Moriré en Ti


Por si acaso alguna vez el arfar de tu pecho se detiene y el amor que sientes por mí deja arder en tus venas, si a tu boca ya no llegan más las palabras que endulzan mis oídos, si tus manos se duermen y se olvidan de volar sobre mi piel, deja al menos tus labios entreabiertos para que nuestro último beso dure una eternidad, y me acompañe el calor de ese dulce tacto hasta la muerte.

Si ya no me amas, quiero morir besando en sueños esa brasa ardiente que anida en la boca tuya, rodeando con mis manos un pedazo perdido de tu cuerpo entre las brumas de la madrugada, mientras entretengo mi sueño y busco la luz de tus ojos cerrados para que alumbre mi última morada.

Aunque nuestro amor no pueda ser verdad, sé que otros días llegarán mismo que tú no estés presente. Pero eso sí, nunca han de morir nuestros instantes, nunca se terminarán los libros y los tesoros que acumulamos sin tregua durante la vela de nuestras auroras de amor.

Inclemente muerte súbita de un amor prometido que ha perecido brutalmente mientras nos hostiga la vida en una onda alta, altísima, sobre las demás ondas de este mar en furia que es la vida, tu amor nunca será sombra en mí.

Pálida mujer de vasta cabellera negra como negra son las noches sin luna, entre tus brazos y muy colado a tu piel ya me perdí en amores, y de amores en sueños moriré sin paz llevando tu nombre cincelado en flamas en mi corazón.

Sin tú ya no me amas, seré, que pena, un planeta errante en la distancia sideral, quizás un árbol sin hojuelas perdido y muerto en la floresta, un páramo seco en medio al río que corre y huye, una piedra más al pie de la montaña de esta vida loca… Adiós, vida mía, que ahora de la naturaleza caen lágrimas como océanos de tristeza.

Mi Gloria


93-mi-gloria

Habían existido algunos prefacios y varias preliminares entre nosotros. Empero, cuando esa noche ella se desnudó, donde me aseguraba que le sobraban kilos yo juré que le faltaban besos. La besé sin pedir permiso y fue la gloria.

Creo que podríamos haber hablado de frío a no más de tres centímetros de distancia, e ignorar tiritando de deseo cuantos veranos fuesen posibles caber en nuestros abrazos.

Es más, hasta esa noche yo no había logrado entender el verdadero significado de la sed hasta no sentir sus manos acariciarme la nuca. Me di cuenta que de rodillas el cielo estaba exactamente a la altura de mis labios, mientras sus muslos se abrían como quien abre un inmenso paréntesis en el arcoíris, o como quien cierra un pasado.

Inclusive, podríamos habernos sentado a hablar de la lluvia, observar con la inocencia perdida nuestro reflejo en los charcos, pero decidimos ser los dueños de la próxima tormenta, porque desnuda ella me parecía una playa donde naufragan las islas.

Gemía, y toda la habitación bailaba como si ella tuviera en la garganta los acordes de mi vida. Como si la música no existiera sin su boca. Traduje sus suspiros al idioma del deseo y toda mi existencia se resumió a sus labios.

Nos leímos despacio, y me di cuenta que tenía adjetivos en las caderas que aún ni conocía. Tenía en las manos miles de puntos suspensivos, y en sus ojos había una infinidad de signos de exclamación. Decidí llenarle la vida de palabras esdrújulas, con sueños de verbos en futuro perfecto y un amor en el pluscuamperfecto.

Pero nada es infinito en esta vida, y tuve que cerrar el paréntesis después de silabear su nombre en un susurro. Como quien cierra una estrofa. Para quedarnos dentro, perdidos en un abrazo eterno. Pero si por acaso nos quedó algún recuerdo escondido, ciertamente las canciones lo han de encontrar mañana.

Revelo sin necesidad de alarde, que desde esa sublime noche nos pusimos a coser los meses de invierno en el quicio de la puerta e intentar descifrar la vida en el vaho de los suspiros, porque nombrarnos nos sabía cómo un beso largo en la boca. ¡Una gloria sin fin!

Impaciencia


39-impaciencia

La gente no debería inquietarse con cierto tipo de cosas. Existen muchas maneras de alguien despedirse: dando la mano, dándose un beso, con un abraso tierno, sonriendo, o seguramente dando la espalda, nombrando fechas, echando en cara lo que podría haber sido y no fue, con voz de olvido, o pensando en nunca. Por eso es muy importante aprender a volar entre tanta gente de pie.

La vida es por cierto un desierto y oasis a la vez. Nos derriba, nos lastima, nos ultraja, nos enseña, y a su vez nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Por tanto, nunca podemos dejar de acreditar que las palabras y las poesías consiguen cambiar nuestro mundo aunque el viento de la desdicha sople en contra, puesto que si no dejamos de soñar, siempre podremos aportar una nueva estrofa a nuestra épica vida.

Ciertamente, todo lo que uno realmente quiere y desea en esta vida, está del otro lado del miedo y de la ansiedad. Es probable que por esas causantes, a veces nos sintamos felices así, por nada, por todo, por lo que sea; si bien es cierto que muchas veces la gente también llora, no porque sea débil, sino porque tal vez lleva demasiado tiempo siendo fuerte.

En ocasiones tampoco existe una próxima vez, a veces no hay segundas oportunidades, a veces es un ahora o nunca; no obstante, sin ideas, no hay paraíso, ya que el que vive de ilusiones muere de realidades. No podemos olvidar que en la eterna lucha entre el arroyo y la piedra, siempre triunfa el arroyo. No porque sea más fuerte, sino porque persevera.

El hecho de decir, tiene algo que ver con el tiempo. La ausencia de tiempo es algo que se sueña, es algo que llama la eternidad, y ese sueño consiste en imaginar que uno se despierta. Uno pasa su tiempo soñando, ya que no se sueña únicamente cuando se duerme.

El inconsciente es, precisamente, la hipótesis de que no se sueña solamente cuando se duerme. Ergo, lo aconsejable es uno no preocuparse, ya que en algún momento aparecerá en nuestra vida alguien que encenderá las luces que otros apagaron.

Insomnio


28- insomnia

Montado en la vieja caracola de la vida, me acostumbré a vivir en un mundo nuevo en que decir te quiero es como decir buenos días, en el que un beso significa que cuerpo atractivo tienes y los para siempre duran cuando mucho dos meses, donde las palabras expresadas están llenas de falsedad, donde los abrazos ocultan verdades e insultos se convirtieron en caricias tiernas. Vivo en un mundo en el que ya nada es lo que parece.

Indiferente a todos esos pareceres de ocasión, a mí aún me estremece la imagen de un soleado atardecer, la luz de la luna reflejada en desoladas planicies, estrellas desnudas en la noche oscura, el sorbo de un buen café, el compás de una bella melodía surgiendo dócil de una victrola, el cálido calor de una mirada, el sublime vigor de un beso, el poder compartir un vino durante una charla amena, y la tórrida autoridad de una caricia.

Pero cuando se llega a cierta edad en el tortuoso camino de la vida, es fácil comprender que así, sin más, nada lo es para siempre. Pero, porfiados, todavía nos enamoramos, aunque sabemos que no será para siempre.

Creo que por eso nos arriesgamos, y quizás sea por eso nos entregamos hasta quedarnos vacíos por dentro. Y una vez apasionados, en las noches nos entretenemos con las estrellas, ansiosos por capturar la que empieza a florecer, para, melancólicos, conseguir sostenerla algunos breves instantes entre las manos.

Con una puntada de dolor en el alma, hoy confieso que has sido siempre una imagen, una efigie alada, un excelso dibujo de diosa que yo creé a partir de un conjunto de anhelos, de antojos fragmentados, de deseos incumplidos, de pequeños fracasos…

Aun así, yo querría tenerte en mi cama de la manera más inocente, para saber si roncas, si hablas dormida, para escuchar tu respiración, los latidos de tu corazón, y sentir el calor de tu cuerpo, y entonces, cuando despierte por la mañana, poder decirte otra vez lo mucho que deseaba vivir ese momento.

Rodeas mi insomnio, amada mía. Hoy te extraño y esa añoranza corta como navaja afilada. Es como el viento frio levitando mi alma y yo esperando aquí, como un vino envejecido para beberte de un solo trago.

Algo de nosotros ha de permanecer, no solamente una noche fría… Mismo así, ¿qué más da vivir otra noche de desvelo, si ya no sé qué duele más, el no dormir pensando en ti, o estar despierto y recordarte?

Lágrimas


25- lagrimas

Fue como si surgiese de repente el ventarrón infausto del destino, y presumo que a ti también te habrán lastimado el alma esas agrias palabras que, al proferirlas al azar, no tuvieron la intención de hacerme daño, aunque el golpe del veneno que había en ellas fue mucho más que un rencor ajeno olvidado en su inútil corona de espinas.

Hazme el favor, cállate, abominable Eva de este paraíso terrenal. Nunca ignores a quien ciertamente le importas, pues tal vez mañana, tarde, has de darte cuenta que perdiste la luna, mientras, dispersa y afrentada, te entretuviste en contar las estrellas.

Puede que no te hayas dado cuenta, pero las tuyas han sido palabras que acecharon la muerte de un amor sublime a quien entonces lo ofendieron e hirieron gravemente, únicamente porque mi boca cerrada ya no pudo contestar su canto avinagrado.

Al oírte me sobrevino el llanto. Esas ganas de llorar que nacen de repente, ahogadas en la desolación, mismo que fuera de mi cuerpo en desconsuelo la luna florecida y el vergel en flor quisiesen forjar ese deseo de estar solo y al mismo tiempo necesitar de un abrazo, una caricia, tal vez hasta un beso que lo pueda todo.

Duele, pero el más mentado de los hombres llora en los momentos más amargos de la vida. Yo no fui diferente, pues siendo más que el mar y que sus islas, y porque hay que caer dentro de ese mismo mar como en un pozo para salir del fondo con un ramo de agua secreta y verdades sumergidas, entonces lloré, lloré con el alma. Pero no lloré físicamente, lloré de verdad, de la manera que más duele, lloré sin lágrimas.

Infausta mujer, te has olvidado que el amor verdadero nunca se da por vencido, que jamás pierde la fe, porque siempre tiene esperanza y se mantiene firme ante toda circunstancia, incluso estando dentro de un traje vacío y uno siga cojeando como un espantapájaros de sonrisa sangrante.

¡Ay de mí!, ¡ay de nosotros!, mi dulce amada, que sólo quisimos apena amor, amarnos, y entre tantos dolores nos dispusimos los dos a quedar malheridos.

Abjuración


22- abjuracion

Aun no soñaba en conocerte, vida mía, pero ya me dedicaba a plantar flores y madrigales en el camino. Tuve como propósito que ni un sólo día de mi vida me faltasen las mariposas.

Pero luego que te conocí desenredando festivamente ese viento primaveral que se levanta en el ocaso, me distes un beso, y nuestros besos se transformaron pronto en danza y la sonrisa se hizo niña en tu rostro.

Tiempo después, sumergidos en un lento juego de luces noctívagas, mientras miles de nuestros besos varaban en un ansia anidada, nuestras manos construyeron diligentes una alianza de amor perpetuo. Entonces el suave toque de mis manos de pergamino convirtió mágicamente tu cuerpo en rosas y en mi estómago nacieron nuevas mariposas.

De inicio no lo advertí, pero traía tu amor, tal cual una estrella fugaz del firmamento, una larguísima hilera de emociones y dolores, un largo rayo mancillado de espinas; y, sin querer, ciegos de amor y pasión, decidimos cerrar nuestros ojos al mundo para que ninguna herida nos separase jamás.

En ti los ríos cantaban, pero de rebato, nada más que de repente, tú partiste y los minutos de mí vida se volvieron horas. Desde ese día mi cama pareció vacía, y la falta de tu toque se convirtió en pura agonía cuando la adversa campana solitaria del crepúsculo cayó de vez sobre tus ojos.

Desde ese día la tierra ya no canta. No es culpa de tus ojos este luto mío, no buscaron tus pies este camino y tus manos no clavaron esta espada, pero la simple evocación de tu piel perfumada hoy me causa un agito de escalofrío y mis lágrimas se tornan puras antes de ahogarse en el hondo torrente de un río.

El delicioso gusto azucarado de tu boca lo busco ahora en toda fruta madura, y encuentro la mirada de tus ojos en toda nube oscura. Fruto prohibido de mis quimeras, mujer de ensueños y alucinaciones noctívagas, rumor de olas quebrándose en la playa, en tus brazos me he rendido un día después de haber sido ladrón de corazones.

Farsante impío y despiadado que ha pasado toda la vida esquivando balas, siento que de repente me ha matado tu abrazo, tus besos, una despedida, y un hasta nunca más.

Exuberancias


16- exuberancia

Sería oportuno que se estableciera cuanto antes, en que fecha cumplen su mayoría de edad los vicios menores; no obstante, de cara a los desenfrenos que causa la pasión, me sobrevenga una duda: ¿quién jamás ha puesto al huracán del amor ni yugos ni trabas, ni quién el rayo del deseo detuvo prisionero en una jaula?

Está probado por a más be, que yo alcanzo el éxtasis de mis utopías ante una impactante presencia de coloraciones surtidas, fusionadas en una amalgama entre cal y fango, entre madero y guijarro, entre metal y cristal, entre sangre seca y rezos de plegarias, entre imágenes ya esculpidas y rostros cobrizos donde tú no estás.

Es a causa de ello que, consternado por la distancia que nos separa, ruego al santo pajarillo que canta plegarias al amor, tan sólo un favor: vuela hasta la lucera de mi velada amada y entrégale en mi nombre el requiebro de tus trinos, y omite revelarle a la diva de mis ilusiones que por aquí yerran mis más resignadas reflexiones. Entretanto, en cuanto no vuelves con tu trino, me entregaré a indagar los sucesos de una época que probablemente jamás volverá.

Entre las mil aflicciones que me atosigan el alma, debo admitir que el leve roce de su beso fresco sobre mis labios de jaspe, su dócil caricia afectuosa sobre mi piel deslucida, o el más exiguo susurro que ella dispensa en mi oído como gemido de amor en flor, despiertan y provocan en mi alma una exuberante cascada de emociones expectantes que me conducen a la puerta de la locura.

Esa hechicera luz que irradian sus lindos ojos color de melaza azucarada, es la que ahora sirven para iluminar mi pedregoso sendero, permitiéndome distinguir con claridad la flor de esa niña mujer que, callada, habita dentro de mí.

Sus largos cabellos dorados son como largas espigas de trigo maduro que se mecen con la caricia del viento… Pero cuando me besas, ¡oh!, cuando tú me besas, mi linda niña, miles de mariposas de colores aletean agitadas en mi mente y me transportan irreflexivo hasta la punta del delirio.

Perfume de Flor


14- perfume de flor

Debes suponer, mi dulce y sensitiva niña, que el infinito nunca será por demás distante e inalcanzable, si tú admites por un instante que tus sueños e ilusiones nocturnas vuelen hacia él en un serafín alado.

Alma de mi alma, hoy eres todo perfume de flor. Tu tibia piel posee la penetrante fragancia de mil rosas, junto al dulce aroma del jazmín que desabrocha en la primavera de la vida.

Puede que tú no lo sepas aun, pero llevas preso a tu cabello el efluvio de los claveles del amor. De hecho, el estar a tu lado es como si caminase en una pradera de miles de celestes lavandas afloradas.

Disculpa el ardor de mi voluntad, hechicera de mis horas, pero te suplico de rodillas que permitas que mis manos, en este momento atrevidas y codiciosas, se ahuequen durante un largo instante en tus rosadas mejillas, y que mis labios, que hoy son de mármol, toquen mil veces tus labios de almíbar y arrope, para que el beso que te entregan sea la caricia suave de una brisa de esplendor que mima la frescura del rosedal.

Confieso, dulce niña de mis aturdidas quimeras, que tus bellos ojos color de miel, tu sonrisa de querubín, y la dócil cadencia de tu voz, es lo que me provoca alucinaciones de aguamiel.

Deja, hada de mis sueños, que mis anhelantes y trémulas manos se entreguen, esperanzadas que están, a explorar entre caricias el terciopelo dócil que cubre la piel de tu cuerpo. Concede a este torpe penitente del amor, a que sus dedos ambiciosos se deslizan leves y tibios sobre tu cuerpo de seda.

Aprecia como mis ojos, bajo párpados humildes, te aman silenciosos con la mirada… Y notarás que junto a su tácito observar, mis labios sedientos ahogarán ahora su sed de amor en tu boca de almíbar.

Con tu anuencia, miles de veces mis tiernos besos de amor y mis suaves caricias de pasión colmarán tu alma de un delirio sinfín, haciendo que el nirvana entero se postre a tus pies.

Sueños Delirantes


10- noche de sueños

Llegó repentinamente a mi sueño despojada de todo pudor en medio de la niebla de la madrugada, para susurrar suplicante a mi oído: ¡Ámame!… ¡Haz de mí tu mujer!

Postrado e indefenso frente a mi hada de la noche, mis dedos torpes se entrelazaron en sus cabellos y mis labios se unieron a sus labios en un largo beso sediento y ambicioso, mientras tanto mi mano palpitante se entregaba mil veces a recorrer lentamente su cuerpo de la cabeza a los pies.

Así, en medio a incalculables cariños, la fui acariciando suavemente con dedos perdidos sobre una piel dócil y perfumada como quien toca de leve los pétalos de una rosa.

Mi boca recorrió entonces su espalda, despacio, lenta, sin prisa, sin prontitud alguna que me impidiese dejar cada milímetro de su piel sin besar. Miles de besos y caricias cubrieron su cuerpo como si se tratase del regio manto de una soberana a cubrir su hechura femenina y grácil.

Mis zafios labios anhelantes llegaron entonces hasta su cintura, su vientre, y en los encaracolados bellos de su pubis mi boca sedienta se perdió en otros labios húmedos y deseosos para arrancarle gemidos y suspiros incontenidos.

Luego mis labios alcanzaron sus tiernos pechos, y en dos pequeños y tiesos botones de rosa encarnada se solazaron pausados hasta lograr aplacar mi sed, sorbiendo de ellos el néctar de la vida que alimenta y nutre.

Iracundamente, nuestros cuerpos se agitaron entre mil piruetas cuando su sexo y mi sexo se convirtieron en un sólo objeto falto y exhausto de pasión y afecto. Perdidos entre infinitos corcoveos desenfrenados, nuestros susurros dieron lugar a perenes gemidos y a esos clamores de euforia que causa un acto de amor.

De repente ella arqueó la espalda y el volcán de la vida explotó dentro de sí, cuando la lava caliente roció sus entrañas hasta tocar su alma, dejándonos desmayados y perdidos entre un abrazo… La enajenación matutina nos encontró de manos entrelazadas, abrazados en un único cuerpo oscilante y vibrante en cuanto nos entregábamos involuntarios al regocijo.

Cuando el crepúsculo mañanero corrió de vez el velo de la noche, al abrir mis ojos noté con pesar que la luz del día disipara de mis brazos la dulce maga de mis sueños…

 

El Forastero


9- el forastero

Este cuentito, así escrito, es un placer. Leído, es lo que iremos ver.

…A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, las nubes, negruzcas e inmóviles, aflojaron y el agua empezó a caer como con rabia, con una furia casi loca. Como si de repente le diera asco las cosas feas del mundo y quisiera bórralo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.

Los bichos buscaron de inmediato refugio y la hacienda buscó dar anca al viento o buscaba amparo debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de ramitas, paja y pluma.

Dentro de la vivienda, en la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro que miraba hacia el lado del camino, doña Eulalia y su hija Leonor, la que se asomó y percibió la silueta de un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por causa del furioso aguacero.

-¿Quién es? -Preguntó la madre sin dejar de revolver la olla de cocido, mientras su hija le gritaba al perro, con autoridad-: ¡Rosendo! ¡Rosendo! ¡Quieto!, ¡ven aquí!

-No sé… No lo conozco -respondió Leonor, expectante, cuando se colocó al lado de su madre.

-¡Buenas tardes! -las saludó la voz grave del hombre, agachándose, al entrar.

-Buenas… Siéntese. ¿Lo agarró el agua?… Sáquese el poncho y arrímelo al fogón -le ordenó doña Eulalia.

-Sí, es mejor. -Concordó el forastero, mientras colgaba el poncho negro en un gran clavo cerca del fogón y sacudía el sombrero. Después se sentó en un banco.

-¿Viene de lejos? -sondeó la madre, ojos quietos, tirante pelo negro ya con copiosas hebras blancas.

-Desde las sierras del norte.

-¿Y va? -curioseó ella, sin mirarlo.

-A la estancia de don Torquato Balbuena. Más allá de Arroyo Grande… En verdad, pensaba llegar hoy, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansado el caballo. Así que si me deja pasar la noche…

-Como ve, comodidad no tenemos -advirtió Eulalia-. En todo caso, puede traer su recado y dormir aquí mismo.

-¡Cómo no!… Estoy acostumbrado.

La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, miraba al forastero de reojo. Cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón. Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida cubierta por una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto de tranquilizar a nadie.

La madre entorpeció sus nublosas reflexiones, diciendo: -A ver, aprontá un mate, hija-, y siguió revolviendo el guiso, mientras daba conversación al forastero, que ahora acariciaba el perro y retiraba la mano cada vez que éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.

Leonor tiró la yerba vieja del porongo, puso nueva, e hizo absorber primero un poco de agua tibia para que esta se hinchara sin quemarse. A seguir ofreció el primer mate al desconocido. Éste la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía por qué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gentes de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con el ruido de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas otras cosas en la cabeza, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.

Se dio cuenta que la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha. Su acto lo llevó a pensar que había que cansar muchos caballos para volver a encontrar otra tan linda y tan bonita en todo el pago.

Brillante y negro el pelo, se lo repartía al medio con una raya pareja y le caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Leonor tenía los labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como pulmón, se aparecía por el escote y se dejaba también ver por las mangas cortas del vestido. Tenía un pecho abultadito, lindo pecho de torcaza con sus pezones levantando con sus chuzas la zaraza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas se adivinaban bien formadas bajo una pollera ligera que las pintaban clarito.

Toda ella producía unas ansias extrañas en quien la miraba; entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla por el pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas. Una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma del cristiano como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan leal, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones.

Embebecido cada vez más en la contemplación lúdica, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada con su actitud. Entonces algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenderla para recibir o entregar el mate.

Leonor iba entre tanto poniendo la mesa. Luego los tres se sentaron silenciosamente a comer. Concluida la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó esperando que ellas hicieran la lidia jugando con el perro, con Rosendo que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y ya estaba íntimo con el desconocido.

-¡Lo mismo que el hombre! -pensó, y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Leonor. Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tomar unas cobijas.

-Su poncho no se ha secado… Tome, hasta mañana, si Dios quiere -gesticuló Rosenda, parada, aguardando por su hija.

-Se agradece.

-¡Buenas noches! -deseó Leonor, cruzando ligero a su lado con la cabeza gacha.

Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz… Todo envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar. El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas junto con el perro y sopló el candil. El fogón, mal apagado, quedó brillando.

Al poco rato se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la mujer. Pero en la cama de Leonor no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara impróvida en el sueño. De cuando en cuando ensayaba rezar un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.

Su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas… A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita.

Aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba aún más. No sentía nada, pero en su trastocada imaginación veía nítidamente al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina. Y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frio y percibía más claramente el ruido de la lluvia…

En efecto, el forastero, que se echara nomás sobre el recado, ya se había levantado y lo llevara otra vez a la enramada. Después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra, dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba de frente, por eso avanzaba con la cabeza gacha. A la luz de los relámpagos daba para ver el poncho y el sombrero hechos sopa… Chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito. La lluvia gruesa, helada, seguía cayendo mientras Leonor lo miraba desde la ventana soñando con lo que hubiese podido haber sido y no fue.

 

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