvió, trayéndole flores, y no tocó más el tema.

No hallaba nada demás que defendiese con coherencia sus opiniones. No pensaba ni un instante que podía haber maneras diferentes de encarar los comportamientos y las actitudes de los otros. Y como él llegara tan alegre y cariñoso, le pareció que había olvidado todo. Fue lo que se le ocurrió pensar ese día, pero ahora estaba percibiendo que no había sido bien así.

Siempre procuró ayudarlo, a veces hasta diciendo cosas que realmente no estaba sintiendo. ¿Será que él percibía su esfuerzo? -se cuestionó, mientras secaba gruesas lágrimas.

-Cuantas cosas que ocurren en una convivencia diaria son desgastantes, no obstante no se perciba… Con certeza fue eso que aconteció entre nosotros: nuestro amor se desgastó -se dijo entre sollozos renovados.

Evidente que habían sobrado muy lindos recuerdos de los momentos vividos bajo un mismo techo, pero eso de nada sirviera para fortalecer la unión de ellos.

Sin duda, a veces es necesario pasar un tiempo sin hablar ni ver a una persona, para saber si en verdad la quieres, la extrañas o era sólo costumbre.

Lágrimas


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Fue como si surgiese de repente el ventarrón infausto del destino, y presumo que a ti también te habrán lastimado el alma esas agrias palabras que, al proferirlas al azar, no tuvieron la intención de hacerme daño, aunque el golpe del veneno que había en ellas fue mucho más que un rencor ajeno olvidado en su inútil corona de espinas.

Hazme el favor, cállate, abominable Eva de este paraíso terrenal. Nunca ignores a quien ciertamente le importas, pues tal vez mañana, tarde, has de darte cuenta que perdiste la luna, mientras, dispersa y afrentada, te entretuviste en contar las estrellas.

Puede que no te hayas dado cuenta, pero las tuyas han sido palabras que acecharon la muerte de un amor sublime a quien entonces lo ofendieron e hirieron gravemente, únicamente porque mi boca cerrada ya no pudo contestar su canto avinagrado.

Al oírte me sobrevino el llanto. Esas ganas de llorar que nacen de repente, ahogadas en la desolación, mismo que fuera de mi cuerpo en desconsuelo la luna florecida y el vergel en flor quisiesen forjar ese deseo de estar solo y al mismo tiempo necesitar de un abrazo, una caricia, tal vez hasta un beso que lo pueda todo.

Duele, pero el más mentado de los hombres llora en los momentos más amargos de la vida. Yo no fui diferente, pues siendo más que el mar y que sus islas, y porque hay que caer dentro de ese mismo mar como en un pozo para salir del fondo con un ramo de agua secreta y verdades sumergidas, entonces lloré, lloré con el alma. Pero no lloré físicamente, lloré de verdad, de la manera que más duele, lloré sin lágrimas.

Infausta mujer, te has olvidado que el amor verdadero nunca se da por vencido, que jamás pierde la fe, porque siempre tiene esperanza y se mantiene firme ante toda circunstancia, incluso estando dentro de un traje vacío y uno siga cojeando como un espantapájaros de sonrisa sangrante.

¡Ay de mí!, ¡ay de nosotros!, mi dulce amada, que sólo quisimos apena amor, amarnos, y entre tantos dolores nos dispusimos los dos a quedar malheridos.

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