El Voto de la Democracia


Cualquiera sabe que hay muchas preguntas sin respuesta que carcomen el cerebro del votante cuando, al entrar en el soberano cuarto oscuro, él tiene que elegir la boleta que irá a parar en esas bocas de opinión que son las urnas; aunque ahora se cuente en algunos países con un sistema un poco más moderno y seguro por causa de la tecnología. Pero como fuere el sistema, al fin y al cabo su fin es el mismo.

Pero para muchos, mismo cumpliendo con su papel patriótico, también les queda algo directamente relacionado con ese tema, y que le sigue martillando la cabeza por querer entender el comportamiento de algunos patéticos ejemplares de la clase dirigente que, dos por tres, aparecen en los programas de noticias por verse envueltos con corrupción, coimas, valijas misteriosas, dinero en los calzoncillos, aeropuertos fantasmas, corralitos, censura, persecución, catástrofes evitables, o, al tener que realizar un trámite, estos patrios ciudadanos descubren a los mediocres funcionarios ninguneando por todas las reparticiones, etc., etc., etc.

Pero eso es vivir bajo la “Democracia”. Una doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno político de un Estado. Es el derecho que los ciudadanos tienen de ejercer de modo directo o indirecto, eligiendo, generalmente, por sufragio universal, representantes, en quienes delegan su soberanía para el ejercicio de funciones legislativas. Entonces, lo que resultó de aquellos papelitos colocados en la urna, es lo que después tendremos por laya dirigente.

Y en el supuesto de que vivimos “en” democracia, es pertinente meditar si vivimos “la” democracia. Pues vivir la democracia nos exige una acción volitiva cotidiana. Por lo tanto, es común exigir a la sociedad jurídicamente constituida, que proceda democráticamente. Pero, como colectivo e individuos, somos responsables de dar vida a la democracia. Ello requiere de audacia.

Empero, se oye decir que los héroes de la modernidad son los audaces. Los que, con más o menos capacidad y reflexión, hacen lo que otros no se atreven. Son de una época en la que hacer, es más que ser.

Pero claro, mal entendiendo el significado de las palabras, están los que “hacen” fortuna al calor de la oportunidad, sin el menor sonrojo por el modo inmoral de lograrlo. O los que, al ritmo de su palabra fácil, se apropian de la voluntad de los ingenuos que creen en sus falacias. Incluso los hay que crean miedo para consolidar sus posiciones de poder… Todos “hacen” lo inaudito. Son los admirables audaces del “hacer”.

En todo caso, también sabemos que hay otra versión de audacia, la de “decir”. La palabra permite afirmar lo que se le antoje al audaz. La tecnología puede registrar lo dicho, pero con su audacia la desmiente, argumentando que lo dicho ha sido mal transcrito o “sacado de contexto”.

Por consiguiente, vivir “la” democracia exige a todos, mandantes y mandatarios, la audacia de “ser” que ha desaparecido. No es común quien se precie de ser, porque es un esfuerzo doloroso que exige mirarse con sinceridad, sin el embellecimiento del ego y el adulo.

Es un riesgo que requiere rectitud moral. Hay quienes viven bajo las etiquetas que les pegó la vida en la frente desde su infancia. Se disfrazan de audacia para no ser ellos mismos, no saben que nadie resulta un fraude si es quien es, sin pretender ser lo que no.

Por eso pienso que es inaplazable recuperar la audacia de “ser” para poder vivir “la” democracia con entereza moral, sin resquebrajaduras, sin maquillajes. Solo así podremos entender la democracia como una profesión de vida.

Por otro lado, todo individuo debe concientizarse que aprender a votar; eso también ayuda mucho… ¡Si es que me entienden!

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