Ameritando


Unos ya nacen sin necesidad de poner mucha voluntad por ameritar toda la fama que por casualidad en vida les toca. Otros, no obstante, sobre seguro se merecen otros bemoles no tan misericordiosos que se diga.

Es que siempre existirá un precio a desembolsar cuando un determinado individuo elije ser es un célibe mujeriego. Tarde o temprano las mujeres empezarán por abrumarle la vida, momento en que se cansará de las chicas, semidiosas de cuentos de hadas, semiluciérnagas de la noche, y cierto día la cortina caerá y se pondrá romántico y tonto, minuto en que empezará la búsqueda por alguien a quién se ligó fuertemente en el pasado. Mejor dicho, por un tipo de mujer que con sus armas nunca podría competir con la emoción de sus encuentros fugaces. Desde ese día en más, a medida que pase el tiempo, el individuo irá de asombro en asombro, de estupor en estupor, al hallar que las nadas de sus ayeres rebosan de toda insignificancia.

En estos casos, cuando el estupor nos invade el alma, es porque ya andamos cerquita de la orilla de la vida, junto del final de la existencia o, como quien dice, en busca de la sepultura que paciente nos espera, para adentrarnos luego en un nuevo e insólito mundo que en un cerrar de ojos se convierte en nada, aunque, eso sí, dentro de sus murallas es posible escuchar voces de rostros que son máscaras.

Por eso que en este mundo nuestro, todos andamos en estado de alerta cuando llega el atardecer, momento en que se cierran los párpados, que, como pesadas cortinas de un bufo escenario, nos deja solísimos, pensando en lo que fuimos pero sobre todo en lo que no fuimos, hasta que nos abrace el sueño.

Sin embargo, percibo que no debemos rendirnos, ya que la vida es justamente eso, continuar el viaje, perseguir los sueños, destrabar como sea el tiempo, correr los escombros para finalmente destapar el cielo.

Sinceramiento


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Yo a usted le podría comentar mil cosas, como si fuese un sinceramiento de los sentimientos que ha despertado en mí, porque, en verdad, a medida que transcurre el tiempo, voy de asombro en asombro, de estupor en estupor cada vez que la veo y usted me sonríe.

Al principio, luego de verla pasar, sentía sonar en mí modestas y molestas campanillas. Pero mis resquemores no demoraron mucho para convertirse en un tañer enloquecido de campanas que suenan rotundas en mi cabeza.

En realidad, la primera vez que la vi, usted estaba de espaldas a mí. La miré con indiferencia hasta que entró a donde iba. No le presté más atención que la que hubiera prestado a cualquier otra mujer que merodeaba por la calle aquella mañana, y cuando cerré la ventana y volví a mi rutina, ya lo había olvidado.

Pero verá usted que después de aquel instante hay tantas cosas a decir, que se me hacen imposibles de explicarlas, y reconozco que no sé cómo decírselas, aunque bendito sea el momento, la hora, el día, el mes y el año, en el cual su encantadora mirada se encadenó al alma mía.

Entre usted y yo no ha acontecido nada sino la vaga soledad de nuestras miradas, acaso demasiado cotidianas si se quiere, como para no recordarlas. Somos tan distintos, tan opuestos, tan ajenos, que creo que es ahí donde está la conexión, y esa es justamente la coincidencia, lo que no tenemos en común.

Y, créame, no se trata de si yo la echo de menos a las tres de la tarde cuando estoy ocupado, y sí a las dos de la madrugada cuando estoy solo. Al final de cuentas, usted se ha convertido en una dulce pesadilla, debo decirlo, pues el problema no es su presencia en mis sueños, sino más bien su ausencia en mi realidad.

La escogí a usted. Sí, a usted, porque me di cuenta que encontró mi punto débil, y ha sido la única que descubrió la manera irreprochable de calmar mi alma indomable.

En fin, la escogí, porque me di cuenta que valía la pena, valía los riesgos, que valía la vida.

Hipnotizado


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Toda vez que mis ojos se cruzaban con su hipnotizadora mirada, era como si mi alma se precipitase a un abismo de confusión, al mismo tiempo que mi cuerpo parecía flotar como esas boyas marinas que se ven ancladas a lo largo de la costa, sacudidas con frenesí por la furia de la tempestad en alto mar.

Quedaba tan fijo mirándola y tan arrobado, que todo desaparecía en derredor mío, menos su esbelta figura, su rostro sonrosado como pétalo de rosa, y esas pupilas tan verdes, tan profundas como un inmenso océano de paz.

La primera vez, supuse que ella me sostenía la mirada por puro estupor, por verme tan enajenado. Sospeché que ella me consideraba su estúpido esclavo, o un inconsciente cualquiera. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que me sonreía levemente, con una casi inapreciable mueca que se desprendía de sus labios sensuales de carmín, rojos como cerezas maduras. Entonces creí morir.

Desde ese día en más, pasé a soñar con ella cada noche. En mis divagaciones, ella me colmaba de atenciones, me rendía sus favores, sus dedos de seda me cubrían de suaves caricias, y me hablaba con una dulce voz que se asemejaba a un himno gigante y extraño que anuncia en la noche del alma una aurora y una cadencia que el aire dilata en las sombras nocturnas.

En los remates de mis delirios, como en cuna de nácar que empuja el mar y acaricia el céfiro, al dormir sentía el blando arrullo de sus labios entreabiertos. Entonces me di cuenta que existen besos que se dan con la mirada; pero también hay besos que se dan con la memoria.

¡Ah, qué deleite! Incluso despertar a la realidad de su ausencia me resultaba un raro y hermoso placer. Sentía que ella estaba ahí, aunque lejos de mí, pero habitando bajo el mismo techo.

A pesar de que sólo me parecía verla esporádicamente, muy tarde de una tarde cualquiera mismo siendo noche ya, a todo instante me llegaba su calor y su presencia.

A causa de mi hipnotizada colosal pasión, el apetito me abandonó. Siempre he sido presa fácil del mal de amores; esa dolorosa enfermedad del alma que para algunos pasa tan rápido como un catarro, mientras que a otros los deja bastante descompuesto de ánimo el resto de sus días.

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