Los Descomedimientos de las Leyes


En un país en el que amanecemos todos los días enterándonos de la implantación de más sanciones de carácter político-sociales y abrigando en la mente un miedo voraz por causa del ascenso vertiginoso de la inseguridad originada en las malas políticas estatales, se fundamenta cada vez más en la cabeza de cada uno y nos causa indignación, tener que corroborar que el macabro “grito neoliberal” de los anteriores regímenes terminó convirtiéndose en un paso de “guate-mala a guate-peor”, tras un discurso histriónico que en su entonces se valió de leyes groseras o de obras aparentes y fingidas.

No en tanto, nos asusta aun más cuando, en materia de política exterior, se observa a un mundo que camina a pasos largos hacia el desarrollo y la libertad, mientras que por aquí el enigma de la soberanía se lo usa para retroceder y hostigar al pueblo por falta de acuerdos comerciales que terminan por parar o hacer mermar la producción, subir el desempleo y ocasionar la cada vez más extensa importación de productos chinos y asiáticos.

Por otro lado, también nos preguntamos en silencio: ¿Por qué debemos relacionarnos con Irán o Bielorrusia?… ¿Por qué llegamos a respaldar a tiranos como Muamar Gadaffi (Libia) o a un asesino de niños como Bashar Al Assad (Siria)?… ¿Se puede construir la Historia sin tener conceptos claros, mercados para nuestros productos, una política sin ética y tras un fundamentalismo antojadizo?

Claro que no, pero al enterarnos de que Julián Assange y su pedido de asilo, que en su momento se dijo que se resolvería después de los Juegos Olímpicos de Londres (para no mezclar deporte con política), no deja de ser un otro capítulo de lindo un cuento de hadas. Para mí, esa es una prueba del uso malintencionado del ícono de la libertad de expresión, utilizado para tapar la aprobación de la Ley Mordaza, que no se aprueba sino por la exclusiva falta de votos negociables.

Igualmente, al enterarme que ya tienen a punto un tal de Código Penal Integral que aumenta las penas y los castigos, me sorprende saber que las cárceles se empiezan a llenar de conductores por ir muy rápido. Como ejemplo, menciono a un médico que, por acelerar para acudir a atender a un paciente, pasó tres días de prisión, pagó la multa de 292 dólares y le bajaron 10 puntos en su licencia, mientras se sabe que apenas un 13,2% de los 2.137 asesinatos están ejecutoriados y tan solo unos 260 criminales fueron a la cárcel.

No soy contrario a este tipo de penalización, pero a muchos se nos achica el corazón al saber que por aquí se aplican multas más elevadas que en EE.UU. o Europa por un mal parqueo, o termina por remitirse a la cárcel a un sujeto, por caminar fuera de la línea cebra. Empero, tenemos que convivir con un tipo de violencia urbana parecida a países como El Salvador o Colombia.

Mucha gente de muy humilde condición lucha día a día contra la falta de trabajo, la mugre, la pobreza, las interminables colas de espera por un atendimiento médico y el abuso de todos los tipos clasificatorios. Y nos es sólo apagando la TV que nos molesta, que se logrará el triunfo. Eso es para los ricos que tenemos cable, los otros que desde lo más desclasado tienen que luchar todos los días tratando de vivir dignamente, son los que al final merecen nuestro respeto.

No olvidemos que la ley absurda creada para castigar inocentes, siempre será la peor grosería planteada como solución… ¿Usted no está de acuerdo?

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Cuando el Tirano es Ciego y Sordo


La duda no puede ser un estado permanente en nuestra existencia, pero la total certeza tampoco puede constituir nuestra forma de vida habitual. Quien está siempre demasiado seguro, tiene grandes riesgos de crearse una burbuja donde todo es como “debe ser” y no como realmente es.

Pero resulta que a los humanos nos gustan los cuentos y las teorías de “la conspiración del mundo contra nosotros”, y entonces explicamos nuestros errores poniéndolos siempre en la mejor vereda, culpando al mundo por nuestros desaciertos y encontrando una justificación conveniente para cada metida de pata.

Por otro lado, no he visto nunca a un presidente aplaudir y, sobre todo, acatar alguna medida internacional tomada para intentar frenar sus abusos. De igual modo, nunca vi al occiso amigo de los nuestros, Gadafi, asumir con sentido común las exigencias mundiales para frenar el genocidio libio. Tampoco hay registros de Bashar al-Assad, presidente de Siria, en los que diga apegarse a los pedidos de la Liga Árabe para frenar la sangrienta guerra civil a la que ha arrastrado a su pueblo.

Pero no se asuste el lector, pues esta patología es histórica, propia del humano, o sea que no hay nada nuevo en el horizonte. Por consiguiente, no ha existido un tirano que admita y escuche alertas mundiales. Si lo hiciera, él dejaría de ser tirano y al tirano le encanta eso de serlo. Si les hiciera caso a los otros, ya no sería el mesías chabacano que él cree ser, y entonces se tendría que despintar de esa divinidad artificial con la que lo embadurnan sus aduladores compinches.

Por lo tanto, no veo motivos por qué escandalizarse. Es una reacción normal, y es lo menos que se puede esperar de esa clase de individuos. De igual modo, es imposible imaginar al “Chino” Fujimori visitando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y asegurando que sus críticas son dignas de un abrazo. Imposible. Pero el tiempo es buen cobrador, y el “Chino” fue condenado a 25 años de prisión por delitos contra los derechos humanos.

No obstante, la historia está repleta de casos que muestran que los déspotas son hasta su vejez como niños maleducados. Diría que es común en toda familia encontrar la imagen del pequeño crío que cree fielmente que todo el mundo está equivocado menos él. Qué muchacho más mimado, muchos dirán torciendo la cara.

Pero cuando eso llega a niveles de Estado, caramba, es un sálvese quien pueda. Y al verlo, parece que rueda una película mental: “Están equivocados todos los diarios del mundo, todos los organismos multinacionales, todas las ONG, todos los analistas. Todos”. Todos menos ellos, claro. Pero resulta que ellos solo piensan en ellos cuando los jodidos somos todos.

Metafóricamente, los tiranos convierten a las sociedades en cuadriláteros y es ahí que las esperanzas se vuelven grises. Esas actitudes, como todas las características de las flaquezas humanas, toman una notoriedad e importancias capitales en las clases gobernantes y en los círculos de poder donde el error propio toma dimensiones de catástrofe nacional. Y cuanto más poder, más daño. Es ahí donde los pueblos necesitan una disculpa.

Sin embargo, cuando una voz más allá se levanta y logra prender una luz, aunque esta sea muy tenue, la ilusión deja de convulsionar. Es cuando percibimos que hay alguien allá afuera, y que quizá rompan las cadenas y acabe el cautiverio.

Ha sucedido, es posible que suceda… Pero, por favor, no hablo de mi país, aquí todo anda bien, señor juez.

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