Los Verdaderos Valores de la Educación


Por estas bandas, a los paseantes callejeros se les ha dado por apuntar que: ¡Errar el tiro una vez, es “Lulice”, pero insistir con la equivocación ya es “Dilmas”!, por tanto, algunos sabrán por qué lo gritan al referirse al ex y a la actual mandataria.

Por su vez, es posible notar que la preocupación por la calidad del sistema educativo público ocupa un lugar cada vez más importante en la agenda de muchos. Con ella aparece la inquietud de mucha gente que cree que la sociedad ha ido perdiendo ciertos valores con el paso de los años.

Dentro de este contexto, la educación pública parece ser una herramienta válida para formar a los jóvenes en esos valores. Sin embargo, cuando se analiza mejor el tema, las conclusiones terminan siendo diferentes. Antes que dedicarse a formar en valores, la enseñanza tiene que cumplir con éxito sus tareas elementales… Pero hoy estamos muy lejos de lograrlo.

Como consecuencia, tenemos una educación pública de resultados espantosos y que atiende sobre todo a los jóvenes de los tres quintiles más pobres de la sociedad. La mayoría de ellos salen sin adquirir las destrezas mínimas para poder desenvolverse en la vida económica activa. No saben calcular un porcentaje o una regla de tres; no entienden un texto cuando lo leen; no son capaces de manejar la gramática y la ortografía de forma de que se entienda lo que quieren transmitir al escribir un texto.

Por tanto, lo que en realidad tenemos, es una educación pública cuyos sindicatos están dirigidos por docentes sin ningún convencimiento democrático y republicano. Peor aún, cuando vemos que allí son capaces de editar un libro de texto para sexto de escuela con gravísimos errores históricos, o con un tremendo sesgo político partidario pro-tendencia izquierdista, sin que a (casi) nadie se le mueva el bigote.

Y es allí que vemos también muchos comunicados y declaraciones gremiales que adhieren a una lógica corporativa-fascista; y muchas veces, explícitamente, reniegan del orden político liberal y de los principios de economía de mercado que nos rigen.

Por consiguiente, antes de abrir el juego a que estos actores sindicales-docentes eduquen en valores, los representantes del pueblo debieran de asumir la realidad educativa-corporativa-antiliberal que moldea hoy a la educación pública y, de una buena vez por todas, no transigir más con ella.

Hoy, una educación pública que quiera ser laica o no, no puede promover una formación en valores cuyos protagonistas terminen siendo los grupos radicales de izquierda. Porque en realidad, ellos son parte del problema de la decadencia de nuestra educación.

Juzgo que precisamos menos blablablá ideológico-discursivo y más compromiso con obtener buenos resultados en la enseñanza de saberes concretos, sobre todo en la población joven de los estratos más pobres, que en realidad son los de cultura más frágil de nuestra sociedad.

Cuando vemos que un ministro se queja de la evolución de la educación pública, no hace más que señalar el sesgo totalitario de su gobierno. Plantea, claro está, un problema de valores. Pero lo hace desde la perspectiva nostálgica conservadora, y no desde la exigencia de calidad que asegure a los jóvenes acceder a conocimientos elementales que les permitan más tarde insertarse en la sociedad.

Precisamos evaluar saberes; ejercer la autoridad; definir premios y castigos que fijen límites y que reconozcan esfuerzos; verificar todo esto en la enseñanza real de destrezas, y no en cursos de valores que terminarán siendo definidos por la autonomía de las corporaciones de la educación pública.

Por tanto, mi amigo, buscar un nuevo camino para mejorar la educación pública sin temer a los agravios que llegarán desde la hegemonía cultural de izquierda, es sumar nuestra esperanza al aire fresco… Juntos puede que lo logremos.

(*) Si quiere continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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El Exterminio por su Nombre


Es verdad que nuestros años felices no están necesariamente asociados a las mejores épocas de la historia. Esto es universal y, en biografías o memorias autorizadas, muchas celebridades afirman sin ninguna hipocresía, que han sido dichosas durante épocas de guerra, ocupación de ejércitos extranjeros y dificultades económicas.

En todo caso, a mí me gusta y me alegra poder ver y comprobar que el mundo no se detiene y que, junto a lo malo, lo bueno lucha por hacerse un lugar en la historia, no obstante, en cada cambio, en cada evolución, en cada “nueva ola”, se perciba el mismo ímpetu y el mismo “gustito a prohibido” de mis años jóvenes de desafío y ruptura.

Pero para quien aprecia discurrir sobre un tema ya recontra debatido, algunas veces es interesante descubrir nuevas fuentes de peritaje. Digo esto, porque en su libro titulado “Tierras de sangre – Europa entre Hitler y Stalin”, el señor Timothy Snyder da a conocer los resultados de la investigación que realizó pacientemente en torno a las atrocidades perpetradas por esos dos sanguinarios tiranos.

En tal compendio, este profesor de la Universidad de Yale, doctorado en Oxford y, además, catedrático en Harvard, nos proporciona informaciones estremecedoras respecto a la muerte y sufrimientos de decenas de millones de seres humanos, que fueron propiciados por los regímenes que encabezaron estos dos totalitarios, los que por suerte, sus huesos hoy reposan en el fondo del basurero de la Historia.

Todos ya sabemos -incluso los recalcitrantes y agraviantes de tintes neofascistas, marxistas y neófitas de toda índole-, que dichos jerarcas, tanto el fascista como el comunista, no se cansaron de emplear los exhaustivos y abominables métodos de exterminio en masa. Por lo tanto, no es necesario reiterar aquí que sus víctimas se cuentan por decenas de millones.

Sin embargo, creo que hay que subrayar que en aquella época, preferentemente, a los intelectuales altivos, entre ellos incluyendo a escritores y periodistas, se les acosó o se asesinó con odiosa brutalidad.

Para justificar sus crímenes y más desaciertos, ambos autócratas crearon sus propios periódicos hiperoficialistas y leyes en contra de la libertad de expresión. Todo, porque consideraron a la prensa independiente como una fábrica de intoxicación mental ciudadana y el vehículo de difamación dirigido hacia los gobernantes.

Por tal motivo, en sus consignas, resultaba ser imprescindible que todo medio de comunicación pluralista fuese sometido primero al juicio del comisario de propaganda o desaparecido inmediatamente sin más trámite.

Fue así que el periodismo que no se sometía al poder dominante, era considerado como de traición a la patria, y por ello idearon represivas leyes de prensa.

Claro que no somos siempre iguales ni queremos exactamente lo mismo, pero el deseo imperioso de ser diferentes e irrepetibles, alienta la lucha que cada “moderno” entabla todos los días contra la mediocridad y el quietismo… Incluso en el Parlamento.

Se sabe que es allí que volverá dentro de poco la palestra sobre el proyecto de la ley de mordaza a la prensa. Y es justamente allí, que los asambleístas demostrarán quiénes son dignos del respeto y la gratitud de las generaciones futuras, para no tener que dejar el tiempo pasar y tener que llegar a viejo con las ilusiones perdidas y los sueños archivados, sin la fuerza y el coraje para volver a enamorarse de alguien o de algo, perdidos en un mundo sin referentes y con otras ideas acerca de lo que la existencia humana significa… ¡Fascinante!

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