Aquí Estoy


Me sorprende como así, sin más, de pronto un leve golpe de viento abre las puertas y ventanas de mi vida, dándome dan ganas de saltar y bailar. Ganas de volar también, porque a esto que yo siento le llamo caída libre, ya que contigo nadie me empujó. Fui yo quien se lanzó de vez al infinito de la pasión, sin importarme si tú eras abismo, o acaso si tus profundidades serían oscuras… Simplemente me enamoré.

Sé que estás ahí, en las puestas de sol, en los amaneceres de hoy y de mañana, sembrando tu confianza en un mundo arruinado atiborrado de amores imposibles.

Sé que estas frente al mar, en cada ola que besa la arena blanca, mientras yo te descifro a solas en la soledad, sin que mis preguntas indiferentes alcancen tus oídos, sin que mis preguntas ciegas admiren tu rostro.

Aquí estoy, con una respuesta rota, con mis dudas pobres y agónicas, con mis imperfecciones. Pero no debes juzgar mal este falso abandono mío, pues yo estaré siempre donde tú menos los esperes: en tu alma de mujer madura.

Ecos de Ayer


Alguno siempre ha de aparecer en medio a las oscuras perspectivas que nos ciñen el alma, y querrá obligarnos a poner condiciones sobre evocaciones que nos pertenecen o ya no son nuestras, las mismas que venimos arrastrando desde el pasado y nadie sabe hasta dónde llegarán un día.

Con sus sonidos opacos, esas voces, esos ecos de un ayer y de otros tantos ayeres malgastados en amores perdidos, de cierta manera sobreviven al pasado entre trazos lineales de un tiempo que poco y nada sirve ya, pues nada son sino una imitación de lo inimitable, visto que el significado que tenía, histórico, magnífico, insólito y por demás original, quedó perdido más allá de la lejanía que nos concede los años, justamente en la raya media apagada de un horizonte donde comúnmente enterramos las penas en el silencio del olvido.

Pero de todo esto poco importa ya, pues a causa de las circunstancias que nos son impuestas, con ellos seguimos adelante, algo desolados, eso sí, porque ansiamos escuchar verdades y no reflejos hechos y no deshechos.

Suéñame


Tuve algunos amores que en los días de cataclismo agrietaron mis puentes, que hundieron la vereda de mi vida, que me hicieron perder el equilibrio. Otros de ellos, no obstante, fueron tan sólo réplicas. Amoríos de tan baja intensidad, que ni siquiera me hicieron temblar mientras los otros viejos amores aun respiraban bajo las ruinas.

Hoy, bajo el amparo de la oscura noche mi cuerpo se estremece, pero como cada velada, por larga y sombría que sea tiene su amanecer, han de ser tus besos los que me acompañen mientras tu sonrisa me protege.

Temo que seas tú aquel sentimiento que cuantiosos llaman de felicidad. Y qué fortuna ha de poseer quien pueda amarte y brindarte mil besos con sabor a mar, hechos de sal y viento, de olas que rompen en la arena, de gaviotas que graznan al amanecer.

Sí, te quiero como para escuchar tu risa toda la noche. Te quiero como para no dejarte partir nunca más. Te quiero como se quieren a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás… ¡Suéñame, me hace falta!

Virtud


Hay momentos en que debemos cerrar la ventana del alma o, como austera prevención, entornar los postigos que la encierra y abriga, ya que en su sutil esencia no existen puertas lacradas.

Nos basta con un descuido para que se nos meta en los ojos las hojarascas de los ayeres, nos oprima el pecho los desencantos y sus dramas, nos sometan los resquicios de amores que ya partieron a otros brazos, a otros besos.

Es una virtud muy complicada. Requiere sencillez de espíritu para enfrentar las exuberancias del corazón, los amores furtivos, los breves instantes de una felicidad que un día despertaron dentro de nosotros como si fuera un motín de estremecimientos de la cabeza a los pies.

Que no nos abandone la perseverancia. La dificultad es un muro de contención que nos priva de cambiar por completo nuestra concepción del mundo. No se puede abandonar la vida por la puerta falsa. Hay que vivirla llevando de la mano nuestros fantasmas.

Recuerdos


111-recuerdos

Los recuerdos suelen doler de acuerdo con la intensidad que nuestra memoria esté preparada para guardar imágenes y momentos que han quedado detrás del tul de la nostalgia. Pero cuando estos surgen, agoreros, descabezados, siempre habrá un precio a desembolsar.

Con todo, hay que tener en cuenta que un recuerdo es aquella imagen del pasado que guardamos en la memoria, ya que ésta tiene la capacidad condescendiente y generosa de lograr almacenar, retener y recordar alguna información del pasado. Es más, no pasa de una función cerebral que gracias a las conexiones sinápticas entre las neuronas, nos permite retener las experiencias vividas. Implícitamente los amores fallos, los besos perdidos en el viento de primavera o los abrazos que estrechamos rompiendo corazones.

Ese dolor causado por el recuerdo, nos viene de la mano de la nostalgia, porque ella es descrita como un sentimiento de anhelo por querer revivir un acontecimiento, momento o situación del pasado que el amor nos concedió.

Usualmente, cuando se nos ocurre hablar del recuerdo, nos remitimos a un sentimiento que cualquier alma puede atravesar en cualquier etapa biológica de su vida, pero que suele traer a sus espaldas el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una época y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado, aunque la nostalgia se puede asociar a menudo con la memoria cariñosa de la niñez, de un ser querido, un lugar, juego, objeto personal estimado, o un suceso en la vida del individuo o grupo.

Sin embargo, los recuerdos de amores de ayer no dejan de ser como las palabras. Y aunque una multitud diga lo contrario, a éstas no se las lleva ningún viento. Porque cada palabra destruye o edifica, hiere o cura, maldice o bendice, o nos hace caer de rodillas si se trata de la pasión.

Para evitar sufrir con esos sentimientos dolorosos de los recuerdos, debemos aprender del árbol, ya que todo lo que él tiene de florido, viene de lo que tiene sepultado en sus raíces y se convirtió en recuerdos.

Ufanidad


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Solemos escuchar que la nostalgia engaña al incauto, al inculcarle el ufano deseo de simplicidad y una inocencia inalcanzable. Esos sortilegios de la palabra ajena me llevan a cuestionar: ¿Cómo haré para dejar de lado los sombríos atributos dominantes que gobiernan mi solitaria vida en la actualidad?

En realidad, ella y yo somos cobardes que a la distancia se quieren, pero por prejuicios de amores pasados y de las cicatrices que tenemos en el corazón, no nos arriesgamos a amarnos con locura, esa misma locura que causa ímpetu y arrebato, y nos negamos a darnos todo este amor.

Como no hay solución, uno necesita aprender a llevarse bien con la soledad. Es necesario hacerlo, sin duda, porque en el aislamiento de mi corazón, que se sabe condenado a morir sin sus besos, necesito de su compañía, y es cuando percibo que la soledad resulta buena amiga. No miente, me escucha inerte en silencio y hasta muestra su valentía, esa valentía que un día pensé que no existía.

Mis avenidos pensamientos pretenden, de manos dadas, llevarme al sacrificio, y aunque en mi alma hay un pozo y en mi sangre habita un náufrago, mis sentimientos por ella pagan el rescate y yo me escapo abrazado a mi sueño con el que al acaso cruzo el mundo, sin pensar de dónde vengo, ni a dónde mis pasos me llevarán.

No niego que por veces la veo como la imagen que en un sueño pasa, como un rayo de luz tenue y difusa que entre las tinieblas nada. ¿Será verdad que, huésped de las tinieblas, de la brisa nocturna, un tenue soplo alado me hará subir a una región vacía para encontrarme con ella?

A veces me pregunto si todas las palabras que me han quedado presas en la punta de la lengua, de haberlo hecho hubiesen cambiado nuestras vidas… Mientras no descubro la respuesta, la seguiré soñando eternamente.

Hipnotizado


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Toda vez que mis ojos se cruzaban con su hipnotizadora mirada, era como si mi alma se precipitase a un abismo de confusión, al mismo tiempo que mi cuerpo parecía flotar como esas boyas marinas que se ven ancladas a lo largo de la costa, sacudidas con frenesí por la furia de la tempestad en alto mar.

Quedaba tan fijo mirándola y tan arrobado, que todo desaparecía en derredor mío, menos su esbelta figura, su rostro sonrosado como pétalo de rosa, y esas pupilas tan verdes, tan profundas como un inmenso océano de paz.

La primera vez, supuse que ella me sostenía la mirada por puro estupor, por verme tan enajenado. Sospeché que ella me consideraba su estúpido esclavo, o un inconsciente cualquiera. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que me sonreía levemente, con una casi inapreciable mueca que se desprendía de sus labios sensuales de carmín, rojos como cerezas maduras. Entonces creí morir.

Desde ese día en más, pasé a soñar con ella cada noche. En mis divagaciones, ella me colmaba de atenciones, me rendía sus favores, sus dedos de seda me cubrían de suaves caricias, y me hablaba con una dulce voz que se asemejaba a un himno gigante y extraño que anuncia en la noche del alma una aurora y una cadencia que el aire dilata en las sombras nocturnas.

En los remates de mis delirios, como en cuna de nácar que empuja el mar y acaricia el céfiro, al dormir sentía el blando arrullo de sus labios entreabiertos. Entonces me di cuenta que existen besos que se dan con la mirada; pero también hay besos que se dan con la memoria.

¡Ah, qué deleite! Incluso despertar a la realidad de su ausencia me resultaba un raro y hermoso placer. Sentía que ella estaba ahí, aunque lejos de mí, pero habitando bajo el mismo techo.

A pesar de que sólo me parecía verla esporádicamente, muy tarde de una tarde cualquiera mismo siendo noche ya, a todo instante me llegaba su calor y su presencia.

A causa de mi hipnotizada colosal pasión, el apetito me abandonó. Siempre he sido presa fácil del mal de amores; esa dolorosa enfermedad del alma que para algunos pasa tan rápido como un catarro, mientras que a otros los deja bastante descompuesto de ánimo el resto de sus días.

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