Sencillez


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Hurgando en los mamotretos, además de insectos y toda su escabrosa parentela, encuentro el registro que dice que la sencillez corresponde a algo simple que es formado de un solo elemento que carece de lujos aparentes o adornos, sin composición ni complicación, algo fácil de comprender y hacer, que no posee un artificio retórico. Un asomo que es de carácter natural y espontaneo, y que tiene menos cuerpo o volumen que las otras cosas de su especie.

Esas son explicaciones que se aplican al burdo material, a lo tangible, sobre algo que nuestros dedos pueden palpar, pero que de igual forma es una virtud visible a los ojos perceptivos del ser humano, visto que esa palmaria actitud representa humildad, candor, simpleza y afabilidad entre otras cosas por el estilo.

Sin embargo, poseer esa cualidad especial y privativa, pasa a ser, a su vez, uno de los ingénitos sustantivos más complicados de exteriorizar en cualquier rincón del mundo en que vivimos o en el lenguaje que le apliquemos.

Esto se debe a que cuando una persona es sencilla en su substancia como también en sus actos y palabras, incluso en el lírico plectro de su instinto y percepción de la vida, ésta corre un enorme riesgo de ser catalogada de inmediato como un ser tonto, un alucinado, un bobeta soñador que anda por las esquinas de la vida desparramando utopías insanas llenas de exaltación poética.

Con todo, es fácil percibir que esos mismos censores de los actos ajenos que hacen profesión de desconfiar de todo lo que los circunda, mismo que no los entiendan, les parece que tienen cierta destreza innata para avanzar por fuera del misterio, haciendo de su ignorancia una forma inédita de indiscreción. Tal vez estos sean, no lo dudo, seres que se afanan en no ser, y, especialmente, en no parecer sencillos.

Esa altanería, esa pompa, su soberbia, son su concha de carey protectora, y se olvidan que en la sencillez, jóvenes y viejos, hombres y mujeres o el género que sea, se amparan y a la vez se comprenden, en cuanto esos que caminan por el laberinto de la complejidad de proceder anidan entre la desconfianza y los rencores, sin tener en cuenta que la muerte es el vértice de la sencillez.

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Las Fachadas de la Estupidez


Por la década del setenta, y de eso ya hace 40 años, Nueva York ya sorprendía por la enorme cantidad de graffiti pintados en ambos lados de los vagones del tren subterráneo de la ciudad. No consistían en palabras sino mayormente en números, y poco después se supo que esas cifras correspondían a la calle de Manhattan en que vivía el graffitero, como manera sintética de identificarse.

En aquel momento, muchos ciudadanos neoyorquinos se quejaban de esa decoración incontenible, pero varios años después uno de aquellos vagones pasó a integrar la colección del MoMA (Museum of Modern Art) como ejemplo del arte popular contemporáneo. Cabe agregar que en casi todos los casos, los graffiti del subway estaban trazados con notable destreza, acreditando el oficio del autor como muralista improvisado y como furtivo ejecutante artístico de aquella intervención urbana.

El leyente también puede alegar que lo dicho no significaba una novedad mundana, pues ya existían los graffiti en los muros de Roma en la antigüedad imperial de esa urbe, muchas veces satirizando a personajes públicos. Empero, lo que tenemos, es que el hábito renació en tiempos modernos donde esa práctica se aplicó al comentario político, a la exaltación o al repudio de ciertas notabilidades, incluso a letreros sentimentales o a frases humorísticas que pueden tener ingenio.

Un ejemplo de lo mencionado estuvo figurando no hace mucho sobre una pared frente al Parque Rodó, en Montevideo, en donde constaba una alusión a dos celebridades de apellido Marx que no tenían parentesco entre sí. En la mencionaba inscripción pudo leerse: “Si Groucho hubiera escrito El Capital…”, frase que seguramente aspiraba a comentar sobre un libro que cambió la historia y que hubiera mudado más aún si hubiese estado regado por la saludable comicidad del actor norteamericano y no por la solemnidad del teórico alemán.

En todo caso, imagino que conviene destacar la presencia de los graffiti en la actualidad, porque en varias ciudades se ha explayado una oleada de graffiteros sumamente capacitados para su espontánea práctica de ese muralismo que dignifica el fenómeno, embellece algunos muros inexpresivos, registra la capacidad de sus autores y sirve en ocasiones como testimonio de una época. Por tanto, dependiendo del lugar donde se vive, cualquier caminante interesado puede detenerse frente a las creativas imágenes que se despliegan en inúmeras calles de diversos ayuntamientos mundanos, y regalarse los ojos con obras de muy buen gusto e ingeniosidad de artista.

Empero, tampoco todo el entusiasmo de los graffiteros llega a ser estimable no sólo para los ojos del que los observa. Tanto es así, que la mayoría, colocados al margen de esas apreciables excepciones mencionadas anteriormente, consiste en torpes letreros con referencias futbolísticas, políticas o antisociales, que carecen de la mínima soltura caligráfica y se limitan a ensuciar y desfigurar paredes o monumentos sin otro fin que el desahogo de pasiones o fobias resueltas pobremente, emplastando a veces el local con tropiezos ortográficos que nos llevan a lamentar doblemente esos desplantes, y haciéndonos cavilar que cuyos responsables ya no son artistas involuntarios, sino que son individuos mediocres en busca de alardes más cercanos a la paranoia que a la maestría, y ciertamente más emparentados con la intención de perjudicar la propiedad ajena, que con el impulso de ilustrarla.

Como en cualquier otra ocupación humana, en el catálogo de los graffiti hay muchísimas muestras de talento y de imaginación loable, pero también hay millares y millares de ejemplos de estupidez… En cualquier caso, los muros y los monumentos de una ciudad son también depositarios de esa diversidad cultural que nos rodea.

(*) Si es de su interés continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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