Estamos Matando lo Esencial


En un mundo intercomunicado y globalizado donde, paradójicamente, nadie parece estar comunicándose en profundidad, no es extraña esa proliferación de sumidades construida por los que rechazan el “no” por respuesta y atropellan sin miedo nuestra voluntad. Pero esta es una forma más de autoritarismo y violencia, violencia disimulada bajo la torpe careta de “propuesta tentadora”…

¿Para quién?, pues para el que la enuncia y casi nunca para el que tiene la obligación de escucharla una y mil veces. Y entonces te vienen con aquel sonsonete mentiroso que repiten hasta el cansancio, ese: “Dame cinco minutos”.

Los cinco minutos se consumen en preámbulos y vaguedades y cuando nuestra paciencia les grita: “Abreviando, querido, que estoy muy ocupado”, ellos nos lanzan un: “¿Qué tenés que hacer que sea tan importante como para no querer escucharme?

Entonces, miles de respuestas se agolpan en nuestra mente, pero sucede en estos tiempos que cuando uno escucha un tema que le puede parecer interesante, luego lo quiere “googlear” al instante; es decir, somete la palabra a una indagación en Internet. A los programas que localizan información de entre las millones de páginas de la red y que se los llama de “buscadores”.

Pero resulta que tal nombre ha devenido, paradójicamente, en una erosión de la curiosidad humana, en la celebración del hastío ante la súper abundancia informativa.

Hace unos días, un profesor conversaba con un grupo de veinteañeros y les planteaba si tenían una pregunta que les atormentara, algo que ellos desconocían y que les motivaría a investigar.

Demás está decir que la respuesta fueron rostros apáticos, hombros que se alzaron y ojos que, siguiendo la inercia contemporánea, se enfocaron en la pantalla de un móvil.

La presteza con la que un buscador de Internet localiza algo, a menudo en fracciones de segundo, hace que la gente asuma que “saber algo”, es un estado permanente del intelecto, una sensación de bienestar y seguridad ante las incertidumbres cotidianas que nos acechan.

Entonces, ¿para qué angustiarse por períodos extendidos de tiempo con el fin de dar con la respuesta a un enigma, si ahora se cuenta con una sabiduría instantánea?

Todo indica que el conflicto radica en que los buscadores digitales están adormeciendo el deseo y la pasión que, durante siglos, han movido a que la humanidad le quiera hallar una respuesta a algo.

En la jerga científica, un “problema de investigación” es una pregunta. Incluso a un nivel doméstico, cualquier situación que nos obstaculiza y molesta se plantea como una pregunta: ¿por qué la incomunicación entre padres e hijos?; ¿qué razón explica que mi pareja me haya dejado?

Las mentes que están entrenadas para buscar, son aquellas que lidian con fracasos consecutivos, los que a veces duran años, y la necesidad de mirar las cosas desde otros ángulos. En ese trayecto se consolidan destrezas y se disciplina la capacidad de observar y sacar conclusiones.

Por lo tanto, los verdaderos buscadores son los que disfrutan el transcurso de un proceso para saber algo, y se aburren cuando se quedan demasiado tiempo en el punto de llegada, en el área de las soluciones.

Pero cuidado, no nos consolemos con tonterías y lugares comunes como “ahora soy más sabio”, o “ahora he madurado”. Creo que no sirve comparar, pero si recordar con cariño, con ternura, llorar si hace falta por lo que uno perdió y pensar que, aunque sea menor en años, el futuro sigue siendo nuestro. La vida es una fiesta inacabable y aún nos quedan muchas fotos por tirar… Digitales, claro.

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