Alma Huraña


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Esto no es un sofisma científico, pero cuando la mujer es solitaria por su propia elección, no es porque esté a la espera de la inminente llegada de un príncipe azul, sino, más bien, por estar a la espera de alguien que la entienda y la comprenda tal cual es. Espera por uno que la acepte sin cuestionar su pasado y todas las cicatrices que ella lleva repujadas con miles de lágrimas de dolor en la piel.

Por ésta debida razón, sea correcta o no, se tiene por costumbre decir que cuando el corazón de una mujer está cerrado para balance o sencillamente ella no está a fin de pensar en la posibilidad inmediata de enamorarse, se torna complicado para un hombre intentar conquistar su corazón.

Es como si su alma huraña hubiera colocado todos sus sentimientos adentro de un arnés impenetrable para no volver a sentir y amar jamás.

Frente a este tipo de alma femenina impía y escéptica a todo y cualquier resquemor que causa el amor y la infalible pasión que la seguirá a donde quiera como cola de cometa, el hombre que realmente se apasione por este estereotipo necesitará tener valor para enfrentarla, cuando entonces sus sublimes palabras y no sus actitudes, en ocasiones, podrán hacerla sentir todo lo que él siente.

Aunque, asimismo, puede que toda y cualquier súplica romántica le resulte insatisfactoria si es que ella tiene una soledad muy concurrida, donde probablemente se la podría organizar como si ésta fuese una procesión: por tamaños y promesas, por época y por colores, por tacto y por sabor.

Lo que sí es cierto, es que hay desmayos de vértigo que ocurren al momento que nos enfrentamos al abismo de la pasión, no obstante los peores surjan cuando pretendemos inaugurar un amor junto a un alma solitaria, que en estos casos pueden ser un vahído, una angustia, una vibración enloquecida que nos dominará por completo.

Sin embargo, cuando surge ese tipo de vértigo, éste se lleva consigo la melancolía y nos deja más encantados y ya no seremos tan estables y serenos. Aunque eso sí, cuando se nos mete furtivamente en los sueños, nuestras pesadillas buscarán como locas la salvación del despertar.

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Desvelo


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Tuve el presagio de que ésta no sería otra noche más de mis calladas luchas. Por la ventana, noté que el cielo había anclado su huraña sombra negra entre dos serranías y la lluvia en la errante oscuridad caía formando cortinas de agua, impulsada por un viento intenso que hacía teclear las celosías de la ventana mientras mi corazón daba vueltas como molino loco.

Dentro de la habitación no había vestigios del viento de mi angustia que suele arrastrar mis sueños que se tumban. Ahí estaba ella, apegada a mis brazos como una enredadera en cuanto en mí ardía una hoguera de estupor como lo hace el mar a la orilla de un faro.

En eso andaba yo, cuando luego de haberla besado de manera apremiante y prolongada, de haber acariciado lo más suavemente posible sus cabellos lacios y depositar varios besos breves en su cuello de gacela y en su hombro reprimido cubierto de piel rizada, de mirar más de mil veces ese par de ojos profundos donde ciertamente cada día la noche alea, de repente se me ocurrió buscar imperfecciones en su cuerpo, cualquier falla invisible, más específicamente esos pequeños pero significativos defectos anatómicos.

Entre sus brazos de flor y regazo de rosa los encontré, y tuve certeza que desde ese día en más me sería posible conquistar el mundo desde cualquier punto de su espalda, tan sólo usando como trinchera sus lunares y perderme ahí, entre sus sueños, sus miedos y pudores. Sin embargo, hubo específicamente un diminuto lunar que me desveló. Estaba ahí, donde más se desea.

Ahora todo en mí lo ocupa ella, arco de esperanza, pues es en ella que mientras las aguas de los ríos cantan, que mi alma en ella huye como lo desea y hacia donde ella quiera.

Te escojo a ti, vida mía, porque me di cuenta que tu encontraste al fin mi punto débil. Has sido la única que descubrió la forma de calmar esta alma indomable que poseo. Te elijo, alma de mi alma, porque descubrí que vales la pena, vales los riesgos, vales la vida.

Constancia


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Tengo lo que tengo y nada más, pese a que ciertas veces mi mente trepide afligida entre la consolación y el llamado desconsuelo. Pero lo más curioso, es que nada en el mundo sustituye a la constancia.

Siento que por veces me duelen las sienes, no a causa de cualquier achaque, sino por una angustia que se origina en mi constante búsqueda por ese precario equilibrio que intenta fluctuar como nube lánguida entre remordimientos viejos que en su momento han quedado incrustados como reliquias que alguien engarzó en mi mente.

No es de dudar entonces, que mis raciocinios insistan en conducirme al sacrificio, pero doy gracias a ese menudo salvavidas que poseen mis sentimientos, y con él me evado como puedo de esa libación, para de a poco emerger del pozo como un náufrago empapado por tímidos sudores de dolor.

Anhelo lograr un día estrechar un entendimiento que sea definitivo con mis sordas voces internas; pero, mientras tanto, cargo con ellas por el mundo, sintiéndome un poco desolado, ya que ansío verdades y no reflejos, de los hechos y aun no desechos, de esas presencias fantasmales, retratos nebulosos y a la vez espejo de lo que vieron un día y de lo que ya no está, pero que me siguen y persiguen y, si bien estos no resultan una compañía clamorosa, de poco y nada me sirven sus parodias de muerte.

En suma, he logrado darme cuenta, quizá no a tiempo, que únicamente la constancia y la decisión lo consiguen todo. Esto se debe a que el talento no es capaz de sustituirlo, pues nada es tan corriente como los inteligentes frustrados que nos circundan. El genio tampoco lo es, ya que resulta ser típico el caso de los genios ignorados que con pasos errantes deambulan por el mundo. Ni siquiera la educación está capacitada para sustituir a la constancia, ya que el universo está lleno de fracasados bien educados.

Dejando de lado esas continuaciones, logré convertirlas en trazos lineales del tiempo, imitación de lo inimitable, y siento que hoy ya estoy más lejos, y más seguro.

Olvido


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Durante mi tosco andar por el solapado camino de la vida, fui aprendiendo que llegar alto no es crecer, que mirar no es siempre ver lo que se busca, ni que el hecho de escuchar es oír la melodía que toca en el corazón, así como el hecho de lamentarse no es sentir, ni tampoco acostumbrarse es querer.

Del mismo modo, deambulando con ineptitud en esa misma senda, aprendí que estar solo no es soledad, que cobardía no es paz, ni el hecho de sonreír es estar feliz, y que peor que mentir es silenciar la verdad.

Sin embargo, mi alborozado gorrión de sueños difusos, niña que has venido de tan lejos, remolino con mezcla de furia y pasión, mismo que nuestro mañana continúe a ser un amanecer imposible, tú a mí me seguirás gustando como el primer día en que te vi.

Sé que debo seguir adelante por ese mismo camino que me aleja de todo, pero me encantaría que alguien me dijese antes dónde encuentro el olvido. Alguien que pueda atajar mi angustia y me cure este cruel dolor que me devora las entrañas. Que se lleve de una vez toda esta desesperación que siento por saber de ti.

Sutil visitadora que llegaste a mí en el retoño de la flor y en el agua de la lluvia mansa, me gustaría que el tiempo girase hacia atrás para que vuelvan a llover nuevamente los “te quiero” que nos mojen la boca con besos de miel.

Mi estrella del sur, esplendor de mi alborada, desearía que el invierno robase ya el frío de tu ausencia. Que no existan más noches sin besos y ni besos sin diez minutos.

Tantas veces hemos visto arder el lucero besándonos en la aurora, que me encantaría si nuevamente mis palabras pudiesen conquistar hasta el aire de los silencios. Que la soledad huyese hacia donde habitan los miedos. Que tú volvieses conmigo como si nunca te hubieras ido.

Y si no fuera así, si otro está escribiendo hoy tu nombre con letras de humo, ruego únicamente que alguien me cuente donde puedo encontrar el olvido.

Privilegio


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Los humanos tenemos una necesidad instintiva de estar cerca unos de otros. A algunos de esos entes los llamamos de amigos, si bien lo que pretendemos decir realmente, es “conocidos”, puesto que en realidad la amistad significa dos sujetos que están comprometidos entre sí durante un tiempo relativamente prolongado que les permite atravesar juntos conflictos, alegrías, tristezas y demás cambios y sentimientos.

Más o menos, todos coincidimos que haber vivido sin tener un amigo verdadero es haber perdido una de las experiencias humanas más satisfactorias y estimulantes que nos concede la vida. Sin embargo, lo que vemos, es que todos los días las personas viven y mueren ante extraños, solos, sin haber tenido jamás un amigo real.

Claro que existe un modo indeliberado de entender la vida, como si fuese un estilo sin bullas ni hurras, sin la huerfanidad de las tinieblas ni el acompañamiento rítmico de las melodías. Pero eso sí, hay que tener cuidado y no avanzar la vía, porque de nada sirve ser vagabundo ni gozar de las primicias de la soledad, pues eso es lo que permite que el cuerpo se vuelva un artefacto y ya no importan vergüenzas ni utopías.

Por supuesto que cada alborada mañanera reclama su indispensable accesorio, donde cada crepúsculo pasa a ser un artilugio inevitable, y cada relámpago una chispa suelta.

Se estima que en el modo mecánico de entender la vida, uno tiene que ser medio maestro y artesano a la vez, por lo que debe adquirir una herramienta sin perdón, un serrucho de angustia, un cincel de rabieta.

Yo, por ejemplo, todos los días enfrento mis monstros internos y nadie se entera de ello. Sin duda hay días en que el cansancio me arranca lágrimas, pero hay otros en que la esperanza me recoge en risas. Por tanto, necesitamos que ser gentiles unos con los otros, y a su vez respetar lo que no conseguimos entender. Cada uno sabe las batallas que vence dentro de sí.

Cada instante que uno pase disgustado, desesperado, angustiado, furioso o dolido, a causa del comportamiento de otra persona, es un instante en el que renunciamos al control sobre nuestra vida.

Ah, pero cuidadito con desanimarnos si algún tonto nos dice que nos falta un tornillo.

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