Mi Infierno


Es un sinsabor que surge justo en esos momentos por la mañana en los cuales me entrego a explorar mi interior, a divagar por esas espesas capas del inconsciente, por los recónditos abismos de una energía primigenia, sondeando entablar una lucha feroz por encontrar restos de voluntad necesarios para enfrentar un nuevo día. Es como estar en un infierno, mi infierno, en el cual no a cualquier demonio le está permitido entrar.

Sé muy bien lo que merezco, conozco profundamente mi fuego, y por eso os digo que no cualquier demonio merece arder y quemarse conmigo. Lo único que me atemoriza, es que después de una noche como la nuestra, ya no tengamos la posibilidad de volver a compartir esos momentos. Que ya no me corresponda la asonancia de tu voz, que ya no me persigan tus ojos suspicaces y que tu boca no esté dispuesta a renovar el aliento de la mía.

En mi defensa, sólo añadiría que mi afán de besarte, que para buscar lo que he perdido, para hallar la vida que se me fue, procuro incesante el encanto que siempre encuentro en tus labios.

Cómo Olvidarte


Cada día es un comienzo nuevo, porque esa es la hora y el mejor momento para amar y ser amado, cuando todo se asemeja a las eternas rocas que sobresalen mismo estando enterradas en la tierra. Quien las contempla sabe que son motivo de escaso goce, pero al mismo tiempo comprende lo cuanto son necesarias para el equilibrio del mundo.

Pero a mí me persigue su sonrisa… maldita sea. ¿Alguien ha visto alguna vez un atardecer en la playa? Ella tiene esa misma calma, la misma magia, el mismo hechizo, pero en su boca.

Cuando llega la noche la almohada pide que le hable de otras cosas, que le cuente algo más interesante. Perdidos en esas pláticas ahogadas, de a poquito en poquito experimento olvidar lo que por las noches tanto me ha hecho llorar, hasta que el perdón logre borrar lo que el tiempo no pudo.

A bien verdad, en absoluto podremos olvidar totalmente a quien amamos, si es que en algún momento de nuestra vida escuchamos juntos una canción y la hicimos nuestra.

 

 

Moriré en Ti


Por si acaso alguna vez el arfar de tu pecho se detiene y el amor que sientes por mí deja arder en tus venas, si a tu boca ya no llegan más las palabras que endulzan mis oídos, si tus manos se duermen y se olvidan de volar sobre mi piel, deja al menos tus labios entreabiertos para que nuestro último beso dure una eternidad, y me acompañe el calor de ese dulce tacto hasta la muerte.

Si ya no me amas, quiero morir besando en sueños esa brasa ardiente que anida en la boca tuya, rodeando con mis manos un pedazo perdido de tu cuerpo entre las brumas de la madrugada, mientras entretengo mi sueño y busco la luz de tus ojos cerrados para que alumbre mi última morada.

Aunque nuestro amor no pueda ser verdad, sé que otros días llegarán mismo que tú no estés presente. Pero eso sí, nunca han de morir nuestros instantes, nunca se terminarán los libros y los tesoros que acumulamos sin tregua durante la vela de nuestras auroras de amor.

Inclemente muerte súbita de un amor prometido que ha perecido brutalmente mientras nos hostiga la vida en una onda alta, altísima, sobre las demás ondas de este mar en furia que es la vida, tu amor nunca será sombra en mí.

Pálida mujer de vasta cabellera negra como negra son las noches sin luna, entre tus brazos y muy colado a tu piel ya me perdí en amores, y de amores en sueños moriré sin paz llevando tu nombre cincelado en flamas en mi corazón.

Sin tú ya no me amas, seré, que pena, un planeta errante en la distancia sideral, quizás un árbol sin hojuelas perdido y muerto en la floresta, un páramo seco en medio al río que corre y huye, una piedra más al pie de la montaña de esta vida loca… Adiós, vida mía, que ahora de la naturaleza caen lágrimas como océanos de tristeza.

Borrarte no Puedo


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Turbado en la noche en mi firme empeño, me alcanzaba su visión tenaz mientras la pensaba en silencio, entre letras sobre versos, uno por uno, coma a coma, en suspenso.

Ella no percibía que yo la recordaba en los estertores de la noche, a lo lejos, como lejos están las mañanas cuando nos desvelamos, o como una lágrima cayendo igual a golpe de remo que hace saltar la espuma del mar. Mis suspiros se volvían aire que al aire van, y las lágrimas en agua que van al mar.

Pero a ella se le ocurrió borrar las páginas de ese amor que entre los dos habíamos escrito con una pluma de fuego y pasión. Intentó borrarlas con lágrimas, con licores, con vino. Empezó a borrarlas de a una, pero sus lindos ojos negros siguieron siendo líneas que bordan un horizonte a lo lejos. Seguían siendo su norte.

Le habían recomendado olvidar nuestro pasado, y todas las noches ella lo olvidaba. Y cuanto más intentaba borrar los restos de nuestro amor, irónicamente, no lograba apagar la imagen de aquel hombre milagroso, de cabello enredado y revoltoso, cariñoso y dueño de esa sonrisa tan particular que siempre le arrancaba deseos de besarlo, y amo de esos ademanes únicos que tanto la enloquecían.

Empezó a borrarme, y al hacerlo, se le iban borrando las líneas que yo había trazado sobre su piel con mis sabias manos. De a poco apagó también todas las figuras y trazos que yo le diseñé en aquellas noches llenas de estrellas, que iban dando formas reales a un fantasma de bufa invención.

Empezó a borrar todavía el sabor de mi boca. La misma boca que había recorrido las líneas y los dibujos que mis manos habían trazado, delicadas como estelas de mar, en todo su cuerpo de mujer madura.

A cada noche intentaba borrarme, y cada vez ocupaba más vino para olvidar el sabor de mis labios en su boca, pero perdida entre esas aspiraciones se quedaba dormida. A lo mejor mañana logrará olvidarme nuevamente.

Yo, mientras tanto, continuaré a pensar en ella mientras dibujo la sábana arrugada con la yema de mis dedos para sentir su cuerpo.

¡Ay, amor! Hoy como ayer, mañana como hoy, siempre igual, un cielo gris, un horizonte pétreo. Si tú supieras que cuando te escribo yo también tiemblo.

Flores Marchitas


61-flores-marchitas

Los cuentos suelen pasar de boca en boca, pero al ser repetidos una y otra vez, estos nunca mantienen intacta su historia. Veremos que tal sale éste.

…Sin fallar siquiera una vez que fuese, todos los meses Rosita iba al cementerio para depositar flores en el túmulo de su fallecido marido. Claro que para ella, esas visitas no eran una obligación, sino más bien una prueba del enorme respeto hacia su memoria y el vivo cariño que siempre tuviera por él, ya que ellos se habían dado tan bien en el relacionamiento conyugal.

“Mi marido, -repetía incesantemente Rosita para todas sus conocidas, junto a una tierna sonrisa-, siempre fue un hombre maravilloso. Él adivinaba mis pensamientos, hacía todos mis gustos y deseos. Y si bien, a causa de su trabajo, seguidamente se veía obligado a viajar permaneciendo por un día o dos lejos de casa, a la vuelta siempre me traía un regalito. Incluso, hubo ocasiones en las cuales yo no sabía por dónde andaba metido, pero él igual me telefoneaba, siempre apurado, pobre; tanto, que ni me daba tiempo a preguntarle en qué lugar se encontraba”.

A causa de esos lindos recuerdos, ella no podía dejar de prestarle su justa homenaje, llevándole siempre un ramo de las flores que a él tanto le gustaban. Cierta vez le habían mandado a casa un gran ramo con sus flores predilectas. Fuera un amigo que le hiciera esa gentileza. Pero en ese momento él no quiso mostrarle el origen de la tarjeta, que era por sí muy elogiosa, ya que eso de cierta forma a él lo violentaba, pues no se hallaba merecedor de tantos elogios y loores.

Sin embargo, una cosa Rosita extrañaba todos los días 15, que era justamente la fecha del mes que comparecía al cementerio. Es que al fallecido le gustaba mucho esa cifra. Decía que ese alguarismo le traía suerte.

El caso es que cada vez que iba, Rosita encontraba en el túmulo un ramo con las mismas flores que ella le llevaba, por lo que se preguntaba cómo podían durar tanto. Un mes entero. ¿Será que mi marido, mismo muerto, tiene un poder extra natural para que las flores no se marchiten?

Cierta vez ella se animó, y le contó dicha ocurrencia al padre de la iglesia que concurría, pero el sacerdote quedara medio estupefacto con el extraño relato y ella nunca más lo mencionó. Decidió que no tocaría más en el asunto, porque tampoco quería que la voz corriese entre los feligreses y luego estos la tomasen por loca.

El caso es que ella iba al camposanto a la tarde, hasta que un día resolvió ir por la mañana. Precisamente, ese día, su cuñada estaba de aniversario y la celebración sería por la noche. Hacía tanto que ya no cuidaba de su apariencia, que antes quería ir a la peluquería, para arreglarse un poco, ya que comparecerían muchos conocidos y ella no quería mostrarse abandonada.

Cual no fue su sorpresa, entonces, que esa mañana, al llegar cerquita del túmulo del fallecido, notó un grupo de personas, inclusive un par de chiquillos. Luego pensó: “de seguro, estarán enterrando a alguien al lado del sepulcro de mi marido”.

Pero, no, no era. Aquella gente toda estaba de pie frente a la sepultura de su marido. A pasos comedidos, Rosita fue acercándose, al punto que oyó a una señora de media edad, indicar a los niños:

-Hínquense de una vez, y recen por vuestro padre, que siempre fue muy bueno con ustedes.

Rosita les dio la espalda, largó las flores en un cesto de basura y se marchó a pasos decididos. ¡Nunca más volvió!

Hipnotizados


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No es de admirarse que ya nadie se enamore de nadie. En todo caso, cuando nos roza un proyecto rudimentario de eso que los famosos estudios de Hollywood suelen llamar amor, entonces alguien menciona el futuro y de repente se nos cae la estantería. No exclusivamente a mí. Me refiero a todos los que gozan del amor despabilado y simple, no el de los peliculones azucarados de Hollywood ni el de los llorosos culebrones mexicanos o turcos sino el posible, el de la cama monda y lironda.

Nunca ha sido confirmado que los ángeles no hacen el amor, pero no por eso ha de significar que ellos no lo hagan de la misma manera que los mortales. A pesar de que existe otra versión, también no confirmada pero sí más verosímil, la cual sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón de que carecen de los mismos, ellos lo celebran en cambio con palabras, vale decir, con las apropiadas para casos celestiales.

Esto hace posible imaginar que cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias tanto galácticas como terrenales, empiezan por mirarse sin llegar a hipnotizarse, cuando no pierden oportunidad para seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, han de ser angelicales.

Considero, por tanto, que sus palabras se cruzarán de manera repentina como meteoritos que caen del cielo, pero a su vez acariciantes y suaves como si fuese una brisa de primavera. A más, las frases que ellos intercambien han de impregnarse de una condensación idílica cuando, aquí y allá, entre nubes de nieve y algodón, circularán el aire y su expectativa.

Por otro lado, aquí en la tierra, existe gente que con sólo decir una palabra enciende la ilusión y los rosales; que con sólo sonreír entre los ojos, nos invita a viajar por otras zonas, a otros cielos, y nos hace recorrer toda la magia.

Son ese tipo de personas que solo con darnos la mano rompen la soledad, nos interrumpen la respiración, hacen nacer mariposas en el estómago, coloca guirnaldas en el espíritu y su voz genera una sinfonía de entrecasa. Tan sólo con abrir la boca nos llega hasta los límites del alma, alimenta una flor, inventa sueños, nos hace tararear la canción del ensueño y se queda después, como si nada.

Tal vez sea por esto que uno se va de novio con la vida desterrando una muerte solitaria, pues sabe que a la vuelta de la esquina hay gente que es así, tan necesaria.

Amor Materno


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-Ya voy, mi amorcito -anunció la madre con voz tierna, porque en la camita su bebé lloraba desconsolado, mientras de pie, al lado de la hornilla, ella cuidaba la leche que hervía. No sabía lo que debía cuidar primero.

Al final del día, extenuada por los cometidos del hogar, en ese instante su voluntad era de acostarse y no levantarse más. Hasta imaginar algo agradable le resultaba difícil.

¿Qué podía pensar de interesante? Alcanzó a cavilar la madre, de ceño arrugado y boca fruncida. A no ser que su pequeño hijo parase de llorar y que la maldita leche hirviese de una vez para poder alimentarlo.

Cuando finalmente pudo aferrar a su niño, lo apretó cariñosamente contra su pecho y por milagro el cansancio se evadió de su cuerpo, la voluntad que tenía de acostarse desapareció y su corazón volvió a latir rítmico.

Cerró los ojos por un segundo y se sintió feliz; ni parecía la misma mujer de instantes atrás. No había duda que aquél diminuto corazoncito que estaba batiendo junto al suyo, era lo que le daba suficiente coraje para enfrentar sus propias desgracias.

Mientras ella saboreaba del momento y se sentía de espíritu elevado, la puerta de su humilde casa fue abierta de pronto de un puntapié. Era su hombre, que notoriamente venía otra vez borracho.

-Dale, haceme un café -ordenó éste, perentorio.

Como ella se demoraba, el marido le arrancó el crío de sus brazos y lo tiró peligrosamente sobre la cama grande. Sin embargo, justo cuando el hombre se preparaba para bajar el puño con furia sobre su hijo, la mujer tomó una cuchilla y, reuniendo fuerzas extrañas, se la clavó en las costillas varias veces hasta que lo vio caer inmóvil. Había sido una leona protegiendo su cachorrillo.

Entre el hijo y su compañero, el amor de madre habló más alto, y en ese momento crucial sólo pensara en cómo defender la vida de su inocente hijo. La cuchilla estaba a mano encima de la mesa, y ésta se transformara en su único recurso.

Mientras Dormía


26- mientras dormia

Se despertó casi súbitamente, pero tardó un instante en recordar adonde se encontraba y quién era esa mujer que dormía, desnuda, a su lado. La oscuridad del cuarto era total; el silencio, muy hondo. El aire de la habitación tenía olor a cal y portland, a albañilería reciente.

Detrás del silencio y como jugando con él sin romperlo, el hombre oyó el fatigado malhumor de aguas corriendo, el perene rezongadero de las olas en la noche calmosa. Un río corría cerca de la casa.

Permaneció quieto sin moverse durante varios minutos. Se sentía tranquilo, despierto, ligeramente ido o despegado de todo. Pensó que afuera habría un cielo sin luna y con la vislumbre azul de todas las estrellas. Imaginó que debería faltar mucho para el amanecer.

Le parecía extraño haber despertado tan limpiamente y a tal altura de la noche. Por lo general despertaba solo, en su cama, en el apartamento donde vivía en la ciudad, a media mañana y luego de una etapa de duermevela, y emergiendo a la luz del día con jirones y hebras de sueños como suciedades adheridas a su mente.

Se dijo que aquel despertar inusual lo debía a la presencia de la mujer. Lo debía sin duda, siguió cavilando, a que él, aun dormido, no había dejado de sentirla a su lado y tal vez de quererla. Pensó esto y otra vez más pronunció sin voz las sílabas que la nombraban, y casi de inmediato se dio cuenta que le nacían muchas ganas de tocarla.

También él estaba desnudo; movió un poco su cuerpo, con cuidado, para ajustarlo mejor al cuerpo cálido de la mujer. Era aquella una noche tibia, de fines de verano, y a ambos los cubría solamente una sábana, arrugada. La cama olía a hombre y mujer juntos, a hombre y mujer que han dormido y, sobre todo, que se han amado hasta el jadeo y el sudor.

El hombre recordó los juegos, las caricias, los cuerpos entrelazados y entregolpeados en la caricia última, y pensó, o semipensó, que estaba queriendo mucho a aquella mujer de sonrisa siempre dócil y ojos que a menudo se hacían como de mirar lluvia, a aquella desconocida que era su amante desde mediados de invierno.

Ocho sílabas eran el nombre y el apellido de la mujer; por dos veces las pronunció, sin voz. Después movió otro poco más el cuerpo, procurando arrimar algo más la piel suya contra la templada piel de ella. Y sonrió, se sonrió a sí mismo, en la oscuridad del cuarto, e inconscientemente extendió el brazo para encender la veladora.

Varias veces este hombre había visto dormir a esta mujer, pero nunca la había mirado dormida como la estaba mirando ahora. El sueño, la inmovilidad, la clausura de los ojos, la boca sin quehaceres, daba a su rostro una unidad que parecía definitiva y algo, mucho quizás, del misterioso ensimismamiento de los muertos. Era más que siempre esa cara, simultáneamente, un paisaje con un acento fugaz y esquivo y un perfil único en el mundo que a su vez era también irrepetible, el que estaba además como absuelta del tiempo, o simplemente evadida de un tiempo inocente o de fingida inocencia. Ninguna cara tan de ella y a la vez tan libre de la carne y la memoria, ninguna tan investida cifra suya, ninguna como para sentir al mirarla, como sentía el hombre, el llamado de un alma y un cuerpo confundidos fibra a fibra y fascinantemente singulares.

Se inclinó de leve sobre la mujer dormida. Creía adivinar que aquel rostro estaba a punto de decirle algo y que no se lo decía, o quizás se lo decía tan secretamente que él nada podía entender. Sentía que el amor crecía en su pecho pero asimismo que, falto de la complicidad esencial, no alcanzaba una presencia que pareciera con vida propia y donde ellos, como por añadidura, pudieran instalarse en un sistema de encuentros mutuos o una especie de comunión.

Quiso ver también el cuerpo de ella y tiró de la sábana, lentamente, para verlo todo descubierto. Los ojos mucho le dieron y mucho le negaron. No había, seguramente, en toda aquella piel que miraba un solo centímetro que él no hubiese acariciado o besado, pero ahora pedía a sus ojos mucho más de lo que sus manos y su boca habían podido darle. Como no pudo cerrarlos, la siguió mirando, y de nuevo intentó cerrarlos, en vano. Creyó ver que aquel cuerpo estaba allí como olvidado, como abandonado por error a una soledad devorante, y cerró los ojos. Se dio cuenta que en los ojos estaban todas las verdades que la boca no suele decir.

Sin duda ella registró desde su sueño la mirada del hombre sobre su cuerpo, porque estiró las piernas, largas, giró un poco el torso, y sus manos sonámbulas recogieron casi hasta la garganta el borde de la sábana. Él apagó la veladora y ella dormía ahora muy quietamente. Él ajustó su cuerpo al de ella y reclamó, con los párpados apretados, el sueño: la paz animal, la unión profunda en el sueño con la mujer dormida.

Diversiones Mortales


15- diversiones mortales

Atentos, que este cuento bien pudo no ser escrito, bien pudo no ser leído y nunca acontecido.

…Mientras Julián duerme y sueña sueños que no sabemos pero que bien podemos suponer sean referentes o alusivos a la hija de algún buen vecino, un templado viento norte sigue arrancando alargadas quejas y ruidos metálicos de los diversos techos y galpones, mientras lechuzas gritan descomedidas, muge como en sueños alguna vaca de por ahí, aúlla algún perro, mía un par de gatos en celo, y varias aves de vuelo silencioso sobrevuelan los árboles y las casas del pueblo lo mismo que brujas noctámbulas.

A esas horas la luna sube y sube en un cielo solo para ella. Y estando muy alta ya, muy arriba, muy solitaria y dueña de sí, golpes en la puerta del cuarto despertaron a Julián que pernoctaba tranquilo en el recinto.

Estiró el brazo con la intención somera de encender la veladora, intrigado, y oyó que se repetían los golpes, ahora quizás sonando más perentorios esta vez. Buscó vestirse rápidamente, mientras nuevos golpes, siempre sonando un poco asordinados, se impacientaban en cuanto él iba de camino hacia la puerta. Una repentina corazonada le dijo que quien llamaba era la agradable Gabriela, hija menor de un mayoral del lugar. Cuando finalmente abrió la puerta la encontró quieta y serísima, aunque audiblemente jadeante.

En ese momento ella no vestía las negras ropas talares de horas antes, sino un manto claro y liviano que apenas le llegaba a las rodillas. Determinada, Gabriela hizo gesto de entrar, y Julián le cedió el paso. Estaba descalza, y entró con los ojos bajos dejando escapar apenas un gruñido que sonó sordo, casi agresivo, aunque también ansioso.

Luego, sin levantar los ojos del suelo, elevó y bajó desordenadamente los brazos, varias veces, en una especie de aleteo breve y torpe, como mala parodia de un intento de vuelo. Al instante Julián percibió que debajo del manto estaba desnuda y se apresuró a cerrar la puerta. Gabriela lo miró como si fuera a atacarlo y él dejó algo sobre el frio mármol de la cómoda y la tomó de los antebrazos.

Ella no era virgen, si es que ese detalle importa en esta historia, y por tanto supo disponer su cuerpo bajo el cuerpo del hombre; supo, borrascosa y muda, ahogar sus gemidos e imponer ritmos para adecuarse a los ritmos de Julián; supo obtener también, en un comercio consigo misma, dos profundos, casi desconsolados orgasmos, que él hizo cuestión de seguir paso a paso en la respiración, en el forcejeo y los naufragios graduales del aire en la garganta. Varias veces intentó besarla pero ella rehuyó la boca.

Simultáneamente con la segunda quiebra o el segundo desmayo de un estertor hacia adentro, Julián desistió de contenerse. Y aunque todos hemos sentido que después de una cúpula pareja sobreviene como una ola en reflujo que parece arrastrar por un momento los dos cuerpos hacia una paz sometida y compartida, de sangres hermanadas, aquí nada de ello sucedió, porque Gabriela se escurrió del brazo de Julián y saltó de la cama.

Rápidamente recogió del suelo su manto y se cubrió para enseguida enfrentarse al espejo. La luz de la veladora iluminaba desde abajo y le superponía en el rostro sombras que le mentían una máscara. Julián, sentado en la cama y todavía ganoso, la miraba de espaldas y, por el reflejo del espejo, veía aquel rostro más extraño que nunca y el canal de los senos naciendo en la boca del manto.

Notó, con cierto pasmo, que ella empezaba a hacer muecas y contorsiones, como si buscara quién sabe qué cosas en sus rasgos deformados por las sombras, y después realizó francas morisquetas, como si con ellas se burlara de sí misma. Abandonó la cama y fue a asirla de nuevo, pero ella alcanzó a ver su movimiento por el espejo y, sin volver la cabeza, abrió la puerta y huyó sobre el silencio de sus pies descalzos.

Julián quedó parado en el hueco de la puerta, vacilando, enfrentado a todo el tamaño de la noche, que ahora ya ni miró. Luego a seguir, mecánicamente, cerró la puerta, se aproximó de la veladora, se acostó y apagó la luz. La cama olía a mujer. No le fue fácil volver a dormirse.

Mientras Julián duerme y sueña sueños que no sabemos ni sabremos jamás, cae la luna y cae el cielo que envejece, que va luego como vidriándose, hasta que finalmente el alba comienza a levantar sus párpados sobre los tejados aun húmedos de rocío.

Ya hay mucha luz naciente y se notan dos chimeneas echando humo desde alguna casa, cuando nuevos golpes en la puerta despertaron a Julián que dormía. No necesitó encender la veladora porque vio en los postigos mal cerrados de la ventana que había amanecido o a ojos vista estaba amaneciendo. Se levantó raudo y abrió del todo los postigos; una suficiente luz grisácea entró a través de los vidrios, al tiempo en que los golpes se repetían mientras él comenzaba a vestirse.

Sin llegar a imaginar quien podía ser, recordó la visita de Gabriela y se sonrió, tal vez por causa de un sórdido orgullo masculino. Velozmente memorizó, revivió casi, detalles de esa visita, y se dijo que no podía ni debía contar a nadie, jamás, aquello un mucho increíble que le había acontecido. Otra vez golpes, muy enérgicos ahora. Todavía vistiéndose, abrió la puerta y descubrió que quien estaba de pie frente a él era Gabriela.

No vestía el manto claro con que había llegado a eso de medianoche sino el casi-hábito religioso del día anterior. Tenía asimismo, si bien menos extraviados o libres, los ojos duros con que había entrado esa noche. Si bien nada podía hacer pensar en una sonrisa por más leve que fuese, la boca entreabierta y húmeda mostraba ahora, apenas, blancura de dientes.

Hombre y mujer se miraron un instante y luego ella avanzó. Él se hizo a un lado para dejarla pasar. Ella entró hasta casi enfrentar la ventana y giró sobre sí misma. Julián vio entonces en la mano de la mujer el brillo de un revólver cargado con cinco balas en el tambor. Intentó un manotazo para quitárselo, pero ella saltó a un lado y, rápidamente, hizo fuego.

Los primero y casi simultáneos balazos abatieron herido de muerte a Julián; los otros tres, más espaciados, fueron un ensañamiento o por lo menos un exceso, así como también fueron ensañamiento o exceso, sin duda alguna, las inexplicables mordeduras que el médico forense encontró en el cuello y el pecho del cadáver.

Sueños Delirantes


10- noche de sueños

Llegó repentinamente a mi sueño despojada de todo pudor en medio de la niebla de la madrugada, para susurrar suplicante a mi oído: ¡Ámame!… ¡Haz de mí tu mujer!

Postrado e indefenso frente a mi hada de la noche, mis dedos torpes se entrelazaron en sus cabellos y mis labios se unieron a sus labios en un largo beso sediento y ambicioso, mientras tanto mi mano palpitante se entregaba mil veces a recorrer lentamente su cuerpo de la cabeza a los pies.

Así, en medio a incalculables cariños, la fui acariciando suavemente con dedos perdidos sobre una piel dócil y perfumada como quien toca de leve los pétalos de una rosa.

Mi boca recorrió entonces su espalda, despacio, lenta, sin prisa, sin prontitud alguna que me impidiese dejar cada milímetro de su piel sin besar. Miles de besos y caricias cubrieron su cuerpo como si se tratase del regio manto de una soberana a cubrir su hechura femenina y grácil.

Mis zafios labios anhelantes llegaron entonces hasta su cintura, su vientre, y en los encaracolados bellos de su pubis mi boca sedienta se perdió en otros labios húmedos y deseosos para arrancarle gemidos y suspiros incontenidos.

Luego mis labios alcanzaron sus tiernos pechos, y en dos pequeños y tiesos botones de rosa encarnada se solazaron pausados hasta lograr aplacar mi sed, sorbiendo de ellos el néctar de la vida que alimenta y nutre.

Iracundamente, nuestros cuerpos se agitaron entre mil piruetas cuando su sexo y mi sexo se convirtieron en un sólo objeto falto y exhausto de pasión y afecto. Perdidos entre infinitos corcoveos desenfrenados, nuestros susurros dieron lugar a perenes gemidos y a esos clamores de euforia que causa un acto de amor.

De repente ella arqueó la espalda y el volcán de la vida explotó dentro de sí, cuando la lava caliente roció sus entrañas hasta tocar su alma, dejándonos desmayados y perdidos entre un abrazo… La enajenación matutina nos encontró de manos entrelazadas, abrazados en un único cuerpo oscilante y vibrante en cuanto nos entregábamos involuntarios al regocijo.

Cuando el crepúsculo mañanero corrió de vez el velo de la noche, al abrir mis ojos noté con pesar que la luz del día disipara de mis brazos la dulce maga de mis sueños…

 

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