Arrebato


Eres de alma cristalina como un río que en sus aguas a piedras te desplazas en mis sentidos. Un remolino escondido y divergente que se obvia sin anuncio previo, sin mentiras inventadas, apostando fe en nuestro amor para encontrar el camino calmo que acaricie nuestras mañanas.

Eres mi mar profundo, claro y oscuro a la vez, con sus mil sonidos y murmullos a la orilla de blancas arenas. Amor intenso, hondo, olas tempestuosas en noches de tormenta sin luna y a su vez calma y hermosa en un silencio sepulcral.

Eres cielo infinito, bello y misterioso al mismo instante, púrpura o escondido detrás de un cortinaje de aguaceros de delirios, pasión dormida, celada, revolcada en medio a un huracán de ardor e ímpetus. Intrigante y misteriosa, que en mis acasos eres deseada en desenfreno.

Paseas a ríos, llenando mares. Eres ese cielo que me lleva a vuelo de gaviota marina, mientras yo aquí, hundido en este dolor que representa mis tormentas, quedo hecho tierra que te dio amor a raudales.

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Combustión


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No es por nada, pero la vida suele ser dura y no dura. Subsistimos cómo podemos y a duras penas sumergidos en la hoguera de las pasiones que resisten menos que un lirio.

Esas mismas llamaradas de arrebatos y exaltaciones, me han llevado a buscar por alguien que no tema quemarse a mi lado. Que no le tema al fuego, que se deje prender la vida con todo el ardor, la pasión, el ímpetu que representa estar bajo las llamas y que luego no quiera salir huyendo de ellas. Alguien que se quede aun cuando yo sea tan sólo cenizas en el aire.

Es que un día me abrazó tanto la soledad que le tomé cariño. Entonces lloré como un niño y le fui contando mil historias. En aquel momento charlamos por varias horas como si los dos fuésemos grandes amigos. Después nos despedimos y cada uno siguió su camino. Sin embargo, aún nos vemos de vez en cuando y me alegra su visita. Ella aún sigue siendo la misma, siempre sabia, siempre honesta, siempre lista… Pero siempre sola.

No dudo que la soledad llegue a ser peligrosa. Es más, creo que suele ser aditiva. Porque una vez que uno se da cuenta de cuánta paz hay en ella, ya no quiere más convivir con la gente.

Esto lo digo sólo para ti, y ruego que no se lo cuentes a nadie. En aquellos días de amor sublime, el molde hueco era yo, mientras tu temblabas pura y libre como una llama, como un río de mercurio, como el tierno canto de un pájaro cuando rompe el alba, y presumo lo cuan dulce es decírtelo con las palabras que tanto te fascinan, porque tú no creías que ellas existieran fuera de los poemas, y que ni por un acaso teníamos el derecho a emplearlas.

¿Dónde estarás, donde estaremos desde hoy? Acaso nos convertimos en dos puntos interrogantes en un universo inexplicable, cerca, lejos, o quién sabe somos apenas dos puntos suspensivos que han creado una línea, infinita, dos puntos secretos que se alejan y se acercan arbitrariamente pero que a pesar de la distancia entre nosotros hoy nos dejamos consumir silenciosos en la combustión de los recuerdos.

Arenal de Sueños


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Ya no me alcanzará la triste noche, si recostado en mi cama como playa de blancas arenas, dejo que las tibias olas de tu mar de amor platinado por la luna al pie de infinitas estrellas, bañe mi cuerpo y refresque mi alma con tus besos de espuma.

Aguardo impaciente la barcarola de tus susurros para regresar ansioso de otros viajes y dolores, cediendo a que el vals de la serena luna doble mi cabeza soñando sobre tu pecho de flor nocturna.

Deseoso estoy para que los desvelos de mi vida se deshagan de pronto en añicos, cuando tu mano que vive y vuela, abran los puños delicados dejando caer en mi piel señales sin rumbo que amparen la noche de este viajero dormido.

Iremos juntos a viajar entonces a través de las aguas del tiempo, en cuanto yo sigo el agua que llevas y que me lleva por la noche entre olas de pasión, por el mundo, hasta que el céfiro de la muerte nos envuelva en el destino.

Quiero que vivas amada mía, en cuanto yo, adormecido, te espero en los sueños de la madrugada. Quiero que tus oídos continúen oyendo el viento de mis clamores de ardor mientras hueles este amor de mar que aprendimos a amar juntos, y que sigas pisando la misma arena que nuestros cuerpos se acostumbraron a pisar un día.

Hoy, ausente de mí, sé que por otros sueños tu corazón navega. Cierra tus párpados, cierra ya esos sueños y entra con tu cielo en mis ojos. Dormirás ahora con mi sueño, e iras, iremos juntos los dos, a navegar por las aguas puras como ámbar dormido.

Entonces ya no seré apenas tu sueño, y viajaras de manos dadas siempre viva, siempre sol, siempre mar, siempre luna.

La Gloriosa Fábula del León y el Burro


Hoy, y para no perder de vez mi notoria fama de “mago de las colchonetas”, vengo a público con los ojos rasos de agua para contar una alegórica parábola, ya que, como saben, soy un enemigo visceral de gnaticídios superficiales y sentimentalismos auspiciosos.

Así mismo, igualmente debo aclarar para quienes se interesen por estar al tanto de mi vida, que me declaro de antemano ser un fervoroso lector del épico best-seller de la sobrevivencia, obra la cual les recomiendo por ser esta una lectura audaz y llena de talento… ¡Extraordinario!

Pues bien, sin necesidad de tener que andar aquí con más preámbulos triviales, he de decirles de una buena vez que los relatos de la zootomía-historiográfica cuentan que en cierto momento, perdidos entre los matorrales de la vasta selva del África central, estaba un león y un burro, solos, tristes, más aburridos que pulga en pieza vacía, y contrariados por no poder contar con burras o leonas, ni nada que estuviese a zumbar a su alrededor… Es decir, los dos ya estaban cachondos perdidos.

Fue entonces que el león, en un relámpago bizarría y más cargoso que mosca de tambo, le propone al burro tener sexo entre ellos, a lo que sin inmutarse, el burro le responde que si por él, no tienen problema.

Por supuesto, al discurrir un poco más sobre como debían proceder con tal intemperante acto, el león pide para ser el primero por que para eso él es el rey de la selva.

Entonces partieron decididos para el asunto, y el burro ve que el león saca un frasco y se empieza a untar algo en el pene, y sin disimulo alguno le pregunta:

-¿Qué es eso que le ponés, león?

El león, sin alterar la voz, da de hombros y le responde:

-Vaselina, mi amigo, para que no te produzca ardor en el culo… Entonces el león le hace sexo fino.

-¡Ahora me toca a mí! -Apunta el burro, una vez terminada la función.

Calmamente camina y se ubica detrás del león, y como el burro tardaba un poco, el león se da vuelta y ve que además de vaselina, el burro se estaba poniendo una otra pomada en el medio del pene, y una tercera en la punta y, al final, unas gotas.

El león, ya cagado de miedo, toma la iniciativa y le pregunta:

-¿Qué es eso que te estás poniendo, burro?

Este le mira con una sonrisita de disimulo, y le responde muy educadamente:

-No te preocupes, león… Mirá, lo primero es vaselina para que no te arda el culo, después le puse un poquito de Vick Vaporub para que no te arda el pecho, al final un poco de amoxicilina 500 mg. para que no se te irrite la garganta, y en la punta le coloqué una gota de colirio para que no te salten las lágrimas!!!

Moraleja: ¡En esta vida, quien tiene culo pequeño nunca debe realizar acuerdos con penes grandes!

Hablando de la Crítica Constructiva


La suerte es que uno no ha nacido ayer, y tal vez por eso sabe que en la abrumadora mayoría de los casos nadie utiliza el término “constructivo” para ninguna otra cosa que sea “destruir”. Claro que cerrarse a las opiniones de los otros es una necesidad, y así lo demuestran mandatarios, políticos y funcionarios de la política vernácula e internacional, que no les interesa corregir su rumbo a pesar de las más contundentes y trágicas catástrofes provocadas por su empecinamiento y su desmedida ambición de poder.

No hay duda que esa es una actitud reprobable, pero querer internarse en laberintos mentales arrasados por opiniones superficiales, y muchas veces ignorantes o mal intencionados, entiendo que sólo nos hace perder tiempo y energías que serían dignas de ser direccionadas para mejores causas.

Pero como ya lo decía aquel el poeta: “En los tiempos de bárbaras naciones”, los reyes solían reunir en las cortes a sus servidores, vasallos o súbditos. No solo se aglutinaban quienes ansiaban medrar en la vida, sino que también los deseosos por tener una oportunidad de servir al reino, y que debían permanecer cerca del príncipe, tanto fuesen en la geografía como en las opiniones. Había, inclusive, aquellos cortesanos convencidos de las bondades de la monarquía y se allanaban a sus condiciones.

Todos obraban de acuerdo a sus convicciones y, al inclinarse reverentes frente al monarca, estaban seguros de cumplir un rito sano y positivo. Vivían dispuestos a sacrificar sin pestañear sus bienes de fortuna por el rey, y valoraban la lealtad al poder como la máxima virtud.

Claro que en ciertas ocasiones sufrían desaires o ingratitudes, mas no por ello dejaban de reverenciar con íntimo convencimiento a su monarca. Cortesanos sabios mantenían respetuoso silencio frente a príncipes ignaros. Cumplían con su deber y, por consecuencia, con sus ideales.

Otros, en cambio, se entretenían repudiando con ardor al monarca de turno, o al sistema mismo, pero sin embargo se sometían a sus caprichos por sumisión cobarde o interesada. Ellos obraban de acuerdo a sus intereses y, al inclinarse frente al monarca, entendían que estaban seguros de cumplir un requisito útil y provechoso.

Estos vivían permanentemente dispuestos a sacrificar sus ideales por la fortuna, valoraban la sumisión al poder como la máxima inversión que podían realizar. Claro que también en ciertas ocasiones, ellos sufrían desaires e ingratitudes, mas no por ello dejaban de adoptar un remunerador acomodo a las circunstancias que el momento exigía. Esos aclamados con el título de “cortesanos hipócritas”, mantenían un humillado silencio frente a príncipes ignaros. Creían cumplir con sus consignas por una deducida obsecuencia con sus tiranos.

Sin embargo, los reyes solían preferir dar su atención a los obsecuentes, a los sumisos, a los serviles, porque juzgaban que estos eran más cómodos, que se amoldaban sin dificultad a sus determinaciones e intrepideces, que obedecían sin chistar, que preferían adular sin dignidad y a mentir sin rubor.

De igual forma, todos aquellos consecuentes corrían el grave peligro de verse alejados de la corte por causa de una palabra honesta o de una opinión leal. Eran los que sufrían los arteros ataques de las catervas de correveidiles que pululaban por los pasillos palaciegos.

Es de esto que nos hablan las crónicas escritas “en los tiempos de bárbaras naciones”, lo que nos hace pensar que quizás no sean tan más oscuros que la larga noche que ahora intitulan de neoliberal.

Pero atención, hay que saber separar la paja del trigo y la agresión de la crítica, para lograr identificar la supuesta opinión “constructiva”. Abramos pues nuestro corazón y nuestra cabeza a la opinión ajena, pero nunca otras partes del cuerpo, lo que sin dudas puede dar lugar a dolores más profundos… ¿Y la crítica constructiva? Esa, que se la vayan hacer a sus abuelas, que al final de cuentas son las únicas que les van a perdonar todos sus pecados… ¿Usted no concuerda?

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