Te Quiero


Eres como las nevadas plumas del cisne matutino que me visita y despierta después de otra noche de delirios en la que faltas a mi lado. Percibo en la mansedumbre que nos brinda el alba, que te quiero como para escuchar tu risa todas las noches mientras duermes recostada en mi pecho en cuanto dejo de lado mis congojas y las sombras de otros espectros, pero sin soltar tu mano jamás.

Querer es esencialmente sufrir, pero como vivir es querer y sufrir, toda la vida es por su esencia dolor. Mis delirios no son más que una lucha por mi existencia a tu lado, con la certeza de resultar vencido si me niegas tu amor.

En esa cacería incesante donde mis tormentos se disputan tu querer, no soy más que una piltrafa de una horrible presa. Ese espectro del dolor natural por conquistar tu amor, me hace quererte sin motivo, sufrir mientras lucho de continuo hasta que me alcance el día de morir en tus labios.

Te quiero como para remplazar las heridas por sonrisas y las lágrimas por mirada en donde podremos decir mucho más que palabras.

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Voces y Rumores


Suele suceder. Por veces afloran épocas en que el mundo se convierte en nada en un santiamén, aunque escondidas en medio a toda esa nada suenen voces.

Son voces variadas que se complementan con ecos de gente que grita, solloza, canta, habla y hasta despotrica en causa propia contra ese destino sorpresivo que los asestó en media a un trance inesperado.

Dentro de esa misma nada también existen otras voces que imploran y oran con cierta convicción dudosa, mientras tanto otras no pasan de exhalaciones y suspiros de esperanza dirigidos hacia algún santo casamentero mal recomendado.

Los que gimen y sollozan dentro de esa nada tienen el llanto transparente, pero para eso tienen los párpados, que sirven para tornarlo opaco antes que resbalen sus lágrimas.

Dentro de esa intención primaria está también el drama de la desencantada que carga con su fantasma. Sin embargo ese día ella se quedó en silencio, cuando él la abrazó por la espalda y le murmuró suavemente al oído: “Quiero llenar tus días de alegría, déjame acariciar tus tristezas”.

Moriré en Ti


Por si acaso alguna vez el arfar de tu pecho se detiene y el amor que sientes por mí deja arder en tus venas, si a tu boca ya no llegan más las palabras que endulzan mis oídos, si tus manos se duermen y se olvidan de volar sobre mi piel, deja al menos tus labios entreabiertos para que nuestro último beso dure una eternidad, y me acompañe el calor de ese dulce tacto hasta la muerte.

Si ya no me amas, quiero morir besando en sueños esa brasa ardiente que anida en la boca tuya, rodeando con mis manos un pedazo perdido de tu cuerpo entre las brumas de la madrugada, mientras entretengo mi sueño y busco la luz de tus ojos cerrados para que alumbre mi última morada.

Aunque nuestro amor no pueda ser verdad, sé que otros días llegarán mismo que tú no estés presente. Pero eso sí, nunca han de morir nuestros instantes, nunca se terminarán los libros y los tesoros que acumulamos sin tregua durante la vela de nuestras auroras de amor.

Inclemente muerte súbita de un amor prometido que ha perecido brutalmente mientras nos hostiga la vida en una onda alta, altísima, sobre las demás ondas de este mar en furia que es la vida, tu amor nunca será sombra en mí.

Pálida mujer de vasta cabellera negra como negra son las noches sin luna, entre tus brazos y muy colado a tu piel ya me perdí en amores, y de amores en sueños moriré sin paz llevando tu nombre cincelado en flamas en mi corazón.

Sin tú ya no me amas, seré, que pena, un planeta errante en la distancia sideral, quizás un árbol sin hojuelas perdido y muerto en la floresta, un páramo seco en medio al río que corre y huye, una piedra más al pie de la montaña de esta vida loca… Adiós, vida mía, que ahora de la naturaleza caen lágrimas como océanos de tristeza.

Nostálgica


Justamente ese día, ella percibió que se encontraba algo cercana, y resolvió seguir adelante para echar un vistazo en la antigua casa de su niñez. Detuvo el auto en la acera de enfrente y por cortos minutos la miró absorta. Notó que las paredes estaban descascaradas. Donde aún quedaba algo de pintura, ésta se mostraba escarnecida. Las ventanas tenían las persianas sueltas o simplemente faltaban.

Una punta de congoja le apretó el pecho y decidió bajar del coche para ver. El inclemente pasaje del tiempo había dejado gravado allí cicatrices profundas. Esa casa que ella tanto había amado estaba cerrada. Con certeza ya nadie vivía en ella.

Para su sorpresa, imprevistamente se abrió la vigía que existía en el portón, y allí apareció el rostro arrugado de un hombre viejo, indagando lo que ella quería.

-Todos se han marchado ya; unos murieron, otros deben andar por el mundo echando sus plagas por ahí -le explicó el hombre, con voz agrietada.

-Es lo único que sé -agregó carraspeando-. Un cierto día me dejaron quedarme a vivir aquí como casero, pero no me pagan nada.

-Ya le he dicho. No sé dónde anda esa gente. ¿Ve cómo el jardín está abandonado? Yo ya no tengo condiciones de limpiarlo. Mis fuerzas son pocas ahora, y paso casi todo el día acostado -le explicó compungido.

En realidad, la casa parecía adormecida en algún punto del tiempo. Allí no se oía barullo alguno, y, como no había viento, ni las hojas de los árboles se movían.

Los recuerdos afloraron. Ella recordó su cuarto, y de las bajadas, tan prohibidas en su época, por el pasamano de la escalera. Incluso, de la mesa amplia siempre llena de platos de comida y de gente alegre a su alrededor.

Perdida en esos devaneos, emergió en su memoria la imagen de su madre, tan austera; su padre, comprensivo y cariñoso. Le resonaron también las pequeñas discusiones con sus hermanas, la visita de los primos, tan alegres. Todo le venía a los borbotones, un recuerdo tras otro. Eran tantas las evocaciones, que ella no se fijó en ninguna. Era como si una película estuviese pasando ahora por su cabeza con las innúmeras cosas hermosas que había vivido allí.

De pronto ella dio un suspiro mustio al recordar de su primer novio, Carlos, que acabara casándose con su mejor amiga. Nunca más llegara a gustar de otro hombre como había gustado de Carlos…

-¿Será que en verdad fue amor, o pasión de adolecente? -se cuestionó abatida por sus recuerdos, mientras sus ojos bajaron al suelo.

De a poco se vio invadida por una tristeza que la llevó a las lágrimas. Recordar es lindo, pero también es triste, dijo para sí al volver la espalda a la casa.

-Tal vez no debiese haber venido hoy, ni nunca -llegó a reprocharse entre dientes.

-Con certeza, -murmuró mientras cruzaba la calle-, esas mismas cicatrices que tiene la casa yo también las tenga en mí, porque es evidente que los años igual han pasado por mi cuerpo.

Al entrar en su coche, dio partida rápidamente y se alejó de prisa, antes que el mundo se le cayera en los hombros.

Alma Huraña


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Esto no es un sofisma científico, pero cuando la mujer es solitaria por su propia elección, no es porque esté a la espera de la inminente llegada de un príncipe azul, sino, más bien, por estar a la espera de alguien que la entienda y la comprenda tal cual es. Espera por uno que la acepte sin cuestionar su pasado y todas las cicatrices que ella lleva repujadas con miles de lágrimas de dolor en la piel.

Por ésta debida razón, sea correcta o no, se tiene por costumbre decir que cuando el corazón de una mujer está cerrado para balance o sencillamente ella no está a fin de pensar en la posibilidad inmediata de enamorarse, se torna complicado para un hombre intentar conquistar su corazón.

Es como si su alma huraña hubiera colocado todos sus sentimientos adentro de un arnés impenetrable para no volver a sentir y amar jamás.

Frente a este tipo de alma femenina impía y escéptica a todo y cualquier resquemor que causa el amor y la infalible pasión que la seguirá a donde quiera como cola de cometa, el hombre que realmente se apasione por este estereotipo necesitará tener valor para enfrentarla, cuando entonces sus sublimes palabras y no sus actitudes, en ocasiones, podrán hacerla sentir todo lo que él siente.

Aunque, asimismo, puede que toda y cualquier súplica romántica le resulte insatisfactoria si es que ella tiene una soledad muy concurrida, donde probablemente se la podría organizar como si ésta fuese una procesión: por tamaños y promesas, por época y por colores, por tacto y por sabor.

Lo que sí es cierto, es que hay desmayos de vértigo que ocurren al momento que nos enfrentamos al abismo de la pasión, no obstante los peores surjan cuando pretendemos inaugurar un amor junto a un alma solitaria, que en estos casos pueden ser un vahído, una angustia, una vibración enloquecida que nos dominará por completo.

Sin embargo, cuando surge ese tipo de vértigo, éste se lleva consigo la melancolía y nos deja más encantados y ya no seremos tan estables y serenos. Aunque eso sí, cuando se nos mete furtivamente en los sueños, nuestras pesadillas buscarán como locas la salvación del despertar.

Mujer Madura


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Uno debe estar muy atento a esas mujeres maduras que andan campantes caminando por las calles con su atrevido miedo, llevando sus años de experiencia a cuestas, lindas, leídas, viajadas, sensibles, prácticas.

Digo, cuidado, porque muchas de ellas vienen de cerrar una puerta con decisión extrema, pero sin pizca de olvido. Son mujeres que amaron, construyeron, parieron, y con eficacia inaudita cumplieron con la vida.

Ya han agasajado con respeto a su hombre, han dado alas a sus crías y ahora desentumecieron las suyas, por lo que se las ver intactas, brillantes, soberbias, majestuosas, listas para el vuelo, que ciertamente no ha de ser el de un horneros y sí el de una gaviota, soberana, curiosa.

Es de suponer que ellas saben de la vida y de su hambre porque con su cuerpo han sabido saciarla. Pero al tornarse expertas en todo nivel de estupidez en sus más variados matices, se reconocieron inmersas en ella hasta el estupor y soportaron mucha hasta el dolor.

Luego, lo sabrán distinguir, no lo dude nadie. Por eso que una vez que alcanzaron su madurez, se han vuelto versadas en economía; la aplican en el gesto, en el andar y en su exacta sensualidad. En el movimiento rítmico de sus caderas, las que ya se estiraron y contrajeron más de mil veces, se estremecieron y agitaron.

Saben del amor, en todos sus colores, desde el rojo resplandor al mustio gris. Sus piernas fuertes arrastran raíces todavía. Y prontas a sentir la vida, van con una vieja canción en los labios, profunda intensidad en la mirada y delicada seguridad en su sonrisa.

Sin embargo, por si acaso esta advertencia llega tardía, y alguien descubre que ya no puede dejar de pensar en ella, entonces, lo recomendable es cuidado de ahora en más. No caiga en el mismo error de los inmaduros, no se equivoque, no lo arruine todo, no le mande mensaje de texto. Lo mejor sería invitarle a un café con tiempo.

No recurra al correo electrónico, ya que ellas preferirán sin duda un poema en servilleta. No le haga promesas, no les venda imagen, ya que es mejor exhibir su autenticidad más despojada. No caiga, por querer rellenar el momento, en aturdido vacuo. Deje que ella respire un silencio común.

No se olvide que vienen de quemar las naves y cambiar la comodidad indolente por riesgo vital. Avanzan por un camino incierto, pero elegido.

Seguramente, en su cartera, habrá fotos, un perfume y unas cuantas lágrimas. Pero en su mirada habrá, con toda certeza, una decisión.

Borrarte no Puedo


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Turbado en la noche en mi firme empeño, me alcanzaba su visión tenaz mientras la pensaba en silencio, entre letras sobre versos, uno por uno, coma a coma, en suspenso.

Ella no percibía que yo la recordaba en los estertores de la noche, a lo lejos, como lejos están las mañanas cuando nos desvelamos, o como una lágrima cayendo igual a golpe de remo que hace saltar la espuma del mar. Mis suspiros se volvían aire que al aire van, y las lágrimas en agua que van al mar.

Pero a ella se le ocurrió borrar las páginas de ese amor que entre los dos habíamos escrito con una pluma de fuego y pasión. Intentó borrarlas con lágrimas, con licores, con vino. Empezó a borrarlas de a una, pero sus lindos ojos negros siguieron siendo líneas que bordan un horizonte a lo lejos. Seguían siendo su norte.

Le habían recomendado olvidar nuestro pasado, y todas las noches ella lo olvidaba. Y cuanto más intentaba borrar los restos de nuestro amor, irónicamente, no lograba apagar la imagen de aquel hombre milagroso, de cabello enredado y revoltoso, cariñoso y dueño de esa sonrisa tan particular que siempre le arrancaba deseos de besarlo, y amo de esos ademanes únicos que tanto la enloquecían.

Empezó a borrarme, y al hacerlo, se le iban borrando las líneas que yo había trazado sobre su piel con mis sabias manos. De a poco apagó también todas las figuras y trazos que yo le diseñé en aquellas noches llenas de estrellas, que iban dando formas reales a un fantasma de bufa invención.

Empezó a borrar todavía el sabor de mi boca. La misma boca que había recorrido las líneas y los dibujos que mis manos habían trazado, delicadas como estelas de mar, en todo su cuerpo de mujer madura.

A cada noche intentaba borrarme, y cada vez ocupaba más vino para olvidar el sabor de mis labios en su boca, pero perdida entre esas aspiraciones se quedaba dormida. A lo mejor mañana logrará olvidarme nuevamente.

Yo, mientras tanto, continuaré a pensar en ella mientras dibujo la sábana arrugada con la yema de mis dedos para sentir su cuerpo.

¡Ay, amor! Hoy como ayer, mañana como hoy, siempre igual, un cielo gris, un horizonte pétreo. Si tú supieras que cuando te escribo yo también tiemblo.

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