Estos Chicos Están Paranoicos


Como era de esperar, acabó sucediendo lo que ya era previsible: el escándalo del espionaje electrónico por parte de los Estados Unidos se ha ido diluyendo hasta quedar en una tímida protesta. Su protagonista ni siquiera prometió enmendarse, pero sugirió, evitando excesos, limitarse a sólo recabar datos para la defensa de su país; dejando en claro que será él quien determine los límites de sus potestades.

Ni siquiera mostró entusiasmo por suscribir un tratado multilateral sobre el tema. En síntesis, el caro leyente ya imagina que nada cambiará demasiado y la marcha de la humanidad seguirá su incierto camino, mientras el premio Nobel de la Paz, el hombre cuyo ingreso a la primera magistratura auguraba renovación y cristalinidad, seguirá desde su comando terráqueo fisgoneando a quien le parezca, sea amigo o enemigo. Nada de lo cual se asemeja, ni por asomo, a la democracia cosmopolita añorada por Kant, o siquiera a una decente organización como pudieron haber sido las Naciones Unidas.

Pero por favor le ruego, no infiera el cándido lector que esta situación es producto de la maldad del actual presidente norteamericano, un hombre probablemente débil, que se siente apresado por mecanismos que no tiene posibilidad de desarmar. Tampoco obviamente de su pueblo, en general crédulo y amable, confiado en Dios y concernido por los cincuenta kilómetros de radio que circunvala a cada uno de sus integrantes.

Más bien, le diría que todo es consecuencia de una conjunción y suma de factores históricos de diferente naturaleza, algunos sistémicos, otros azarosos, que de alguna manera llevaron a que la civilización terminara como luce actualmente. Con un país científica, militar y tecnológicamente a la cabeza (tanto, que es más poderoso que todos los restantes unidos), se nota un pelotón tímido y mediatizado que lo sigue con dificultades sin lograr nunca alcanzarlo, y más atrás todavía, otro grupo exhausto y multivariado que mientras marcha recoge lo que puede, le queda o le dan.

Por último, y ya a una cierta distancia, en la bruma y receloso, avanza un cuarto agregado, cejijunto, frustrado, guiado por un Dios iracundo, que cuando puede, -lo que por suerte ocurre pocas veces-, tira piedras a todos los restantes. Normalmente con hondas, a veces hasta con misiles.

Para peor y salvo las medidas reacciones chinas, exclusivamente económicas y muy a largo plazo, las diferencias de poderío tienden a agravarse. Pese a las crisis. Ya no son únicamente los Estados que lo integran, pues ahora se distinguen por su poder las propias sociedades y sus instituciones y empresas. No podemos olvidarnos que Google, Facebook, Microsoft, Apple, son norteamericanas o controladas por ellos y todas firmantes del “Patriot Act” del excéntrico apocalíptico George Bush.

Sus servidores, diseminados por todo el mundo, están a la orden de la Agencia de Seguridad Nacional de los EE.UU. Claro que lo mismo ocurre con los otros complejos del ensamble militar industrial. Como consecuencia la dominación es ubicua, está en los poros de la sociedad, incluso aquí, en esta modesta nota que será enviada por sus redes en nuestro irrelevante país.

En realidad, lo preocupante es que el superespía está amilanado y asustado, pues el 2001 no le fue indiferente, cuando lo agredieron en su cerno, lo que mostró que cualquier proyectil puede herirlo y que la dominación tecnológica no resulta suficiente frente a las dimensiones aniquiladoras de la propia tecnología.

La razón instrumental, diría el sociólogo alemán Theodor Adorno o hasta Max Horkheimer, -pensador afín con quien comenzó una larga y fructuosa colaboración-, al fin ganó la batalla. Por eso nada permite que seamos optimistas ni pensar en un futuro igualitario de un auténtico diálogo internacional. El mundo está por primera vez hegemonizado por una potencia en situación paranoica… Y así continuará en lo previsible.

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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