Continuamos Sedados en un Laboratorio


En la historia de la humanidad hay innumerables sucesos que sacudieron los cimientos de la sociedad echando por tierra creencias, supercherías, mitos, e ignorancias varias. La pólvora, la América, la penicilina, la aviación, la luna, el cinematógrafo, la computadora, las vacunas y antídotos para enfermedades consideradas incurables, son algunos de los inventos que el hombre ha producido a lo largo de las edades y épocas en su eterna lucha por vencer los obstáculos que no dejaban avanzar al género humano hacia una vida mejor.

Pero claro que los descubrimientos vernáculos que por aquí vemos tienen más que ver con la hipocresía y la estupidez, ambas mezcladas en sabias proporciones con el agregado de una pizca de ignorancia y espolvoreado con un poco de “crema de mala leche”.

En todo caso, podría decir que “No me gusta mezclar temas personales con asuntos gubernamentales”. Pero eso más bien suena a algo como: “No me gusta mezclar el amor con el trabajo”. Bueno, en los dos casos, resulta que al final de cuentas todo termina en una sustancia muy consonante, de la cual nos es imposible diferenciar “qué es qué”.

Pero a Mengano se le escucha decir en cada sabatina, cuánto le molesta incluir, en su discurso de funcionario público, sus batallas legales de jugosas sumas. Debe ser algo muy molesto y ser peor cuando a cada reunión dedica decenas de minutos a ese tema.

Qué agobio, qué horror, qué sacrificio, qué dolor le debe causar tener que aprovechar sus reuniones oficiales, sostenidas con el dinero de todos, para defender un tema esencialmente personal.

¡Sí! Qué espeluznante debe resultar que los medios públicos y gubernamentales tengan que dedicar toda su maquinaria para replicar el discurso de un ciudadano litigante. No obstante, comprendo que afrontar un juicio y tener a su disposición toda la maquinaria del Estado como respaldo, debe ser una de las torturas más espantosas… ¡Don Mengano, lo acompaño en su dolor!

Pues bien, volvamos entonces por algunos segundos al mundo real. Crucemos el umbral de la fantasía y busquemos en el fondo de la ciudadanía por algún vestigio de cordura… Tal vez, aún quede un poco de ella.

No es que nos importe lo que digan los demás, pero parece que el mundo ve a nuestro continente como un laboratorio donde se puede estudiar la resistencia de la democracia. En ese caso, algunos adustos de mente ida me dirán que estamos dando un ejemplo al mundo. Es verdad: aún no nos comemos entre todos, aunque parece que alguien ya puso la mesa.

Pero en ese laboratorio que nos encontramos metidos, se puede ver que estamos sometidos a procesos virales de efectos totalitarios; empero, por suerte aún las convulsiones no provocan inconciencia. También se podría apuntar que las especies que habitan estos países no reaccionan ante señales de advertencia, por lo que se hace notorio un estado de sedación.

Cuando se aplican descargas eléctricas de propaganda e insultos desmesurados, los objetos de estudio parecen aceptarlo. Sin embargo, entre los efectos secundarios detectados, se ha podido registrar la presencia de un sarpullido judicial, laceraciones electorales, hematomas ideológicos, pérdida de esperanza, etc., etc.

El antídoto para curarnos de vez: fuertes dosis de democracia, tolerancia, cordura, patriotismo y amistad. Pero creo que esas cosas no las venden en las farmacias… Se han convertido en artículos muy escasos… ¿Concuerda conmigo?

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