Somos Meros Instrumentos


En una biografía que fue editada recientemente, y en la que se habla del esquizofrénico de Adolfo Hitler, se afirma que entre sus rasgos más sobresalientes estaba “su ilimitada capacidad de odio”. Por tanto, su autor, el historiador y documentalista británico Laurence Rees, considera que el “poder del odio está ensoberbecido”.

Y pienso que es verdad, porque siempre resultó más fácil unir a la gente alrededor del odio, de que hacerlo en torno a cualquier creencia positiva… Por resultar menos laborioso. Y obvio que junto a esa nefasta capacidad, Hitler también presentaba otra: “su fuerte carisma”.

Pero con respecto al carisma, el documentalista Rees sostiene que “lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler, es que éste dependía totalmente de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro”.

Laurence dice inclusive en su nuevo libro, que su tristemente célebre personaje “jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma”.

No en tanto, otras características de éste encaprichado personaje fueron su intransigencia, su empecinamiento, su descontrolada emotividad, y el creerse una figura providencial; pero sobre todo ello, estaba su capacidad de odiar y manipular el odio.

Nos recuerda este mismo historiador que, sobre estas bases, Hitler logró desmantelar todas las estructuras del Estado y las recreó de acuerdo con sus intereses y proyecciones. Pero, lo más interesante del libro es la comparación realizada entre las figuras de Hitler y Stalin.

Y el libro apunta: “Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. Sin embargo, en la Alemania nazi estaba claro quiénes iban a ser perseguidos por el régimen, pero en la URSS estalinista no… Stalin unía con el miedo, como Hitler con el odio”, precisa Laurence Rees en su obra que, de cierta manera, pone de relieve varios de los instrumentos más al uso en el manejo de masas en nuestro continente… Y lo menciono, por si acaso usted quiere compararlos, mi excitante amigo.

(*) Si quiere continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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El Exterminio por su Nombre


Es verdad que nuestros años felices no están necesariamente asociados a las mejores épocas de la historia. Esto es universal y, en biografías o memorias autorizadas, muchas celebridades afirman sin ninguna hipocresía, que han sido dichosas durante épocas de guerra, ocupación de ejércitos extranjeros y dificultades económicas.

En todo caso, a mí me gusta y me alegra poder ver y comprobar que el mundo no se detiene y que, junto a lo malo, lo bueno lucha por hacerse un lugar en la historia, no obstante, en cada cambio, en cada evolución, en cada “nueva ola”, se perciba el mismo ímpetu y el mismo “gustito a prohibido” de mis años jóvenes de desafío y ruptura.

Pero para quien aprecia discurrir sobre un tema ya recontra debatido, algunas veces es interesante descubrir nuevas fuentes de peritaje. Digo esto, porque en su libro titulado “Tierras de sangre – Europa entre Hitler y Stalin”, el señor Timothy Snyder da a conocer los resultados de la investigación que realizó pacientemente en torno a las atrocidades perpetradas por esos dos sanguinarios tiranos.

En tal compendio, este profesor de la Universidad de Yale, doctorado en Oxford y, además, catedrático en Harvard, nos proporciona informaciones estremecedoras respecto a la muerte y sufrimientos de decenas de millones de seres humanos, que fueron propiciados por los regímenes que encabezaron estos dos totalitarios, los que por suerte, sus huesos hoy reposan en el fondo del basurero de la Historia.

Todos ya sabemos -incluso los recalcitrantes y agraviantes de tintes neofascistas, marxistas y neófitas de toda índole-, que dichos jerarcas, tanto el fascista como el comunista, no se cansaron de emplear los exhaustivos y abominables métodos de exterminio en masa. Por lo tanto, no es necesario reiterar aquí que sus víctimas se cuentan por decenas de millones.

Sin embargo, creo que hay que subrayar que en aquella época, preferentemente, a los intelectuales altivos, entre ellos incluyendo a escritores y periodistas, se les acosó o se asesinó con odiosa brutalidad.

Para justificar sus crímenes y más desaciertos, ambos autócratas crearon sus propios periódicos hiperoficialistas y leyes en contra de la libertad de expresión. Todo, porque consideraron a la prensa independiente como una fábrica de intoxicación mental ciudadana y el vehículo de difamación dirigido hacia los gobernantes.

Por tal motivo, en sus consignas, resultaba ser imprescindible que todo medio de comunicación pluralista fuese sometido primero al juicio del comisario de propaganda o desaparecido inmediatamente sin más trámite.

Fue así que el periodismo que no se sometía al poder dominante, era considerado como de traición a la patria, y por ello idearon represivas leyes de prensa.

Claro que no somos siempre iguales ni queremos exactamente lo mismo, pero el deseo imperioso de ser diferentes e irrepetibles, alienta la lucha que cada “moderno” entabla todos los días contra la mediocridad y el quietismo… Incluso en el Parlamento.

Se sabe que es allí que volverá dentro de poco la palestra sobre el proyecto de la ley de mordaza a la prensa. Y es justamente allí, que los asambleístas demostrarán quiénes son dignos del respeto y la gratitud de las generaciones futuras, para no tener que dejar el tiempo pasar y tener que llegar a viejo con las ilusiones perdidas y los sueños archivados, sin la fuerza y el coraje para volver a enamorarse de alguien o de algo, perdidos en un mundo sin referentes y con otras ideas acerca de lo que la existencia humana significa… ¡Fascinante!

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