Cuando Surge el Odio de Clases


Quien es aficionado al cine, recordará que en el año 1995 se estrenó la película francesa intitulada: “El Odio”. Esta era dirigida por Mathieu Kassovitz, y trataba sobre la situación de los jóvenes marginados que habitaban en los suburbios de París. En la cinta existe una anécdota sobre un hombre va cayendo al vacío y pensando que “por el momento todo va bien”. Esa era la imagen del estado de tensión que se vivía en aquel entonces. No obstante, en ese mismo año, con un discurso que denunciaba la grave fractura social existente en aquel país, el candidato Jacques Chirac fue electo presidente.

Al igual que lo ocurrido en la anécdota de la película, hoy en día la fenomenal expansión económica nos tiene convencidos, en muchos países de nuestro continente, “de que vamos bien”. Sin embargo, se acumulan diversas señales de una grave fractura social que rarefaz el clima de convivencia colectiva.

Puede que algunos no las vean, o no las quieran ver, pero son señales que se perciben fácilmente, como por ejemplo: en la multiplicación de episodios de justicia por mano propia; en la exasperación ciudadana en su reclamo por más seguridad; o en la aparición de distintas tribus urbanas que se enfrentan con inusitada violencia, ya sea en torno a pasiones futbolísticas o a identidades barriales, por ejemplo.

Del mismo modo, ello se pueden notar en los pequeños episodios cotidianos que envenenan el aire de la ciudad: desde la mujer conductora a la que destratan y amenazan los limpiavidrios con tal de poder arrancarles una moneda, hasta en los jóvenes de cierta estética que son impedidos de entrar a un shopping o a un pub por los funcionarios de seguridad, y pasando por los “rastrillos nocturnos” realizados por bandas que roban todo lo que pueden a su paso, o por los asesinatos a guardias privados de comercios (que por cierto, cobran miserias).

Y así, de a poco, se ha ido instalado la lógica antagonista del ellos contra nosotros. Por un lado, con fondo de miedo por la inseguridad, crece la impaciencia del nuevo ciudadano que está harto de no poder vivir tranquilo. Por el otro, con fondo de frustración por un horizonte de perenne marginalidad, se multiplica el resentimiento social que pasa en un guiñar de ojos al acto de la mayor violencia con total desparpajo.

Si en la película francesa, todo aquel odio tenía dimensiones raciales, en nuestro cotidiano urbano ese odio pasa a ser de clase. Para unos, los antagonistas, diferentes y repelentes, son los ricos de los barrios acomodados que disfrutan de un cierto bienestar. Para los otros, son los “planchas”, por lo general jóvenes, que encarnan la figura del siempre potencial agresor.

Situados a la izquierda, están los complotistas que creen que la angustia por la inseguridad es el producto de una conjura creada por la prensa opositora. Pero están también quienes se aferran a que no estamos tan mal, y entonces nos comparan con cifras escandalosas de la región, queriendo hacernos pensar que: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Pero están sobre todo quienes creen, íntimamente, que este odio de clase es entendible y hasta natural.

Así lo ha expresado hace unos meses el concejal de un municipio de clase alta: “como allí hay plata, es de sentido común que haya arrebatos y copamientos”. Entonces, con su justificativa desubicada, éste insano nos dejó explícito lo que, en realidad, muchos rumian en la izquierda: este odio de clase, que se traduce en mayor inseguridad, miedo y violencia, por consiguiente, es una consecuencia inevitable del desarrollo capitalista. Por lo tanto, da que pensar que gentes como ese fiel ejecutor parlanchín, vibran porque encontraron en él, finalmente, la traducción vernácula de aquella lucha de clases de la que tuvieron noticia en el pequeño Marx ilustrado que ojearon en el comité.

En este esquema, es muy difícil que nuestros gobiernos enfrenten con éxito el proceso que vivimos de fractura y desintegración social, y ataviado con un clima de violencia creciente… Lamentablemente, parece que aquí también se rompió la promesa del país de primera… ¿O por su casa no es así?

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