Recuerdos


Suspicaces afirman que en ambos lados de los árboles de los bosques suelen crecer infinitas flores que pertenecen a un colorido jardín que ha sido construido con palabras y pensamientos aun sin confesar.

Estos bien que pueden ser extravagancias o liviandades que repentinamente surgen del olvido y se introducen sin permiso en nuestro asombro y nos causa consternación, ya que no importa si de ojos abiertos o cerrados, de la nada veamos brotar ecos de voces de un pasado remoto, mismo que ese pasado sea una colección de silencios ahogados de los que aún quedan partículas calladas que nunca quisimos contar.

Todo lo perdido ya tuvo su color exclusivo y original; sin embargo, junto a las sístoles de un jadeante corazón viejo, cuantiosos de esos serrines de recuerdos nos invaden en la quietud de la noche entonando su partitura inoportuna para corear los pensamientos que no revelamos, y mucho más si los hemos ahogado en llantos junto a la almohada.

Esos pensamientos disipados se asemejan a una luna llena que imaginábamos elíptica en un oscuro firmamento sin estrellas, aunque a todo momento manifestemos la sana intención de borrarlos o dejarlos escondidos en las sombras del vacío. Pero todo esfuerzo resulta en vano, porque ahí están, como lobos solitarios que aúllan en las madrugadas, que corren, simulan que se detienen y vuelven a correr con sus mandíbulas abiertas deseando desangrarnos.

Cada persona tiene sus propios vaivenes, pormenores que ha ido acumulando en el joyero de su intimidad. Claro que cualquiera de ellos puede que sean algo artificiales, pero las fotografías del antaño lejano y no tanto así no lo son. Estas son fieles testigos de los pensamientos de la época y de palabras repentinas o aleatorias que un día quedaron presas en los dientes por no animarse a traspasar los labios.

Yo mismo no paso de un bosque y una noche de árboles oscuros, pero puedo garantir que quien se anime y no tenga miedo de mi oscuridad, podrá encontrar también en mí enormes canteros de rosas en medio a mi floreta particular.

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A un Paso Entre el Atlántico y el Pacífico


“Apenas un día y una noche terrible…”. Según las palabras surgidas en la mente del filósofo Platón y registradas para la posteridad en sus anales, fue un tiempo más que suficiente para una tragedia natural hacer desaparecer Atlántida, la legendaria ciudad que habría sido destruida por un diluvio… Eso, porque Noé vivía en la otra punta del mapa.

No obstante todos sepamos que por esos mismo parajes, hoy día la Al-Qaeda, el Isis y otros grupos de locos sueltos más, destruyen ciudades con bombas en menos tiempo.

Con todo, volviendo en tiempo y espacio al periodo heleno, todo indica que Atlántida ahora puede finalmente dejar de ser un mito para tornarse una verdad… Lo que por su vez dejaría a los libreros locos de rabia, ya que ellos tendrán que retirar cientos y cientos de viejas y empolvadas obras de sus anaqueles.

Como sea y ocurra, el investigador español Manuel Cuevas, especialista en estos misteriosos asuntos, acaba de afirmar que acredita haber encontrado la mística ciudad, ya que de acuerdo con los viejos registros de Platón, Atlántida quedaría en las proximidades donde actualmente está el “Parque Nacional de Doñana”, en Andalucía, España. Y fue exactamente ahí que su investigación comenzó y puede que haya tenido éxito.

El entusiasmo de Cuevas fue transferido para la prensa con la siguiente declaración: “Tengo el 99% de certeza que encontré Atlántida”. Esto, porque el español basó su pesquisa en imágenes de satélite realizadas en la región donde Platón afirmó haber existido la ciudad. Y, según Cuevas, las fotos muestran claramente “la existencia de diversas estructuras construidas por el hombre y que formarían una gran ciudad antigua”.

Aún se le ha dado por afirmar que las imágenes muestran lo que podría ser murallas, calles y hasta mismo un edificio con una cúpula gigantesca. Esos restos, según él, evidencian la formación de una gran ciudad con extensión de más o menos ocho kilómetros, y las estructuras pasan la impresión de pertenecer a una ciudad circular, que podría estar localizada en una isla… No necesariamente la misma del Sr. Roarke y Tattoo, ya que esa quedaba en algún lugar del Océano Pacífico, donde la gente concurría pensando en poder cumplir sus fantasías sin importar su índole… ¡Pura fantasía!

Pero el emocionado Cuevas, que no era amigo del actor mexicano Ricardo Montalbán, va más lejos y explica” “Sea o no sea Atlántida, porque ni sabemos se era ese el nombre, el hecho es que la evidencia traída por las fotografías es bastante clara. Y es clara en relación a la existencia de restos y estructuras muy antiguas realizadas por el hombre. Estamos delante de una sociedad antigua y desconocida, que tal vez hasta hoy habitase en nuestros pensamientos apenas como mito”.

El caso es que, una vez realizado el descubrimiento, el investigador contactó a don Ramón Caroz, uno de los maestros de arqueología de la “Universidad de Sevilla”, también en España. La respuesta del hombre fue animada e interesada sobre el asunto, pero repleta de cautela. Este especialista -que ni loco se aparta de la ciudad para no perder su silla-, afirmó que “quiere estudiar cualquier evidencia comprobable”, pero que por ahora prefiere ir con calma antes de hacer cualquier anuncio.

Por su vez, a pesar de la desconfianza de la comunidad científica y arqueológica en torno del descubrimiento, Cuevas no se cansa de hablar sobre los 99% de certeza que posee. Ajeno a las críticas, el investigador garante a las personas próximas que hizo, con esas imágenes de satélite, la más grande descubierta de su vida, y una de las mayores de la historia de la humanidad.

Con el mismo dramatismo de Malcon Lowry, pensando en eso y de ojo avizor en el escándalo pluviométrico de aquel entonces, de repente me siento fatigado por esa Realidad excesiva que ahora golpea mi puerta, ya que de alguna manera y con heroica determinación, advierto que don Cuevas pretende mudar radicalmente las insignificantes cosas de la vida… ¡Drástico!

(*) Libros y e-book disponibles en: Livraria Saraiva: http://www.saraiva.com.br; Livraria Siciliano: http://www.siciliano.com.br; www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante; y en: Plataforma editorial Bubok: www.bubok.es/

Mienta, Que a Mí me Gusta


No sé lo que el justo lector podrá responder en el caso de su mujer preguntar si le gusta su nuevo corte de pelo y usted lo encuentra horrible, o qué dirá cuando ella le pregunta si le parece que ha subido de peso, y en realidad usted ve que los rollos de su barriga se asemejan a ruedas de camión…

Sé que existen controversias cuanto al tipo de respuestas; pero parece innegable que para uno no crear conflictos domésticos sin necesidad y no tener que aguantar después una pelotera y la rabia verbal de la esposa, ante esos caso se recurra a las “faltas a la verdad” que son usadas para proteger los sentimientos de alguien.

Así pues, de acuerdo con lo que aseguran los expertos de la “Universidad de Oxford”, eso no significaría cometer pecado, por no contener dichas palabras más que réplicas beneficiosas para reforzar vínculos sociales.

Estos mismos científicos aseveran que si uno es del tipo de persona que prefiere “no ser totalmente sincera” ante tales consultas con tal de no hacer sentir mal a su prójimo, en realidad uno va en buen camino para mejorar sus relaciones personales… Y evitar quizás tener que oír un monólogo de sermones desnecesarios.

Por consiguiente, Robin Dunbar, un psicólogo evolucionista de la “Universidad de Oxford”, defendió esta tesis en la publicación “Efectos del engaño en las redes sociales”, que apareció en julio último en el medio especializado “Proceedings of the Royal Society B”.

Allí, Dunbar y su equipo de piadosos investigadores, señalaron que mentir por las “razones correctas” sirve para fortalecer los vínculos sociales, mientras que hacerlo para encubrir un acto malo o salirse con la suya, podría dejar a uno aislado de su entorno, especialmente debido a la falta de confianza que eso genera.

“Las mentiras piadosas pueden ser beneficiosas para el flujo de las interacciones sociales y facilita armar una red más grande y en la que se esté más integrado”, alcanzó a explicar Dunbar en un extracto de su estudio que fue publicado en el medio científico “Livescience.com”.

Para alcanzar tales dogmas, el psicólogo y su equipo crearon un complejo modelo que les ayudó a reparar cómo quienes decían mentiras antisociales eran progresivamente aislados de su entorno, mientras sucedía lo contrario con aquellos que decían las consideradas prosociales.

Así pues, si uno se guía por estos resultados, sería del mismo paño decir que una “mentirilla” en Facebook equivaldría a decirla en un almuerzo con los amigos, ya que por ende, podría mejorar las relaciones sociales.

Sin embargo, consultado al respecto, el psicólogo californiano Larry Rosen, dijo que una de las maneras más comunes de mentir “online” es a través de los “Me gusta” de Facebook, ya que permitirían mostrar una “empatía virtual” a las fotografías que sube un familiar o un amigo, pese a que lo que se muestra no sea de total agrado estético… O le parezca una patada en donde duele bastante.

De igual modo, Rosen destacó también otra forma de mentir en las redes… “Creo que la mayoría de las personas mienten (…) posteando una foto de sus vacaciones, en un lugar encantador, pero no te dicen que esas vacaciones fueron una sola miserable noche en un hotel y que, cuando tomaron la foto, estaban cansados y de mal humor”.

En todo caso, el hecho mencionado aquí está al alcance de cualquier bípede pensante medianamente interesado en almanaques lo-sé-todo y enciclopedias casi-todo, puesto que muchos de los mitos antropogénicos, por regla general, incluyen los creyentes de las diferentes religiones, visto que éstos se sirven de las vías orgánicas de la iglesia de la que forman parte, para recibir e incorporar esa y otras informaciones de igual o similar importancia… ¡Una eficacia taumatúrgica!

(*) Por si está dispuesto, pase por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”. Allí lo aguardan algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Además, mis libros están en www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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