En Busca de la Estilometría del Escritor


Recientemente fue noticiado en los medios, que meros científicos estadounidenses acabaron por dar una de Mandrake, -aquél mágico personaje creado en 1934 por Lee Falky-, cuando anunciaron el descubrimiento de un “algoritmo” que, de nada, permitiría predecir con cierto grado de acierto, si un libro será un “bestseller” o se convertirá de pronto en el infortunio y la frustración del más afanado escritor.

Resulta que ese conjunto ordenado y finito de operaciones que permite la solución de un determinado problema, sería de por sí la nueva técnica desarrollada por los investigadores de la neoyorquina “Universidad Stony Brook”, con lo que de ahora en adelante se permitirá predecir con una certidumbre del 84%, si un libro inédito será un exitazo de ventas o un rotundo fracaso cuando se llegue a publicar. Evidente que dicho servicio, sin duda, concitará el interés de autores y editores de nuestro orbe.

Para tanto, los científicos tuvieron que analizar más de 40.000 libros de todo tipo de género, índole y calaña para cotejar los resultados. Cuentan que la lista de textos analizados incluía algunos clásicos como “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens, y algunos éxitos más recientes, como “El símbolo perdido”, de Dan Brown.

Esta nueva técnica, que pasó a ser llamada de “estilometría estadística”, busca las diferencias existentes entre la literatura de gran éxito y la de obras literarias menos demandadas. Para lograrlo, se utiliza de grandes cantidades de datos a fin de definir las variaciones en el estilo literario entre un escritor o un género y otro.

Durante la investigación, se dice que trabajaron tanto sobre “ebooks” como en libros en formato papel. En el primer caso, el éxito de una obra se establecía revisando sus cifras de descarga en “Amazon”. En el segundo, los registros de ventas de librerías.

Según presupone la investigación, un alto porcentaje de verbos, adverbios y palabras extranjeras podría ser la razón por la que algunos libros fallan comercialmente. Esto también puede estar relacionado con el uso de verbos y sus respectivas conjugaciones que describen de manera explícita acciones y emociones, incluyendo expresiones como “buscar”, “se lo llevó”, “prometieron”, “gritaban”, y “aplaudieron”. Por tanto, estos libros poco exitosos también pueden haber fallado por apelar de manera excesiva a palabras “cliché” tales como “amor” y otros etcéteras.

Por el contrario, los doctos intelectuales notaron que los libros más exitosos usan más las conjunciones “y”, “pero”, u “o”. Aunque también incluyen más verbos que hacen referencia a procesos mentales, como “reconocer” y “recordar”, reveló el estudio.

Yejin Choi, el profesor asistente en la “Universidad de Stony Brook”, explica en declaraciones citadas por el periódico “The Independent”, que: “Predecir el éxito de las obras literarias plantea un dilema enorme tanto a los editores como a los aspirantes a escritores”… “Sobre la base de las novelas de diferentes géneros, determinamos la capacidad de predicción de la “estilometría estadística” para discriminar las obras literarias de éxito, e identificamos los elementos estilísticos que son más prominentes en los escritos de éxito”, agrega el analítico docente con una grandilocuencia catedrática.

“Nuestro trabajo es el primero que proporciona información cuantitativa sobre la relación entre el estilo de escritura y el éxito de las obras literarias”, agrega con concluyente engreimiento en su manifestación explicativa.

Así que, apreciada la presente materia y ya dispuesto a poner mis barbas en remojo, momento justo en que paso a recordar el embrión que fui y el viejo que jamás seré, siento pena que la libertad de expresión acabe justamente cuando no haya más nadie dispuesto a defenderla al abrir mano de la insensatez literaria-materialista del orbe, donde cualquiera con dos dedos de frente puede notar que no se ejerce más la alegría de las cosas vanas para esquivarse de la magia de tergiversar hasta de la belleza poética de un Rimbaud… ¡Pura superstición matemática!

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Un Caso de Castración Perpetua


Totalmente polimorfo y buscando exhibir siempre el lado adverso de los tapetes, ya que algunas veces, soterrados por las malezas del oficio, ciertos terráqueos salen por ahí buscando dar un tiro en la noche, dejaré entonces fluir la narración utilizando otros modelos profesionales que me lleven a resbalar en la Nada, que es para poder estar más próximo de los dioses y, claro, mordisquear la perfección, mismo sabiendo que ella es intangible.

Sabedor de que tan filosófico pensamiento origina en el más distraído lector lecciones altamente dignificantes, e independiente de quererle recordar que el escritor John dos Passos, por ejemplo, se inició en la vida trabajando para el famoso Dr. Scholl, comunico que, de acuerdo con lo que informó hace unos días la prensa local, un tribunal del estado de California, Estados Unidos, terminó por condenar a prisión perpetua a una mujer que decepó el órgano genital de su ex-marido y, enseguida, tiró aquél flácido pedacito en una lata de basura…

Por consiguiente, es de creer que la referida mujer, razonando que dicho trabajo la ennoblecería, y que después de ejecutadas con perfección las lides operacionales mencionadas, el resultado obtenido permitiría que de allí por delante su ex sufriese más y gozase menos, por tanto no le tembló la mano ni la faltó filo al cuchillo.

En todo caso, la sentencia dictada por el referido tribunal de “Orange County” terminó por condenar a Catherine Kieu, de 50 años, a pasar el resto de su vida en la cárcel por cometer crimen de mutilación grave y tortura, aunque, penitente con el resultado de tal condena, la Corte estableció la posibilidad de que ella sea puesta en libertad condicional después de siete años… Qué es para que aproveche mejor los años que le restan.

El siniestro caso ocurrió en julio de 2011, cuando por entonces la pareja preparaba los trámites de su divorcio, y el que terminó por ser formalizado un mes después.

Pero según mencionó el juzgado con relaciona a su diestra maniobra, el promotor de acusación apuntó que Catherine llegó a drogar a su ex-marido con remedios y lo amarró a la cama; después le cortó el pene con una cuchilla y tiró aquel insipiente pedazo en la lata de basura de la cocina.

Por otro lado, los abogados de Catherine alegaron que la mujer había sufrido abusos sexuales cuando era niña en su país de origen, Vietnam, y también ocurrió por parte de su ex-marido, de 60 años, cuja identidad no fue revelada… Sólo autorizaron comentar la identidad íntima del individuo.

A su vez, los defensores de la castrada víctima, de 60 años, afirmaron que la agresión le hizo perder parte de su vida y de su identidad… Y ahora ha quedado imposibilitado de poner su firmar en otro lugar.

En tiempo, menciono que cuando la policía le preguntó a Catherine cuál era el motivo de su acción, ella les respondió que el hombre tuvo lo que merecía, según estampó en su editorial el periódico “Los Ángeles Times”.

Como se sabe, mi bienquisto lector, en el suceso de estas cuestiones a veces la conciencia tiene una puntualidad intestinal, lo que torna algo complejo de entender el resultado, y pasa a exigir del leyente algún esfuerzo intelectual para lograr asimilar esas epifanías milagrosas que ocurren con frecuencia, a no ser, claro, desde lo alto de su liliputiense grandiosidad, entender de vez que: “ser sobrio no es ninguna virtud; sobre todo cuando se tiene pequeños vicios y grandes ideas”… ¡Impresionante!

(*) Si quiere continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

“Al Final, Ganarán Ustedes…”


Todos los abusadores del poder se las arreglan, y de alguna manera se las rebuscan para encontrar algo con que ganarse la confianza del pueblo. Cualquiera de ellos ataca lo que la gente más pide y reclama -que siempre pasa por el bolsillo-, o por reprimir, fusilar o aniquilar a un grupo social-étnico-político-religioso que se supone ser el culpable de nuestros males de hogaño.

El problema surge después, cuando el abusador nos pasa la factura y, a cambio de “ese remedio”, nos tenemos que bancar “la enfermedad” que inevitablemente atacará al pueblo. Y todo esto ocurre porque somos animales sociales, que cuando nos sacan las reglas de humanidad y respeto y nos largan a la jungla, pasa a ser un sálvese quien pueda, del negocio fácil, de la falta de escrúpulos y de la ley del más fuerte, lo que la larga nos hace entrar en un espiral de violencia que sólo genera más desastres.

Claro que no debemos entregarnos de pies y manos atados a quienes nos ofrecen salvaciones milagrosas a cambio de nuestra libertad, de nuestra dignidad y de todo lo que hemos recibido como legado de nuestros mayores.

Para enriquecer lo aquí dicho con un buen ejemplo, hago referencia a la obra “Recuerdo de la muerte”, una novela sobre la dictadura, la represión y la izquierda armada en Argentina, en la cual el escritor Miguel Bonasso incluye una valiosa reflexión sobre lo que muchas veces determina la victoria en una guerra.

En una de las escenas más conmovedoras, el protagonista, Jaime Dri, a su paso por la tristemente célebre “Escuela de la Mecánica de la Armada”, tiene la oportunidad de conversar con uno de sus deprimidos torturadores.

El verdugo, totalmente consciente de la siniestra naturaleza de los interrogatorios y asesinatos que están llevando a cabo, le vaticina que “al final, ganarán ustedes”. La predicción del atormentado militar no tiene nada que ver con resultados económicos, proyecciones políticas o dinámicas sociales, sino con meras consideraciones morales.

Con el sentido común de un humilde soldado, el uniformado le confiesa la podredumbre de la oficialidad militar que ha atestiguado: la extensión de la mentira, los incontrolables bacanales, el robo generalizado, la prepotencia y el abuso hacia los subordinados. Al ver eso, y contrastarlo con la serena y educada naturaleza de la mayoría de los detenidos, el torturado no puede sino descartar toda la retórica política de los represores como un engaño y concluir en que, al final, triunfarán los mejores.

En el caso específico de Argentina, -aunque en menor o mayor grado también ocurrió en otros países de nuestro continente-, fue particularmente nauseabundo el hecho de que la élite militar, más que una sacrificada vanguardia anticomunista, resultó ser una banda de ladrones de inmuebles, empresas, vehículos y hasta niños, movida por la codicia y dedicada a desaparecer en vuelos de la muerte a los legítimos propietarios. Procesos muy similares carcomieron a imperios desde la Antigüedad hasta el siglo XX.

La idea es que la gente, por más sencilla, siempre sabe distinguir el bien del mal. Así, el derrumbe de un régimen depende principalmente de la velocidad a la que se perviertan sus cabecillas y, sobre todo, como advertía Maquiavelo, de la prontitud con que el pueblo empiece a percibir la verdadera naturaleza de sus gobernantes.

Pero muchas veces el vulgo se deja atraer por retóricas frases que parecen salir de cerebros aletargados y sin grandezas, que se animan a comentar: “A mi no me hizo nada”… “Mató pero no robó”… “Robó pero hizo”… “Fue culpa de los gobiernos anteriores”…, y este mismo populacho que se ha dejado llevar por facundas elocuencias, ya no dormirá más con la conciencia tranquila pues se sentirá cómplice de esos aventureros que llegan al poder prometiendo hacer todo lo que el anterior no hizo de cualquier manera y a cualquier precio.

Por lo tanto, creo que nuestros burócratas de plantón deberían pensar, si no en decencia, al menos en relaciones públicas… ¡Pero lo mejor, es mantenernos de ojos abiertos!

La Juventud de hoy Debería Leer Dickens


Aprovechando la efeméride, destaco que dentro de pocos días se celebra el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, el genial escritor inglés que fascinó a varias generaciones con sus relatos colmados de comedias y desventuras, de risas y llantos. Fue un gigante de la literatura que en cierto sentido parece ser uno de sus propios personajes.

La historia registra que Dickens nació en un hogar relativamente próspero que por infortunio rápidamente se deslizó hacia la pobreza, con lo que se produjo algo que golpearía para siempre al futuro escritor: la prisión por deudas de su padre.

En pocos años, el joven Dickens pasó de una infancia feliz a una existencia penosa: a los 12 años trabajaba 12 horas al día en una fábrica, donde le pagaban apenas algunas monedas y de la cual salía agotado y bañado de mugre.

Pero Dickens estaba decidido a salir adelante y a pesar del pésimo manejo del dinero que hacía su padre, contaba con su apoyo y con el de su madre. Ambos progenitores insistieron en mejorar su educación a cualquier costo y le consiguieron un empleo de oficina, del cual pronto derivó hacia la taquigrafía, el periodismo, la crónica parlamentaria y otros escritos que empezaron a rendirle cada vez más dinero.

Con “Pickwick Papers” publicado cuando tenía tan solo 24 años, saltó a la fama y avanzó como dando zancadas, de triunfo en triunfo. De ahí en adelante, su ascenso fue fulgurante y cobraba prácticamente lo que deseara por sus obras. Puede afirmarse que llegó a tener una riqueza que hoy equivaldría a varios millones de dólares.

Explorando su genialidad y la agudeza de análisis que le permitía criticar con humor a la sociedad, siendo un habitué de los pubs, cuentan que situó parte del romance “Nuestro amigo común” en el pub “Trafalgar Tavern”, en Greenwich, Londres.

Cuando murió en 1870, era famoso mundialmente y ya hacía doce años que vivía en Gad´s Hill Place, la casa que de niño había admirado, mientras paseaba con su padre, quien le aseguraba que si trabajaba duramente algún día podría habitarla.

A su muerte, Longfellow escribió: “Yo nunca supe de la muerte de un autor que causara un duelo tan general. No es una exageración decir que todo el país está golpeado por el dolor”. Puede agregarse que fue más que toda Inglaterra: ocurrió lo mismo en todo el mundo civilizado.

Aprovechando el paso del tiempo, doscientos años después de aquel nacimiento no se puede dejar de reflexionar sobre la vida de aquel escritor que seguramente quedaría asombrado si pudiera asomarse a nuestro tiempo. Una persona cuya desventura personal profundizó su visión, afilando sus críticas sociales sin que dejara de lado su humor y su romanticismo.

Sin embargo, supo como superar los desafíos que la existencia le colocó en el camino, pero como dijo Edgar Johnson, “en esta tensión entre su éxito público y su insatisfacción profunda, en respecto del mundo que lo premió pesadamente, descansan el drama y la tristeza de su vida”.

Claro que no podemos dejar de lado que lo estamos avizorando desde la óptica del 2012 a partir un rincón cualquiera de esta aldea global. Por tal motivo, es válido pensar que este mundo de hoy,  muy probablemente le resultaría incomprensible.

Yo, el carismático lector y a muchos más, nos cabe preguntarnos: ¿Qué diría Charles Dickens ante los jóvenes que hoy no trabajan ni estudian? ¿Podría interpretar a esta generación del siglo XXI? ¿Entendería cómo se fue desarrollando esa realidad en una sociedad democrática donde los estudios en todas sus etapas son gratuitos? ¿No quedaría estupefacto ante quienes han soñado con destruir esa sociedad? ¿No estaría seguramente más allá de su comprensión la criminalidad sin sentido que azota a nuestra realidad diaria?…

Claro que Dickens ya no nos puede brindar respuestas directas. Sólo nosotros podemos imaginar respuestas releyendo sus siempre vigentes obra y biografía… Y los políticos y gobernantes… Bueno, esos no saben interpretar lo que leen… ¡Una pena!

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