Olvido


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Durante mi tosco andar por el solapado camino de la vida, fui aprendiendo que llegar alto no es crecer, que mirar no es siempre ver lo que se busca, ni que el hecho de escuchar es oír la melodía que toca en el corazón, así como el hecho de lamentarse no es sentir, ni tampoco acostumbrarse es querer.

Del mismo modo, deambulando con ineptitud en esa misma senda, aprendí que estar solo no es soledad, que cobardía no es paz, ni el hecho de sonreír es estar feliz, y que peor que mentir es silenciar la verdad.

Sin embargo, mi alborozado gorrión de sueños difusos, niña que has venido de tan lejos, remolino con mezcla de furia y pasión, mismo que nuestro mañana continúe a ser un amanecer imposible, tú a mí me seguirás gustando como el primer día en que te vi.

Sé que debo seguir adelante por ese mismo camino que me aleja de todo, pero me encantaría que alguien me dijese antes dónde encuentro el olvido. Alguien que pueda atajar mi angustia y me cure este cruel dolor que me devora las entrañas. Que se lleve de una vez toda esta desesperación que siento por saber de ti.

Sutil visitadora que llegaste a mí en el retoño de la flor y en el agua de la lluvia mansa, me gustaría que el tiempo girase hacia atrás para que vuelvan a llover nuevamente los “te quiero” que nos mojen la boca con besos de miel.

Mi estrella del sur, esplendor de mi alborada, desearía que el invierno robase ya el frío de tu ausencia. Que no existan más noches sin besos y ni besos sin diez minutos.

Tantas veces hemos visto arder el lucero besándonos en la aurora, que me encantaría si nuevamente mis palabras pudiesen conquistar hasta el aire de los silencios. Que la soledad huyese hacia donde habitan los miedos. Que tú volvieses conmigo como si nunca te hubieras ido.

Y si no fuera así, si otro está escribiendo hoy tu nombre con letras de humo, ruego únicamente que alguien me cuente donde puedo encontrar el olvido.

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Amor Materno


41-amor-de-madre

-Ya voy, mi amorcito -anunció la madre con voz tierna, porque en la camita su bebé lloraba desconsolado, mientras de pie, al lado de la hornilla, ella cuidaba la leche que hervía. No sabía lo que debía cuidar primero.

Al final del día, extenuada por los cometidos del hogar, en ese instante su voluntad era de acostarse y no levantarse más. Hasta imaginar algo agradable le resultaba difícil.

¿Qué podía pensar de interesante? Alcanzó a cavilar la madre, de ceño arrugado y boca fruncida. A no ser que su pequeño hijo parase de llorar y que la maldita leche hirviese de una vez para poder alimentarlo.

Cuando finalmente pudo aferrar a su niño, lo apretó cariñosamente contra su pecho y por milagro el cansancio se evadió de su cuerpo, la voluntad que tenía de acostarse desapareció y su corazón volvió a latir rítmico.

Cerró los ojos por un segundo y se sintió feliz; ni parecía la misma mujer de instantes atrás. No había duda que aquél diminuto corazoncito que estaba batiendo junto al suyo, era lo que le daba suficiente coraje para enfrentar sus propias desgracias.

Mientras ella saboreaba del momento y se sentía de espíritu elevado, la puerta de su humilde casa fue abierta de pronto de un puntapié. Era su hombre, que notoriamente venía otra vez borracho.

-Dale, haceme un café -ordenó éste, perentorio.

Como ella se demoraba, el marido le arrancó el crío de sus brazos y lo tiró peligrosamente sobre la cama grande. Sin embargo, justo cuando el hombre se preparaba para bajar el puño con furia sobre su hijo, la mujer tomó una cuchilla y, reuniendo fuerzas extrañas, se la clavó en las costillas varias veces hasta que lo vio caer inmóvil. Había sido una leona protegiendo su cachorrillo.

Entre el hijo y su compañero, el amor de madre habló más alto, y en ese momento crucial sólo pensara en cómo defender la vida de su inocente hijo. La cuchilla estaba a mano encima de la mesa, y ésta se transformara en su único recurso.

Desventura


29- desventura

Desventura, suerte adversa y aciaga que me persigue con rumor de quebrado, oscura sombra de amor que la vida me ha dado, suceso que va en contra de mi deseo y mi interés, ventura de envidia que me maldice por tu estar tan lejos de mis brazos.

Surgí para vivir para siempre entre tus manos, pero hoy me he convertido en movimiento sombrío de nave que deriva en un invierno, en agua que corre como torrente de río revuelto, rumor de ventanas que se cierran, ruido de vidrios rotos, paciencia sagrada de ese cenagoso mar que me impele a andar y navegar por esta tierra fatal.

En otros tiempos se notaba de lejos lo mucho que nos amábamos, teníamos entonces un fuego en la mirada y una inmensa pasión hipotecada en el alma. Sin embargo, aunque los dos éramos tan diferentes, no fueron pocas las veces nos chocábamos, y muchas veces peleábamos, pero lo cierto es que cuando estás lejos, te extraño locamente.

No camines más entre la niebla y los ladrillos, amada mía. Intenta ser feliz en cuanto puedas, vedada criatura de la corte celestial, porque aquí en esta región de extensas penas las injusticias siempre se pagan, porque el dolor siempre se supera y porque los errores al fin nos enseñan.

No sé por qué motivo, hoy me dio por extrañarte más que otros ayeres, por echar de menos tu presencia. ¿Será tal vez porque el amor le deja a uno más huellas que la nada?

Seguramente herido voy sin ir sangrando la vida, por no ser y ser sin que tú seas. Es como una melancolía inaudita, es volver al lugar donde un día fuimos felices, pero esta vez acompañado solamente de recuerdos.

No lo escondo de ti ni de nadie, porque a mí tú me sigues gustando, aunque hoy piense que lo nuestro ha de seguir siendo un amanecer imposible.

Seducción


19- seducción

Bien puede que esta historia tenga su lado cruel como parte de esa misma maldad que existe en este mundo que nos asola, pero, verdadera o no, no deja de ser singular.

…Estaba la joven, cuya silueta se mostraba aventajada a causa que los dioses no la había favorecido en nada con su genética, sentada cierta noche en la mesa de un bar, cuando notó un hombre que la observaba constantemente.

De inicio no le dio mucha importancia, aunque tampoco se hurtó de reparar que éste era un joven bastante bien presentable, de ondulado cabello negro peinado con gel, un rostro recién rasurado, razonablemente bien vestido y con una sonrisa de bellos dientes.

De repente él le hizo una seña y ella le respondió con un leve movimiento de cabeza. Sin más tardanza, él se sentó a su mesa y ellos entablaron una conversación que sonó más o menos formal. Intercambiaron nombres y contaron sus preferencias y sus lugares de trabajo, ella en un banco, él, intelectualmente ocupado en actividades diversas.

Las copas se sucedieron entre amenidades conversadas, y espontáneamente él se fue aproximando a ella y le pasó el brazo sobre sus hombros. Estaba perfumado, lo que en verdad a ella mucho le agradó. Tenía horror a esos olores sospechoso que más se parece a una emulsión de cebolla rancia y vinagre.

Sin otra cosa, apreció que una de las manos le subía por su pescuezo, y dedos exacerbados e inquietos jugaban con su oreja para pronto ir bajando despacito hasta la comisura de sus senos. De inicio, vergonzosa, ella se esquivó un poco, pero fue permitiendo que la mimada exploración avanzase distraídamente… Hacía bastante tiempo que no era acariciada tan delicadamente.

Cuando dio por sí, ya estaban acostados en la cama de su pequeño departamento… ¡Oh, qué noche maravillosa! -pensara ella para sí-, ¡qué desempeño! Y resolvió dormir un poco más, al fin de cuentas era domingo.

-Duerme, mi corazón, que voy a preparar un desayuno como nunca tomaste igual -avisó él, cuando el sol apenas mostraba su cara entera en el horizonte.

Ella se desperezó levemente, murmuró algo insondable, viró su cuerpo y volvió a dormir. También, después de una noche como aquella…

Ella despertó a las diez, preguntando por el desayuno. Al no obtener respuesta, se levantó, cubrió pudorosamente su cuerpo saciado con la sábana arrugada, y fue hasta la cocina, cuando notó, extrañada, que la puerta de servicio estaba abierta.

Su nuevo laptop, el que aún no acabara de pagar, su celular, habían desaparecido junto con el dinero que tenía en la cartera.

Lo que le pareció peor, fue que se quedara sin desayuno y sin el hombre que la había hecho sentirse inmensamente feliz.

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