Ufanidad


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Solemos escuchar que la nostalgia engaña al incauto, al inculcarle el ufano deseo de simplicidad y una inocencia inalcanzable. Esos sortilegios de la palabra ajena me llevan a cuestionar: ¿Cómo haré para dejar de lado los sombríos atributos dominantes que gobiernan mi solitaria vida en la actualidad?

En realidad, ella y yo somos cobardes que a la distancia se quieren, pero por prejuicios de amores pasados y de las cicatrices que tenemos en el corazón, no nos arriesgamos a amarnos con locura, esa misma locura que causa ímpetu y arrebato, y nos negamos a darnos todo este amor.

Como no hay solución, uno necesita aprender a llevarse bien con la soledad. Es necesario hacerlo, sin duda, porque en el aislamiento de mi corazón, que se sabe condenado a morir sin sus besos, necesito de su compañía, y es cuando percibo que la soledad resulta buena amiga. No miente, me escucha inerte en silencio y hasta muestra su valentía, esa valentía que un día pensé que no existía.

Mis avenidos pensamientos pretenden, de manos dadas, llevarme al sacrificio, y aunque en mi alma hay un pozo y en mi sangre habita un náufrago, mis sentimientos por ella pagan el rescate y yo me escapo abrazado a mi sueño con el que al acaso cruzo el mundo, sin pensar de dónde vengo, ni a dónde mis pasos me llevarán.

No niego que por veces la veo como la imagen que en un sueño pasa, como un rayo de luz tenue y difusa que entre las tinieblas nada. ¿Será verdad que, huésped de las tinieblas, de la brisa nocturna, un tenue soplo alado me hará subir a una región vacía para encontrarme con ella?

A veces me pregunto si todas las palabras que me han quedado presas en la punta de la lengua, de haberlo hecho hubiesen cambiado nuestras vidas… Mientras no descubro la respuesta, la seguiré soñando eternamente.

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El Regalito


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El mentiroso suele contar su cuento, pero el sabio lo hace mejor. No siendo yo ni uno ni otro, veremos entonces cómo se sale éste.

…María Amelia fue convidada muy sobre la hora para el cumpleaños de una amiga. Atareada en su profesión de médica, como siempre, y agobiada por causa del acúmulo de trabajo en la clínica y el consultorio, no encontró tiempo libre para comprar el regalo.

Sin llegar a obsesionarse con ello, resolvió procurar alguna fineza que ya tuviese en casa y que sirviese para obsequiar a su amiga. Encontró un echarpe, pero no tenía papel para envolverlo. Descubrió un collar dentro de una caja, pero recordó que su amiga era alérgica a bisuterías. Unas medias, pero como ella gorda, el tamaño le resultaría pequeño. Cosas para la casa, ni qué hablar, su amiga ya le contara que no tenía más lugar para guardar nada, de tantas que poseía.

Después de mucho revolver en los armarios, finalmente encontró una caja de tamaño regular, pero con envoltorio y, por lo que recordaba, ése había sido un regalo de una persona que siempre le daba buenos presentes. Ponderó, si no estaba engañada, que era un agasajo que José Eduardo le había comprado hacía un par de meses en el free shopping de un aeropuerto lejano.

Eligió para vestirse un trajecito gris ceniza, nuevo, una blusa blanca muy bonita, se arregló un poco el cabello, pues no tuviera ni tiempo de peinarse; pero como ella lo llevaba corto le quedó muy bien. Se maquilló con prisa, dibujó unas líneas finas alrededor de los ojos, pasó un poco de rímel y, al mirarse al espejo, quedó satisfecha con el resultado.

Cuando llegó a la fiesta, la casa ya estaba llena y cada una de las comensales se encontraba con su regalito en la mano. Justamente en ese momento, la anfitriona iría recibir los obsequios, uno a uno, y mostrar para todas lo que había ganado. Esa era una invención que surgiera minutos antes de una de sus amigas que había venido recientemente de París, para que la anfitriona pudiese recordar de quien era cada mimo que recibiera.

El juego se prolongó entre gritos y risas de algarabía, hasta que llegó la vez de la querida amiga de trajecito gris ceniza y blusa blanca, que ya estaba afligida por mostrar su regalito, e imaginando por anticipado lo que dirían las otras convidadas al ver el perfume francés.

Cuando la alborozada cumpleañera abrió el envoltorio, vio que era realmente un perfume francés, de los buenos, pero dentro de la caja había también una tarjeta pequeña dedicada a la donadora, con el nombre completo de María Amelia y la firma de José Eduardo, quien había ofertado el regalo, junto con una dedicatoria romántica que la amiga se encargó de leer en voz alta.

De repente, el silencio en el salón fue total. En cinco minutos María Amelia salió de la fiesta, de rostro cubierto por el rojo de la turbación, y sin saber dónde meter la cara.

Pero, eso sí, entre protestos mudos, se juró a sí misma que nunca más daría a quien fuese un regalo envuelto sin saber lo que contenía dentro.

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