Sé que te Veré


87-te-encontrare

Mientras el alma esté en la tierra, ella siempre ha de necesitar un cuerpo en el que habitar; no obstante dentro del contexto secular y perecedero en que nos han encajado sin pedirlo, lo aconsejable es uno no ponerse a mimar demasiado el cuerpo, como para que éste no vaya a pensar equivocadamente y se crea que él es más importante que nuestros sentimientos.

Estoy convicto de que mis años vividos ya son historia; eso es algo que ya nadie puede quitármelo. Más tarde me ha de llegar la vejez con sus achaques y demás malestares a cuestas, así que por ahora mí consuelo es animarme con reflexiones consoladoras y entregarme a pensar en ti, Maga de mis sueños.

Por eso me gusta pensar que voy a verte. No sé en qué lugar, ni en qué estación o bajo qué circunstancia. No sé si será hoy, mañana, dentro de un par de años o en otra vida. Tampoco sé si ese encuentro ocurrirá siendo niños, jóvenes o ancianos; en forma de personas, o en una conjugación de agua y piedra, de luna y estrellas, de flor y tierra o como lluvia y cielo. Pero igual me gusta pensar que voy a verte.

En realidad, me encanta conceder las horas de mis días y mis noches a pensar que de algún modo voy a verte; posiblemente ha de ser en algún momento en que nuestros destinos coincidan nuevamente. Simplemente pienso en eso. Me gusta pensar que voy a verte.

Tal vez nos volveremos a encontrar cuando seamos ligeramente más viejos y nuestras mentes sean menos frenéticas, cuando entonces yo seré adecuado para ti y tú serás buena para mí, porque entiendo que justo ahora soy un caos para tus pensamientos y tú eres veneno para mi corazón.

Eso sí, prometo que volveré a verte antes de que tu preguntes: ¿De qué murió?, y mucho antes de que todos te contesten que me caí de lo más alto de mis expectativas.

No hay nada más bonito que volver a oírte decir: “me hiciste mucha falta”. Porque tú existes dondequiera, pero yo sé que siempre existes donde mejor te quiero: en mi corazón.

El Beso


8- el beso

Incontables seres apasionados ya se habrán preguntado un día, cuántos caminos incomprensibles y obscuros suelen existir hasta poder llegar al beso, no a esa común expresión social de afecto, de saludo, de respeto, sino más bien al acto que sella un amor sublime como si fuese una repentina cortina que baja en el escenario de la pasión.

Presumo que esas mismas vías peripatéticas que los más exaltados necesitan recorrer para alcanzar su colofón, han de ser infinitas para todos aquellos que sufren de una pasión silenciosa y reservada por quien le robó su alma y al día carece de compensación para su anhelo.

Mientras tanto no acontezca el ansiado beso, ha de girar la noche sobre sus invisibles ruedas como rueca silenciosa que hilvana hilos de sueños imposibles, viento primaveral que lleva y que trae vida, viento en torbellino que envuelve nuestros destinos hasta no ser nadie sino apenas un sueño.

Puede que sean tan solamente los desvelos de toda una vida vivida y por vivir, de hombre sin reinado, carpinteros sin madreros, de herreros sin fragua, de un labrador sin ventura, de pescador sin red y sin mar, de gente perdida en las sombras que duerme sus taciturnos sueños custodiando la larga noche negra de los viajeros dormidos.

Qué decir entonces de los poetas amantes, quienes en la vida y en la propia muerte persiguen con infinita tenacidad sombrías utopías y delirios sin era y sin vera, para luego advertir que están cubiertos con la misma persistencia de la impasible pompa.

Todo cuidado es poco, porque atrás de un beso fueron antes una multitud, y ahora estos, ya seguros de que están muertos, muertos harán de las exequias un festín miserable.

A todos los Dioses y Zoroastros de este descalabrado universo, os suplico y ruego mil veces de rodillas juntas, que todo el amor de ella se propague en mí su boca, que no sufra un momento más sin primavera, y que mi bien amada deje en mis labios sus besos por la eternidad.

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