Somos Cautivos


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Una vez tocado por la varita mágica de la desventura, me siento como barcarola solitaria y perdida en un mar oscuro y cuajado entre las tinieblas del infortunio. No hay en estos casos lo que se pueda hacer, ya que esos reveses de la vida generan pensamientos entristecidos que acuden a mi ánima en toda y cualquier circunstancia: sucesos, gozos, aprensiones y tribulaciones.

A lo mejor tan elemental y excéntrica perspectiva de mi existencia, aunque no del todo comprendida por mí, se asemeje a un ancla que tarde o temprano ha de traer una luz de alegría al penoso piélago de mi vida de martirios. ¡Oh, en donde te encuentras feliz ensenada que aplaca la soledad, si allí logra hacer pie todo desconsuelo el día que encontremos quien nos ame!

Siempre ha de existir algún ser venido a este oasis de amargura para darnos un poco del amor que la vida nos roba. Es posible que los dioses quieran que haga yo lo que está en mis manos para que florezca la alegría aceptando lo que en verdad no está en mis poderes gobernar, como si fuese designio venido de los suyos.

Estas quimeras es lo que me ha sostenido y mantiene viva mi esperanza para enfrentarme a los duros esfuerzos de la vida. Al fin y al cabo, de una manera u otra, todos en este mundo somos cautivos. No de grillos y cadenas de hierro, sino de cuantas circunstancias nos tocan en suerte en este valle de lágrimas.

Es cautiva la nacencia, porque no es escogida; pero una vez que la aceptamos, es principio de libertad. Cautivan también las ilusiones que apresan las voluntades en la vana sombra de los sueños. Cautiva el amor, que nos hace esclavos de las amadas personas. Pero pienso que quizás es peor uno ser cautivo del futuro, que es incierto, falaz e indomable.

No nos hace cautivo lo que nos sucede, sino lo que nos imaginamos que sucede: un desengaño, una desilusión, un desastre. Pero no es el aparente infortunio sino la suprema razón de la existencia. La máxima tentación es ver en los males el sinsentido de esta pesarosa vida.

Sin embargo, hay asimismo entre tanta infelicidad, momentos inmensamente plenos de dicha, que es cuando se enciende de repente una llama en el corazón al descubrir la Diosa que nos ama… ¿Quién osa vivir sin amar?

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